Lo que tenemos a mano no son los datos oficiales del Tribunal Electoral, sino los resultados en boca de urna; pero, éstos ya nos definen los mapas de las composiciones estadísticas de la votación, sus distribuciones y diferencias, en los departamentos y municipios del país. No se trata de elucubrar sobre estos resultados, sino de interpretar las tendencias, captadas por los resultados en boca de urna.

Nuestra posición es anti-electoralista; sin embargo, esto no quiere decir que no tengamos que decir nada sobre la composición electoral, sobre el mapa descriptivo que se perfila. A pesar de nuestra crítica a la decadencia electoralista, que ya no expresa la verificación estadística de las victorias políticas, como aconteció el 2002, 2005, hasta el 2009, sino que expresa el retorno a la inercia, a la costumbre electoralista, que usurpa la voluntad general, mejor dicho, las voluntades colectivas, otorgando a los representantes la delegación de las voluntades, es indispensable comprender el funcionamiento del voto, la decisión del voto, la distribución del voto, definido, como efecto de masa, por la población votante.

A groso modo, se puede decir que la derrota electoral del MAS en el departamento de La Paz, tanto en el mismo departamento como en las ciudades de El Alto y La Paz, es el más duro golpe sufrido por el partido oficialista. Las veinte provincias le han retirado la confianza; la Ciudad rebelde de El Alto ha desplazado su voto masivo a una candidata mujer de la oposición, candidata, que entre otros atributos, ha sido constituyente; la ciudad de La Paz ha decidido mantener la administración de la Alcaldía en manos de quienes han demostrado eficiencia funcionaria. El departamento de La Paz, de mayoría aymara, tanto rural como en la ciudad de El Alto, de composición mestiza, en la ciudad de La Paz, entrelazada con composiciones aymaras y de migraciones de otros departamentos, le ha quitado su confianza al MAS. Todo esto ha ocurrido a pesar de que el mismo presidente ha acompañado notoriamente a los candidatos oficialistas.

Diciéndolo de una manera exagerada, para ilustrar, este hecho es ya lapidario para el partido gobernante, que tenía a uno de sus bastiones fuertes precisamente en el departamento de La Paz. Se ha escuchado repetir a “analistas” oficialistas, también a algunos “analistas” de la oposición, que las elecciones “nacionales” son diferentes a las elecciones departamentales y municipales, pues, en estas últimas, no se encuentra el “jefe”, el líder. Lo que no observan estos “analistas” es de qué si bien en las últimas elecciones “nacionales” ha vuelto a ganar el MAS, obteniendo 2/3 del Congreso, la población votante lo ha hecho sin entusiasmo, como cuando sucedía en elecciones anteriores, sino con desencanto; pero, votando por el desencanto debido a la inercia, bajo un criterio pragmático o quizás desesperado. No votar por los que derrotamos, no votar por los que recuerdan al pasado que descartamos con la movilización prolongada. Los resultados estadísticos, las cifras, la mayoría absoluta, no corroboran, en este caso, apoyo entusiasta, apoyo activo, como en anteriores elecciones, sino una especie de costumbre, incluso de pena, hasta de nostalgia por los mejores tiempos, donde había entusiasmo y confianza. Por otra parte, todavía la mayoría de la población está atrapada por la convocatoria del mito, por el caudillo, aunque este mito y este caudillo se encuentren deslucidos y deteriorados.

No vamos a decir que es una derrota demoledora, sino que puede convertirse en una derrota demoledora, como un anuncio o señal, dependiendo de los desenlaces de los subsiguientes hechos. Los gobernantes y el partido gobernante no entienden que no se encuentran en una coyuntura parecida a la del 2006, tampoco en el periodo álgido del 2006 al 2009, sobre todo en el lapso intenso de la Asamblea Constituyente, sino en fases sucesivas de decadencia. Tampoco entienden que no son los mismos, que el poder los ha tomado, los ha cooptado, que son engranajes del poder; por lo tanto, cumplen funciones de dominación. Prefieren creer que nada ha cambiado, que su líder sigue siendo el mismo, el símbolo donde se reconoce la esperanza, que su forma de práctica política sigue siendo la misma, como cuando las practicas sindicales servían para sostener las resistencias, las movilizaciones y la ofensiva popular. No se dan cuenta que ya no son los mismos; no han podido resistir a las seducciones del poder. Han preferido conservar el poder, convertir este objetivo en estrategia, dejando atrás las tareas emancipativas que creía la población que tenían. Su estadía en el poder los ha demolido.

Podemos hablar de otras derrotas, en otros departamentos y ciudades capitales, otras alcaldías; empero, de alguna manera, una parte importante de estos casos pueden considerarse como probables, dadas las secuencias electorales anteriores. No ganaríamos mucho, en el análisis, siendo minuciosos con estos resultados. El terremoto aconteció en La Paz.

Félix Patzi, aymara de la provincia de Aroma, sociólogo, doctorado en Ciencias del Desarrollo, habiendo sido ministro de Educación, después vapuleado inmisericordemente por el gobierno, el presidente, el vicepresidente, los oficialistas, se ha convertido en el vengador, pues los aymaras, alteños y paceños, que votaron por él, lo hacen un poco para vengarse de la desilusión. Era muy difícil vencer al MAS en el departamento de La Paz; el control de la CSUTCB; en parte, cierto control sobre la dirigencia de la Federación de Trabajadores Campesinos de La Paz; el control significativo de la dirigencia de la FEJUVE del Alto; obviamente el control y la disponibilidad de la Alcaldía del Alto y de la Gobernación de La Paz; convertían al partido oficialista en inexpugnable. Sin embargo, sus murallas han sido derribadas por un intelectual crítico aymara, por una joven alteña, que se ha ganado el corazón de los jóvenes alteños, y por un alcalde paceño, que deriva de buenas administraciones municipales. ¿Qué nos dice todo esto? ¿Nuevos lideratos, como adelantan, a voz en cuello, los “analistas”? ¿Nuevas fuerzas políticas, como pronostican estos “analistas”? Estas sus dos interpretaciones son débiles; con mucha facilidad descartan no un liderato, el del caudillo presidente, sino un acontecimiento político, que fue Evo, aunque no haya sido por sus atributos, como creen los llunk’us y los apologistas, sino por la composición de las fuerzas, su combinación con los imaginarios colectivos, la convocatoria del mito. Un acontecimiento político no es un evento electoral, por más sorprendente que sea; un acontecimiento político es una multiplicidad de sucesos, de eventos, de procesos, singulares, que se articulan, de tal manera, convergiendo hacia puntos de ruptura, que cuando ocurren inauguran una nueva época. Félix Patzi, en cambio, tiene muchos atributos; empero, todavía no es acontecimiento político.

Incluso, si se puede decir, sin mucha convicción todavía, que Evo ha dejado de ser acontecimiento político, mientras no se de otro acontecimiento político, que no necesariamente tiene que expresarse como convocatoria del mito, tampoco encarnado en el cuerpo de una persona, de otro caudillo, pueden darse formas, mas bien, colectivas y comunitarias, los vencedores de las elecciones en el departamento de La Paz solo pueden desplegarse a la sombra del acontecimiento político crepuscular. Este es el tema y no otro, desde la perspectiva política, en sentido amplio.

¿Qué y quienes derrotaron al MAS? No fueron solamente los dos gladiadores y la gladiadora, vencedores en la contienda electoral departamental y municipal de La Paz, sino fue el costo del poder, sino fueron ellos mismos, sus gestiones municipales, sus gestiones gubernamentales, sus gestiones legislativas, jurídicas y electorales. Fueron los llunk’us, que son como termitas que se comen la madera de la casa. Fueron los que rodean a Evo, a quienes tiene que cargar con el prestigio que encarnaba su persona y su cuerpo, con el valor del mito. Sus acompañantes se llevaron parte de él, de su prestigio y de su valor simbólico; le arrancaron la vestimenta, dejándolo desnudo, le arañaron la piel, dejándole heridas, incluso parte de la carne. No se trata de exculpar al líder, al caudillo, al presidente, no se trata de volverlo una víctima de sus entornos, no se trata de convertir a sus entornos en culpables, de ninguna manera, sino se trata de comprender el funcionamiento dramático de las máquinas de poder; máquinas que se cobran vidas, que exigen sacrificios, que destruyen a personas. Este funcionamiento de las máquinas de poder no solamente corresponde a la historia política reciente boliviana, sino corresponde a la historia política reciente de todos los países del mundo. Es la forma de funcionamiento de las máquinas de poder en la modernidad.

Son dramáticas las historias del poder y de los poderosos, sobre todo cuando tienen pretensiones “revolucionarias”. El poder se escarnece particularmente con ellos; les juega una mala pasada. Mientras se ilusionan que pueden usar el poder, el poder deja que esto crean los gobernantes, mientras los envuelve en su telaraña seductora, convirtiéndolos en marionetas de las lógicas de poder, inherentes al Estado, a las mallas institucionales del Estado y del sistema-mundo capitalista. Ciertamente estas historias no acontecen de la misma manera, hay una gran variedad, distintos recorridos, escenarios; empero, los desenlaces se parecen, pues los “revolucionarios” terminan agobiados por su eterno combate contra los “enemigos” de la “revolución”, que aparecen por todas partes, hasta en sus propias filas. Cuando lo hacen, hacen lo mismo que sus antecesores derrocados, reprimen, convierten al Estado en policial, acuden el Estado de excepción, directamente o indirectamente, al suspender derechos; entonces, al hacer lo mismo se parecen tanto a los anteriores gobernantes derrocados que ya no se sabe quiénes son, en realidad, ni si la “revolución” es eso, perseguir a “enemigos” y conspiradores.

En relación a estos dramas sorprende la locución de deprimentes discursos, que no han aprendido nada, ni entienden lo que ocurre. Uno es de “derecha” y otro es de “izquierda”. El primero, supone que los gobernantes populares son de lo peor, corruptos, tiranos, vulneradores de leyes y derechos, como si sus representantes recordados, los gobernantes conservadores, nacionalistas, liberales y neoliberales, no lo hayan sido. De esta interpretación deducen que la salida a la crisis política es retornar a los gobiernos conservadores, cuando, por lo menos, se respetaba la institucionalidad. Como si la institucionalidad tenga que reducirse al orden que defiende sus privilegios y, sobre todo, sus subordinaciones a la vorágine de empresas trasnacionales extractivistas, a los términos de intercambio impuestos por la geopolítica de los estados imperiales. Si bien, el gobierno popular ha caído nuevamente en el circuito de la dependencia, en el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, los términos de intercambio no son los mismos; los han mejorado notoriamente. Que no es aceptable que la soberanía se reduzca a esto, estamos de acuerdo; empero, hay una diferencia entre mejorar notoriamente los términos de intercambio que aceptar sumisamente los términos de intercambio que te impone la geopolítica imperial. Este discurso recalcitrante de “derecha” no ha entendido nada, no se basa en ninguna experiencia social, ni en la suya propia; se basa en sus prejuicios, a los que coloca como si fueran certezas.

El otro discurso recalcitrante, de “izquierda”, reduce la historia a un guion de dibujos animados; donde los personajes pierden espesor, se presentan estereotipados, entonces encarnan valores, el bien, el mal; aparecen definidos de una manera simple, los buenos, los malos. Las leyes de la historia son también simples, se reducen a contradicciones esquemáticas, cuya superación empuja la evolución, el desarrollo y el progreso. Al respecto hay dos consecuencias interpretativas; una que deduce que los gobiernos reformistas o pequeñoburgueses, como les gusta nombrar, estaban destinados a la traición, a la reforma limitada; entonces, también son enemigos de clase. La otra variante es la que habla de contradicciones principales y contradicciones secundarias, acudiendo a la teoría de las contradicciones de Mao Zedong, como si esta teoría, que responde a una coyuntura en la lucha de clases y en la guerra antiimperialista en China, pueda ser utilizada universalmente, descontextuadas del campo de fuerzas y del espacio-tiempo donde emerge. No parece haber sido esta la pretensión de Mao, cuando se trataba de responder de una manera específica a una situación concreta. Entonces, deducen que los gobiernos populistas o nacionalistas son per se antiimperialistas; esta es la contradicción principal. Que las contradicciones en el seno del pueblo, y con el gobierno nacionalista, es secundaria. La consecuencia política es el apoyo al gobierno popular en su lucha antimperialista y postergar la lucha en el contexto de las contradicciones en el seno del pueblo. No se ponen a pensar, por lo tanto, no reflexionan ni analizan las situaciones concretas; no se preguntan si realmente el gobierno nacionalista efectúa una lucha antiimperialista o si su actitud demagógica es el mejor apoyo al imperialismo, precisamente por inhibir las capacidades críticas y de lucha del pueblo. Este esquematismo maniqueo, por más elocuente que sea con adjetivos y calificativos rudos, que pretenden, por ser rudos, ser “revolucionarios”, no es más que conservadurismo recalcitrante. Este discurso tampoco ha entendido nada, no ha aprendido de la experiencia social y de la memoria social de las luchas y de las revoluciones en la modernidad. Si Mao Zedong hubiera pensado como ellos, seguramente hubiera caído en las manos de Chiang Kai-shek.

La mejor defensa de un proceso de cambio es la crítica. La crítica busca evitar la caída al círculo vicioso del poder, círculo que ha entrampado, primero, después derribado, a las revoluciones en la modernidad, sobre todo a las revoluciones socialistas. El apoyo crítico respalda, más que al gobierno populista, a la potencia social que desencadenó el proceso de cambio. Reducir el apoyo al gobierno nacionalista es transferir la potencia social a la representación y delegación del gobierno; esto es ir más lejos que el cretinismo parlamentario, esto es caer en un cretinismo político, que reduce la actividad revolucionaria a apoyar a gobiernos populistas, en la fase de la contradicción principal, para después pasar, en la fase de la contradicción secundaria, a cumplir con resolver las contradicciones en el seno del pueblo.