El culto cristiano ha crecido en Bolivia, no sólo por el lado católico sino por el de múltiples iglesias que hoy se ven fortalecidas por un régimen de libertad de cultos en el cual no hay religión oficial. El Te Deum, ceremonia tradicionalmente católica, hoy es colectivo y, por decirlo así, plurimulti religioso, con una estructura que da lugar a todas las iglesias, incluido el budismo y el Islam, pero también la ch’alla como culto de la cosmovisión andina.

No faltan los agnósticos, es decir, los que no creen en aparecidos; pero para ser un ateo completo habría que ser heredero legítimo del racionalismo alemán, del hegelianismo de izquierda, del existencialismo de Sartre o del judaísmo clásico y monoteísta, y no del animismo que está presente en las zonas rurales y en las ciudades. Hay que pensar que tan sólo en el Departamento de La Paz hay 500 fiestas patronales imbuidas de sincretismo religioso bajo el cual han sobrevivido los ritos animistas andinos.

En esa tendencia que no excluye sino incluye, debemos respetar los cultos cristianos, pero sobre todo honrar al Jesús histórico cuya vida fue de lucha continua contra el viejo testamento. Había que tener pantalones para enfrentarse a la vieja ley y reformarla, para convertir el mito del Mesías salvador del mundo en un evangelio de amor al prójimo, de dar la otra mejilla, de perdonar las deudas y las ofensas y de aceptar que vinimos a este mundo a morir, pero jamás a matar.

No faltan agnósticos extremos que niegan la historicidad de Jesús, como si hubiera sido un personaje inventado siglos después por los evangelistas y teólogos; pero si lo hubiesen inventado, ¡qué narrativa más trascendente la que inventaron! Tan trascendente que milenios después mantiene su vigencia que se renueva cada año cuando los fieles repiten las enseñanzas de Jesús en el evangelio.

Para decir sólo un ejemplo, la multiplicación de los panes y los peces es un elogio de la generosidad, del espíritu de comunidad, del impulso de compartir y no encerrarse en el egoísmo del individuo. Había pocos panes y pocos peces durante el Sermón de la Montaña, pero mientras más se los repartía a la multitud, más se multiplicaban. Si el sentido del mito no es el de la opción de dar, no sabemos cuál podría ser. El evangelio es dar porque dar da paz, sin esperar recibir porque recibir a veces es incómodo, incluso humillante. Un budista diría que no sólo hay que dar sino también aprender a recibir, pero estas enseñanzas son increíblemente contrarias al mundo en que vivimos, en el cual calculamos cuánto vamos a recibir si damos, qué beneficio vamos a sacar si damos, qué ventajita nos espera si cedemos. Dar da paz es una de las enseñanzas mayores del Jesús histórico.

En la iglesia hubo y hay una tendencia histórica que considera a Jesús como un ser humano que murió en la cruz por enfrentarse al poder. Los romanos se lavaron las manos pues su propio pueblo lo condenó. Esta tendencia dice que la iglesia opulenta nació a los tres días, cuando se dijo que ese personaje de carne y hueso ascendió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios padre. Ese Jesús glorioso fue el justificativo de la iglesia y la pompa de los prelados de su iglesia, pero es un corte que nada tiene que ver con el Jesús histórico, tan apegado al desprendimiento, a la actitud de dar, a los humillados del mundo.

En este mundo en el cual quien no se ensalza no es ciudadano “distinguido”, ese Jesús histórico predicaba el arte de la humillación. Al final hicieron de él un personaje respetable y correcto, pero en vida no fue ninguna de las dos cosas, nunca se “distinguió”, vivió rodeado de pobres y marginados, predicó contra la vieja ley y dio la vida por sus ideas.