El norte de Colombia alberga la Sierra Nevada de Santa Marta, una masa bastante quebrada en su geografía constituida de rocas ígneas de más de 160 millones de años, que contiene el Parque Arqueológico Teyuna (Ciudad Perdida), cuna de los Tayrona, la mayor civilización indígena del país. Declarada en 1979 por la Unesco como Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad, esa majestuosa sierra, cuyo macizo central es aún más antiguo y está conformado por rocas graníticas, es la zona montañosa costera más alta del mundo, de más de cinco mil metros de altura y a solo 42 kilómetros del mar.

En esa región viven alrededor de treinta mil indígenas de las etnias Koguis, Arhuaco, Kankuamo y Wiwa, y es considerada un lugar único en el mundo debido al aislamiento respecto a la cordillera de los Andes y poseer todos los pisos térmicos, desde el cálido seco hasta el de nieves perpetuas, así como distintos biomas que conforman la selva, el bosque de montaña y los páramos andinos.

Dentro de ese sistema montañoso se encuentra el Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta, que presenta una variada fauna salvaje de aproximadamente 628 especies de aves, 120 de mamíferos y 142 de anfibios y reptiles. En su amplia flora sobresalen árboles gigantes como el mastre, el caracolí, la ceiba de leche, la palma de cera y muchas otras.

Entre sus especies de aves destacan el cóndor, las águila de montaña y copetona, el colibrí, cóndor andino, cucarachero, mirlo, el paujil colombiano, perico de la sierra, tangara, trepatroncos, pájaro carpintero, carpintero de cabeza amarilla y carpintero picador, y mamíferos como las ardillas enanas, danta de la sierra, nutria, jaguar, puma, ratón silvestre, los venado colorado y de páramo, además de peces como el agonostomus monticola y el bagre.

El sitio fue declarado recientemente como uno de los lugares más insustituible de la Tierra para las especies en peligro de extinción, pues es hogar de 44 de las 340 especies endémicas registradas en Colombia amenazadas por la pérdida de su hábitat, según un estudio que publicó la revista especializada Science.

La lista incluye otros lugares importantes para prevenir la extinción de los mamíferos, aves y anfibios más amenazados del mundo como las islas Galápagos en Ecuador, con 39 especies endémicas; el Parque Nacional Canaima en Venezuela, conocido por sus montañas de mesa, llamadas tepuis, con 13 especies únicas de anfibios; las selvas del Atsinanana en Madagascar, que cuenta con entre un 80 y un 90% de especies endémicas de la fauna del país.

Asimismo, Ghats Occidentales en India, el hogar de un tercio de las plantas, aproximadamente la mitad de los reptiles y alrededor de tres cuartas partes de todos los anfibios que habitan en ese territorio; el Altiplano Central de Sri Lanka, que cuenta con la mayor extensión de bosque tropical montañoso y submontañoso virgen del país y el Parque Nacional de las Montañas de Udzungwa en Tanzania, que también alberga un gran número de especies endémicas.

Para determinar el carácter insustituible de cada uno de esos lugares, los científicos examinaron los datos de 173 mil áreas protegidas terrestres, que abarcan el 13% de la superficie del planeta y el 2% de los océanos, así como 21.500 especies de animales, basándose en los datos de la Lista Roja de Especies Amenazadas elaborada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), así como la Base de Datos Mundial de Áreas Protegidas.

El factor clave para la selección fue la potencialidad de pérdida de especies en una zona concreta como consecuencia de no tomar medidas para conservarla. En total, 137 áreas en 34 países fueron identificadas como las más importantes para la conservación. Las áreas naturales protegidas que analizó esta investigación se concentran principalmente en las montañas tropicales y sabanas de América Central y del Sur, África, Asia y Australia, así como en islas tropicales del Caribe, Madagascar, Filipinas e Indonesia.

Estas regiones tienen una gran biodiversidad y también un alto endemismo (concentración de especies propias de una única zona geográfica), según dijo la investigadora del Centro de Ecología Funcional y Evolutiva de Francia y coautora del estudio, Ana Rodríguez, a la revista National Geographic.

Colombia es el país con mayor diversidad de aves y fue paraíso de primates

Colombia mantiene su condición de país con mayor diversidad de aves en el mundo, con 1.897 especies catalogadas, según datos divulgados por la revista científica Conservación colombiana. Le siguen Perú, con 1.834 y Brasil con 1.785.

Según la publicación, en 2012 fueron descubiertas ocho nuevas especies por los investigadores Thomas Donegan, Alonso Quevedo, Paul Salaman y Miles McCullan, quienes tuvieron a su cargo la revisión anual del Libro Aves de Colombia. Entre estas figuran, ilustradas con fotos, el Troglodytes montícola o Cucarachero de Santa Marta, en peligro de extinción, que habita en una pequeña zona de páramo, 3.250 metros sobre el occidente de la Sierra Nevada, en el norte del país.

Otras especies registradas fueron la pavita roja (Haematoderus militaris), el Turdus sanchezorum, el Cucarachero paisa (Thryophilus sernai), la tángara punteada (Tangara punctata), el antioquia Wren, el picopando canelo (Limosa fedoa) y la reinita gusanera (Helmitheros vermivorum). A estas se agrega la cacatúa galerita ( Melopsittacus undulatus), un ave exótica, de especie recién confirmada.

Tanto Donegan como Alonso destacaron los programas de conservación desarrollado en los últimos años por la Fundación Proave. La buena nueva contrasta con la alarma que cunde ante las tasas de deforestación prevalecientes en la Amazonía, en virtud de las cuales varias especies de amplia distribución fueron clasificadas en la categoría de amenazadas.

Por otra parte, el curador de vertebrados del Museo norteamericano de Historia Natural de Florida Bruce MacFadden reveló que Colombia estuvo habitada hace millones de años por grandes mamíferos, incluidas las primeras especies de primates que poblaron el continente. Destacó la diversidad de vestigios de monos hallados en La Venta, en el desierto de la Tatacoa, “un lugar seco y árido pródigo en afloramientos de este tipo”.

“En esa zona del departamento de Huila tenemos registrados fósiles oriundos de 10 millones de años atrás, roedores gigantes, murciélagos antiquísimos y monos de bosques tropicales”, explicó el paleontólogo, profesor de Biología, ciencias sociales y estudios latinoamericanos y aseguró que no hay otro sitio en Sudamérica con un registro similar o mayor de especies de primates, unas 10 distintas. “Nuestros parientes más lejanos tuvieron su paraíso en Colombia”, aseguró.

Cartagena de Indias: entre luces y sombras

Siglos de historia, playas, arrecifes, manglares, cálido clima, música contagiosa y una conmovedora arquitectura distinguen a Cartagena de Indias, ciudad-puerto de origen colonial estratégicamente ubicada a orillas del mar Caribe, en el norte de Colombia. Capital del departamento de Bolívar, Cartagena -como usualmente se le llama- fue fundada el 1 de junio de 1533 por Pedro de Heredia, en un sitio que los aborígenes llamaban Calamarí, que en lengua nativa significaba cangrejo.

De ese período colonial, que se extendió ininterrumpidamente hasta el 11 de noviembre de 1811 tras declarase independiente de España, procede la mayor parte de su patrimonio artístico y cultural, resultante de la fusión de tres etnias o pueblos; la precolombina u originaria, la blanca, llegada de España, y la negra traída esclavizada del África. Simbiosis que se manifiesta en una población predominantemente mestiza.

No obstante, Cartagena fue la última ciudad de Colombia en ser liberada de España, puesto que fue objeto de una cruenta campaña de reconquista que la colocó nuevamente bajo dominio hispano entre 1815 y 1821, año en el que el último gobernador español abandonó la plaza. Debido a la resistencia de sus habitantes le mereció el título de Ciudad Heroica.

Aunque célebre por el movimiento y singularidad de su sistema portuario, sin dudas el mayor atractivo para el visitante es lo que se conoce como la “Ciudad Antigua” o la “Ciudad Amurallada”, resguardada precisamente por una muralla de 11 kilómetros de extensión y fortificaciones coronadas por una veintena de baluartes, dotados de galerías y subterráneos.

Como parte de esta zona turística por excelencia sobresalen el castillo de San Fernando y el de San Felipe de Barajas, obras todas que por su conservación pareciera ante los ojos del visitante que aún aguardan por un sorpresivo ataque de piratas y corsarios para defender la ciudad. También sobresale la Torre del Reloj, devenida en símbolo representativo de Cartagena, construida sobre la muralla en el siglo XIX y que da paso a la Plaza de los Coches, anteriormente ocupada por el mercado de esclavos traídos de África.

En su momento en la Torre o Puerta del Reloj, como también se le conoce, estuvo la entrada principal a la ciudad amurallada provista de un puente levadizo que se alzaba sobre un caño, que iba desde la Bahía de las Ánimas o de Cartagena hasta el llamado lago del Cabrero. Estas edificaciones, así como sus calles angostas amparadas por casas coloridas de balcones adornados con flores, iglesias, conventos y plazas le merecieron a Cartagena ser declarada Patrimonio Nacional de Colombia en 1959 y por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1984, mientras en 2007 su arquitectura militar fue reconocida como la cuarta maravilla del país.

Pero la ciudad no solo se circunscribe a sus murallas, castillos o plazas, pues fuera de este circuito se refleja un crecimiento lleno de contrastes y claroscuros, que van desde la opulencia hasta la pobreza extrema, pese a lo polifacético de su economía, diversificada en sectores como la industria, el turismo, el comercio, la construcción y la logística para el comercio marítimo internacional.

Por un lado, están las urbanizaciones como Bocagrande, Castillogrande y El Laguito, donde con una ubicación privilegiada que les permite tener vistas tanto a la Bahía de Cartagena como al mar Caribe, se desarrollan grandes proyectos de edificaciones residenciales y hoteles. Estos sectores constituyen el área moderna de Cartagena y se han convertido en un atractivo turístico por sus numerosos restaurantes y centros nocturnos, mientras en La Matuna -la cual se desarrolló en uno de los sitios donde fue cortada la muralla- se encuentra el corazón financiero de la ciudad con sus centros de negocios.

Uno de los barrios más representativos de la ciudad es Getsemaní, donde se dio el grito de independencia y en cuya área habitaron esclavos de la época colonial. Aquí lo popular y elitista se entremezclan por sus callejones, aunque en su aire y ambiente predomina lo primero, con pintorescos bares, cafés, restaurantes y panaderías. También proliferan comercios con una variada gama de oficios, así como grandes casonas que sirven de hostal, aunque la austeridad en el barrio se hace presente en no pocas fachadas e individuos que deambulan por sus calles en harapos.

Por otro lado, un poco más allá del alcance de las cámaras fotográficas, de los diarios de viajes, guías turísticas y las postales, la mayor concentración de los asentamientos informales, con población pobre o en extrema pobreza, se aglomeran hacia las laderas del Cerro de la Popa y las inmediaciones de la Ciénaga de la Virgen. Entre estos barrios marginales se encuentran San Francisco, La Boquilla y Nelson Mandela, que en su conjunto sobrepasan el 70% de la ciudad y forman verdaderos cinturones de miseria y pobreza, cada vez más anchos.

En estos asentamientos o ciudad paralela proliferan las casuchas de madera, cartón, plástico o hule, y el hacinamiento y la calidad de vida colocan a sus habitantes en un alto grado de vulnerabilidad. En esta otra Cartagena se registran los peores indicadores de pobreza del país, con la mayor población desplazada de la costa Caribe y con índices de analfabetismo que superan con creces a otras ciudades cabeceras del territorio nacional.

Son tan marcados los contrastes, que mientras en la zona cosmopolita se puede llegar a pagar cientos de dólares por una noche en una lujosa habitación, en esta otra parte, muchos mueren de hambre o difteria, pues carecen de servicios básicos mínimos como atención médica, agua potable y luz eléctrica. Luces y sombras de una ciudad notoria también por su gastronomía, la riqueza de sus ritmos y vida cultural, que por un lado muestra su cara más amable, mientras por el otro agoniza en su miseria.

Bogotá, una ciudad insomne

Los bogotanos se precian de vivir en una ciudad insomne, con una intensa actividad nocturna incrementada en los feriados coincidentes con fines de semana que, en dependencia de las fechas, suelen comenzar el jueves por la noche, en lugar del viernes. Son los llamados “juernes”, una síntesis abreviada de jueves y viernes, sinónimo de la rumba que suele armarse en la casa propia o de algún amigo, en una discoteca o en uno de esos conciertos gratuitos de música cantable y bailable organizados por la alcaldía en la Plaza Bolívar o en el Parque Nacional capitalino. De gratín, los llaman en Bogotá, y hay siempre una inmensa mayoría presta a disfrutarlos.

A diferencia de antaño, cuando Bogotá era en las noches una ciudad casi desierta, con hombres y mujeres vestidos de negro o gris, de pies a cabeza -como narra en sus crónicas Gabriel García Márquez-, la realidad es otra en los albores del siglo XXI. Con la llegada de la gente de la costa, los colores hicieron su entrada de lleno en la capital, donde hoy predominan los rojos profundos, los naranjas ardientes, los amarillos como una llamarada y la afición al baile que, según consenso, trajeron del brazo los oriundos de Cali y Cartagena de Indias.

El idioma hablado es el mismo, pero la curva de entonación diferente, de variados registros y el vocabulario entreverado de palabras caleñas como aletoso (ponerse bravo por todo), ábrase (váyase) y asao, quemao o rostizado (con mucha carga laboral) guajao (hombre voluminoso) o dar pedal (provocar).

Pero la exaltación por excelencia del baile corresponde a los habitantes del Pacífico, ese Chocó de profunda herencia africana y un ritmo que arrastra consigo, a golpe de percusión, aun a los más pasivos. Es como un corrientazo en la sangre, dicen algunos, nadie puede quedarse quieto. Mención aparte merece la champeta de los cartageneros, mas bien un abrazo erótico de cuerpos que se entregan a un disfrute sin restricción alguna, un culto sin tregua al ritmo.

Los bogotanos revivieron la semana pasada una de sus fiestas más antiguas, la quema simbólica del diablo, con el que echaron al fuego los pecados de la sociedad, según la tradición popular. El festejo culminó en el barrio de La Candelaria, donde el muñeco alusivo al Satanás en acecho de las almas humanas, según la leyenda, ardió de punta a cabo entre la música estridente, los olores y sabores perturbadores de la comida típica del altiplano de Boyacá, los juegos deportivos y la parranda colectiva como lazo de unión.

Fueron días de disfrute popular, y la 98 edición de una celebración extendida hasta las calles próximas a la Avenida Circunvalar que rodea la ciudad. La fiesta fue organizada por la Red de Economía Candelaria (REC), un proyecto que busca dignificar a los vendedores callejeros, quienes durante 2013 recibieron cursos gratuitos de formación empresarial para comercializar sus productos.

Cientos de capitalinos se sumaron a esta fiesta familiar, que contó con espacio para los niños, jóvenes y adultos inmersos en juegos como el tiro al blanco, el tejo, el trompo y el cucunubá, que consiste en lanzar pequeñas bolas de metal, a cierta distancia, contra un tablero agujereado. El broche de oro lo puso la música con el ritmo caribe de Los Corraleros de Colombia, el sonido de Giovanny Ayala, la ardiente salsa de la orquesta La 33 y la puesta en escena de Baranoa Show.

* Boada es periodista de la redacción de Ciencia y Técnica de Prensa Latina, Corona es redactor de Economía, y Anubis Galardy, corresponsal de PL en Colombia.