Un largo silencio me acompaña, hace más de dos meses he dejado de publicar en mi columna “A quien corresponda” en ERBOL Digital (y otros medios, como BOLPRESS y ALAI-AMLATINA, que tienen la gentileza de reproducir mis invocaciones) y no es que no tenga algo que decir, es que es más grande el horror y el espanto que me acompañan que las letras que puedan enunciarlo.

Pongo mi mirada en el mundo, y me horrorizan las noticias cotidianas que nos muestran cómo y cuánto sangra Gaza y que, además, han opacado las de tantos otros lugares donde se producen guerras horrorosas, donde los muertos se cuentan por cientos, por miles, como si cada una de esas vidas –por sí misma– no valiese siquiera ese número en la estadística. Guerras sin fin, sin motivo (o con motivos aparentes), sin nada que ganar y todo por perder. Las fotografías de MIS niños y MIS niñas de Gaza –sí, porque aunque suene presuntuosa, son tan míos como del mundo que los pierde– me provocan tan hondo pesar, que me dejan sin palabras. Ya no basta maldecir a quienes provocan tanto horror, ya no basta protestar contra todos los poderes del mundo que no hacen algo efectivo para ponerle fin a tanto espanto, ninguna explicación alcanza cuando lo que están haciendo es provocar un genocidio sin límites y que de seguro tendrá secuelas de odio por muchas generaciones más, de las descendencias de quienes quedarán con vida para contarlo.

Si coloco mi mirada en mi país y en la “coyuntura”, veo que ahora más que nunca está en riesgo la democracia, esa entelequia por la que nuestra generación peleó contra las dictaduras militares. Lo percibo toda vez que escucho a la gente de mi entorno decir “cuídate”, “cállate”, “mira para otro lado”, “no te pongas en evidencia”… Cuando esto sucede, es señal de que “el huevo de la serpiente” está madurando en el inconsciente colectivo, y es entonces cuando la democracia está en verdadero riesgo, porque no puede haber democracia sin un cuerpo social vital que tenga la capacidad de enfrentarse a los poderes abusivos, a la soberbia de los poderosos, al cinismo de quienes se saben y creen ganadores por anticipado; tan ganadores, que ya ni las formas cuidan, que andan por todas partes pateando todo cuanto les incomoda y les hace frente, porque creen que nada podremos contra ellos.

Veo cómo se alistan las fuerzas políticas para lidiar en las próximas elecciones generales de octubre, y no puedo menos que sentir/saber que no tenemos motivos para ilusionarnos. Del lado del “oficialismo” vemos con impotencia cómo derrocha discurso y dinero DEL ESTADO para continuar con su campaña destinada a “encantar” al pueblo que todavía cree en él, tan encantador discurso emite que todavía se escuchan voces de intelectuales que respeto, que desde afuera o desde adentro del “proceso” abogan por un “apoyo crítico” a algo que ya tiene el olor de los cadáveres insepultos. Mientras que, del lado de las oposiciones, veo cómo se colocan en posición de perdedores anticipados, sin más para ofrecer que un juego de luces para evitar que se vuelva a consumar el temido “dos tercios” con el que la camarilla que se apropió del “proceso de cambio” y que con ello logró arrasar con cualquier vestigio de “estado de derecho” en estos cinco años, logre mantenerse ahí con ese poder sin límites.

La derecha más recalcitrante, representada por Tuto Quiroga, presenta una lista de candidatos sacados del parque jurásico, algunos neo-nazis incluidos, de esos que se creen que su blanquitud los hace más dignos del poder que cualquier otro que habite este territorio. Los unitarios demócratas, al lado de Samuel Doria Medina, nos ofrecen una coalición donde todo cabe, con un discurso que sólo convoca a una opción por el “menos malo”. Los “sin miedo”, con Juan Del Granado a la cabeza, que tenían la oportunidad de convertirse en una opción de oposición con firmeza, estuvieron perdiendo mucho tiempo en el intento de una política de alianzas “todo vale”, y al final sacaron de la manga a una chiquilla caprichosa como figura “juvenil” de acompañante ¿para atraer el voto “oriental” que ya tiene destino claro después de la configuración de las fuerzas políticas antedichas?, con lo que perdieron la confianza de mucha gente que había puesto alguna expectativa en esa candidatura. Al final de la cola están los “verdes”, con Fernando Vargas al frente, una opción sin pretensiones ganadoras –tanto así que no lograron siquiera completar la plancha de 168 candidatos/as, incluidas las candidaturas para presidente y vicepresidente– pero que al menos plantea un discurso orientado a reconducir el malhadado “proceso de cambio” por los cauces por donde se fundó.

Y, como yapa, tenemos “listas equitativas” con “paridad” y “alternancia”, 50% hombres y 50% mujeres, como si la presencia de una proporción igual de mujeres y hombres en las mismas, nos ofreciese alguna garantía de algo a nuestro beneficio (como mujeres, digo), cuando ya hemos visto con demasiada paciencia y claridad meridiana, que esa presencia no representa ni más ni menos que el ejercicio de un derecho de ciudadanía para las mujeres quienes, después de todo, tampoco se sienten “obligadas” a representarse ni a representarnos en nuestras vindicaciones de género.

Finalmente, miro en mi entorno más próximo, en el que tengo comprometida mi militancia y mi quehacer más persistentes, y veo los cotidianos actos de violencia en contra de las mujeres de mi país (y del mundo), tan cotidianos que ya ni hacen mella en el corazón de la gente, porque suman y siguen sin que nada logre detenerlos, y esa rabia habitual que clava espinas en mi cerebro y e mi corazón con cada una de ellas. Frente a esto, ninguna de las ofertas políticas electorales antes mencionadas siquiera las nombra, salvo en las costuras, como para decir algo que nada dice, porque la violencia en contra de las mujeres “no es un tema electoral”.

Viendo y poniendo todo esto en perspectiva: los horrores de las “guerras” que en el mundo provocan tanto dolor y destrucción, las opciones que se nos plantean ante las próximas elecciones generales en Bolivia, y la violencia en contra de las mujeres, quizás alguien se preguntará por la coherencia de este artículo. Permítanme responderles de este modo: creo que los tres asuntos tienen interconexiones invisibles, pero al mismo tiempo muy fuertes, y es que todas se refieren a nuestras oportunidades hacia el futuro.

Primera pregunta: en un mundo desgarrado por el horror de las guerras ¿a quién puede importarle nuestra endeble democracia si resultare derrotada?

Segunda pregunta: en un país donde la oferta política se reduce del peor al “menos malo” ¿qué nos promete el futuro inmediato si no “más de lo mismo”, cuando mucho, si no es peor?

Tercera y última pregunta: ¿qué opciones tenemos las (y los) feministas frente a este panorama tan desalentador? Por lo visto, no muchas, salvo el continuar bregando a favor de las causas que consideramos justas, con una proyección de mediano y largo plazo que promueva la paz, la democracia y la libertad como los valores imperecederos que nos constituyen como “sujeto político”.