Desde este espacio, en varias ocasiones, propusimos que los gobernantes, y en especial Juan Evo Morales Ayma, establezcan alianzas verdaderas con los trabajadores, incluidos los dirigentes sindicales. Ese planteamiento lo hicimos incluso en momentos de enfrentamiento, entre esos dos bloques, por aumento de salarios y/o por la nueva ley de pensiones,

La respuesta de ex funcionarios del gobierno fue que la gente alojada en el Palacio Quemado no creía necesario tal pacto, probablemente, les bastaba el que tienen con dirigentes campesinos, colonizadores e indígenas: entre los que se cuentan compañeros de lucha, aduladores de gobernantes, alineados a éstos por temor o por plata y súper llunk’us, los que medran del poder, esos que dicen, incluso en voz alta, que a ellos les toca disfrutar de lo que consiguen por el mal uso de las palancas estatales.

Mientras eso ocurría entre los sindicatos y por tanto en la COB, los gobernantes fortalecían su pacto con los medianos propietarios: cocaleros, colonizadores, patrones del cooperativismo minero, medianos propietarios de industrias (de El Alto sobre todo), comercializadores de ropa usada, comerciantes medianos (que nada aportan al valor de los bienes que venden), dueños del transporte, “chuteros” incluidos… Ese pacto, creemos, también es un proceso regresivo, se ampliaba hacia la derecha con la participación de empresarios (no de todos), pero de grupos representativos de los que “maman” de la economía del Estado y los otros llamados pragmáticos, como los afiliados a la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO).

Dos opiniones, de los dos primeros mandatarios, nos avisan de ese pacto: el Presidente dijo en más de una ocasión que él quiere empresarios bolivianos grandes para que ellos se adjudiquen las “megaobras” del país, para evitar que eso hagan las empresas transnacionales. El Vicepresidente, confesó que los gobernantes tienen discrepancias con los patrones del oriente boliviano, pero que con ellos desarrollan negocios; además, García Linera, para Le Monde Diplomatique (edición boliviana), señaló que los gobernantes les conceden apoyo político y dinero para que los empresarios acrecienten sus empresas.

Masistas, con la aprobación expresa del Presidente, pactaron con miembros de la Unión Juvenil Cruceñista (UJC), esos forajidos que llamaban en Santa Cruz a “patear collas”, acuerdos que prevalecen con un número de aquéllos que es difícil de precisar.

Asimismo, el Presidente no desperdicia tribuna para destacar que él y su gobierno se apoyan en las FF.AA. y en la Policía Boliviana. El primer mandatario incluso ve en las primeras un comportamiento antiimperialista y anticolonial. El ministro de Gobierno, Carlos Romero Bonifaz, señala con frecuencia que los policías son eficientes en su lucha contra los delincuentes. Las apreciaciones de ambos funcionarios las consideramos equivocadas.

Entre los dirigentes sindicales, los de la COB sobre todo, durante los últimos ocho años variaron su discurso y su acción, más o menos de la forma que apuntamos:

—Durante los primeros meses del gobierno de Morales, los cobistas formularon propuestas e impulsaron acciones economicistas y salarialistas, es decir, como centro de sus peticiones pusieron reivindicaciones: sin ideas para cautivar a sus bases y sin proyecto político para que el pueblo avance y para “evitar” que el gobierno se vaya a la derecha. (El diario El País de Madrid, más o menos en ese período, en un editorial, propuso “apoyar a Evo Morales para que no se vaya a la izquierda).

—En más de un congreso de la COB decidió organizar el partido político de los trabajadores. Y aunque no siempre se lo decía abiertamente, algunos dirigentes sindicales propagaban que ese partido debía servir para la lucha por el poder de los trabajadores. La primera vez se resolvió formar ese partido, pero nada se hizo para articularlo. Hace poco con bombos y platillos realizaron reuniones en las que aprobaron (o intentaron) los documentos constitutivos de ese partido, luego los cobistas retrocedieron y dejaron con el Partido de los Trabajadores a grupos reducidos de compañeros que creen que sindicato y partido, fusionados, cumplen las mismas tareas: de sindicato y partido a la vez.

—Dirigentes sindicales, encabezados por los de la COB, resolvieron apoyar la candidatura de Evo Morales-Álvaro García, pero añadieron que no harían campaña electoral y que sólo votarían por aquéllos y que harían la propaganda. Así, esos dirigentes sindicales, muestran dubitaciones quizá porque, en voz baja, admiten que esos compromisos de sus dirigentes no comprometen a los trabajadores de base.

Entre los dirigentes sindicales “pactistas” (que pactaron) hay diversos comportamientos: los que apoyan, sin entusiasmo, a los gobernantes porque si no lo hacen así, dicen, la derecha ganaría las elecciones de este año; están los que ganan muy bien con el actual gobierno y pretenden acrecentar su economía; otros fueron incorporados al bloque oficialista a cambio de dinero y otros “premios”, como becas para sus hijos; existen aquellos que sienten miedo ante las amenazas con despidos ordenados por los gobernantes o por eventuales cambios desventajosos en el trabajo; también deben ser contados los que se alían, por ventajas sobre todo personales, a los diferentes gobiernos (como lo hicieron patrones del cooperativismo y dueños del transporte); quizá son pocos los que, entre los trabajadores, afirman que están en favor de los acuerdos gobernantes-empresarios para que aumente la producción y no faltan los que dicen que respaldan a Evo Morales y a los suyos, para evitar más divisiones entre los sindicatos.

Un antecedente nos puede ayudar a entender el filo principal de lo que buscamos explicar del comportamiento de los cobistas actuales. Durante el gobierno del Gral. Juan José Torres González, que entre otras cosas recuperó colas y desmontes, ricos en estaño, de Catavi-Siglo XX, los cobistas de entonces resolvieron apoyar a ese gobierno en su lucha contra el fascismo y el imperialismo, y defender su independencia política.

Hace días un dirigente de los trabajadores fabriles de Cochabamba dijo que apoyarán la candidatura oficialista, a cambio un espacio en el gobierno.

La alianza que analizamos en este espacio no tiene las dimensiones de un gigante, pero posee pies de barro. A lo sumo, ese pacto que es de tipo electoral, acabará con la consulta de este año. Es que ese pacto no tiene ni programa, ni ideas, ni organización, ni unidad ni formación política que aseguren, por ejemplo, el avance del proceso actual, por lo que la fuerza del pueblo permanecerá sin jugar un rol dirigente y decisivo.

De ese pacto algunos dirigentes sindicales podrían ganar lo que no tienen: cargos parlamentarios, políticos, diplomáticos, institucionales y, en particular, más dinero.

Para los sindicalistas y trabajadores honrados les será difícil esclarecer y explicar, por ejemplo, que frente a lo que dicen y hacen los gobernantes, se debe buscar lo que llamamos una nueva unidad del pueblo que tenga muy claro que la emancipación de los trabajadores, asalariados o por cuenta propia, será obra de ellos mismos.

Además, no basta que nos convenzamos de que ese pacto, que no compromete a importantes sectores del pueblo, tiene vida corta. Los que postulamos la unidad del pueblo de veras democrática, popular, antiimperialista y revolucionaria, tenemos que hacer lo nuestro: empezar, de nuevo si es necesario, para articular un movimiento amplísimo por su discurso y por su acción, un partido si es necesario y la organización de la fuerza del pueblo, sobre todo para el ejercicio del derecho a la rebelión si se agota o lo agotan al maltrecho estado de derecho actual.

* Periodista editor del Semanario Aquí.