A pesar de aquella sensación generalizada que ya parece saber quién será el ganador de las próximas elecciones, una de las inquietudes fundamentales de la opinión pública en la actual coyuntura, es sin duda alguna la referida a cómo se distribuirá el apoyo electoral del pueblo.

Sin tomar en cuenta aquella oposición derechista irrelevante, y al margen del desencanto y el rechazo que ha provocado en sectores medios, populares e intelectuales el modelo de gestión adoptado por el gobierno en los últimos años, dándole la espalda y abandonando las tareas de transformación y cambio que se habían perfilado al inicio del proceso; se puede advertir que en la mayoría del pueblo ha surgido y prevalecen dos tendencias principales y opuestas en pugna, cuyo desenlace conoceremos todos el 12 de octubre cuando se conozcan los resultados de las elecciones nacionales.

Se trata, por una parte, de aquella opción que respalda incondicionalmente la candidatura oficial y que se encuentra representada principalmente por las organizaciones campesinas y de colonizadores (denominados interculturales), incluyendo sectores obreros y otros menores que lograron acuerdos electorales, a cambio de asegurarse puestos en las listas de candidatos. Al frente se percibe una fuerte masa temerosa, enfadada y preocupada de ciudadanos que, sabiendo que no existe ninguna oposición alternativa razonable para apoyar, se encuentra dudosa sobre la pertinencia de repetir y otorgar nuevamente aquel respaldo mayoritario que ha derivado en abuso de poder, tentaciones totalitarias y un control desmesurado del gobierno y el poder.

El dilema no es menor ni mucho menos despreciable, habida cuenta de lo que se encuentra en juego. Sabiendo que han quedado atrás y son cada vez más remotas las posibilidades de profundizar y avanzar en el proceso de transformaciones y cambio, lo que habrá que decidir es si lo que queremos es endosar y embargar la voluntad, el criterio y la participación social para que el gobierno haga y decida por el pueblo; o si lo que se prefiere es abrir la oportunidad para evitar la intolerancia y el sectarismo predominantes, devolviéndonos el derecho para profundizar la democracia y la participación social.

En la otra orilla del escenario nacional, donde los protagonistas son los partidos políticos que han entrado en la contienda electoral, no hay mucho que decir, habida cuenta del deplorable papel de los partidos de oposición, que no han logrado captar apoyo y, menos, constituir una opción electoral alternativa.

Sin embargo y precisamente por ello, surgen algunas interrogantes no menos importantes. Sabiéndose ganadores, por qué el MAS y el gobierno continúan tan empeñados y desplegando una campaña electoral de semejante envergadura, que les demanda mucho esfuerzo, energía y gastos?. Cuál es la explicación para un esfuerzo de esta magnitud?.

Al respecto comparto dos hipótesis:

a) Los datos y la información que dispone el gobierno y el MAS, les muestra que el voto castigo es bastante mayor de lo que parece y aparece en las encuestas y, por ello, mandan inclusive votar en línea y por consigna. Las organizaciones sociales han sido divididas y cooptadas parcialmente, y otros sectores sociales importantes están descontentos. Hay inseguridad.

b) En realidad no les preocupa solo ganar, sino arrasar. Cuanto mayor sea el respaldo electoral, mayores serán los argumentos y tentaciones para controlarlo todo. El apoyo exigirá retribuciones, reclamará ofrecimientos realizados y el control sobre el aparato del Estado debe crecer para cobijar los nuevos aliados incorporados, pero sobre todo para consolidar una nueva casta/rosca política dominante, esta vez, también en lo económico.

En este caso es ya poco lo que pueden hacer estos protagonistas, puesto que sin importar sus acciones, al final dependen de la decisión que adopte el pueblo.

(*) Sociólogo. Boliviano