Bogotá.- Siempre tuvo la corazonada de que periodismo y literatura eran primos hermanos, parientes de un mismo linaje, y fiel a esa intuición el escritor colombiano Gabriel García Márquez comenzó a abrazar un oficio al que se mantuvo fiel toda su vida. Hasta los 85 años cumplidos lo siguió ejerciendo con la misma devoción, una envidiable dosis de sabiduría y talento, una mirada indagadora, irónica muchas veces, y un espíritu reflexivo y abierto que le permitió abordar la realidad en sus más variadas aristas.

De sus manos viajan a las del lector reportajes, crónicas y artículos, en los cuales cada acontecimiento es visto al derecho y al revés, desmenuzado, explorado en sus más íntimas costuras, calzado con el dato y la fuente precisos.

En su camino de la literatura al periodismo, y viceversa, descubrió que el parentesco más estrecho entre ambos fluía en el reportaje. En los dos casos, se trataba de contar una historia y atrapar al lector por las solapas sin dejarlo respirar hasta la última frase.

Sólo con una diferencia inviolable y sagrada, como lo explicó en una entrevista publicada en 1998 en el periódico La Nación, de Buenos Aires. “La novela y el cuento, admiten la fantasía sin límites. Pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma. Aunque nadie lo sepa ni lo crea”, argumentaba.

“El reportaje me ha parecido siempre, añadiría, el costado más útil y natural del periodismo porque “puede llegar a ser no sólo igual a la vida, sino más aún, mejor que la misma vida”.

Del parentesco aludido tuvo una absoluta certeza en Bogotá, cuando la periodista Elvira Mendoza convirtió en reportaje una entrevista frustrada, con la declamadora argentina Berta Singerman, al describir las barreras y puertas sucesivas que la entrevistada le iba cerrando. La anécdota la narra en el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla.

No iban a pasar muchos años sin que comprobara en carne propia la hermandad de sangre de esas dos profesiones entrañables, aseguraría más tarde desde una mirada tendida al pasado, con puntadas nostálgicas. “Creo, hoy más que nunca, que novela y reportaje son hijos de la misma madre”, afirmaría.

Gabo empezó a cultivar el periodismo a los 19 años en Cartagena de Indias, cuando se publicó su primera nota, el 21 de mayo de 1948, bajo el título de Punto y aparte.

Allí, entre el olor de la tinta y el perfume áspero del plomo fundido, del papel enrollado en bovinas sobre las que durmió muchas veces acunado por el “rumor de llovizna menuda de los linotipos”, conquistó peldaño a peldaño su estatura de “reportero raso”.

La más apreciable y codiciada condición, a su juicio, de lo que el llamaba el “mejor oficio del mundo”. Fue un camino arduo, “subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones”.

A esa cualidad de “reportero raso” se deben dos textos de excepción en que ambos géneros borran sus débiles fronteras para abrazarse sin pudor, y en cuyas fuentes bebieron y beben todos los periodistas que se precian de serlo.

Se trata de Relato de un náufrago, una historia que le puso en las manos el director de El Espectador, Guillermo Cano, “cuando ya parecía una página vieja, manoseada, trascendida”, para que le auscultara su corazón palpitante a esa historia, y sacara a flote una verdad escondida que olfateaba el instinto inderrotable de periodista astuto que caracterizaba a Cano.

Fue la tarde en que el marinero Luis Alejandro Velasco se presentó en la redacción para vender sus memorias que, a esas alturas, por las infinitas versiones de la noticia, ya no le interesaban a ningún diario. Para todos no era más que “un pescado frío”.

Después de 20 sesiones de seis horas con el protagonista de los hechos, Gabo supo que había que “cocinar la historia en otra olla distinta”, la del reportaje.

Velasco había caído al agua desde un destructor de la Armada colombiana, empujado por un golpe de ola y el lastre de la sobrecarga, aumentado por el tráfico de equipos electrodomésticos. Durante 10 días interminables permaneció en una balsa hasta que el mar lo arrojó a una playa.

El diario El Espectador publicó el reportaje garciamarquiano en una serie de 14 entregas, ilustradas con fotos, y puso en jaque al régimen de Gustavo Rojas Pinilla. A la postre se produjo el cierre del periódico.

La noticia de la noticia

Puesto a recordar, García Márquez rememoraba con frecuencia la primera vez que le encomendaron redactar una nota, en El Universal de Cartagena de Indias, cuando Manuel Zabala tachaba con su lápiz maestro, párrafos completos de punta a cabo, mientras reescribía nota entre los espacios en blanco. Entonces el oficio se aprendía, cuenta Gabo en sus memorias, “al pie de la vaca”.

Igual le ocurrió con la segunda nota y otras sucesivas que aparecían sin firma. Él estudiaba a fondo, cada palabra sustituida. Así hasta que no hubo más frases tachadas. “Supuse que para entonces, evoca en sus memorias, ya era periodista”.

Cuando el diario El Espectador lo envió a Europa, privado de los recursos tecnológicos de las grandes agencias cablegráficas, tuvo que arreglárselas para suplir la ausencia de inmediatez buscando ángulos de la noticia dejados a un lado por sus colegas.

Llevaba la misión de cubrir en Ginebra la llamada Conferencia de los Cuatro Grandes, en la que Dwight Eisenhower (Estados Unidos), Anthony Eden (Gran Bretaña), Nikita Jruschov (Unión Soviética) y Edgar Faure (Francia) tratarían de anudar en 1955 los hilos de la coexistencia pacífica.

Gabo se vio obligado entonces a preservar la originalidad de la información que quedaba a su alcance. Así lo señala Jacques Gilard, quien prologa y recopila el tercer tomo de su Obra periodística titulada Notas de prensa de Europa y América Latina.

El reportero de oficio tuvo que contar lo que le pasó a él y, al mismo tiempo, la historia de la noticia. De esa manera logró preservar la originalidad y frescura de la información.

Estaba capacitado para hacerlo, dice Gilard, por su larga práctica del humor e incluso la forma peculiar en que había trabajado en Colombia el género del reportaje. De esa manera, lo que hasta entonces había sido originalidad, se convertía en una necesidad en esa cobertura en Europa.

Cuando El Espectador cerró sus ediciones por presión del régimen de Rojas Pinilla, Gabo vivió un paréntesis en Venezuela, donde colaboró en varias publicaciones.

Cuba, un nuevo derrotero periodístico

El regreso a su país, apunta Gilard, lo emprendió, sin saberlo, bajo el signo de la Revolución cubana con la creación de Prensa Latina, una agencia que permitiría romper con una grave forma de dependencia: la del monopolio informativo de las grandes agencias internacionales, principalmente estadounidenses.

Al disponer de Prensa Latina, subraya Gilard, la imagen de Cuba y la Revolución dejarían de ser lo que la ideología y los intereses de las metrópolis querían que fuera y se abriría paso la propia visión desprejuiciada de los cubanos. También desde Cuba, señala, “se podría ofrecer otra visión del mundo, particularmente de América Latina, y divulgar, de esa manera, una imagen más auténtica”.

Gabo, quien viajó a La Habana en los albores de la Revolución, se convirtió en uno de los pioneros de este proyecto encabezado por el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti e impulsado por Ernesto Guevara.

Fue uno de los fundadores de la oficina de Prensa Latina en Bogotá, trabajó estrechamente con Masetti en La Habana y luego asumió la corresponsalía de Nueva York. De esa época y, sobre todo, de las complicidades de reportero audaz con Masetti y Rodolfo Walsh, ha dejado constancia en más de una crónica.

El periodismo es sin duda una de las sustancias nutricias de la literatura innovadora de Gabriel García Márquez, de su lenguaje tocado por la belleza y la transparencia del idioma, por la música interna de la palabra y el encadenamiento inusual de frases inmejorables, entre otras virtudes.

Gabo añadió “la épica del idioma a las épicas existentes”, apuntó, entre otras consideraciones, el escritor mexicano Carlos Monsiváis.

Un elemento destacable es la maestría narrativa puesta en juego en todos sus reportajes. Sirva como ejemplo el titulado Sólo 12 horas para salvarlo, una historia construida a partir de hechos investigados hasta el fondo por el reportero y deslizada con un manejo insuperable del suspenso.

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, otro de los grandes del oficio, tras dejar constancia de la admiración que siente por sus novelas, expresó al valorar la obra rotunda de García Márquez: “Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas, que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos”.

“Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”, postula.

Volviendo a él una y otra vez en los intermedios de una novela y otra, sin traicionar nunca la presión de los cierres y las fechas de entrega, recurriendo a veces a los medios menos ortodoxos, “auxiliado por sus amigos” para garantizar el cauce rápido de sus materiales hasta su destino, Gabo ejerció el periodismo con la devoción de un enamorado indefenso ante los embates amorosos.

Para él nunca hubo medias tintas. El periodismo merece ser visto como lo que es, proclamaba: un género mayor, como la poesía, el teatro y tantos otros. Desde que se asomó al mundo lo sirvió y ennoblecido de esa manera. No conocía otra.

Gabo y sus amores con el cine

García Márquez fue siempre una presencia familiar en los festivales de cine de La Habana, una especie de angel tutelar que acudía año tras año a rendir tributo a una vocación entrañable y frustrada. Era un ritual que le placía tanto a él como a los cubanos, en el que muchos ambicionábamos asistir de incógnito por el puro disfrute de escucharlo hablar de cine mientras desovillaba los hilos de Cómo contar un cuento -título de su taller de guiones-, para reivindicar un oficio que exige de quienes lo cultivan una humildad sin tregua porque su destino es solo la gloria secreta de la penumbra.

A esa Escuela de la que fue fundador, entre otros, junto al argentino Fernando Birri y el brasileño Nelson Pereira dos Santos, lo ligaban lazos de hermandad, de sangre, diríase, que la muerte no podrá romper nunca. Son los mismos que lo ataron y seguirán atando a la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, que presidió desde su nacimiento el 4 de diciembre de 1985. Doce meses después fue el bautizo oficial en la Quinta Santa Bárbara, antigua residencia de Flor Loynaz, miembro de una prestigiosa familia de intelectuales cubanos.

Ella la había recibido, en 1939, como regalo de bodas de su novio, el arquitecto Felipe Gardyn. García Márquez la encontró al azar, cuando había sido nombrado presidente de la Fundación, que empezó a funcionar desde el primer momento, aun sin sede. El gobierno de la isla la adquirió comprándola a la que entonces era su heredera, la poeta Dulce María Loynaz. El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos asumió la restauración.

Fue allí donde Tomás Gutiérrez Alea filmó Los sobrevivientes, “una película (…) que no es una verdad más en la historia de la imaginación ni una mentira menos de la historia de Cuba, sino parte de esta tercera realidad entre la vida real y la invención pura, que es la realidad del cine”, dijo García Márquez en sus palabras de apertura de la flamante sede.

“De modo que pocas casas como ésta podrían ser tan propicias para emprender desde ella nuestro objetivo final, que es nada menos que el de lograr la integración del cine latinoamericano”, sostuvo. “Así de simple, y así de desmesurado, añadió, y nadie podría condenarnos por la simpleza sino más bien por la desmesura de nuestros pasos iniciales en este primer año de vida que, por casualidad, se cumple hoy, día de Santa Bárbara (4 de diciembre), que también por artes de santidad o de santería es el nombre original de esta casa”.

Aunque su aspiración de ser cineasta no germinó para convertirlo, a cambio, en uno de los narradores más universales en lengua hispana, Gabo no cesó de persistir en su apego al cine, surgido desde los tiempos remotos en que el coronel Nicolás Márquez lo llevó a ver, por primera vez, las películas de vaqueros, en su natal Aracataca.

Como él mismo recuerda, lo deslumbraron los personajes que vivían su vida frente a él y cuyo soplo de humanidad lo rozaba con un aliento cálido. Movido por la curiosidad, quiso saber si de verdad eran de carne y hueso, tras el velo de la pantalla. Su confusión fue muy grande cuando sólo vio las mismas imágenes al revés.

Al descubrir al fin cómo funcionaba el milagro, quedó atrapado en sus redes de encantamiento y misterio. Fue un flechazo de esa pasión abrasadora que crece sin cesar, para la cual no hay cura ni remedio.

Ya como periodista del diario bogotano El espectador, comenzó a escribir durante un año, una columna para comentar las películas exhibidas y, cuando el periódico lo asignó a Europa como enviado especial, viajó desde Ginebra a Roma con la ilusión de conocer a Cesare Zavattini, uno de los artífices mayores del neorrealismo italiano.

Como muchos otros, apenas alcanzó a verlo de lejos, pero no importaba. Entre 1952 y 1955 estudió en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma. “Entonces no quería más en esta vida que ser el director de cine que nunca fui”, confesaría después.

A México llegó el 2 de julio de 1961 con el propósito definido de materializar ese anhelo candente y, al principio, trabajó para una productora mexicana y compuso con Carlos Fuentes el guión de El gallo de oro, la versión fílmica del cuento de igual nombre de Juan Rulfo. Fue un tránsito breve por los sets de rodaje hasta que decidió volcarse de lleno en la literatura, un derrotero emprendido desde mucho antes con la pasión de sus años juveniles, y en el cual siguió navegando con la misma impaciencia del corazón y ese susto equivalente al del amor con que se entregaba en brazos de la página o la pantalla en blanco cada día.

Durante casi toda su vida el séptimo arte lo siguió acompañando como un fantasma tenaz, no siempre placentero. El mismo lo resumió con una elocuencia certera: “A diferencia de la música, mis relaciones con el cine son las de un matrimonio mal avenido, no puedo vivir sin él ni con él tampoco” y, a juzgar por la cantidad de ofertas que recibo de los productores, también al cine le ocurre lo mismo conmigo.

Un viaje desigual: de la literatura a la pantalla

Sus libros y argumentos, menos Cien años de soledad, esa novela magistral que es como una síntesis de casi todas las novelas imaginadas e imaginables, han sido trasladados a la pantalla con desigual fortuna por realizadores como el italiano Francesco Rossi (Crónica de una muerte anunciada) y los colombianos Jorge Alí Triana (Tiempo de morir) y Lisandro Duque (Milagro en Roma).

A ellos se suman el fallecido director cubano Tomás Gutiérrez Alea (Cartas del parque) y el mexicano Jaime Humberto Hermosillo (María de mi corazón), sin contar las historias o argumentos trasvasados a la televisión como El verano de la señora Forbes, con la alemana Hanna Schygula en el papel protagónico.

Uno los últimos intentos fallidos fue la versión de El amor en los tiempos del cólera (2007), del británico Mike Newell, quien no pudo atrapar el pulso vibrante de una historia de amor que, desde la página escrita, convierte al lector en cómplice fervoroso, en aliado de esos amores que solo podrán saciarse en el otoño de la vida.

De nada le valió a Newell un actor de la estirpe del español Javier Bardem, en el rol de Florentino Ariza, ni tampoco el rodaje en las calles de Cartagena de Indias, con su atmósfera a medias celestial a medias terrena. El celuloide solo dejó tras sí una historia mustia, solo con el decoro de una factura digna.

De ese muestrario del celuloide emergen con acierto las cintas filmadas por el mozambicano radicado en Brasil, Ruy Guerra, quien se atrevió a poner en la piel de la abuela desalmada de la cándida Eréndira a la actriz griega Irene Papas, físicamente en las antípodas del personaje de carne y hueso de la literatura, pero con un fuego de huracán desmandado capaz de suplir los límites casi siempre esquemáticos de lo aparente.

Otra alianza feliz es la enlazada con Jaime Humberto Hermosillo en María de mi corazón, en cuyo guión García Márquez trabajó a pie de página con Hermosillo, hasta darle su redondez definitiva. Fue una aventura con un presupuesto mínimo de 80 mil dólares y todo el equipo asumiendo el proyecto como propio.

Es excelente y brutal a la vez, dijo Gabo cuando vio respirando en imágenes la historia que le habían contado años atrás en Barcelona. Al salir de la sala me sentí estremecido por una ráfaga de nostalgia, dijo. Tal vez porque el rodaje se realizó en la colonia Portales, de la capital mexicana, donde el trabajó, en una imprenta, en los años 60 del siglo pasado.

Su obra sigue tentando a los cineastas con idéntica fuerza y, en especial, a los jóvenes como el mexicano Pedro Pablo Ibarra, empeñado en 2008 en debutar en el séptimo arte con Noticia de un secuestro, a bordo de una coproducción en la que participarían Colombia, Argentina, España y México. En 2009 se firmó el contrato, pero el proyecto se desvaneció como puro humo en el aire.

Gabo fue hasta el final fiel a esa inapagable vocación, esa especie de violín de Ingres cuyas cuerdas pulsaba a menudo con terquedad y cariño, en esa dependencia sin tregua típica de los matrimonios mal avenidos. En Cuba cimentó su sueño, multiplicado en la Fundación y, sobre todo, en esa Escuela abierta al mundo en San Antonio de los Baños, en la que germinan en una florescencia continua nuevas generaciones de cineastas.

* Corresponsal de Prensa Latina en Colombia.