Hay excepciones; unos dice, de manera sugerente, que se trata de excepciones que confirman la regla. Yo no sé, si es eso. Hay historias persistentes, historias que son contra-historias; historias que se oponen a la narrativa de la historia, a las formas consabidas de la historia. Se trata de rebeliones contra la historia, contra la realidad; de muestras de una energía sorprendente, de un afecto hermoso y de una voluntad sobresaliente. Uno de esos casos es Cuba, la revolución cubana. No vamos a discutir si estamos a favor y en contra de esta búsqueda del socialismo en un solo país; lo que interesa, a diferencia de lo ocurrido en la URSS y en la República Popular China es que el proyecto socialista persiste en la isla caribeña. Encontremos o no contradicciones, incluso abusos, hasta autoritarismos – compartiría la crítica al estalinismo – lo sugerente en la revolución cubana es que se ha realizado el proyecto socialista en la isla caribeña, que no contaba o no cuenta con los recursos materiales para garantizar la consecución de la construcción socialista. Lo sugerente es que es, prácticamente, el único proyecto socialista que queda en pie. Ni siquiera el caso de la revolución vietnamita y su victoria sobre el imperialismo norteamericano queda en pie. La pregunta es: ¿Por qué?

No se trata de discutir aquí verdades, pues no las hay, sino de interpretar la fuerza que ha mantenido esta revolución socialista, por más contradicciones que contenga. Nuestra hipótesis, no muy bien expuesta antes, era que Cuba del siglo XX es como Paraguay del Siglo XIX, país interno del continente contra el que se efectúo la Guerra de la Triple Alianza, comandada por Gran Bretaña. Paraguay expresaba el proyecto político-social-cultural endógeno contra el proyecto mercantilista, comercial, dependiente de los puertos; contra, en definitiva, la hegemonía de la revolución industrial inglesa. Paraguay, a pesar de la heroica entrega y lucha, perdió ante la acometida de los estados cipayos de Argentina, Brasil y Uruguay. Cuba, a pesar de enfrentarse al híper-imperialismo norteamericano, pesar del bloqueo sistemático de casi medio siglo, ha resistido y perdurado.

Para decirlo de entrada, lo que llama la atención es la mantención, la conservación, la expansión y la persistencia de la voluntad de subsistir. La revolución cubana es, quizás, la única revolución socialista vigente. Independiente de los errores que se haya podido cometer, del exceso de autoritarismo y exigencia de disciplina; independiente de ese apego al Estado fuerte, lo sorprendente en la revolución cubana es haber logrado realizaciones sociales, políticas y militares. Se trata de un proyecto consistente, por la dedicación de quienes, la mayoría del pueblo cubano, está involucrado. Como se dice popularmente, es un proyecto serio; ninguna simulación, como pasa con los gobiernos y proyectos progresistas de la Suramérica del siglo XXI.

Desde esta perspectiva, una cosa es el bloqueo del imperialismo a la revolución cubana, a la isla caribeña rebelde, y otra cosa es lo que no se lo propone el imperio, el bloqueo al ALBA. Cuba fue bloqueada porque se trataba de una revolución amenazante para el imperio. Si el imperio bloqueó otros proyectos, bloqueos en los que no se puede ver sino ambigüedades, es porque el imperio es paranoico. No se puede equiparar un bloqueo efectuado materialmente a Cuba y un supuesto, hipotético, bloqueo al ALBA, que parece no darse ni en perspectivas. La revolución cubana, estemos o no de acuerdo, fue y es efectiva, aunque se haya limitado en lo que respecta a los alcances geográficos, por razones de que ninguna revolución socialista es nacional, sino mundial. Las llamadas “revoluciones socialistas del siglo XXI” no se saben, a ciencia cierta, qué son. Están mucho más atrás de los logros sociales, políticos, económicos y culturales de las Revolución Cubana.

La revolución cubana es materialmente, históricamente visible. La autodenominada “revolución socialista del siglo XXI” es un discurso; hipótesis no verificada hasta ahora. Lo que lograron los y las cubanas revolucionarias en Bahía Cochinos al vencer a la invasión imperialista, lo que demostraron en la guerra de Angola, al ayudar a expulsar al ejército racista de Sur África, lo que reconoce Naciones Unidad como logros en términos de salud, conmensurado por los indicadores de desarrollo humano, son ejemplos que bastarían para valorar la incursión de la revolución cubana en la historia universal, hablando de ese modo, a la manera de las costumbres de la episteme moderna. Se puede profundizar el análisis y penetrar en lo sorprendente de una revolución igualitaria que se hizo con escasos recursos. Esto no lo vamos a hacer ahora. Lo que interesa es mostrar las diferencias entre esta revolución efectiva como acto heroico latinoamericano y el simulacro discursivo del autodenomindado “socialismo del siglo XXI”.

Los intelectuales apologistas, que han medrado a la sombra de la revolución cubana, que se han investido de sus ropajes, que se han colocado sus laureles, que adquieren prestigio porque apoyan la revolución cubana, sin necesidad de comprender su drama y su acto heroico, ahora se apresuran sin entender por qué lo hacen, de apoyar a Cuba en esta restauración de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos de Norte América. Sorprendidos, pero como están acostumbrados a actuar mecánicamente, sólo lanzan loas, sin decirnos algo que valga la pena.

Cuba para el imperio no es un “Estado fallido”, según la concepción conservadora de su intelectualidad reaccionaria; “Estado fallido” mote que ahora usan incluso presidentes de gobiernos “progresistas”; Cuba es un Estado enemigo. Estado ante el cual se ha fracasado tratando de llevarlo al colapso, como lo dijo Obama, con el bloqueo sistemático. En realidad no hay “Estado fallido”, hipótesis conservadora, sino el mismo Estado es una falla social, una falla de las sociedades. Si ahora, el imperio busca rehabilitar las relaciones con la revolución cubana es porque Cuba es un Estado, construido por el camino del proyecto socialista, aunque no haya concluido. En cambio, para el imperio, los países del resto del ALBA siguen siendo “estados fallidos”. Ciertamente no lo son, pues no hay Estado fallido, salvo en la “ideología” conservadora. No va a haber bloqueo al Alba; el imperio no necesita hacerlo. Lo que requiere el imperio es resolver problemas pendientes, su política del bloqueo con Cuba ha fracasado.

La revolución cubana, su persistencia, sus logros, sus alcances, incluyendo sus contradicciones, es un acto heroico perdurable. Independientemente de la crítica que podamos efectuar al estalinismo, a la pretensión del socialismo en un solo país, al estatalismo, es una revolución que debemos defender. Es parte de la historia heroica mundial y latinoamericana. Es la utopía encarnada, con todas las contradicciones que pueda contener. Nuestra defensa no es la misma que los apologistas; es distinta. No hay que defender la verdad de la revolución cubana, puesto que no hay verdad, salvo metafísicamente, sino se trata de defender el ejemplo de una revolución que persiste debido a su contenido ético y moral, a su entrega, aunque haya sido comandada por las disciplinas del diagrama del poder del partido comunista. Ya o dijimos en otro lugar; hay partido comunista y partidos comunistas; unos son los que, obligados por la agresión imperialista se volcaron a organizar estrategias militares, otros son los que optaron por el burocratismo y el discurso cínico que proclama las leyes de la historia, legitimando su propia inercia. Hay que distinguir el debate sobre las pretendidas vanguardias, sobre la necesidad del partido, de lo que respecta a la comprensión de la consecuencia orgánica de instancias partidarias que apostaron al instrumento político. Como también dijimos, la historia efectiva no se da por razones, no es resultado dela historia efectiva, sino por la concurrencia de las fuerzas.

Cuba retorna a las relaciones con el imperialismo norteamericano, así como el imperialismo norteamericano busca la reactivación de relaciones diplomáticas, no solo por consejo exigido por Naciones Unidas, sino por un realismo político. La revolución cubana es una realidad ineludible en el mundo contemporáneo. El partido comunista cubano ha demostrado que ha logrado productos, ha realizado proyectos, independientemente si estamos o no de acuerdo con la totalidad de estos alcance y los métodos empleados. A diferencia, los gobiernos “progresistas” de Suramérica han dejado en claro que lo que les interesa es la simulación socialista, populista, incluso nacionalista, cuando efectivamente se entregan a la expansión del extractivismo colonial, del capitalismo dependiente, de la reiteración, por otros caminos, del colonialismo.

La discusión sobre las aperturas, en el contexto del bloqueo, es larga en el PC cubano. No hemos podido acceder a esta discusión; empero, parece importante, por los detalles del debate, además por los dilemas puestos en mesa. Es indispensable conocer este debate para tomar una posición sobre la actual coyuntura cubana. No se trata de lanzar cantos de apoyo, escritos apologistas, adelantándose a reconocer la victoria cubana sobre el imperialismo, sino de comprender las dificultades de una gran revolución en la coyuntura actual. Los difíciles pasos que da esta revolución, las complicadas decisiones que toma. Lo importante es amar la consecuencia cubana en contextos altamente difíciles y complejos, independientemente de si estamos de acuerdo o no. No tiene peso el radicalismo demostrativo y teatral, no tiene peso el apologismo adulador y sin crítica; tiene implicaciones en el análisis el comprender el esfuerzo de un Estado, de un gobierno, de un partido, de un pueblo, en una coyuntura problemática y de transición.

No son equiparables la revolución cubana y la simulación de los gobiernos “progresistas” de Suramérica. Se trata de dos manifestaciones políticas diferentes. La revolución cubana fue el acontecimiento político de la segunda mitad del siglo XX, junto a la victoria vietnamita sobre el imperialismo norteamericano. La autodenominada “revolución socialista del siglo XXI” de Sur América y de Nicaragua es un montaje teatral, cada vez más grotesco, en la medida que se evidencia su entrega al imperio, al orden mundial, al sistema financiero internacional, a las trece empresas trasnacionales extractivistas, que dominan el mundo.