El 12 de febrero se llevará a cabo en Italia el proceso a los componentes de la llamada “Operación Condor”, un nombre que simboliza el grande rapaz, dueño de los cielos que se eleva sobre la Cordillera de los Andes. No era un nombre escogido por casualidadad, comprendía el área geográfica de los siete paises latinoamericanos que han actuado en perfecra armonia, según un preciso modo, fuera de cualquier legitimidad constitucional, como una verdadera banda terrorística armada.

Después de Argentina, también Italia podrá finalmente afrontar esta atroz planificación criminal y dar justicia a treinta entre hombres y mujeres de origen italiano que fueron secuestrados, torturados, ejecutados, aturdidos por los sedativos, y lanzados al vacío sobre el Oceano Atlántico con vuelos secretos

La idea de esta operación fue de un oficial estadonidense, durante una reunión en Santiago de Chile con el dictador Augusto Pinochet en septiembre de 1973, y oficializada durante la Décima Conferencia de los Ejércitos Americanos. Promotor fue el general brasileño Breno Borges Fortes cuando anunció solemnemente en el pleno de la Conferencia “que era necesaria una grande alianza entre los servicios secretos con el fin de combatir el comunismo y cualquier propósito subversivo”,

Obsesesionados por el peligro comunista y sostenidos y subvencionados por el gobierno americano dominado en esos tiempos por el viento “maccartista”, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay, decidieron lanzar una gran ofensiva contra cualquier persona que pudiese tener simpatías por movimentos u organizaciones de izquierda, llevando a cabo el mayor masacre del siglo pasado. Se calcula que entre el 1973 y el 1980, fueron detenidas 400.000 personas, desaparecieron más de treinta mil y asesinados 50.000.

Una entera generación fue cancelada en nombre de la lucha a la subversión roja, murieron intelectuales, estudiantes, sindicalistas, sacerdotes, obreros, los niños fueron separados de sus madres y adoptados por los verdugos, las abuelas perseguidas y reducidas al silencio, los parientes amenazados o forzados al exilio, dejados vagar en bùsqueda de los propios parientes en una odisea marcada por el dolor, sùplicas, indicaciones falsas, promesas incumplidas, mentiras y crueldades.

El terreno en esos tiempos era adapto. Los siete países que estaban implicados en la “Operación Cóndor”, eran gobernados por juntas militares llegados al poder por golpes de estado. Con la excusa de la emergencia, promulgaron leyes especiales, impusieron el toque de queda, anularon los partidos, desplegaron el ejército en las calles, planificaron arrestos de masa, crearon grupos especiales de intervención y sobretodo se sirvieron de servicios de inteligencia de otros países creando escuadrones de la muerte que actuaban en total impunidad.

Fueron necesarios más de diez años para teminar con esta matanza. Sólamente cuando los organismos humanitarios lograron hacer oír su voz y decenas de miles de quejas llegaron a las NN.UU., el mundo decidió que había llegado el momento de cerrar ese horrible capítulo.

Las juntas militares abandonaron el poder concediendo de nuevo elecciones a una condición tácita: silencio absoluto y este silencio tenía el sello de dos leyes: “Punto Final” y “Obediencia” y el aval de dos indultos presidenciales en Argentina: en 1989 y en 1990. Los principales artífices de la matanza fueron protegidos contra cualquier procedimiento penal. Poco a poco el frente compacto comenzó a romperse. Los tiempos eran distintos, la verdad comenzaba a emerger. El golpe de gracia lo dio un juez paraguayo, durante una investigación en una estación de policía en Asunción, descubrió un archivo que describía la suerte de miles de miles de víctimas, secuestradas, torturadas y asesinadas por la fuerzas armadas de los siete países que formaban parte de la “Operación Cóndor”.

Entre amanezas, medias admisiones y muchas mentiras un militar de la Armada Argentina y ex miembro del aparato represor que gobernó argentina entre 1978 y 1983, revela toda responsabilidad en los vértices de la Junta Militar Argentina. Lo hace con documentos oficiales que había conservado y que demostraban como las órdenes de ciertas prácticas de torturas y desaparición de los detenidos, habían llegado desde muy alto. Gracias al libro “El Vuelo” se vio en todo su horror la culminación del genocidio que estaba borrando toda una nueva generación argentina.

De la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) transformada en un centro de detención, torturas, exterminio de la Junta Militar golpista del General Jorge Rafael Videla, se alzaban en vuelo decenas de aviones con a bordo centenares de prisioneros sedados con narcóticos hechos pasar por normales vacunas. Hombres y mujeres fueron lanzados al vacío.

Ahora que inicia el proceso, será interesante conocer las versiones y justificaciones de los protagonistas de esos años. Jefes de Estado, oficiales de Estado Mayor, altos oficiales de las tres armas, ministros del Interior, etc. Muchos de ellos han fallecido. La sentencia de los tribunales italianos tendrà un valor jurídico histórico. No sabemos si este proceso restituíra algo de justicia a miles de jóvenes que han caído en una represión brutal. Recordar sus nombres servirá a no olvidar para evitar que suceda de nuevo.