Es increíble que en Bolivia no existan bibliotecas dedicadas a la literatura infantil y juvenil, aparte de la Biblioteca Thuruchapitas de Cochabamba que, hasta la fecha, es la única especializada en libros para niños desde 1990. Aunque una de las obligaciones de los Ministerios de Educación y Culturas es velar por la educación, se sabe que la Biblioteca Thuruchapitas se financia con aportes provenientes de iniciativas privadas, y si se mantiene viva es gracias al impulso tesonero de la escritora Gaby Vallejo Canedo y al decidido apoyo de los docentes del Taller de Experiencias Pedagógicas, que han logrado establecer diversos programas de lectura y escritura destinados a la comunidad educativa; una maravillosa experiencia que debe replicarse en otros departamentos del país.

No cabe duda que, al ritmo que se viene avanzando en el ámbito de la difusión de la literatura infantil y juvenil, a través de las ferias del libro y la promoción de la lectura en escuelas y colegios, La Paz será la segunda ciudad en contar con una biblioteca destinada a los pequeños lectores. Todo dependerá de que la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil y las autoridades del gobierno municipal se pongan de acuerdo para disponer de un espacio público, donde puedan catalogarse y sistematizarse los cientos de libros que, desde la fundación de la Academia en junio de 2006, están siendo donados por los mismos autores bolivianos, con la esperanza de que un buen día todo este tesoro literario sea puesto al servicio de los interesados.

Lo cierto es que en un país, además de existir bibliotecas públicas que atienden a la ciudadanía en general, es imprescindible contar con bibliotecas escolares como espacios que alberguen una colección organizada y centralizada de materiales educativos y recreativos, para satisfacer las necesidades e intereses tanto de los estudiantes como de los profesores, quienes necesitan, además de aulas, un recinto favorable para el estudio, investigación, autoformación y lectura.

La creación de una biblioteca escolar no sólo es una necesidad pendiente en nuestro medio, sino una obligación que les corresponde a las autoridades pertinentes de los Ministerios de Educación y Culturas del Estado Plurinacional. No en vano la declaración de la UNESCO afirma: “La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. Habida cuenta de que la biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas. Las bibliotecas escolares deben contar con una financiación adecuada para disponer de personal capacitado, materiales, tecnologías e instalaciones. Además, han de ser gratuitas”. Asimismo, la UNESCO especifica su función como ente educador y recreativo: “La biblioteca escolar proporciona a los alumnos competencias para el aprendizaje a lo largo de toda su vida y contribuye a desarrollar su imaginación, permitiéndoles que se conduzcan en la vida como ciudadanos responsables”.

Está claro que la biblioteca escolar es un lugar de aprendizaje, encuentro y comunicación, integrada en el proceso pedagógico para favorecer la autonomía y responsabilidad del alumno, proporcionándole materiales bibliográficos de investigación para cualquier disciplina y, como es natural, libros de literatura infantil y juvenil que, por su propia naturaleza, tienen un carácter más recreativo que didáctico, en vista de que los libros de poemas, cuentos o una novela no tienen por qué transmitirles conocimientos científicos, si lo que se pretende es formar a los buenos lectores del mañana, a partir del encanto de la literatura infantil y juvenil.

Ya se sabe que una biblioteca, aparte de ser un sitio donde están catalogados y clasificados los libros, es un punto de encuentro donde los usuarios se dan cita para tener un acceso directo a la información acumulada en sus anaqueles, que permiten la investigación, la educación, la formación del hábito de la lectura y el esparcimiento; éste último aspecto es fundamental para que los niños y jóvenes asistan a una biblioteca que, en el mejor de los casos, no sea una suerte de recinto sepulcral, sino un ámbito en el que también se disponga de dependencias que permitan disfrutar de los juegos de ajedrez, títeres, teatro infantil, actividades plásticas, musicales, proyecciones cinematográficas y otros.

Con la creación de una biblioteca escolar se consolida la idea de que todos los seres humanos tienen derecho al libre acceso a la información, un factor social que contribuye, a su vez, a la formación intelectual del individuo, sin distinción de edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, lengua, condición social y situación profesional. La biblioteca escolar cumple con su función educativa y con su misión de socializar los conocimientos de manera democrática, sin que por esto se convierta en un instrumento de propaganda política, un medio de censura o control ideológico; mucho menos si los principales usuarios son los niños y jóvenes, quienes deben gozar con los materiales que dispone una biblioteca, sin ser sometidos a dictámenes de censura moral ni a presiones de padres y profesores.

Lo ideal es que cada unidad educativa tenga una biblioteca que albergue obras que estén en relación con el programa educativo, el interés y la necesidad del estudiante; es decir, la biblioteca escolar debe ser una herramienta didáctica que contribuya al proceso de enseñanza/aprendizaje de contenidos específicos, pero también a la actividad lúdica de los niños, quienes se lanzan a los estantes para buscar los libros de su preferencia, que es la mejor manera de disfrutar de una lectura por placer y no por obligación.

Los expertos recomiendan que los padres y profesores no impongan un tipo de libros “apropiados”, ni traten la lectura como una obligación, ni establezcan horarios rígidos, ya que los niños, mientras más se sienten acosados por lecturas que no les interesa, tienden a rechazar y odiar la literatura de “imposición”. Para evitar este trauma emocional, lo correcto es dejarles elegir en absoluta libertad los libros que los seduce por su contenido, formato e ilustraciones. Sólo así se logrará que el niño disfrute del placer de leer y forje en él al gran lector de la literatura universal.

Por otro lado, en la biblioteca escolar no sólo se encuentran las colecciones bibliográficas disponibles para el préstamo o consulta, sino también materiales gráficos, medios audiovisuales e instrumentos de la informática moderna, para navegar por servidores que contienen libros “electrónicos”, como son las bibliotecas virtuales, donde los niños y jóvenes pueden satisfacer su curiosidad y encontrar los libros digitales que son de su interés. De hecho, las nuevas tecnologías de información y comunicación, a estas alturas de la historia, se han convertido en los mejores aliados del desarrollo del hábito lector. Los niños y jóvenes de las grandes urbes, en el proceso concerniente a la lectura y aprendizaje, están habituados a los libros tanto impresos como digitales; un desarrollo tecnológico que ha irrumpido en las escuelas y los hogares en los últimos años.

Si bien es cierto que la falta de bibliotecas obedece a falta de solidez en las infraestructuras socioeconómicas de un país, debido a la mala administración de los recursos del Estado, es cierto también que cualquier gobierno debe destinar mayores presupuestos a la educación y la cultura, ya que éstos son dos de los pilares fundamentales sobre los cuales se asienta toda sociedad que se preocupa por informar y formar a sus ciudadanos.

Los gobiernos municipales tienen la obligación de apoyar toda iniciativa que tenga el objetivo de crear bibliotecas públicas y escolares, que cuenten también con obras recreativas, puesto que los libros destinados a los pequeños lectores no tienen por qué tener un carácter didáctico o instructivo; por el contrario, deben servir para estimular la creatividad y fantasía de los niños y jóvenes, quienes encuentran un refugio en esa literatura que los arranca de su realidad cotidiana y les ofrece un viaje imaginario a otras dimensiones a través del texto y las imágenes.

La biblioteca escolar, a diferencia de la biblioteca pública, dispone de libros que fomentan el hábito de la lectura; un objetivo que no siempre se logra a través de los libros académicos ni didácticos que, en el proceso de enseñanza/aprendizaje, los profesores emplean a diario en las aulas, conforme al programa escolar establecido por los tecnócratas de la educación. No obstante, la biblioteca escolar no deja de ser un lugar de aprendizaje y encuentro, integrada en el proceso pedagógico del sistema educativo, que establece que la misión principal de un profesor es la de guiar a los estudiantes hacia la búsqueda de los conocimientos establecidos en los libros de texto.

El personal encargado de la biblioteca escolar, que incluye los programas, actividades y servicios al usuario, debe tener competencia psicopedagógica, de acuerdo a las necesidades del sistema educativo. Esto implica que debe tener una labor no sólo técnica sino también pedagógica, ofreciendo a los estudiantes todas las oportunidades para el uso adecuado de las fuentes de información y el acceso a la lectura como forma de entretenimiento y medio de enriquecimiento personal.

En la mayoría de los casos suelen ser los mismos profesores quienes se encargan de la gestión y actualización permanente de la biblioteca. Cada uno de ellos siente la biblioteca como propia y, desde esa perspectiva, ayuda a difundir los materiales didácticos y recreativos que permiten fomentar la lectura como medio de información, comunicación y entretenimiento, con miras a que los estudiantes alcancen mayores niveles de conocimientos básicos y, sobre todo, adquieran el hábito de la lectura que, con el transcurso de los años, les permita descubrir por sí mismos todo el arsenal de conocimientos reunido en una biblioteca, donde se atesora el inmenso caudal de la sabiduría humana, procedente de varias culturas y generaciones, ya que en los libros está concentrado el patrimonio cultural que ha sido registrado a lo largo de la historia de los pueblos del mundo.

Por último, si se considera que la cultura debe estar al alcance de todos los ciudadanos, entonces es indispensable crear bibliotecas móviles, como son los “bibliobuses”, que se desplazan por diferentes barrios de la ciudad, ofreciendo sus servicios a las familias que, por diversas razones, viven en las zonas periféricas de las grandes urbes. Esto requiere de la participación activa de las autoridades municipales, los responsables de la biblioteca pública y de los interesados más directos, que en este caso son los estudiantes y padres de familia.