Asunción (PL).- A las siete de la noche del 13 de agosto de 2003, los periodistas cubanos que nos encontrábamos en Asunción, Paraguay, cubriendo la llegada del Presidente cubano acudimos a un edificio de tres plantas que hace esquina en las calles Agustín Barrios y Cabo Primero Feliciano Mareco. Ese mismo día Fidel Castro cumplió 77 años. Subimos a la primera planta. Tocamos en la puerta del apartamento. Nos recibe su inquilino. Encorvado por sus 86 años de vida difícil y cubierto con un aura blanca y solemne de patriarca bíblico, Augusto Roa Bastos, de figura baja y robusta dejó a un lado sus males cardiacos y pulmonares, sus recuerdos ingratos de exilios y ausencias, y nos atendió en su hogar ubicado en el exclusivo barrio asunceño de Las Carmelitas.

Al darnos una amable bienvenida nos fue estrechando la mano al grupo de representantes de la prensa cubana que lo visitaba por primera vez. La curiosidad periodística nos llevó a observar que el escritor vivía modestamente. En la pared algunos marcos con fotos del novelista. En un costado una pequeña mesa también fotografías que recogen diversos momentos de su vida.

El ventanal, provisto de dos pequeñas macetas floridas, estaba entreabierto desde muy temprano y tenía las cortinas descorridas, como cuando se espera visita y uno quiere que sepa que se le aguarda. Pero nada rompía la tranquilidad de aquel apartamento tan sencillo como su inquilino.

Autor de más de 20 títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía, que han sido traducidos a 25 idiomas, estaban colocados ordenadamente en la biblioteca.

La fama literaria de Roa Bastos comenzó a surgir con la publicación en 1953 de “El trueno entre las hojas”, un libro de cuentos, y de la novela “Hijo de hombre”, en 1959, una obra ambientada en el Paraguay rural con personajes de la guerra del Chaco.

Pero su consagración llegaría en 1974 con “Yo el Supremo”, considerada su obra maestra y una de las cumbres de la literatura castellana contemporánea, en la que narra la historia de José Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante 26 años.

“En opinión de los críticos es su obra polifónica que descompone el lenguaje y le hace decir lo indecible”, expresa el escritor Mario Goloboff, quien compartió con Roa Bastos el exilio en Toulouse, Francia. Es del criterio que en esta novela “la figura del dictador Gaspar Rodríguez de Francia es una excusa para romper con la tradición de la novela política realista; Roa Bastos usa técnicas de la vanguardia literaria para universalizar la historia de su país. Es la obra de su vida y la más trascendente, porque aquí el tema del dictador latinoamericano es un pretexto para crear un mundo y un lenguaje personal de gran fuerza”.

Dos años después de la publicación de esta novela, el escritor fijó su residencia en Francia, donde enseño guaraní y literatura latinoamericana en la Universidad de Toulouse. En 1985 obtuvo la nacionalidad francesa.

La huella de los clásicos se nota en sus versos “El ruiseñor de la aurora y otros poemas” (1942) y “El naranjal ardiente”. Pero en su literatura hablaba también la voz de la experiencia.

Sin duda, Roa Bastos ha sido el escritor más importante de la literatura paraguaya moderna y uno de los que marcaron el tono de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

Es miembro de honor de varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas. Ha recibido prestigiosos premios y condecoraciones, de los cuales destacan el premio del British Council (1948), el Concurso Internacional de Novelas Editorial Losada (1959) y el Premio de las Letras Memorial de América Latina (Brasil,1988), y distinciones de otros países como la condecoración José Martí del gobierno cubano en 2003 y el Premio Konex Mercosur 2004 a las Letras.

En 1989 le es otorgado el Premio Cervantes; generoso, donó su importe metálico para apoyar proyectos educativos en el Paraguay y hasta sus últimos días escribió una columna de opinión en el diario Noticias de Asunción.

Estuvo casado con Iris Giménez -lingüista experta en la cultura mexicana- y tuvo tres hijos de ella, además de otros dos hijos de su primera esposa -Ana Lidia Mascheroni- y otro de su matrimonio con María Isabel Duarte. Uno de sus hijos, Augusto, falleció en Suecia.

Desde el exilio, Roa Bastos estuvo al frente de un movimiento de intelectuales paraguayos que denunciaron las violaciones a los derechos humanos durante el gobierno de Alfredo Stroessner.

“Él nos devolvió la dignidad para salir de una dictadura de 35 años”, dijo la escritora e historiadora Milda Rivarola, quien también integró ese movimiento.

Se lamenta de que sus libros fueran reconocidos en el nivel mundial, mientras durante varios años permanecieron prohibidos en su país natal.

Tras la operación a corazón abierto en la que, hace cinco años, 1982, se le implantaron “bypass”, el gran escritor paraguayo ha realizado una vida completamente normal, aunque su salud se ha visto algo deteriorada durante los últimos meses. No obstante, ha podido terminar dos libros que aún no han sido editados. Uno de ellos, de aforismos, se titula “Mil proverbios rebeldes”; el otro, una novela, con el título provisional “Un país detrás de la lluvia”. A sus 86 años, el escritor lleva una vida concentrada en su producción literaria, con esporádicas incursiones en actividades en las que participan muchos jóvenes.

En la conversación nos comentó que ha sido invitado a muchos países pero que es solo a Cuba a donde quiere ir. Pocos días después su sueño se hizo realidad cuando Fidel lo invitó viajar con él a la isla caribeña.

Su corazón dejó de funcionar el martes 26 de abril de 2005, cuando un paro cardíaco le apagó la vida a los 87 años, tras una intervención para retirar un coágulo en la cabeza, luego de una caída accidental en su domicilio.

Con motivo de su fallecimiento Fidel escribió:

“Quiero trasmitir a la familia de Augusto Roa Bastos y a todo el pueblo hermano de Paraguay, mi profundo pesar y mis más sentidas condolencias por el fallecimiento de esa figura excepcional de las letras latinoamericanas y universales, quien fuera además un amigo leal y entrañable de Cuba.

Guardo, muy frescas en mi memoria, aquellas horas tan estimulantes y cálidas que pasamos juntos, en agosto del 2003, cuando le impusimos la Orden José Martí, máxima condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba. Nuestro pueblo recuerda con gratitud y orgullo aquella visita con que nos honró para siempre Augusto Roa Bastos.

Nos deja su obra y su ejemplo como creador extraordinario y como hombre íntegro, de principios inconmovibles”.

De acuerdo con la prensa paraguaya, Roa Bastos pidió en un testamento redactado hace varios años un funeral sin mucha pompa y que sus cenizas fueran depositadas junto a los restos de su familia.

Nunca movió un dedo para promoverse. Su temperamento lo hacía preferir la soledad de la escritura. Personalmente escogió el bajo perfil. Fue consecuente con esa voluntad suya de mantenerse alejado de los reflectores y las cámaras.

Augusto Roa Bastos sufrió la historia de Paraguay en carne propia y la convirtió en literatura. Para muchos, su grandeza artística era también el fruto de una ética… Es uno de los grandes escritores latinoamericanos de este siglo.

***

Fidel se encontraba en la nación sudamericana para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente paraguayo Nicolás Duarte Frutos. A las 12:00 en punto del día 14 el líder cubano se apareció en el hogar de Roa Bastos. Nidia Díaz, periodista de “Granma” describió el encuentro:

“No tengo que preguntarle cómo se siente, porque lo veo muy bien”, le dijo Fidel apenas atravesó la puerta principal del apartamento donde vive el escritor. Se abrazaron. Se sentaron en un pequeño sofá e iniciaron una charla informal y amena.

El saludo, las fotos de la prensa que presenciaba aquel acontecimiento singular de ver reunidos a un estadista mundial y a un intelectual de tamaña altura, fue lo que sucedió en el primer breve intercambio de palabras.

Fidel demostró una afectuosidad especial, se acercaba al escritor y lo abrazaba, le tomaba las manos, mientras le preguntaba con reiterado interés: “Bueno, dígame usted cómo es su día. A qué hora se levanta, qué hace…”. Con la ayuda del doctor Alejandro Maciel y la compañía de Pablo Burián, el editor de “El Lector” -que estaba allí especialmente para entregar las obras del escritor a Fidel-, iban construyendo el horario.

-Hace mal -dijo Fidel cuando Roa Bastos le contó que no caminaba lo suficiente-. Mire, debe usted caminar mucho… como yo.

Su enorme figura se doblaba para hablar casi al oído al escritor. Fidel, familiar, indagaba detalles de su vida cotidiana:

-¿A qué hora se levanta?

-Temprano, a las 5:00.

-¿A qué hora se acuesta?

-Diez u 11:00 de la noche -le respondió Roa Bastos y sonrió.

-Me gusta caminar -abundaría luego el anfitrión-, mover las piernas…

Roa Bastos con una locuacidad impresionante a sus 86 años de edad le habló de su vida en el exilio.

El gran escritor parecía arrobado mientras escuchaba a Fidel comentarle o preguntar sobre sus libros, la guerra de la “Triple Alianza” que desataron Argentina, Uruguay y Brasil contra Paraguay, en el siglo XIX; la cultura, la educación que tanto necesitan los pueblos de América.

Roa Bastos era todo atención, como si quisiera apresar cada sílaba y cada instante: el ceño de vez en vez fruncido pero con la suavidad que indica reflexión e interés del interlocutor por el más mínimo detalle. Los ojos pequeños y todavía vivaces, relampagueantes.

El Comandante repasó e indagó sobre los ejemplares que tenía ante sí. Poesías reunidas, cuentos completos, una colección de folclore, historia, sociología, música, ética y moral; todo sobre el Paraguay. El Premio Cervantes de la lengua castellana de 1989 obsequió al líder cubano con varios de sus libros, entre los que se incluía su trascendente “Yo, El Supremo”.

Desde luego que no podía faltar “Hijo de Hombre”, “uno de los que más quiero”, confesaría.

Como recuerdo de su visita, Fidel le dejó al artista un paisaje marino en lienzo, y una estatuilla que reproduce en pequeña escala la imagen del Martí con el niño en brazos que preside la Tribuna Antimperialista, en La Habana.

Con la modestia de siempre, el hombre de voz suave y mirada dulce, a quien sus colaboradores y vecinos llaman sencillamente Augusto, le pidió un autógrafo al Comandante en Jefe para uno de sus hijos.

Fidel escribió: “Desde el hogar de nuestro querido y admirado maestro, padre suyo, y hermano mío, para un honor infinito con que nos honra a él, Francisco, y a mí”.

Al marcharse Fidel la colega Marina Menéndez, de “Juventud Rebelde” recogió las impresiones del escritor: “Voy a escribir un libro sobre este encuentro”, le dijo Augusto Roa Bastos a uno de sus colaboradores no bien se hubo despedido Fidel. Todavía flotaba en el ambiente aquel aire de familiaridad y satisfacción que reinó durante el tiempo en que conversaron.

“Hacía 44 años que no lo veía, desde aquel día en mayo de 1959 en que le conocí casi por casualidad durante uno de mis exilios en Buenos Aires. Le abracé hasta donde pude abarcar con mis brazos aquel cuerpo corpulento. Estuvimos charlando muy poquito, porque era una reunión casi oficial pero, yo me atreví. Me acerqué, y le saludé. “Ah qué tal, chico”, me dijo. Desde entonces, no le vi más. Pero fue un momento de una aproximación mutua muy rápida, muy linda.

Ahora, sin embargo, había vuelto a encontrarme con la fraternidad de dos amigos que hubiesen estado en comunicación siempre.

Tuve una comunicación directa y cordial con él. En fin, hablamos de temas que interesan, incluso al Paraguay, como la alfabetización, y el apoyo masivo a la cultura, entre los cuales figura la edición de libros muy económicos, que estén al alcance de toda la gente. Realmente la venida del Comandante acá ha sido una voz de aliento, un apoyo muy importante y le estamos profundamente agradecidos.

La visita de Fidel a mi casa demuestra que es un exponente de la solidaridad cultural, y con este viaje ha reafirmado eso. Cuba ha sido siempre muy atacada por la especie de neoliberalismo burgués que tenemos en nuestro país, pero está perdiendo espacio.

Para mí Fidel es un símbolo, realmente, de lo que puede ser un gobernante revolucionario. El se ha desempeñado con eficacia, con honradez y con espíritu patriótico, que para mí es lo más resaltante de su gestión de gobierno; el profundo amor a su pueblo cubano y también su sensibilidad hacia los pueblos de América Latina.

Él sigue defendiendo la soberanía de su país, y es eso lo que me hizo justamente adherirme a la revolución cubana, porque había un profundo sentido de defensa de la independencia y la soberanía del pueblo cubano”.

-¿Qué le ha parecido la visita de Fidel a Paraguay?

-Una voz de aliento, un apoyo muy importante que le estamos profundamente agradecidos. Cuba es un gran ejemplo para nosotros, y tenemos que tratar de acercarnos más.

-¿Cómo es que siendo usted un amigo de Cuba tan fiel y tan antiguo, me asombra que no haya ido antes a visitarnos?

-Iré tan pronto pueda. Probablemente más pronto de lo que usted se imagina. La isla está ahí desde hace mucho tiempo, y va a estarlo por mucho tiempo más.

Pocas horas más tarde Roa Bastos viajaba a Cuba en compañía de Fidel, quien le hizo una invitación especial.

***

Antes de terminar el día 13 nuestro primer encuentro con Augusto Roa Bastos, aproveché para hacerle algunas preguntas al insigne intelectual paraguayo. Volví a conversar con él a la tarde siguiente.

-¿En que año nació?

-El 13 de junio de 1917, en Asunción.

-¿Quiénes eran sus padres?

-Soy hijo de una madre de origen portugués muy cultivada y de un burgués de clase media muy severo y autoritario, gerente de una refinería de caña de azúcar. Mi origen es vasco, portugués y guaraní.

-¿Quién influyó más sobre usted?

-Tanto mi madre como mi padre. Recuerdo que ella me leía cuentos o la Biblia en guaraní a la luz de las velas y fue mi cómplice para calmar los miedos, la rebeldía del hijo frente a un padre extremadamente riguroso, pero que prefiero recordar como quien me preparó para los rigores de la vida y la disciplina que posteriormente me permitió escribir.

-¿Dónde transcurrió su infancia?

-Pasé mi niñez en Iturbe, del Manora, un pequeño pueblo de la región del Guairá y de cultura bilingüe guaraní-castellano, a unos 200 kilómetros de la capital. La población estaba compuesta mayoritariamente por mestizos guaraníes. Con el tiempo me sirvió de escenario de mis primeros relatos. Ese bilingüismo también iba a marcar mi literatura,

-¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

-A los 10 años, mis padres me enviaron a estudiar a la capital. Me alojé en la casa de mi tío, el obispo Hermenegildo Roa, hombre de origen catalán con quien viví algunos años, quien tenía una excelente colección de libros en su biblioteca. Ahí leí a los poetas del Renacimiento y el Barroco. Me formé en la lectura de libros clásicos franceses, de León Tolstoi y de William Faulkner. Fui monaguillo y secretario de mi tío.

-¿Recuerda cuando escribió su primera obra?

-No he olvidado que en 1930, ha pedido de mi madre, quien me regaló libros de William Shakespeare y de literatura guaraní, escribí una pieza teatral “La carcajada”, que fue representada para recaudar fondos en favor de los ex combatientes de la revolución de 1928. También muy joven escribí el cuento “Lucha hasta el alba”.

-¿Usted participó en la guerra del “Chaco”?

-Con 15 años, en 1932, cuando estalló la guerra entre Paraguay y Bolivia, conocida históricamente como la “Guerra del Chaco”, escapé con otros compañeros del colegio “San José”, de curas donde estaba como interno, para vivir la aventura de la guerra y serví en ella como enfermero; los horrores que presencié me enemistaron para siempre contra la violencia.

-¿Qué experiencias sacó de dicho conflicto?

-Descubrí que el ser humano en sociedad es más importante que el individual. Comprendí que toda guerra es enorme y peor si es contra tu hermano. Aquel conflicto fue el extremo de la estupidez humana. Mi vida cambió totalmente…

-¿Por qué?

-Aprendí que en ese bárbaro oficio como es la guerra uno no puede desnaturalizarse, porque frente a la muerte, la verdad acude desnuda sin que uno la llame.

-Después de la guerra, ¿a qué se dedicó?

-Volví a Asunción y busqué trabajo. A los 16 años logré entrar en el Colegio de Comercio, en esa escuela hice dos años de contabilidad y después ingresé a trabajar en el Banco de Londres sustituyendo a una hermana mía que laboraba ahí.

-¿Cuándo comenzó a escribir en la prensa?

-En 1944 formé parte del grupo Vy‘a Raity (“El nido de la alegría” en guaraní), decisivo para la renovación poética y artística de Paraguay durante esa década, junto a autores como Josefina Pla y Hérib Campos Cervera. Después en 1945 viajo a Inglaterra.

-¿Con qué motivo?

-Invitado por el British Council, viajé a Gran Bretaña donde pasé un año como corresponsal de guerra del diario “El País” de Asunción, donde publiqué mis entrevistas y crónicas del final de la II Guerra Mundial. Igualmente entrevisté al general Charles De Gaulle.

-Al año siguiente me trasladé a Francia y cubrí como periodista los juicios de los criminales nazis en Nuremberg, Alemania. Mis entrevistas y crónicas las publiqué en 1946 bajo el título “La Inglaterra que yo viví”.

-¿En qué momento regresa a Paraguay?

-En el año 1947.

-¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

-Al regresar de la guerra empecé a escribir teatro a la vez que trabajaba como administrativo de banca o como periodista para “El País”, diario de Asunción que me facilitó los primeros viajes a Europa, en particular a Inglaterra.

-¿Cómo le fue en su país?

-Nada más volver a Paraguay, tuve que abandonarlo tras la asonada de Natalicio González en 1947, éste dictó orden de arresto por mis artículos periodísticos. Tuve que marchar al exilio.

-¿A que país?

-Argentina.

-¿De que vivió en Argentina?

-En Argentina realicé todo tipo de oficios sin abandonar nunca mi actividad literaria. Trabajé de cartero, vendedor de seguros, traductor, corrector de pruebas, camarero de hotel, limpiador de vidrieras, vendedor de chucherías en el Delta. Más tarde, como guionista de cine, autor teatral, periodista y profesor de diversas universidades de América Latina. Pase 30 años en el exilio donde escribí gran parte de mi obra.

-¿Qué significó esa larga ausencia de su patria?

-El exilio significó un dasarraigo, un fenómeno doloroso, pero al mismo tiempo un enriquecimiento. Todo tiene su precio y creo que el exilio fue una universidad para mí, muy extraña, muy atípica, que me permitió conocer otras cosas que no hubiera conocido en mi propio país.

-¿En que momento publica su primer libro de relatos?

-En 1953.

-¿Con que título?

-“El trueno entre las hojas”. En 1960 termino “Hijo de hombre”, título que iniciaba la trilogía sobre el monoteísmo del poder.

-¿Hasta que fecha residió en Argentina?

-En 1976, al producirse el golpe de Estado en Argentina, me vi obligado a trasladarme a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse, donde me desempeñé como profesor de Literatura Hispanoamericana y cree el curso de Lengua y Cultura Guaraní. Igualmente el Taller de Creación y Práctica Literaria. Permanecí en dicha ciudad francesa hasta 1989.

-¿Cómo son sus relaciones con otros escritores?

-No tengo ni buenas ni malas relaciones. En las letras, como en todos los actos humanos, hay una especie de guerra intestina permanente, que en lugar de beneficiar a los autores, los excluye. He afrontado en solitario el acto de la narración.

-¿Qué aconsejaría a los jóvenes escritores?

-Tienen que leer a trinar sin preocuparse si uno es original o no en lo que escribe. Aunque duela, para aprender hay que romper los originales y seguir destruyendo escritos. Hay novelas que he reescrito tres o cuatro veces. Hay que encontrarle la palabra a la sensibilidad. Se debe escribir con modestia.

-¿Se considera un cronista de la historia?

-No le quepa la menor duda. Soy un cronista de la historia de mi país. La mayoría de las historias y personajes de mis relatos se basan en hechos reales, no sé inventar. Tomo la referencia histórica como materia prima para reelaborarla completamente y transformarla en obras de ficción, diría, casi puras.

El periodista boliviano Darwin Pinto, en una entrevista le preguntó: ¿Qué opina de la obra de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez?

-Para mí, Rulfo es uno de los grandes escritores a pesar de su obra escasa porque hizo toda una literatura con sólo dos libros. García Márquez es muy capaz y creo que es el mejor de la generación de narradores latinoamericanos que asombraron al mundo. Gabo es el referente ineludible para entender al Boom. Fuentes es uno de los pocos autores que demuestra una maestría innegable en el manejo de la escritura. Estos dos autores son difíciles de calificar porque siempre tienen algo más de lo que uno percibe. Pese a que Borges, Cortázar y Bioy Casares eran argentinos, sus respectivas narrativas eran diferentes. Admiro a Cortázar por su fuerza, su irremediable convicción de crear una literatura,

-¿Cuál?

-La suya.

-¿Y Borges?

-Borges está mal interpretado. Todo el mundo lo asocia con la literatura inglesa, creo que hay una vena propia. La literatura de Borges es culta, de élite, de facciones idiomáticas extranjeras, pero no hay que olvidar que es un gran creador de ficciones.

-¿Qué me puede decir de Miguel Ángel Asturias?

-Miguel Ángel Asturias, premio Nobel, en Leyendas de Guatemala, incursiona lo más posible en el misterio de la lengua latinoamericana, no en el folclore que es más superficial, sino en la parte profunda de un pueblo, de una raza, que fue bien interpretada por Asturias. Fuimos amigos. Felizmente no se me dio por imitarlo, aunque lo considero uno de los grandes narradores del siglo XX.

-¿Le preocupa que lo olviden?

-Me alegra sobrevivir en la memoria de mis compatriotas pero le temo al olvido, esa otra ley a la que está sujeto el hombre.

-Para escribir, ¿qué es necesario?

-Hay que combinar el orgullo de ser escritor y una tremenda humildad para abordar ese orgullo. No puede decirse “voy a sentarme a escribir tal cosa”, eso es irresponsable. La obra tiene que estar machacada y comprimida para escribirla o morir en el intento.

-¿Hay una literatura universal?

-Hay escritores locales que son más universales que los académicos. Ahí tienes a Rulfo en México que con sólo dos libros hizo una literatura genial que se puede entender donde haya habido desolación

-¿Cuál es el libro que más quiere?

-A todos lo tengo el mismo cariño. Cada uno en su momento desempeñó un papel importante pero hay tres que les poseo una especial referencia: “Hijo de hombre”, “Yo, el Supremo” y “El Fiscal”, que tratan del Paraguay bajo la sombra del poder despótico “desde el momento en que este país es destruido a sangre y fuego en 1870 hasta la insurrección que abatió al dictador Stroessner”.

“Yo, el Supremo”, es, en sí, la historia encarnada de un gobernante que tuvo probablemente entre los dictadores de América Latina la mayor suma de poder real sobre la colectividad de su tiempo”.

Sobre esta obra la escritora argentina Mona Moncalvillo, planteo:

“Sin duda, con “Yo, el Supremo”, su máxima contribución a la narrativa, Roa Bastos realizó un osado, innovador y sistemático desmontaje del mito del poder omnímodo, mostrando acuciosamente cómo quien pretende asumirlo va siendo proporcionalmente destruido en tanto ser humano y convertido en un monstruo incomunicado. “Yo el Supremo” es mucho más que una novela histórica, que una novela de la dictadura, o que una novela de denuncia política”.

-¿La literatura es agradecida?

-Lo es cuando se entiende que para atraparlas hay que sacrificarse. Si, el autor siente que escribió lo que quería, como quería, entonces todo ha valido la pena. Cuando uno se mete en este mundo, la idea es triunfar o morir en el intento.

-¿Durante sus exilios mantuvo intelectualmente contacto con su país?

-Sí. Es que hay alguna fuerza que me mueve, es esa terrible sensación de la extrañeza, del estar lejos de lo que uno llama la Patria. En la lejanía nunca hice una obra complaciente con Paraguay, al contrario, siempre me acusaron de buscar la parte mala. Lo que he hecho ha sido buscar y criticar las cosas que no andaban bien: el manejo político, la pobreza de los paraguayos. De literatura a mi tierra le debo muy poco, ya que aquí la ficción es muy escasa y yo por suerte no encontré ningún libro que me guiara, siempre me metí en obras ajenas.

-¿En que momento regresa definitivamente a su patria?

-No se dio sino hasta 1996, siete años después del fin del gobierno de Stroessner. Tras el derrocamiento de la dictadura, de quien fui crítico acérrimo. Tanto es así que en 1982 me quitaron la ciudadanía paraguaya, mas en 1983 me concedieron la española

-¿Qué sintió?

-En un primer encuentro el shock emocional fue de dos extraños que se encontraban, que tardaron un poco en reconocerse.

He sufrido un destino de desarraigo personal y de pérdida de la lengua por efectos del exilio y eso es una de las peores cosas que puede sufrir un escritor.

También había cambiado mi visión del mundo, había estado muchos años en Europa, en una cultura distinta, así que fue como un viaje en un laberinto, una aventura fascinante que me permitió tomar el pulso a mi país.

-¿Por qué ha mantenido una posición solidaria con Cuba?

-La Revolución cubana es algo único. He mantenido una actitud de apoyo al proceso cubano con escritos, conferencias, adhesiones frecuentes al movimiento revolucionario. He combatido en romper esa especie de “círculo mágico” en contra de Cuba que hay en nuestros países colonialistas. He dado mi parte, pequeña, pero bastante directa y contundente.

-Ya en la despedida volvemos a hablar de Fidel

-La presencia de mi hermano Fidel en Paraguay tiene una importancia muy grande, porque es una figura casi mítica que ha sabido llevar todos los pasos de una Revolución muy difícil con un coraje y un espíritu de la civilidad y del respeto a los valores populares que son un ejemplo para América y para todo el mundo.

Y en esa lucha desigual Cuba es la bandera a las puertas mismas del imperio, porque esa es la situación: estar ahí prácticamente entre los postigos del imperio y mantener firme el espíritu revolucionario y de lucha, y eso es lo que le da un doble carácter heroico a la Revolución Cubana, a sus líderes y a su pueblo.

El deber de todo ciudadano honrado del mundo es estar al lado de la revolución cubana.

Para Fidel a mí me faltan las palabras porque ha excedido los límites de un dirigente político revolucionario.

-¿Cómo se siente viajando a Cuba?

-No tengo palabras para describir como me siento. Después de más de 40 años haré realidad mis sueños. Sinceramente, pienso que aun estoy soñando…

* Prestigioso periodista cubano. Esta entrevista fue realizada Asunción, Paraguay, 13 y 14 de agosto de 2003. Augusto Roa Bastos falleció en Asunción el 26 de abril de 2005 a la edad de 87 años.