La Habana (SEMlac).- El crecimiento del trabajo por cuenta propia en Cuba, que en 2013 vinculó a casi 445.000 personas, manifiesta inequidades de género como resultado de la segregación ocupacional a que son sometidas las mujeres, concluye una reciente investigación social. Ansiedad, estrés, depresión y sentimiento de culpa son molestias frecuentes que pueden aparecer en directivas de empresas cubanas como resultado de valores machistas que las juzgan y sobre exigen.

Cuentapropismo precisa alerta sobre equidad de género

La pesquisa, realizada el pasado año por especialistas de la Universidad de La Habana, incluyó a 60 mujeres dedicadas a esta modalidad de empleo en el municipio Centro Habana, uno los más populares de la capital. De esa muestra, 20 fueron titulares y 40 contratadas, sus edades oscilaron entre los 23 y 49 años, 41 viven en pareja y tienen en promedio dos hijos. Las actividades que realizan van desde la venta y elaboración de alimentos, manicura y confecciones textiles, hasta artesanía, renta de viviendas y espacios, taxista y cuidados infantiles.

Graciela González Olmedo, profesora de la Facultad de Sociología, expuso los primeros resultados del estudio durante el evento internacional “Mujeres en el siglo XXI”, que convocó la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana a fines de noviembre pasado. A su juicio, los cambios que acontecen en la isla con la implementación de los lineamientos económicos aprobados en 2011 por el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba vienen modificando las relaciones de empleo y ello afecta de manera diferente a hombres y mujeres.

Si bien existen varias titulares en el trabajo independiente, la investigadora advirtió que algunas veces ellas aparecen como fachada y los roles de dirección son ejecutados por sus parejas masculinas. Más del 70% de las entrevistadas, unidas o casadas, llevan la documentación del negocio y pagan los impuestos, pero el resto involucra a sus compañeros en la planificación de los gastos, la compra de insumos y gestión de venta.

Las tendencias nacionales indican que las mujeres son solo el 26% de quienes eligen actualmente esta modalidad laboral, dinámica que se mantiene entre las analizadas, minoría entre dueños de licencia, pero con un ligero incremento entre las contratadas. La inscripción y declaración de la fuerza de trabajo saca a relucir estereotipos de género cuando establecen de manera arbitraria ocupaciones “femeninas”, que luego implican desigualdad de ingresos.

El principal motivo de incorporación al sector es el económico, pero los trabajos en que ellas se inscriben, como elaboración de alimentos, manicura, peluquería, artesanía, confección de textiles, entre otros, tienen ganancias menores. La sobrecarga de roles fue otra de las tendencias registradas, debido a que las cuentapropistas realizan labores cotidianas en el hogar luego de culminar su trabajo. Siguen destinando la mayor parte de los ingresos a las necesidades familiares, aunque las titulares también piensan en el ahorro y en las inversiones para reproducir la actividad que realizan.

El grado de escolaridad llamó la atención de la investigadora, quien encontró mayor nivel educacional entre las dueñas de negocio, mientras 11 de las contratadas tenían noveno grado o menos. Esas jóvenes, por lo general, interrumpieron su ciclo educativo para ganar dinero, lo cual constituye un problema a largo plazo porque no tienen garantizadas las condiciones para superarse.

Las jornadas de trabajo las sitúan en posiciones vulnerables. “A veces se tienen que quedar fuera del horario laboral, que oscila entre 12 y 24 horas con descanso de un día, lo que dificulta sus posibilidades de reponer la fuerza de trabajo”, apuntó la socióloga. El desgaste es intenso y las condiciones no siempre idóneas, pero pocas perciben este sobreesfuerzo si terminan recibiendo ingresos de hasta cinco y seis veces más que en empleos estatales, donde el salario medio oscila entre 19 y 20 dólares, al cambio interno en Casas de Cambio (Cadeca).

Como alternativa de empleo, el trabajo por cuenta propia viene sumando mujeres que han quedado fuera del sistema estatal o buscan mejores ingresos. En Centro Habana, por ejemplo, ellas aportaron 400.000 pesos al presupuesto del municipio en 2012. No obstante, se encuentran expuestas a la reproducción de inequidades de género y, según la investigadora, carecen de mecanismos para medir sus derechos y protección laboral, lo que puede estar indicando cierta precarización de las condiciones de trabajo en actividades no estatales.

Empresarias viven las secuelas de la súper mujer

Ansiedad, estrés, depresión y sentimiento de culpa son molestias frecuentes que pueden aparecer en directivas de empresas cubanas como resultado de valores machistas que las juzgan y sobre exigen. Así lo comprobó la psicóloga Yaranay López Angulo, investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de Matanzas, mediante un estudio cualitativo en la vida de cuatro hombres y cuatro mujeres con cargos empresariales, en quienes encontró malestares subjetivos y psicológicos asociados con la manera diferente en que se valora el ejercicio del poder para ambos géneros.

Si para ellos se trata de un rol asignado tradicionalmente, las mujeres ascienden a un espacio que les ha sido vedado históricamente y se ha construido desde lógicas hegemónicas masculinas como decisión, carácter fuerte, valentía, racionalidad, autoritarismo, entre otras. Pese a ser más del 65% de la fuerza profesional del país, las mujeres continúan llevando las principales cargas familiares y domésticas, de modo que conciliar estas responsabilidades con el trabajo profesional les provoca, con frecuencia, disconformidades.

Para López, los malestares subjetivos son molestias psíquicas o anímicas, de incomodidad o falta de bienestar, que producen intranquilidad y displacer y están asociadas al ser y desempeño como mujer u hombre. “Las manifestaciones en la tonalidad afectiva, el estado de ánimo, la percepción o el pensamiento son experimentadas como un fenómeno molesto, incómodo, desconcertante”, que puede afectar tanto el ámbito de desempeño público como el privado, refiere la estudiosa.

El tiempo que no alcanza, la sobrecarga, el estrés y el sentimiento de culpa fueron algunos de los pesares identificados entre las mujeres entrevistadas. La sobre exigencia para cumplir a la vez con el ser “buena madre-hija-esposa” y los mandatos empresariales de operatividad, competencia, agilidad y racionalidad se identifican entre las principales causas. Todas las entrevistadas reconocieron la doble y triple jornada laboral como desencadenante de aflicciones y algunas presentan sensaciones de turbulencia, aturdimiento, congestión, desorientación o paralización, que pueden repercutir incluso en dolores musculares, de cabeza o enfermedades crónicas no transmisibles.

Realizar tareas impuestas desde mandos superiores les provoca “impotencia directiva”, malestar descrito por López en su investigación, presentada en el evento Mujeres del Siglo XXI, de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana, en la última semana de noviembre pasado.

La dificultad para expresar emociones fue más común en los hombres, vinculada con su mandato social de ser fuertes y contenerse al demostrar miedo, tristeza o pesar. Ellas presentaron el %síndrome de la imprescindibilidad o de no poder descansar”, en referencia a una insatisfacción por no tomar vacaciones y tiempos de descanso establecidos. También manifestaron disconformidades con la vida sexual, matrimonial y con su imagen corporal. La pérdida progresiva de la salud fue un sentimiento compartido, sobre todo ante “la percepción de falta de tiempo para dedicarse a sí mismas”, significó la investigadora.

Para afrontar estas percepciones, López encontró estrategias débiles, pues muchas obvian el malestar, se adaptan a él, se sobre-esfuerzan o utilizan el apoyo familiar. Otras acuden a medicamentos para la ansiedad o la depresión, practican ejercicios físicos y meditan para relajarse. Por lo general, las empresarias no tienen conciencia de sus malestares, pues los asumen como parte de un rol “natural” y carecen de un “punto de vista crítico que regule su comportamiento en función de realizar cambios que les reporten mayor satisfacción”, advierte López.

A su juicio, la base del conflicto es cultural y está atravesada por la noción de lo que es ser mujer, ser madre y ser dirigente. “Tiene que ver con el reparto de los tiempos y roles en la familia, porque no importa que el hombre esté ausente del hogar por cumplir su trabajo cuando sigue la expectativa de éxito de su género, pero si lo hace una mujer es mal vista”, sostiene a SEMlac.

Las empresarias deben asumir mecanismos de dirección que olvidan las necesidades de una familia y terminan teniendo conflictos con sus parejas por reuniones a deshora, movilizaciones o por controlar las finanzas domésticas. Los malestares subjetivos pueden ser compartidos por cualquier género, pero la pesquisa encontró mayor propensión a las crisis entre las mujeres.

Al hacerse valer en un sitio que la sociedad no les ha asignado, ellas están sometidas a situaciones de mayor desgaste psicológico, explica la especialista. Para López, empoderar a las mujeres sería un buen paso para girar la balanza, no importa el mecanismo de dirección que estas asuman. No obstante, también cree necesaria una cultura de género que no segregue y vea con igual capacidad a la mujer y algunos valores asociados a lo femenino.

Katia Bianchini: “Las mujeres con negocios rompemos esquemas”

El aroma del pastel recién horneado es para Katia Bianchini un recuerdo de infancia. Su madre solía prepararlo, lo mismo que el pan, siguiendo recetas transmitidas por generaciones entre las mujeres europeas de su familia, y a esa herencia echó mano cuando se animó a fundar negocio propio, en la capital cubana.

Llegó a Cuba con sus padres en 1969, siendo solo una niña, y aunque nunca se desligó por completo de su Suiza natal, fue en la isla cribeña donde formó su carácter, se graduó de maestra, nacieron sus hijos y transcurrió casi toda su vida. Parte del aire cosmopolita proveniente de ese origen suizo-italiano distingue a Bianchini, la cruasantería que inauguró hace poco más de un año en La Habana Vieja. En ella volcó la afición por la repostería y la capacidad organizativa que aprendió en décadas, como administradora de proyectos para empresas y organismos internacionales.

“Por mi trabajo viajaba constantemente, pero cuando mi mamá enfermó el año pasado tuve que cambiar de vida, solicité mi residencia permanente en Cuba y busqué una nueva ocupación”, relata a SEMlac. Alejado de los salones renacentistas de Bologna, Venezia, Padova y Treviso, donde se reunían los nobles que fundaron la casta, el apellido italiano Bianchini comienza a dar de qué hablar en el Trópico.

Con menos de un año de creada, la pastelería alcanza el puesto 59 entre 300 restaurantes de La Habana registrados por el sitio Tripadvisor y logra una clientela estable que le ha permitido recuperar la primera inversión y pensar en expandirse. “La idea nació a sugerencia de unos amigos -evoca Katia-, porque antes había realizado brounches los domingos para la paladar Doña Eutimia, junto a uno de mis hijos. Solo duró un mes, pero esa experiencia me sirvió para convencerme de que podía hacer de la repostería una profesión”, indica.

En un local diminuto de la calle Sol, a pocos pasos del puerto habanero, diseñó un ambiente de buen gusto y servicio agradable donde acompañar el café, té o jugo natural con un pastel o dulces de variada procedencia. Los ahorros propios y una que otra ayuda familiar formaron el capital inicial que Katia supo administrar, gracias a las habilidades para la planificación adquiridas en años dirigiendo proyectos.

Personas con experiencia la aconsejaron, pero la intuición fue la guía. “En La Habana siempre busqué espacios de este tipo y no los encontraba”, sostiene. Pese a ser un concepto sencillo, encontró un nicho comercial diferente al de la mayoría de cafeterías y bares privados que han surgido en la ciudad, luego de la ampliación de la actividad económica por cuenta propia, propiciada por el gobierno del presidente Raúl Castro en 2008.

Crecer con cautela

Si bien cuenta con cuatro personas que elaboran los productos, Katia supervisa el horno todo el tiempo y participa en la realización de los postres. “Cocinamos en mi casa, que está cerca del local de venta. Cada nueva receta la probamos entre pocas personas y siempre la trabajo yo primero, hasta que los veo diestros con la realización y la sacamos a la venta”, refiere.

Leyendas de clientes hablan de acuerdos de confidencialidad entre los cocineros, a lo que ella responde asombrada. “La mayoría de nuestras recetas son públicas, pero todo buen cocinero se reserva algún truco”, sostiene. La clave de la marca radica, a su juicio, en haber logrado un sitio con “ángel”, donde la calidad es una consigna.

El celo con la contabilidad diaria le corrige el rumbo, sobre todo cuando un dulce no se vende. “Comenzamos con una carta de más de 40 productos y nos dimos cuenta de que no todos se comercializaban o no lográbamos tener las materias primas”, apunta. A pocos meses de abierta la dulcería, recibió la oferta de gestionar otra en la Plaza de la Catedral, uno de los sitios más transitados por el turismo internacional en Cuba. La nueva Bianchini, ya abierta al público mantiene el mismo concepto e imagen, pero se orienta más al público extranjero, por lo que pueden variar precios y ofertas.

Varias personas le animan a seguirse expandiendo, pero prefiere ir con calma. “Solo haremos lo que podamos cocinar nosotros mismos. No quiero dar el paso más largo que la pierna, sino que el crecimiento sea natural”, defiende. Su aspiración: que el negocio garantice el sustento a sus trabajadores y les permita superarse, sin comprometer los resultados. “El tronco va cogiendo un ancho que lo hace fuerte, y solo así podrá ir ganando altura”, sostiene.

Avena, jengibre, frutos secos, té, chocolate, grasas pasteleras… La variedad de productos que demanda un local de este tipo es difícil de adquirir en Cuba. “Mantener la calidad es complicado porque los productos son inestables y no siempre del mismo tipo. Ciertos materiales nos llegan gracias a amigos que viajan y nos abastecen, pero eso no es ideal ni sostenible”, razona.

En su criterio, urge regularizar los suministros en un mercado mayorista para quienes trabajan por cuenta propia en Cuba y así no alimentar “el cáncer del mercado negro”. “También hace falta una regulación aduanal acorde con este tipo de negocios. Por ejemplo, si comprara un equipo para el trabajo, debo entrarlo al país a título personal y no como insumo empresarial, que es su verdadero destino”, argumenta.

Lejos de las “mujeres objeto”

Cuando valora los nuevos proyectos comerciales que aparecen en Cuba, sobre todo en el área de los servicios, Katia encuentra métodos errados por su esencia clasista. “Me llama la atención que se imiten fórmulas negativas, sobre todo con las mujeres al estilo Barbie tras el mostrador. Eso me ofende y me opongo a la idea de ser objetos. La calidad humana es lo primario en cualquier empresa y eso nos hace ser fuertes en Bianchini.

“Las mujeres con negocios estamos rompiendo el esquema de que somos objetos y por eso nos irrita ese tipo de patrón. Somos una generación de emprendedoras naciendo en un país con una historia distinta a lo más cruentamente comercial”, sustenta. En lo personal, el trabajo en la pastelería le resta casi todo el tiempo, por lo que ha debido acudir a la ayuda externa para cuidar de su madre y realizar las tareas domésticas. “En la medida que se consolide el proyecto, encontraré un límite para deslindar ambos momentos y dedicar más tiempo a compartir con mi familia”, aspira.

De la experiencia como mujer también aprovecha. “A nosotras la vida nos ha hecho cultivar la inteligencia afectiva y ese es un recurso útil en una empresa, lo mismo que la confianza interna”, exhorta.

A Cuba, esa “casa” a la que se arraigó entre muchos lugares del mundo en los que pudo asentarse, ha querido aportarle también desde su emprendimiento. “La ciudad puede crecer con espacios de este tipo: sencillos, sin grandes inversiones, pero acogedores. A veces nos imaginamos opciones irreales y no tomamos en cuenta que podemos desarrollarnos con lo que está a nuestro alcance. Todo está en ponerle un poco de imaginación y creatividad”, afirma.

* Periodista del Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamér​ica y el Caribe (SEM​lac) hormilla@gmail.com