Visto el anterior problema, y –pretendiendo salir con algo nuevo heroico– los promotores de la Constitución Política del Estado en vigencia, dispusieron la elección de las nuevas burocracias cupulares (Tribunal Supremo de Justicia, Tribunal Constitucional, Consejo de la Magistratura y Tribunal Agrario Ambiental) mediante sufragio universal. Naturalmente todo aquello –al no ser objeto de un examen cuidadoso de sus consecuencias– encumbró a una costra parasitaria de sujetos inútiles dentro el Poder Judicial.

Posterguemos, de momento, el producto abortado para examinar primero la irracionalidad de la determinación constitucional forzada, que sirvió de base:

  1. Se impone al pueblo “elegir” a desconocidos, vulnerando la propia racionalidad de la Carta Magna sobre la libertad, derechos y autonomía del ser humano.
  2. Todo elector conoce a candidatos, a través de la propaganda electoral ¿Cómo habría de conocer a los candidatos judiciales, si estos están prohibidos de hacer propaganda, por la misma Constitución?
  3. La tibia regulación de que los méritos serán “difundidos” por el órgano electoral, es un débil argumento que encubre el vacío producido y solo pone en vitrina a ejemplares de borrico, sin provocar interés en la elección.
  4. Los ahora elegidos, bajo padrino oficial, se consideran designados por el pueblo, aunque no hayan hecho conciencia de su propia insuficiencia.
  5. Así como aquella elección, de inútil motivo, costó dinero a las arcas del Estado, ahora habrá de gastarse otro tanto en su consulta revocatoria anunciada (si no hay retractación)

De este modo, la flamante Constitución incrustó a la magistratura a una fauna de desconocidos, al amparo del oficial padrinazgo, con unas cuantas típicas características:

  • Nunca se dijo dónde se graduaron de abogados, ni que post grado hicieron aquellos agraciados, que solo mostraron pobrísima formación y profesionalidad.
  • Su bajo número de electores, obedeció consigna de voto, como obedecen las llamas u ovejas sin pensar y menos percibir el peligro que se avecinaba.
  • De soldados rasos que eran los favorecidos –ni siquiera sargentos– directamente llegaron a generales de división.
  • Ninguno de aquellos ha exhibido contar con una cátedra universitaria, proyectos de leyes, conferencias, libros escritos o, por lo menos, un triste ensayo.

Es vox populi que el nuevo cuerpo judicial es incapaz de ejercer la magistratura. Así se explica que deban recurrir a “asesores” (tan mediocres como aquellos) para que les redacten sus fallos, aumentando gastos sobre un burrito de carga (los recursos nacionales) Por lo menos los antiguos desplazados de los partidos difuntos traadicionales tenían asesores de alguna mejor calidad.

He ahí el resultado del “sufragio universal” judicial. Como los pies se hallan sobre la cabeza, no es difícil activar olfato.

En todos los países se elige al mejor elemento. Un cuerpo judicial debe estar constituido por gente de vasta experiencia, sólida formación jurídica y cultura general suficiente, sumada a su moralidad. Se añade a lo anterior un mínimo de presentación y modales, para su respetabialidad. Quede claro que esto no es superficialidad, falsa apariencia, vanidad ni lujo. Es el reflejo de la personalidad; la forma exterior de todo ser.

Sobre este particular, vaya un ejemplo de los variados que puedo dar. Cuando con un asunto legal visité al flamante Presidente del máximo Tribunal de Justicia, este me recibió en mangas recorridas de camisa, vestido con un pantalón cualquiera, reclinado para atrás en el sofá, con una pierna levantada que apoyaba su tobillo sobre la rodilla de la otra extremidad. Fumaba al mismo tiempo.

Nunca antes había presenciado semejante espectáculo cantinflesco, que contrasta con la categoría destacada de antiguos presidentes de la Corte Suprema. Me viene a la mente el impacto que producían las personalidades de señores magistrados tales como Rodolfo Virreira Flor y/o Raúl Romero Linares, en su despacho.

Para quienes no lo sepan. Así como la túnica era el distintivo especial de nuestros ancestros incaicos, igualmente –en todo el mundo, con rara excepción– el distintivo de respeto para todos los que trabajan por la justicia, sean magistrados o abogados de libre ejercicio, es la corbata.

* El autor es periodista, gustavop2@hotmail.com