(ABI).- El suizo Johann Jakob Von Tschudi desconocía el valor telúrico y cosmogónico de la estela que la tarde del 18 de octubre de 1858 escondió entre sus ropas, después de sonsacarla a los indígenas custodios de la Illa del Ekeko que emborrachó en el poblado de Tiawanacu, a 73 km de La Paz, sede del gobierno de Bolivia, adonde ha vuelto a principios de noviembre tras 156 años carestías y otras imprecaciones.

Estériles habían sido las gestiones y ofrecimientos materiales por la estatuilla a los custodios sujetos desde tiempos inmemoriales a la lógica del trueque, a los que sedujo con un licor dulzón que los indígenas dejaron correr por el gaznate.

“Les pregunté a los dueños si me venderían esa deidad, pero lo rechazaron con indignación”, escribió Von Tschudi en su ulterior obra decimonónica ‘Viajando a través de América del Sur‘, en la que confidenció que “una botella de cognac (vino dulce) los volvió más flexibles” y cedieron preliminarmente a entregársela.

La Illa es parte de la preincaica cultura Pucara, caracterizada por la sociedad de la abundancia y la redistribución.

Científico y lingüista, Von Tschudi creía que llevaba consigo “una estatuilla muy interesante y bien elaborada”, tal vez el equivalente andino del Santo Grial de los cristianos escondido desde el siglo XII en algún lugar de la europea Britania y que los nazis buscaron con afán desde 1939.

“Primero, las negociaciones fracasaron por el precio. Sólo cuando los indígenas estaban completamente ebrios se produjo la transacción”, escribió en su libro.

Mas, “cuando los indios trataron de deshacer el trato, ya era demasiado tarde”, pues Von Tschudi, enamorado de la estatuilla de 15,5 cm de altura y 2 milenios de antigüedad, ya había puesto rumbo, al galope, hacia el Pacífico, de donde se embarcó a Europa, admite en Viajes a través de América del Sur.

Dice la mitología andina que desde que Von Tschudi arrancó la Illa de su seno, el Ekeko, desprendido de su esencia, vagó por las heladas cumbres nevadas de los Andes como el ángel expulsado del paraíso y que tuvo que adquirir forma humana, contrahecho, envejecido, regordete y cargado de utensilios, más bien con atuendos y apariencia occidentales, para representarse como el diosecillo de la abundancia, que los andinos honran desde finales del siglo XIX cada 24 de enero.

También, que tras su extravío, por parte de sus custodios, se abatieron, sobre la región, tiempos de carestía, a manera de imprecación.

Hacia los siglos VIII al XI después de Cristo, sobre Tiawanacu, cultura plantada en su fase expansiva, se abatió una sequía secular, que recorrió los lagos, produjo migraciones y liquidó la población, cifrada entonces en 100.000 habitantes.

La Illa, que en los años 30 del siglo XX fue depositada por los descendientes de Von Tschudi en el museo suizo de Berna, “tiene miles de años, no es de ahora”, dijo el canciller aymara de Bolivia, David Choquehuanca, en declaraciones a la ABI en abril último cuando gestionaba el retorno de la deidad andina al sitio de donde fue secuestrada.

La Illa “es un centro energético, queremos que esta energía de la abundancia vuelva a donde tiene que estar. Es importante que esa energía esté en su lugar en el planeta tierra”, agregó Choquehuanca en La Haya, donde acompañó al presidente Evo Morales a la entrega, el 15 de abril último, de la Memoria de la reivindicación marítima ante la Corte Internacional de Justicia, donde Bolivia ha radicado un juicio a Chile.

Choquehuanca venía, día antes, de gestionar en Berna, con el secretario de Estado de Suiza, Yves Rossier, y la ministra de Culturas del país helvético, Isabelle Chasso, la devolución de la deidad.

Bolivia y Suiza carecen, hoy mismo, de un tratado de protección de bienes culturales, lo que obligó a La Paz a realizar intensos cabildeos con parlamentarios y alcaldes suizos y gestar un convenio bilateral.

El retorno de la Illa a su lugar de origen coincide con el nuevo Pachajcuti, que los indígenas andinos proclaman como el advenimiento de los nuevos tiempos después de la llegada de los “barbudos” al Abya Yala o Nuevo Mundo, en 1492.

Considerado filósofo y restaurador de la cosmovisión andina, Choquehuanca estuvo a visitar en el museo suizo, a instancia de la embajadora boliviana en Alemania y concurrente en Suiza, Elizabeth Salguero, a la Illa del Ekeko a finales de 2013 y principios de este año.

“He tenido una sensación inexplicable. Lo he visto como solicitando protección, como reclamando para que sus hijos tenemos que luchar, para que vuelva a su lugar. No se siente bien” en el Museo de Historia de Berna, adonde fue vendido en 1929 por el bisnieto de Von Tschudi, dijo en abril pasado Choquehuanca.

Suerte de naturaleza diárquica, la Illa del Ekeko representa en sí mismo lo femenino y masculino. “Yo soy tú y tú eres yo”, filosofa el canciller boliviano que obtuvo, tras intensas gestiones con las autoridades suizas, la repatriación de la estatuilla.

La Illa volvió a Bolivia el 7 de noviembre que corre y por decisión de la administración Morales será presentada el 24 de enero que viene, día en que se celebra la tradicional festividad de la Alasita (compra en idioma nativo), dos días después que el gobernante, un indígena aymara, juramente a su tercer mandato consecutivo desde 2006.

Antes de esto, la Illa será reivindicada en las ruinas de Tiawanacu, la Isla del Sol y otras plazas ancestrales del país andino amazónico.

El retorno de la Illa del Ekeko fue precedido por el viaje de yatiris (chamanes) andinos a Berna y la construcción de “un puente seguro de retorno para que el Ekeko vuelva su casa”, apuntó Choquehuanca.