Desde que tenemos uso de razón, los bolivianos, en su inmensa mayoría, aceptamos, con pocas objeciones, que nuestro país es caótico, inmaduro, ingobernable y con escasa viabilidad. En tanto Alcides Arguedas atribuye lo anterior a razones biológicas y geográficas, sistematizadas en su “Pueblo Enfermo”, Carlos Montenegro, en su lúcido “Nacionalismo y Coloniaje”, encuentra las raíces del problema en la Asamblea Constituyente de 1825, de la que fue excluida alrededor del 98 % de la población indo mestiza, lo que provocó que los herederos del poder colonial se apropiaran del sacrificio de los guerrilleros y mártires de la independencia. Los usurpadores pretendieron encubrir el colonialismo interno importando la Constitución Política de EEUU y el Código Civil de Francia. Creían posible ocultar la continuidad de la servidumbre con el fino tul de la los derechos del hombre y del ciudadano, mientras mantenían la mita y el “pongueaje”, base económica de la rosca minero-latifundista.

Bolivia y la geopolítica

Bolivia no nació, como otros Estados de la región, alrededor de prósperos puertos, como Buenos Aires, Lima o Caracas, sino de la ceguera de contrabandistas y ganaderos bonaerense y de la permanencia hispana en el Perú, desde donde llegaron Goyeneche y otros implacables represores. La riqueza del Cerro de Potosí y la importancia de la Audiencia de Charcas no eran suficientes para fundar una nueva República en un territorio “flotante”. La casta dominante aprovechó el aislamiento geográfico para torcer la voluntad de Bolívar y fundar la República oligárquica y excluyente. Los excluidos ensayaron diversos caminos para democratizar el poder político y económico y dar viabilidad a un país inviable. Su fuerza nació de la rebelión indígena de Tupak Katari (1781), y del heroísmo de la guerra de los 15 años, en la que se destaca la radicalidad de la Revolución paceña de 1809 y la conducción mestiza de Pedro Domingo Murillo.

A ello se sumaron los continuos levantamientos indígenas, como el de Pablo Zárate Willca, los incesantes motines y cuartelazos militares, los trámites judiciales de quechuas y aymaras por recuperar sus tierras ancestrales e imaginativos recursos políticos de comunidades rurales que, no pocas veces, lograron la destitución de autoridades gubernamentales (sobre todo subprefectos), que no eran de su agrado (Rossana Barragán). La historia de Bolivia es la historia del enfrentamiento de esa rosca con quienes fueron forjando la idea de Patria, vinculada al concepto de heredad nacional, como parte de la unidad sudamericana (Diario del Tambor Vargas).

La geopolítica explicó después que las diferentes regiones del planeta tienen su “heartland” (corazón terrestre), es decir su área vital en torno a la cual giran las zonas periféricas. Observó que el triángulo Santa Cruz, Chuquisaca, Cochabamba era el “heartland” de Sudamérica (Mario Travasos), cuya ubicación permite a Bolivia tener presencia en los océanos Pacífico y Atlántico (en las cuencas del Amazonas y del Plata) y en la Cordillera de los Andes, lo que no ocurre con ningún otro país de la región. Sin embargo, el “heartland” que posibilitó a otras naciones influir en su entorno, en Bolivia, debido a su nacimiento defectuoso, fue ubicado como área de conquista por las oligarquías vecinas, las que, aliadas a transnacionales, redujeron a la mitad el territorio que Bolivia poseía en 1825. El ferrocarril no sirvió para vertebrar el territorio, sino para que Brasil y Argentina llegaran al “heartland” boliviano, en la década de los años 30 del Siglo pasado, en desenfrenada competencia. Lo mismo ocurrió con carreteras y gasoductos. Aún ahora se produce un escándalo internacional por el intento de construir un camino entre Beni y Cochabamba y no existe vinculación, por vía férrea, entre Cochabamba y Santa Cruz.

El cambio en la historia de Bolivia

La Revolución del 9 de abril de 1952, el acontecimiento más importante de la Historia de Bolivia, al dictar el voto universal puso fin a quienes, como Arguedas, equiparaban, como en la Constituyente de 1825, bestias con indios. La ruta para llegar al 52, unificó la rebeldía indígena con la lealtad bolivariana del Mariscal Andrés de Santa Cruz y la visión indo mestiza del general Manuel Isidoro Belzu, asesinado por Mariano Melgarejo, el beodo general que servía los intereses latifundistas. El dominio minero terrateniente facilitó la pérdida del litoral, de la mitad de la amazonía y de parte del Chaco.

Fue esta última contienda, promovida por consorcios petroleros, la que posibilitó que bolivianos de diversas latitudes se conozcan en las trincheras de combate. El repudio al Estado minero latifundista, acrecentado por la derrota del Chaco, se incrustó también en parte de las FFAA, de donde emergió el denominado “socialismo militar”, cuyas señeras figuras, Toro, Busch y Villarroel, nacionalizaran el petróleo, controlaron las divisas procedentes de la exportación minera y convocaron al primer congreso indigenal, respectivamente. Esta acumulación de victorias se amplió, después del colgamiento de Villarroel, con la guerra civil de 1949 y el triunfo del MNR en las elecciones de 1951, pese al voto calificado, que excluía a indígenas y mujeres. La nacionalización de las minas, la reforma agraria y la vinculación del oriente con el occidente del país, gracias a la carretera Cochabamba – Santa Cruz, pusieron fin al poder oligárquico.

La inconsecuencia del MNR con la Revolución nacional, al no instalar hornos de fundición de estaño, y manejar de manera anárquica y corrupta la minería nacionalizada, hizo que la conducción de la política minera pasara al Banco Interamericano, EEUU y Alemania Federal (Plan Triangular), la que fue profundizada con la desnacionalización del gas y del petróleo y con masacres mineras durante el régimen de Barrientos.

Otra vez nación o antinación

La profundidad de la Revolución nacional alcanzó a las FFAA, las que, bajo la conducción de los generales Ovando y Torres, instalaron los hornos de fundición de estaño y nacionalizaron a la Gulf. La contrarrevolución banzerista, propiciada por la oligarquía terrateniente del oriente boliviano y el respaldo de Washington y de las dictaduras de Argentina y Brasil, desembocó en el siniestro régimen de Luís García Mesa. Su derrocamiento abrió el proceso de democracia restringida, con el apoyo de la social democracia europea, el que transitó del reformismo contradictorio de Hernán Siles Zuazo a las políticas neoliberales de Gonzalo Sánchez de Lozada, tuteladas por sus socios transnacionales mineros y petroleros. El esfuerzo de CONDEPA por contener el entreguismo con el apoyo del cholaje indo mestizo también fue derrotado

La descomposición de los regímenes neoliberales abrió el país hacia tres soluciones posibles: El triunfo del proyecto separatista de la “Nación Camba”, cuya figura más conocida es el banquero y agroindustrial Branco Marincovic, que llegó a tomar con sus paramilitares decenas de instituciones estatales en Santa Cruz y exigir que el oriente boliviano sea declarado “protectorado” de las NNUU. La segunda solución emergió del indigenismo racista, con su siniestra justicia comunitaria, plagada de linchamientos, encabezado por Felipe Quispe, quien manifestó, una y otra vez: “Nunca vamos a ser bolivianos” (“Pukara”, marzo de 2010). El tercer camino consistía en retomar el camino de la Revolución nacional y el proceso Ovando-Torres, con su planteamiento central: La alianza de las clases oprimidas por el imperialismo.

Entre la Revolución del 52 y el triunfo electoral de Evo y del MAS, en diciembre de 2005, se produjo la independencia política del sindicalismo campesino de la tutela castrense y la emergencia de corrientes indigenistas, varias de ellas manipuladas por ONGs, a fin de atomizar al país en 36 inventadas naciones.

La emergencia del evismo

El mérito del actual presidente consiste en haber desmantelado las estructuras culturales del colonialismo interno que impedían que las mayorías indo mestizas accedieran a los mandos castrenses, al rectorado de las universidades e inclusive a cúpulas empresariales. En ese contexto, Morales derrotó a los separatistas con el apoyo de los ultra indigenistas, a los que abandonó para retomar el camino del capitalismo de Estado, sobre todo a partir de su segunda elección, en el 2009. Evo preside hoy en día la construcción de la Bolivia posible. Es el articulador de un proyecto futuro, ante la imposibilidad de hallar acuerdos sólo con el rescate del pasado. Ahora aparecen las culturas ancestrales con insumo indispensable que englobe a todos los bolivianos.

Para consolidar su poder, el mandatario utiliza un pragmatismo que desconcierta a sus críticos y aún a sus seguidores. De esta manera, recibe elogios de Fidel Castro, de la Banca y del FMI y se nutre del apoyo de los cultivadores de coca y de los influyentes grupos empresariales del oriente, a los que atiende en sus demandas, así tenga que abandonar su prédica ecologista y sus postulados comunitarios.

No es hora de hacer concesiones

Bolivia no se mueve evolutivamente. Lo hace a través de tsunamis sociales, como el 52, la emergencia de CONDEPA y del evismo. Después de cada conmoción las instituciones se desmoronan o se vacían de contenido. Al parecer, el país ha ingresado a un período de reordenamiento, en el que, por fin, derrotados el separatismo y el indigenismo a ultranza, gracias, sobre todo, al censo del 2012, que demostró que Bolivia es un país de mayoría indo mestiza, encara su futuro con mejoras perspectivas. Es destacable la firmeza con que Evo logró que Bolivia cumpla un papel relevante en el ALBA, la UNASUR y la CELAC, lo que era impensable para sus predecesores.

Sin embargo, no es momento de hacer concesiones, sino de afirmar el espíritu crítico, a fin de fortalecer la viabilidad del país. Es el momento de decir a Evo que se reconoce sus virtudes, pero que preferiríamos que cumpliera su palabra de no intentar una nueva reelección. Que no persista en su política de prestar a Bancos europeos y de EEUU la casi totalidad de las reservas monetarias internacionales a intereses ridículos, a lo que debe sumarse los préstamos al exterior de los abultados saldos en caja de municipios, gobernaciones y el gobierno central, con la intermediación del corrupto J. P. Morgan. Que no se use la justicia contra los opositores. Que no se interfiera en las decisiones del Tribunal Electoral. Que no se entrabe el juzgamiento a violadores de derechos humanos en cuarteles, recintos policiales o marchas indígenas. Que no se demore el juzgamiento de delitos contra el Estado, como la estafa en la compra de barcazas en China. Que no se mantenga la irracionalidad de incrementar las exportaciones de gas sin antes construir vitales gasoductos internos para industrializar el hierro del Mutún y el litio de Uyuni. Que retire a las tropas bolivianas de Haití y el Congo, desplegadas por orden de EEUU.

Debe imponerse la racionalización en adquisiciones como la de un satélite de comunicaciones, que cuesta 320 millones de dólares, y que será inservible en apenas 15 años, o el impulso a actividades euro colonialistas como la competencia del Dakar. Pero tampoco es el momento de hacer concesiones a los partidos de oposición, los que se niegan a reconocer avances evidentes (pese a irregularidades en contrataciones directas) en la construcción de carreteras y aeropuertos, en la instalación de plantas separadoras de líquidos, en el inicio de la petroquímica Bulo Bulo, en haber sacado a YPFB de su condición residual o en la correcta posición de Bolivia dentro del ALBA, UNASUR y la CELAC.

El Frente Amplio de Samuel Doria Medina no acaba de diferenciarse de sus aliados del Gonismo. El Movimiento Sin Miedo de Juan del Granado, alineado a la social democracia europea, aún defiende la vigencia de 36 naciones indígenas, cuyo planteamiento ha caído en total descreimiento. El Movimiento Demócrata de Rubén Costas mantiene en sus filas a connotados impulsores de la Nación camba. En consecuencia, ha llegado el momento de fortalecer la reconquistada viabilidad de Bolivia y de aislar, ya sea dentro del oficialismo o la oposición, a quienes se empeñan en mantener posiciones antinacionales.