Moscú (PL).- La unificación a Rusia de Crimea y la ciudad heroica de Sebastopol exasperó la atmósfera de tiranteces con Occidente, originada tras el golpe de Estado en Ucrania, al punto de un clímax de guerra fría. La pugna con Occidente en la cuestión ucraniana tiene de trasfondo los serios cuestionamientos de Rusia a la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) alrededor de sus fronteras y la política de dobles raseros.

Las relaciones ruso-estadounidenses cerraron 2013 un año de crecida tirantez por viejos y nuevos problemas que hacen cada vez más visibles la brecha entre Washington y Moscú en las perspectivas de la política mundial y la creciente tendencia hacia un orden multipolar. El desenlace de los acontecimientos ucranianos tras el golpe de Estado anticonstitucional y la destitución ilegal del presidente Víktor Yanukóvich, con el guiño cómplice de Occidente, colocó a Ucrania en el epicentro de dos polos contrapuestos.

Rusia ha sido firme en su postura de no reconocer la legitimidad del proceso violento gestado allí durante los últimos meses, y en consecuencia, la toma del poder armado por sectores de derecha y fascistas. Para muchos expertos, la confrontación verbal por la cuestión ucraniana, en relación con las amenazas y sanciones contra Moscú, significa apenas la punta del iceberg dentro del océano de contradicciones por las visiones contrarias y los intereses geopolíticos.

Según el criterio del politólogo Valeri Mijailin, a la sombra de la retórica oficial de Occidente se esconden muchas otras cosas relacionadas con los intereses y la política de Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y la OTAN, contrapuestos a Rusia. El investigador alemán y especialista sobre Rusia Alexander Rar coincidió con otros expertos en que esa puja en torno a Ucrania hace pensar en una nueva época de guerra fría y no descartó una membresía del país centroeuropeo en la alianza militar occidental.

La directora general del Instituto de Investigaciones e Iniciativas de Política Exterior, Veronika Krasheninnikova, observó al respecto que la guerra fría nunca terminó, y en estos últimos tiempos Estados Unidos y aliados de la OTAN han llevado a cabo una variante enmascarada y silenciosa. Rememoró la politóloga en una entrevista exclusiva a Prensa Latina que, tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991, Rusia y otros estados del espacio postsoviético sucumbieron en una situación de debilidad, y por largo tiempo no pudieron contrarrestar la ofensiva de Estados Unidos.

Una década después, con un potencial político y económico en ascenso, la nación euroasiática estuvo en condiciones de defender sus intereses y los de otros amigos en el mundo. Consideró Krasheninnikova que tras los reveses en Siria e Irán, y la firme posición rusa, en Ucrania Washington y Occidente decidieron ir a la ofensiva. No podían perder, ante un escenario orquestado por las fuerzas fascistas y prooccidentales en ese país.

Y se trataba básicamente de reconfigurar el panorama político interno y el balance de fuerzas, por cuanto significaba sacar del tablero al presidente Yanukóvich y a su partido, las Regiones. De fondo, concuerda la experta, la base de las contradicciones con Moscú radica en las ambiciones de la OTAN de continuar su avance y ampliación hacia las fronteras rusas a cuenta de incluir a Ucrania, y “ello es un factor muy peligroso, al cual no debió llegarse”, advirtió.

En los últimos 20 años, el bloque militar creció de 16 miembros a 28 estados aliados, y no deja de estimular la entrada de otras repúblicas exsoviéticas como Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Desde el punto de vista del mapa político de Europa, es imposible imaginar a Ucrania en la OTAN y también desde el punto de vista de los intereses de Rusia, exteriorizó Krasheninnikova.

El 22 de febrero tuvo lugar en Ucrania un golpe de estado armado. Como resultado, llegó al poder un gobierno autoproclamado, constituido por un lado por agentes de Occidente, y por otro, por ultranacionalistas y fascistas, esbozó la analista rusa. Arseni Yatseniuk, quien se considera a sí mismo el primer ministro, no fue fruto de una elección del pueblo ucraniano, sino de Estados Unidos. Lo corrobora una conversación filtrada entre la secretaria de Estado adjunta, Victoria Núland, y el embajador de ese país en Kiev, Geoffrey Pyatt. En dichas pláticas ellos apostaron, recordó la experta, sobre sus preferencias en cuanto al gobierno ucraniano, y dijeron abiertamente que Yatseniuk tenía que ser el primer ministro.

Otro líder de la oposición ucraniana, de la llamada ala moderada, es el boxeador Vitali Klichkó. Su partido Udar (Golpe), fue financiado y creado por iniciativa del partido alemán de los demócrata-cristianos. La Fundación Konrad Adenauer, asociada con la Unión Demócrata Cristiana, desarrolló en 2010 el concepto de esa formación. De manera que Udar fue creado con recursos alemanes. Además Klichkó es ciudadano alemán, y se supone, no tiene ningún fundamento para aspirar al puesto del presidente de Ucrania.

También el Gobierno autoproclamado en Kiev lo integran fascistas. El nombrado jefe del Consejo Nacional de Seguridad Nacional, Andrei Parubi, fundó en 1991 junto a Oleg Tiagnibok el partido neonazi Libertad (Svoboda), que en 2012 obtuvo 37 escaños de diputados en el parlamento unicameral.

Otra figura de esa organización que emergió tras el golpe de Estado es Dmitri Yarosh, cabecilla de Sector Derecho, acusado por Rusia de instigar el terrorismo, y sujeto a una orden de captura internacional. Krasheninnikova recordó que fue precisamente esa agrupación la que integró comandos armados y llevó a cabo acciones de represión durante las protestas en la plaza de la Independencia (Maidán), matando a policías y civiles ucranianos.

Ese golpe de Estado y la destitución del presidente legítimo, Víktor Yanukóvich, se produjeron con el apoyo de los gobiernos occidentales, recalcó la politóloga rusa. Dijo que tal afirmación lo corroboran muchos de quienes estuvieron en Maidán, epicentro de las protestas, donde se realizaron coordinaciones estrechas entre representantes de agencias de inteligencia occidentales y los activistas del Sector Derecho.

Para Krasheninnikova, todas esas actuaciones, el posterior golpe y sus consecuencias son ilegítimas, y quienes no ven a Stepán Bandera (nacionalista ucraniano que colaboró con los nazis) como su héroe, no están obligados a obedecer a esas autoridades.

Algunas de las regiones del este y sur de Ucrania no reconocen al Gobierno impuesto en Kiev y se declararon favorables a una unificación con Rusia, entre ellas, la república autónoma de Crimea y Sebastopol. Similares manifestaciones separatistas se suceden en Járkov, Donetsk, Jerson y Nikolaev.

En Occidente, y sobre todo Washington, insisten en que la decisión sobre el referendo en Crimea no es legítima. Sin embargo, apuntó la investigadora rusa, la Casa Blanca y una parte de Europa reconocen la independencia de los estados, aquellos que les ofrecen beneficios con ese status. Mientras, se niegan categóricamente a reconocer la independencia de los pueblos que no se someten a ellos.

Valdría preguntar de nuevo por qué hace unos años Kosovo consiguió la independencia y Estados Unidos fue el que más insistió en ello. La respuesta es sencilla. Necesitaba a Kosovo, dijo Krasheninnikova, pues en ese territorio el Pentágono abrió su mayor base militar en Europa, la Bondsteel.

Washington tampoco se opuso a la independencia de Sudán del Sur porque precisamente en ese territorio se concentra la mayor parte de yacimientos de petróleo. Y resultó un beneficio para ellos controlar de esa forma los yacimientos y la extracción del crudo.

Contrastó igualmente que en paralelo a la consulta de Crimea, se prepara el plebiscito en Escocia con vistas a su independencia, y Estados Unidos no tiene nada en contra de ese referendo. Es otro ejemplo más de la enorme hipocresía norteamericana y falta de respeto a la opinión de otros pueblos, sentenció la politóloga rusa.

Del extremismo político al fascismo en Ucrania

La presencia de comandos armados, como el bloque de choque de organizaciones neofascistas en las revueltas en Ucrania, desveló el carácter del golpe de Estado y el apoyo a los partidos de ultraderecha por la oligarquía y la elite política pro occidental.

En la segunda fase de mayor violencia, a mediados de enero, emergieron a la palestra los sectores más recalcitrantes y de la extrema derecha ucraniana, visibles en los grupos de jóvenes encapuchados, muchos de ellos, con uniformes de camuflaje y otros atributos de las organizaciones ultranacionalistas, como los seguidores de Bandera (Stepán Bandera).

Desde la tribuna de la plaza de la Independencia (Maidán, epicentro de la revolución naranja de 2004, aupada también por Occidente), se hicieron llamados a matar a quienes portaran las cintas de San Jorge, el símbolo de la lucha contra el fascismo.

Sus portadores, activistas de agrupaciones antifascistas y de orientación progresista, se convirtieron en blanco de ataques feroces de los militantes del partido Sector Derecho y formaciones afines, y de francotiradores, según mostraron reportajes de canales independientes.

Así, emergieron las fuerzas neofascistas como nuevos actores en la realidad política de Ucrania, un país que perdió en la guerra con la Alemania nazi casi nueve millones de personas, durante la Gran Guerra Patria (1941-1945), librada por la entonces Unión Soviética, cuyo costo humano se estima en unos 27 millones de muertos.

Los cabecillas de Sector Derecho Dmitri Yarosh y Sashko Bilovo confirmaron públicamente sus intenciones de postularse en las elecciones presidenciales del 25 de mayo, convocadas por un gobierno originado tras un golpe anticonstitucional y la destitución del presidente legítimo, Víktor Yanukovich, el 22 de febrero último.

Politólogos, incluso ucranianos, creen que la oligarquía local sufragará la campaña presidencial de Yarosh y el sector empresarial privado.

Durante las violentas jornadas de enfrentamientos en Kiev de los comandos ultranacionalistas con las fuerzas del orden, Yarosh llamó por la red social rusa Vkontakte a los propietarios de armas acudir al Maidán y matar a los policías.

De otro lado, la propia designación de Igor Teniuj como flamante ministro de Defensa, por el nacionalista partido Svoboda (Libertad), desvela el carácter del nuevo gobierno ucraniano instalado en Kiev, y la orientación de ese Estado centroeuropeo en una perspectiva no lejana.

Teniuj fue uno de los activos participantes de la denominada revolución naranja (2004), junto al expresidente Víktor Yuschenko, la ex primera ministra Yulia Timoshenko y su aliado político Arseni Yatseniuk.

Se conoce también como uno de los ideólogos de la guerra mediática contra la permanencia de la flota rusa del mar Negro en Crimea, y en 2012 pasó a integrar la filial de Svoboda en Sebastopol.

No pocos analistas coinciden en que, una vez en el Gobierno, esas figuras de la ultranacionalista Svoboda dejaron de ser considerados extremistas por Occidente para convertirse en respetables políticos, quienes reclaman a Crimea y a las regiones rebeldes acatar las leyes del Estado y la Constitución, las mismas que ellos quebrantaron a la fuerza y con terror.

Otra figura que cobró celebridad tras los recientes acontecimientos en Ucrania es Alexander Muzychko, ferviente militante de Sector Derecho, y defensor de la ideología del Tercer Reich, cuyos herederos se autoproclaman banderistas (Stepán Bandera, nacionalista ucraniano y excolaboracionista de los nazi).

El Primer canal de la televisión rusa mostró imágenes en las que aparece Muzychko con un arma automática en una de las sesiones de la Rada (Parlamento), jactándose de haber matado a soldados rusos en Chechenia, en tanto no disimula sus intenciones de postularse en los comicios parlamentarios y presidenciales.

Tras la toma por asalto de la Suprema Rada en Kiev, los comandos de Svoboda y de Sector Derecho con sus típicos atuendos (máscaras y uniforme de camuflaje, que ya abandonaron) arremetieron contra la Procuraduría y los jueces.

Alexánder Yakimenko, exjefe del Servicio de Seguridad de Ucrania, denunció al ex comandante de la tropa de choque de Maidán y actual secretario del Consejo Nacional de Seguridad , Andrei Parubi, también de Svoboda, como cómplice de la masacre perpetrada por francotiradores en Kiev.

Los disparos de francotiradores se produjeron desde el edificio de la filarmónica. El comandante de Maidán (Parubi) controlaba el inmueble. Desde ese edificio disparaban los francotiradores el día 20 de febrero, aseguró Yakimenko.

Certificó igualmente que el jefe de la tropa de choque de Maidán mantenía estrechos vínculos con oficiales de inteligencia de países europeos en Kiev, y diariamente durante las protestas sostenía contactos con la embajada de Estados Unidos en esa capital.

Algunos expertos, como la politóloga rusa Veronika Krasheninnikova, sostienen que esos combatientes o los herederos de Bandera, denominados por ella escuadrones de la muerte, fueron un eslabón clave en el escenario ucraniano, que se preparó desde mucho antes por Occidente.

Con unas autoridades reconocidas únicamente por Estados Unidos y algunos aliados europeos, el representante de Ucrania en Naciones Unidas, Yuri Serguéyev, afirmó en una sesión del Consejo de Seguridad a fines de febrero que la Unión Soviética había fabricado las acusaciones contra los nacionalistas ucranianos en el proceso de Núremberg.

Quiso reivindicar Serguéyev a los militantes de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) encabezada por Stepán Bandera, y a su brazo militar, el Ejército Insurgente Ucraniano, cuyo jefe fue Román Shujévich. La ideología nazi estuvo escondida y se mantuvo velada durante los últimos 20 años en Ucrania, explicó Krasheninnikova en entrevista exclusiva a Prensa Latina.

Durante dos décadas creció toda una generación que consideraba a Stepán Bandera como su héroe, y se erigió heredera de aquella ideología fascista que abrazaron los colaboracionistas ucranianos en la Gran Guerra Patria.

Esa ideología escondida salió a la superficie y prácticamente unas semanas después que empezaron las protestas en Maidán ya gobernaban los fascistas y mercenarios ultranacionalistas, observó.

Es así que se convirtieron en la fuerza principal y la mayoría de quienes fueron allí por otras razones se vieron obligadas a obedecerles.

“De esta forma se convirtieron en los líderes de Maydán Arseni Yatseniuk y Vitali Klichko, y de otro lado los fascistas como Oleg Tiagnibok (Svoboda) y el Sector Derecho”.

Los acontecimientos de Ucrania son llamados muchas veces, erróneamente, “revolución”, pero la revolución es lo que hacen las masas populares para defender sus intereses, y los acontecimientos en Ucrania no fueron de ninguna manera revolucionarios, aclaró la directora general del Instituto de Investigaciones e Iniciativas de Política Exterior.

Refutó tal criterio en razón de que el escenario de las revueltas antigubernamentales fue organizado por un pequeño grupo de gente, con apoyo de los centros occidentales, aseveró.

También por esos días salieron de nuevo a la luz archivos que constatan la implicación de la OUN y el Ejército Insurgente Ucraniano en misiones de limpiezas étnicas de polacos, rusos y judíos, en territorio de Ucrania, Polonia y en la actual Belarús.

Fueron responsables de las masacres en Volinia, al oeste de Ucrania, donde solo en 1943 resultaron asesinadas unas 80 mil personas, tras ser torturados, según archivos soviéticos y polacos.

Los colaboracionistas ucranianos participaron junto a un escuadrón de las tropas de asalto alemán (SS) en la matanza de los habitantes de la aldea belarusa Jatín, en 1943. Las víctimas fueron niños, mujeres y ancianos.

En la nueva realidad política de Ucrania, los sectores de la extrema derecha y fascista controlan los hilos del poder y las carteras estratégicas del país como Defensa, Interior y Seguridad, además de la Procuraduría General. Como brazo militar de los nuevos gobernantes, los destacamentos de ultranacionalistas del Maidán nutrirán la recién formada Guardia Nacional de Ucrania.

Espiral descendente en relaciones Rusia-Estados Unidos

El caso del ex analista de la CIA Edward Snowden marcó un punto en la trayectoria descendente de las ya complicadas relaciones ruso-estadounidenses, pese al sinnúmero de gestos diplomáticos empecinados en un acercamiento. Vale aclarar que antes de la llegada de Snowden al aeropuerto moscovita de Sheremetevo, el 23 de junio, las contradicciones acumuladas en la agenda bilateral, solo en este año, eran suficientes para no creer en el fin de la retórica de confrontación.

Desde el retorno del presidente Barack Obama a la Casa Blanca (enero de 2013), y de la reelección de su par ruso, Vladimir Putin, en marzo de 2012, las dos potencias no han conseguido arrimar posiciones a cuestiones estratégicas de seguridad y el control armamentista, por citar ejemplos. Existe coincidencia entre expertos rusos en que el otorgamiento de refugio temporal a Snowden, el autor de las filtraciones del programa secreto de la Agencia de Seguridad Nacional (ANS) para espiar a clientes de Internet, fue solo una burbuja en la tormenta de desavenencias.

Para sorpresa de Moscú, Obama anunció a la sazón de un encuentro ministerial bilateral que cancelaba la visita a la capital rusa para su encuentro con Putin, a inicios de septiembre. El encuentro, preparado con antelación por el canciller Serguei Lavrov y el secretario norteamericano de Estado, John Kerry, apuntaba a aclarar problemas pendientes en la agenda, como el escudo antimisiles en Europa, que tanto irrita a Rusia por considerarlo una amenaza a su potencial nuclear y a la seguridad del territorio de la Federación.

Según un artículo del sitio Global Research, existen otras razones de fondo y peso que impulsaron a Obama hacia esa abrupta decisión. Y es que parece que el político demócrata está dispuesto a encarar los costos de un deterioro de los nexos ruso-norteamericanos y satisfacer las exigencias del sector ultrarradical de los neoconservadores.

Dentro del Congreso los senadores Bob Corker -republicano- y Eliot Engel (demócrata) han renovado la campaña para revivir el escudo, ignorando las preocupaciones de Moscú sobre el despliegue de misiles balísticos cerca de las fronteras occidentales de Rusia.

“Creo que el episodio más reciente (Snowden) se suma a un número de discrepancias surgidas en los últimos meses (…) y posiblemente sea adecuado que hagamos una pausa, que reevaluemos hacia dónde va Rusia, cuáles son nuestros intereses centrales y calibremos las relaciones”, expuso Obama en la rueda de prensa.

Advirtió que “nadie debe esperar acuerdos al ciento por ciento” y las diferencias no pueden ser disfrazadas totalmente.

La comparecencia de Obama ocurrió en medio de las conversaciones en Washington, en el formato “2+2”, entre Lavrov, Ferry, y los titulares de Defensa, Sergei Shoigu y Chuck Hagel.

El pronunciamiento del gobernante no dejó dudas sobre un improbable acuerdo en torno al escudo, aunque tanto Lavrov como Shoigu aseguraron que la reunión fue constructiva, y lo más importante, no hay rupturas, ni retórica de “Guerra Fría”, afirmó el jefe de la diplomacia rusa.

Las críticas de Obama en su discurso a la situación de los derechos humanos en Rusia, en particular en el ámbito de los homosexuales, siguieron a la espiral de confrontación, desde que el Congreso -con su aprobación- sancionó la ley Magnitsky, en diciembre de 2012.

Por iniciativa conservadora, la normativa impuso la prohibición de ingreso a territorio norteamericano de funcionarios rusos, supuestamente involucrados en casos de violaciones de derechos humanos, sobre todo aquellos implicados en el proceso contra Serguei Magnitsky, acusado de evasión de impuesto y muerto en prisión, en 2009.

En similar respuesta, la Duma estatal aprobó la ley Dima Yakovlev, que prohíbe la adopción de niños rusos por estadounidenses, unido a restricciones de visado y otras medidas de pulseo.

Para el vicetitular de Relaciones Internacionales del Consejo de la Federación (senado), de Rusia, Andrei Klimov, la actitud de Obama resulta tremendamente extraña, en razón de que fue el mandatario quien proclamó el “reinicio” de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos.

Obama viajó a Moscú en el verano de 2009 con la misión de dar una vuelta en el reloj de las deterioradas relaciones que dejó el expresidente George W. Bush.

El pronunciamiento de Obama en relación con Rusia, afirmó Klimov, corrobora una vez más su posición como “rehén de la situación política interna” y los intentos de Estados Unidos de erigirse como el único centro de poder en el universo.

A juicio del asesor presidencial de Putin, Yuri Ushakov, la situación constata que “Estados Unidos no está listo para desarrollar una relación con Rusia de igual a igual”, como así lo proclamó en aquel entonces el ocupante de la Oficina Oval.

Aunque se minimice, no caben dudas que la concesión del refugio temporal al autor de la revelación del escandaloso programa de la NSA para espiar a millones de usuarios, gobiernos y firmas extranjeras, provocó un cambio brusco en el cronograma de intercambios.

No solo quedó aplazado el diálogo entre los presidentes, sino la firma de importantes acuerdos relativos al comercio y las inversiones; la cooperación en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo internacional, además de los asuntos pendientes en el tema del desarme nuclear.

Fuentes oficiosas de ambas partes aseguraron, sin embargo, que los contactos proseguirán entre los ministros y jefes negociadores.

Al mismo tiempo, Obama aclaró que acudirá a la cumbre de líderes del G-20, programada el 5 y 6 de septiembre en San Petersburgo.

Después de revivir los encuentros “2+2”, suspendidos durante la era de Bush, el divorcio en temas de mayor envergadura en la política internacional y de las relaciones bilaterales hace improbable un giro en el declive de los nexos ruso-estadounidenses.

Como sea, según el senador Klimov, Estados Unidos se verá obligado a cooperar con Rusia en temas de la actualidad mundial, que exigen decisiones mutuamente coordinadas, como es en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde las dos potencias nucleares tienen derecho al veto.

Crimea: ¿Nueva Guerra Fría contra Rusia?

La unificación a Rusia de Crimea y la ciudad heroica de Sebastopol exasperó la atmósfera de tiranteces con Occidente, originada tras el golpe de Estado en Ucrania, al punto de un clímax de guerra fría. A la retórica de acusaciones contra Moscú, los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea (UE) pasaron a incorporar otros ingredientes de tensión como la confección de las listas de funcionarios, legisladores y empresarios rusos y hasta compañías de este país que serán objetos a sanciones.

Y todo, según sus autores, porque Rusia reconoció la independencia de Crimea y Sebastopol y legitimó los resultados del referendo del 16 de marzo, en el cual, un 96,77 por ciento de electores apoyaron la salida de la península de Ucrania y su unificación como sujetos territoriales a la Federación.

La culminación fue la rúbrica en el Kremlin del tratado de adhesión por el presidente Vladimir Putin y los líderes crimeos, un acto que recibió el respaldo casi unánime de la población rusa y las simpatías de millones de crimeos, pero que provocó airadas reacciones de Occidente, del régimen golpista en Ucrania y de los fascistas ucranianos, con provocaciones de todo tipo, incluida la violencia.

En su alocución ante la Asamblea Federal (Parlamento unicameral ruso), el presidente Putin recriminó a Occidente por actuar en Ucrania como “un oso en una cristalería”, lo cual dejó en evidencia la continuación a lo largo de décadas de la política de contención a Rusia, tras la desintegración de la Unión Soviética.

Constantemente están tratando de arrinconarnos por el hecho de que tenemos nuestra propia posición y no somos hipócritas. Pero todo tiene sus límites. Nuestros socios occidentales cruzaron la línea roja en el caso de Ucrania, aseveró el gobernante ruso.

Instó a Estados Unidos a abandonar la retórica de la Guerra fría y aceptar lo obvio: “Rusia es un participante independiente y activo de la arena internacional y como otros países, tiene sus propios intereses nacionales que deben ser considerados y respetados”.

Enfatizó a renglón seguido que la OTAN es bienvenida como huésped pero no puede acampar en el patio trasero de Rusia, en alusión directa a los planes de ampliación de la alianza a cuenta de nuevos miembros en el espacio postsoviético, como Georgia y Ucrania.

Para el politólogo Serguei Mijeev, más importante que el propio tratado, que según él, era obvio tras la actuación de Occidente en torno a Ucrania, el discurso de Putin tiene un significado especial pues por primera vez en años el estadista refirió de manera directa, abierta y con claridad los problemas de Rusia con Estados Unidos y sus aliados. Destacó Mijeev en declaraciones a Prensa Latina las referencias de Putin acerca de las ambiciones geopolíticas estadounidenses y de la OTAN, en especial las enfiladas a cercar a Rusia, a gobernar el mundo con sus estándares y dictámenes, sus métodos para generar el caos y las intervenciones.

En cuanto a las sanciones, subrayó el politólogo las presiones de Estados Unidos sobre los gobiernos europeos, ante la falta de liderazgo político. Llevan a los europeos de la mano, con todo no existe consenso dentro de Occidente en cuanto a medidas coercitivas fuertes contra Moscú, aseguró.

Acerca de si la adhesión de Crimea, que fue parte de Rusia hasta 1954, constituyó un acto de anexión, como cataloga Occidente y los grandes medios de comunicación masiva, el canciller Serguei Lavrov, afirmó que ese término que emplean algunos políticos “en relación con esa expresión popular reflejada en el referendo de Crimea, insulta en primer lugar a los pobladores de la península”.

Considero que es un insulto contra los ciudadanos de Crimea, contra su derecho inalienable de expresar su voluntad por el medio al que recurrieron, expuso Lavrov al intervenir ayer ante el Senado ruso.

El analista internacional Alexander Moiseev recomendó en tal caso voltear la mirada hacia Washington y Bruselas, que de una manera burda y descarada, dijo, intervinieron en los asuntos internos de Ucrania, propiciaron el escenario violento en ese país e hicieron posible el golpe de Estado fascista.

Precisamente Occidente, observó Moiseev en declaraciones a Prensa Latina, puso todas sus manos para que Ucrania se desgajara y polarizara geográficamente en tres partes (centro, occidente y sureste), por su heterogénea composición étnica y lingüística.

Constató el publicista y comunicador ruso que Estados Unidos y Europa invocan el derecho internacional solo cuando les conviene, como ocurrió con Crimea, que decidió por voluntad propia regresar a Rusia, sostuvo.

Unido a la guerra de las listas (individuos y corporaciones sancionadas), la Casa Blanca y aliados europeos acordaron un boicot a la presidencia rusa en el Grupo de los Ocho (G-8) y algunos de sus miembros apostaron por la exclusión de Rusia de ese foro.

La Unión Europea también canceló la cumbre bilateral con Rusia programada para junio y el resto de los encuentros en ese formato proyectados para este año.

Colateralmente, el Pentágono decidió mantener en las aguas del mar Negro (donde se basa la flota rusa) al destructor Truxtun, luego de faenas realizadas en ejercicios con Bulgaria y Rumania, y completó el envío a Polonia de seis aviones caza F-16.

Tales maniobras y la velada intención de la OTAN de abrir esta vez definitivamente las puertas a Georgia y Ucrania hacen pensar en una nueva escalada de la Guerra Fría hacia Rusia.

* Jefa de la corresponsalía de Prensa Latina en Rusia.