Conozco dos especies humanas de cabezas voluminosas: de los que así nacieron y de otros que suponen tener grandes ideas, pero no superan su diminutez. Se trata de los cabezones.

Inquietado por la miseria del Poder Judicial de mi Patria, no dejé de sufrir pena e irritación por la barbarie de soluciones y salidas, tanto por un viejo y desacreditado Consejo de la Judicatura (Q.E.P.D.) como su modesto como torpe sustituto actual (hoy de nombre diferente)

Según declaraciones de sus cabezas, existe abundancia de litigios pero pocos jueces, situación que les obliga a incrementar toda la infraestructura judicial. Para aquellos es cuestión de aumentar juzgados, jueces, burocracia auxiliar, energía eléctrica, comunicaciones, informática y papeleo, gastándose generosamente los –siempre menguados – recursos del Estado. De esta forma se hace también negociados (contratos bajo interés propio)

Desvariaron aquellos cabezones con semejantes soluciones. Parece que no quisieron apercibirse que mientras se instalen más juzgados, las mismas taras típicas del Poder Judicial se habrán multiplicado y la bestia del desastre, aún más grande. Como consecuencia habrá proliferación de ovejas negras, borricos, cuervos saca ojos, astutos zorros, zorrinos y otras especies –con el perdón de los animales por la comparación– si se continúa soslayando, ignorando o evadiendo el exterminio de lo que se debe exterminar.

La solución real y efectiva al presente caso infraestructural no depende de los bolsillos del Estado ni del aumento excesivo de causas a la espera de mayores gastos. Es todo lo contrario:

  1. En todas partes del mundo, se expulsa la basura para evitar males contra la salud; excepto en Bolivia donde nos gusta acumularla. Ese es el problema del Poder Judicial, que arrastra un otro problema de infraestructura, aunque de diferente naturaleza. No es de orden económico, sino higiénico; de higiene mental.
  2. Podemos definir la basura judicial como la acumulación del papeleo innecesario, que se incrusta, permanece y multiplica en todos los casos de litigio; desde los más simples y elementales, hasta los más complicados.
  3. Las consecuencias de esta situación –en crudo lenguaje: basura viva, sin basurero– son el aumento en el volumen de cada caso de juicio, formando tomos separados, cada uno de 200 hojas llamado “cuerpo”, que crecen diariamente sin límite e impiden el fallo final.
  4. Los juicios duran años, pese a la angustia, llanto de los pobres y humildes, protestas de la ciudadanía, y son el caldo de cultivo para demagogos solucionadores (que nada solucionan) Hay acciones legales que tienen 20, 25 y más años sin poder terminar. He ahí la retardación de justicia.

Por lo menos, quien escribe estas líneas ha hecho sugerencias –verbales y escritas– para superar este gran problema basural. Todo aquello fue resultado, un estudio cuidadoso como detallado de todos los pasos procesales –máximos y mínimos– que le corresponden a cada tipo de proceso civil. Corro el peligro de aburrir al lector, si me extiendo en los detalles, porque el público no tiene la obligación de entender y dominar la temática judicial.

Si se condensan o comprimen los pasos domésticos, a su lógica expresión racional, las cosas habrán cambiado. Cada causa o proceso legal acabaría simplificado. Tendría menos volumen para ser examinado. Habría más tiempo, no solo para ir al fondo de las cosas, sin perderse en minucias, y habría más posibilidad de atender a más gente, sin necesidad de aumentar gastos ni ítems de presupuestos para adquisiciones innecesarias de oficinas y personas.

Si nos preguntamos ¿Quién tiene la culpa para la duración de las causas?, sería injusto responder que sean solo los jueces, solo las leyes, las personas, la ausencia de recursos económicos, o la corrupción judicial. Existe un entremezclado de factores o causas que nos permiten responder que es la estructura la culpable. Todos y cada uno también.

* El autor es periodista, gustavop2@hotmail.com