Para evitar, de entrada, un mal entendido, debo aclarar que no estoy hablando de los sacerdotes religiosos, aunque comience con ellos, sino estoy hablando de los pretendidos “revolucionarios”, civiles, los partidarios, los que toman el poder. Uso la metáfora de sacerdotes, pues creen ellos haber superado la religión; lo que han hecho es inventarse una nueva religión, la “ideología” política. Mi debate es con los marxistas, a quienes ya les he dicho públicamente que hay que defender a Marx de los marxistas, que es lo peor que le ha podido ocurrir a Karl Marx, salvo contadas y excepcionales excepciones del marxismo crítico. Que han convertido al marxismo en una nueva religión, los textos de Marx en escrituras sagradas, a Marx en Moisés. Los marxistas son unos sacerdotes, no exactamente emancipadores ni liberadores. Eso es. Concretamente el debate es contra los apologistas, los voceros, los aduladores y “sacerdotes” de los gobiernos progresistas. No se me ocurrió atacar a los sacerdotes religiosos ni a la religión. Un tratamiento de estos temas requiere otro enfoque, más complejo.

La investidura sacerdotal de los “revolucionarios” institucionales

El sacerdote es el intermediario entre la divinidad y los mortales; los sacerdotes terminan adquiriendo el reconocimiento social de la nobleza espiritual. Forman parte de las castas dominantes de la sociedad. Difunden y defienden no solamente la religión, sino la verdad de la religión. No solamente están a la caza de los paganos, por así decirlo, sino que declaran enemigos a los que no solamente no creen, sino tienen otras interpretaciones sobre los “textos sagrados”. Los sacerdotes son anticipadamente inquisidores y posteriormente, a la inquisición como tal, como represión sistemática contra los y las sospechosas de heterodoxia y brujería, también lo son. El sacerdote es la figura emblemática del poder, pues representa a la verdad y al monopolio de la disponibilidad de fuerzas. Conjunciona en su figura las imágenes del terror y, al mismo tiempo, del hechizo. El sacerdote juega entonces un papel conservador, hasta reaccionario, cuando la sociedad se encuentra empujada a su propio devenir.

En la modernidad, época de la desacralización y el desencanto, respecto a las mitologías y religiones, época pragmática, en sentido utilitarista, los sacerdotes religiosos, sin haber desaparecido, han sido sustituidos, en su papel de custodios de la verdad, por los sacerdotes políticos. Estos sacerdotes son intermediaros entre los mortales y los “escritos sagrados” de la religión profana, la política. Que quede claro que hablamos de la política en términos restringidos, como policía. Los sacerdotes políticos son los custodios de los discursos de legitimación del poder.

Estos sacerdotes políticos son celosos. Defienden con tesón las verdades políticas, que pueden ser, si se quiere, conservadoras, o, en su caso, “revolucionarias”. Se oponen tenazmente a la crítica; en otras palabras, en sentido kantiano, al uso crítico de la razón. La verdad política no puede ser cuestionada; ni siquiera puede ser interpretada. La interpretación válida es la oficial. Estos sacerdotes no se destacan por su ingenio, sino por su automatismo repetitivo, por su dogmatismo. Investidos por el fuero de la verdad supuesta, se consideran el referente político. Juzgan a partir de este presupuesto central, pretenden ser la medida de la verdad política; entonces, todo lo que se desvía de este modelo es descalificado.

Ciertamente las religiones jugaron un papel constitutivo en una etapa determinada de las sociedades; pasada esta etapa, se convierten en instituciones represora, inhibidoras, castrantes. Persiguen detener los devenires de las sociedades. Los sacerdocios políticos, una vez pasada las revoluciones, incluso antes, juegan el mismo papel; castran, inhiben y reprimen la potencia social, a la que temen. Sus recursos son ramplones; descalifican en el marco del esquematismo religioso, repetido en política, de bien y mal, conjugado con el esquematismo moderno de amigo/enemigo.

Generalmente los sacerdotes políticos no aportan en la discusión, sino la detienen; no permiten que se dé. De manera inmediata reprimen, descalifican, lanzan efusivamente sus diatribas; dividen el mundo entre el espacio verdadero y el espacio falso, que, según ellos, puede ser anacrónico, incongruente. Odian las innovaciones, los desplazamientos, los nuevos debates, la actualidad. Para ellos la historia se ha detenido en el periodo de gloria clásico o de la “revolución” pasada. De estos sacerdotes, los más ornamentados, son los sacerdotes que se pretenden “revolucionarios”. Se consideran el fin de la historia, el ejemplo, el modelo, aun cuando sean investiduras teatrales de glorias pasadas, siendo en el presente el disfraz bufonesco de conservadurismos recalcitrantes.

Ciertamente los sacerdotes políticos “revolucionarios” tienen poco que ver con las acciones insurgentes, que desencadenaron la “revolución”; son personajes que aparecen después. Usurpan a los movimientos sociales anti-sistémicos la representación; son los voceros que se montan a las estructuras de poder, recreadas por la “revolución”. Las “revoluciones” entran en contradicciones, debido a los condicionamientos del poder y del Estado; en estas circunstancias los sacerdotes políticos “revolucionarios” coadyuvan al incremento de la crisis política, pretendiendo evitar las contradicciones con narrativas institucionales edulcorantes. Si los aduladores son como las termitas que se comen la madera con la que hay que construir la nueva sociedad, los sacerdotes políticos son los oficiales de estos aduladores. Si los apologistas son los constructores de mitos, respecto a la “revolución” en curso, supuestamente sin contradicciones, los sacerdotes políticos son difusores de estos mitos. Entre aduladores, apologistas y sacerdotes políticos se conforma un bloque “ideológico”-político conservador, la contra-revolución en la “revolución”.

Ciertamente los “procesos revolucionarios” son complicados, contradictorios, atravesados por tensiones de fuerzas encontradas. Para coadyuvar a su avance y profundización lo mejor es el ejercicio de la política en sentido amplio, como suspensión de los mecanismos de dominación, en tanto ejercicio de la democracia radical, la democracia participativa, acompañada por deliberaciones, críticas y autocríticas, promoviendo la pedagogía política en los colectivos sociales. Sin embargo, los sacerdotes políticos promueven todo lo contrario, la anti-política o la política en sentido restringido, como policía; la anti-democracia, exigiendo la obediencia y la disciplina; la manipulación del pueblo por medio de la propaganda y la publicidad, formando clientelas políticas. De esta manera, los sacerdotes políticos se convierten en los arquitectos del desastre, en los constructores de la derrota de la “revolución”. Lo irónico de todo este drama político es que los sacerdotes lo hacen a nombre de la “revolución”.

Los sacerdotes políticos no entran al debate; al contrario, lo evita. Prefieren esgrimir sus artes inquisidoras de descalificación, perseguimiento y tormento acusatorio. Expresan religiosamente los recónditos miedos del poder a la libertad, a la crítica, a la potencia social. Expresan elocuentemente las figuras más retrogradas del poder; patriarcalismo, colonialismo, ceremonialismo[RPA1], ritualismo, fetichismo, aunque, obviamente, no lo reconozcan, a pesar de manifestar estas formas en sus comportamientos y en sus discursos. En sus diatribas, sacan a relucir sus dotes; uso artificial de términos, mezclados en una algarabía “ideológica”, pretendiendo decir algo, sobre todo descalificar, cuando lo único que ocurre es que descubren sus propias miserias.

Las recientes experiencias de intentos políticos de transformación, si quieren evitar el circulo vicioso de revolución-contra-revolución, de cambiar el mundo y hundirse después en sus contradicciones, por no haber resuelto el problema del poder y del Estado, requieren no solamente luchar contra las resistencias conservadoras de las castas dominantes desplazadas, sino contra estos sacerdotes políticos, que son el huevo donde se incuba la serpiente.