El desmantelamiento de los imperios coloniales en África tras muchas décadas de lucha armada en algunos países o política en otros significó para el continente además de su independencia, la creación de nuevos estados que se insertarían con pleno derecho en el concierto internacional de naciones libres y soberanas. Pero África tiene tres reinos, dos de ellos menos conocidos por su escasa presencia internacional: Swazilandia, Lesotho y Marruecos.

En África la esclavitud se implantó casi desde la llegada de los primeros extranjeros en el siglo XV. Fueron los grandes poderes de la época representados por portugueses, ingleses, holandeses, españoles, franceses, y otros, los que llevaron a cabo el tráfico de africanos para trabajar en régimen de esclavitud en las colonias de América y el Caribe.

A la esclavitud siguió la implantación del sistema colonial. En el siglo XIX se agudizó la carrera por África y se multiplicaron las rivalidades entre las metrópolis europeas para conquistar más territorios y obtener nuevas fuentes de materias primas. Hacía falta poner orden en esas disputas.

En la Conferencia de Berlín celebrada en 1884-1885, las potencias europeas realizaron el reparto del continente legalizando de esa forma el robo y el saqueo de las riquezas de África y la opresión de sus pueblos. A partir de la década de los años 60 del siglo XX cada nación que se liberaba del yugo colonial se convertía en República, así la inmensa mayoría de los estados poseen en la actualidad ese estatus político.

Pero África tiene tres reinos, dos de ellos menos conocidos por su escasa presencia internacional: Swazilandia, Lesotho y Marruecos.

El reino de Lesotho está rodeado por el territorio sudafricano. Sus cerca de tres millones de habitantes mayoritariamente de etnia sotho viven en un área de unos 30 mil kilómetros cuadrados. Curiosamente en el territorio se han encontrado fósiles y huellas de dinosaurios que datan de hace 200 mil años.

Las discrepancias, ataques de los boers, colonos de origen holandés que habitaban el Transvaal, provincia sudafricana y las diferencias con el Estado Libre de Orange, determinó que el jefe del pueblo Lesotho (Basutolandia era el nombre del país antes de la independencia), buscara “protección” británica de la Colonia del Cabo, en poder de Gran Bretaña.

En 1871, sin consulta alguna, la Corona británica añadió Basutolandia a su dominio de la Colonia del Cabo, aunque ya los nativos habían visto mermado su territorio, al proclamar los británicos su soberanía sobre tierras de ese país. Décadas después Gran Bretaña se apoderó directamente de Lesotho. Cuando los británicos trataron de desarmar al pueblo estalló una rebelión que duró tres años. Fueron innumerables las luchas del pueblo para liberarse del dominio colonial de la nación europea que consiguió al fin el 4 de octubre de 1966.

A diferencia de Swazilandia y Lesotho que sucumbieron ante las ambiciones de Gran Bretaña, el reino de Marruecos fue víctima de su gran rival en África: Francia. Es el reino africano más conocido internacionalmente. En 1150 a.n.e., fenicios, cartagineses y posteriormente romanos tuvieron presencia en el territorio. A partir del año 684 las invasiones musulmanas llegaron a Marruecos y determinaron el establecimiento de las creencias islámicas que predominaron en el país.

A comienzos del siglo XX, Francia y España firmaron un acuerdo para fijar sus zonas de influencia, sin embargo, la ocupación total del territorio marroquí fue lenta y costosa para ambas potencias a causa de la resistencia de los pueblos de la región. Una sucesión de guerras contra la dominación extranjera, con avances y retrocesos de las fuerzas anticolonialistas, se extendieron por toda la nación durante décadas que concluyeron con la ocupación francesa.

El reino se estableció en 1956 cuando Francia decidió abandonar el protectorado de Marruecos y reconoció la independencia de la nación. Swazilandia, Lesotho y Marruecos, son tres reinos entre un mar de repúblicas, unos y otras surgidos tras las luchas anticoloniales.

Swazilandia, un baldón para Gran Bretaña

Swazilandia es un pequeño reino de África Meridional que por su ubicación geográfica, los ciudadanos no sufrieron los rigores del sistema esclavista en América y el Caribe como otras poblaciones de las regiones occidentales del continente. El territorio de poco más de 17 mil kilómetros cuadrados está rodeado casi en su totalidad por Sudáfrica excepto por el este que limita con Mozambique.

Se divide en tres regiones: Veld alto, medio y bajo. Esa clasificación responde a las diferentes alturas, el Veld alto alcanza los 1.800 metros, el medio unos 600 metros y el bajo no rebasa los 300. Menos las zonas montañosas del este, están atravesados por cuatro vías fluviales. La población pertenece mayoritariamente al grupo étnico de los swazi. Habla el idioma local swazi y el inglés.

La fertilidad de la tierra, la abundante caza y la posibilidad de que existieran vetas minerales en el terreno, atrajeron a los colonos ingleses, quienes se establecieron en el país en 1878, recibiendo numerosas concesiones del jefe de los swazi. Esas concesiones se extendían a posesiones de tierra o minerales y también sobre manufacturas, comunicaciones y el derecho a cobrar impuestos.

Esa fue la puerta de entrada de los colonialistas de Gran Bretaña y el inicio del control del país. Años más tarde, por decisión de Londres, el Alto Comisionado de Sudáfrica se hizo cargo de los asuntos de Swazilandia. Un tercio del territorio fue adjudicado a la Corona británica y otro a los colonos europeos. Inútiles fueron las protestas de los swazi ante el gobierno británico. Durante 70 años Swazilandia se mantuvo bajo el estatus de protectorado inglés. Una figura jurídica muy utilizada por los colonialistas que pretendía ocultar los abusos contra la población y la explotación de yacimientos de hierro, amianto y los abundantes productos agrícolas. El 6 de septiembre de 1968 fue independiente.

Los habitantes que hoy ocupan la zona de los ríos Pongalo y Usutu vivieron originalmente en el litoral sudeste de Sudáfrica de donde emigraron en los primeros años del siglo XIX. Cuando los primeros colonizadores ingleses se establecieron en Swazilandia en 1878, Gran Bretaña se había convertido en la principal potencia colonial en la región. Su predominio de la zona sólo estaba alterado por Mozambique en poder del Portugal, a donde llegaron los navegantes lusitanos en el siglo XV.

Las posesiones británicas en el Cono Sur se extendían a los países que actualmente constituyen las Repúblicas de Sudáfrica, Zambia, Botswana, Lesoto, Zimbabwe y Mauricio en el Océano Índico. La Conferencia de Berlín (1884-1885, donde las potencias colonialistas se repartieron África en zonas de influencia no hizo más que legitimar la distribución territorial que de hecho habían establecido las metrópolis desde comienzos del siglo XIX.

El primer gobierno con participación de los británicos se estableció en 1890. En esa fecha el sistema colonial en África alcanzó sus niveles más altos, todos los países excepto Etiopía eran colonias europeas. El gobierno establecido en Swazilandia tenía un carácter provisional con la República Sudáfricana, bajo dominio británico, aunque en la provincia de Transvaal habitaban los boers, descendientes de colonos holandeses y los swazis.

En 1881 la República Sudafricana asumió completamente la dirección del país, pero sin incorporarlo a su territorio. En el período inmediato se produjo la guerra anglo-boers, un conflicto que se prolongó por cerca de tres años, en que los últimos fueron derrotados. Después de la guerra en 1894, el gobernador británico en Transvaal tuvo la responsabilidad administrativa de Swazilandia y de esa forma se iniciaron las relaciones directas entre Gran Bretaña y los swazis. Los swazis prefirieron asociase a los británicos y aceptar su protectorado ante la actitud de violencia y hostilidad mantenida por los boers que robaban sus tierras y ganado y los esclavizaban.

Habitualmente las metrópolis adoptaban decisiones sin tener en cuenta los intereses de la población, el cambio de siglo nada determinaba, los métodos seguían siendo los mismos. En 1907, por decisión británica el Alto Comisionado de Sudáfrica se hizo cargo de los asuntos de Swazilandia. Un tercio del país fue adjudicado a la Corona británica y otro a los colonos de esa nación, lo que provocó una protesta de los swazis ante el gobierno de Londres. Lo ocurrido dos años después, en 1909, fue aún peor.

Mediante un Acta de Unión suscrita a espaldas de los swazis por el gobierno británico y los boers, Swazilandia fue incorporada a la Unión Sudafricana. Simultáneamente Gran Bretaña concedió a Portugal el territorio swazi que circundaba la población de Namachaba. Nuevamente se alzaron voces de protesta que fueron desoídas `por los británicos.

Ese rejuego colonial contrario a las aspiraciones del pueblo swazi dejaron un sentimiento de rechazo a la presencia de Gran Bretaña.

En 1921 las autoridades de Londres constituyeron un denominado Consejo Consultivo. La posesión del Jefe Supremo como autoridad nativa fue definida dos décadas más tarde en 1941. Esas acciones respondían a las constantes presiones de la población. El rey Sobhuza II, conocido desde 1441 cabeza de la nación swazi, reclamó en 1952 la restitución de sus derechos sobre las riquezas mineras, lo que fue rechazado por el gobierno colonial, a pesar de que había aceptado acuerdos con Bechuanalandia (hoy Botswana), y Basutolandia (actual Leshoto).

El gobierno del protectorado y el rey de los swazi designaron en 1960 un Comité Constitucional que publicó dos años después un informe que consolidaba los derechos económicos y políticos de los colonialistas. Tres años después una Constitución dejaba el poder ejecutivo en manos del Comisionado británico. Pero Gran Bretaña no podía seguir negando los derechos de los swazis. Las protestas y las huelgas de los trabajadores obligaron a los colonialistas a modificar la Constitución. En septiembre de 1968 el rey Sobhuza II y su hijo acordaron con los británicos el cese del protectorado ejercido durante 70 años. Fue el año de la independencia.

Las fronteras impuestas

África arrastra un pesado lastre que en numerosas ocasiones causó conflictos sumamente letales, y muchos preguntan hasta dónde continuarán los daños a su integridad: se trata de las fronteras impuestas. En 2014 se cumplirá el aniversario 130 de la Conferencia de Berlín, evento paradigmático de cómo Europa estableció territorialmente las reglas del juego colonial, que definía institucionalmente la proyección del Viejo Continente en una política de dos direcciones, una entre las potencias y la otra dirigida a los pueblos sometidos.

La Conferencia -convocada por las poderosas Francia y Alemania- sesionó del 15 de noviembre de 1884 al 26 de febrero de 1885 con el objetivo de que las metrópolis se repartieran en zonas de explotación al rico continente, una línea de comportamiento que permanece en la médula de la relación África-Occidente en la globalización neoliberal. En su discurso de apertura, el Canciller de Hierro, Otto von Bismarck, alegó aviesamente que el propósito de la reunión era promover la civilización de los africanos al abrir el interior del continente al comercio, y luego definió otros objetivos específicos relativos al tráfico en los ríos Congo y Níger y las formalidades para realizar anexiones. Según el anfitrión, no se entraría en cuestiones de soberanía.

El profesor Louis Valentín Mballa apunta que “Bismarck finalizó su intervención dando una impresión de incertidumbre y ambigüedad”, lo cual sugiere que presumiblemente quedarían espacios indefinidos en la carrera por el secuestro del continente, quizás para llenarlos luego con mayores arbitrariedades. La Conferencia decidió el establecimiento de fronteras relacionadas con los intereses metropolitanos, de espalda a la lógica y la tradición de la vida africana, y su momento de desarrollo, es decir, los resultados de la reunión llevaron el caos y la distorsión a un período importante de la formación de la historia del continente.

Fue así que los límites territoriales resultaron construcciones artificiales, por ejemplo, actualmente persisten demarcaciones rectilíneas, que no tuvieron en cuenta accidentes topográficos y situaciones demográficas. Por sus intereses los participantes en la Conferencia -Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Holanda, Italia, Portugal, Suecia, Noruega y Turquía- se dividieron mecánicamente espacios y comunidades, con lo cual destrozaron focos culturales y avanzadas relaciones socioeconómicas en África.

Tres proyectos de ocupación se materializaron: Francia, con el eje este-oeste, entre Senegal y Gabón por el Sahara y Sudán hacia Somalia; Portugal, en África al sur de Ecuador, entre Angola y Mozambique, y Reino Unido, con el eje norte-sur, entre El Cairo y El Cabo por África oriental, central y austral, apunta Valentín Mballa.

Según el analista, este último eje es el que “se impondrá tras los choques de la crisis del ultimátum (1890) entre Inglaterra y Portugal, y el incidente de Fashoda (1898) entre Inglaterra y Francia, que se resolvieron con sendas victorias británicas” (se respectan los gentilicios empleados por el autor).

La división territorial y la aplicación de políticas colonizadoras a lo largo del siglo XX en el continente exacerbaron también situaciones de conflictos entre las comunidades de diversas regiones, en muchos casos de poblados vecinos que se disputaban suelos fértiles, pastos para sus rebaños y ríos, y hasta la pertenencia a una confesión.

También las doctrinas europeas fomentaron elites tribales a fin de enfrentarlas para mantener un dominio directo o indirecto de las zonas de residencia de esas formaciones humanas, con vista a disponer de un factor pro-colonial, que también sirviera a los intereses metropolitanos, tanto en los dominios político, económico e ideológico totales.

Uno de los intereses europeos en África con la creación de los grupos de elite fue establecer las condiciones a fin de mantener la sujeción para cuando irremisiblemente llegara la etapa postcolonial, que se desató en la segunda mitad de la década de los años 50 del pasado siglo, con un proceso de liberación nacional armada o pacífica, según los casos.

Con las independencias de los años 60 y 70, esencialmente la primera fecha, apareció como una necesidad histórica el primer intento de integración política, económica y social de la etapa postcolonial, el cual se concretó el 25 de mayo de 1963, con la creación de la Organización de la Unidad Africana (OUA). Uno de los planteamientos más inteligentes de la OUA fue, a despecho de sus críticos, mantener en vigor las divisiones fronterizas procedentes de la era colonial para evitar los grandes conflictos que sucederían con frecuencias por reclamaciones territoriales. La entidad expresó así su madurez y sentido de la africanidad.

Pese a que el proceso de descolonización y la independencia africanas fue más bien tardío, y lleno de irregularidades, vaivenes y accidentes, se conjugó con la emergencia de una vocación unionista africana y el declive en el continente de las potencias imperiales consideradas clásicas, así como un cambio trascendente: la aplicación de nuevas dinámicas colonizadoras.En la segunda mitad del siglo XX, el mundo mostraba dos polos ideo-políticos definidos y un tercer componente económicamente subdesarrollado que será un elemento de disputa en la llamada confrontación Este-Oeste, y es en ese espacio donde se ubica la mayoría de los países africanos.

Sin embargo, tras el llamado fin de la guerra fría, su situación de dependencia y carácter tercermundista mantienen a África entre contiendas bélicas -aunque inferiores a décadas atrás-, en forma general, y en el caso que nos ocupa aún persisten problemas heredados de la división territorial perpetrada hace casi 130 años. No obstante, la acción de la OUA en su momento logró aplacar enconados dilemas territoriales. Su sucesora, la Unión Africana (UA), enfrenta hoy desafíos que dimanan de aquellas asimetrías impuestas por las metrópolis coloniales, ahora neocoloniales, y que van mucho más allá de las demandas por tierras, para abordar cuestiones del desarrollo.

Al menos dos nuevos Estados florecieron entre las estériles fronteras impuestas en África por Europa, Eritrea y Sudán del Sur, a la vez que contradicciones por territorios en disputa -como la península de Bakassi (entre Nigeria y Camerún) y el tramo de 620 kilómetros lindante entre Níger y Burkina Faso, se resolvieron pacíficamente.

Esos hechos y los proyectos superiores de integración demuestran las posibilidades del continente de en la contemporaneidad ir sanando la herida abierta en su historia por la Conferencia de Berlín; en ese saneamiento asume uno de los grandes desafíos para la necesaria evolución de la Unión Africana.

Bakassi, paso a la razón en África occidental

Uno de los problemas sin resolver completamente en África es el de las definiciones fronterizas y con ellas los asuntos pertinentes a las cuestiones de soberanía territorial. El más reciente ejemplo de una solución racional dada a un disenso entre dos países fue la adquisición por Camerún de la plena jurisdicción sobre la península de Bakassi, una zona rica en petróleo, minerales y recursos pesqueros, que durante décadas fue objeto de disputa con Nigeria.

El caso de Bakassi, en litigio desde 1913, sobresalió en 1980 cuando los dos Estados estuvieron al borde de la guerra por la zona. En 1994 Camerún acudió al Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) de La Haya, mediación que la parte nigeriana aceptó hasta octubre de 2002, cuando un veredicto inapelable concedió la pertenencia de la península al país francófono. Tal sentencia no resultó el colofón del proceso judicial en cuestión, pero abrió los ojos del auditorio Occidental respecto a la fatídica situación de las fronteras heredadas de la colonización y que, en el caso de Bakassi, el diferendo cumplía una zigzagueante ruta de amenazas de contiendas armadas y la realización de negociaciones.

El tratado anglo-alemán de 1913 y los acuerdos bipartitos de 1963 cedieron la soberanía de Bakassi a Camerún, pero el descubrimiento de reservas de petróleo allí, calculadas en una producción cercana al millón de barriles diarios, cambió por supuesto el curso de los acontecimientos en el ámbito bilateral.

“Nigeria ocupó militarmente la península y la anexó a su territorio. En 1967, Bakassi intentó independizarse bajo el nombre de Biafra, a lo cual Nigeria respondió con una operación militar que cortó el abastecimiento de alimentos para la población y concluyó con la reanexión del territorio”. La cita corresponde al artículo Petróleo y política en África subsahariana, de Jerónimo Delgado Caicedo, quien le concede un peso esencial al tópico del hidrocarburo en la definición del caso de la península, ubicada en el espacio fronterizo nigeriano-camerunés.

Biafra fue considerada una república secesionista, cuya existencia se extendió desde 1967 hasta 1970; su historia entrelazó intereses políticos, económicos y confesionales, y su final resultó el aniquilamiento de un millón de personas por el conflicto bélico desatado y por hambre. Para 1967, los ibos (cristianos) eran mayoría en lo que desde 1957 ocupaba la Región Oriental, zona autónoma de la federación nigeriana -estructura política previa a la independencia de Nigeria- y desarrollaron una fuerte tendencia separatista en los años 60, en reacción al maltrato de su comunidad por los pueblos hausa y fulani, musulmanes.

Ante el posible aumento de la violencia la Región Oriental, encabezada por el teniente coronel Odumegwu Ojukwu, proclamó su independencia en mayo de 1967 como República de Biafra, a lo cual el gobierno federal nigeriano, de Yakubu Gowon, reaccionó con la intención de dividir el territorio. La decisión de Gowon traería como consecuencia que los ibos quedarían sin acceso al mar ni a las zonas petroleras.

Tristemente, la secesión de Biafra allanó el camino para que en julio de ese año se desatara una guerra finalizada el 15 de enero de 1970, cuando los separatistas firmaron su rendición a las fuerzas gubernamentales, las cuales actuaron respaldadas por potencias extracontinentales y el apoyo de grupos de mercenarios. Las tensiones sobre el territorio en litigio continuaron: Bakassi fue campo de refriegas militares y de intensos flujos migratorios de pescadores y de comunidades que demandaban la propiedad de esos territorios partiendo de consideraciones consuetudinarias o con base a legados patrimoniales y a tradiciones de hábitat.

En 1996, tropas de Camerún y Nigeria se enfrentaron por el control de la península, mientras se temía que la escalada condujera a un alza de los precios del petróleo. Recuérdese que el escenario del conflicto se ubica en el golfo de Guinea, cuyos países en conjunto producen más de cuatro millones 500 mil barriles diarios del crudo. El 24 de abril de ese año, el entonces ministro de Información de Nigeria, Walter Ofonagoro, afirmó que Camerún atacó con artillería, morteros y helicópteros de combate posiciones de su país en Bakassi, mientras su similar camerunés, Augustine Mkanchu, rechazó esas declaraciones y acusó a Nigeria por los ataques.

Bassey Ate, del Instituto Nigeriano de Asuntos Internacionales, declaró por ese entonces que “la riqueza petrolera de Nigeria está localizada a lo largo de la costa y junto a la frontera con Camerún, donde -apuntó- hay al menos seis terminales y tres refinerías”, lo cual subrayaba el inconveniente de la guerra, pero las acciones seguían.

En 1994, Camerún decidió presentar su demanda territorial ala TIJ, pero la declaración de este favorable a Yaundé sucumbió al parecer como papel mojado, al cual nadie le prestó el suficiente caso, aunque abrió una puerta para avanzar hacia un cambio en la percepción desde el exterior de la situación del diferendo. Si en 1996 las desavenencias se trasladaron al área militar, tres años después los gobiernos de Yaundé y Abuja acordaron llevar el asunto a la Corte Internacional de Justicia y se comprometieron a acatar sus decisiones, pero tras la adjudicación del territorio a Camerún, Nigeria desplegó su ejército en la zona.

El discurso se endureció luego de que parecía que la solución del problema se podía palpar con la punta de los dedos, cuando el gobierno nigeriano anunció que llegaría a declarar la guerra, en caso de que su vecino intentara ejercer su soberanía sobre la península de Bakassi y su población. Muchos estudiosos pronosticaron que las declaraciones de Abuja quedarían sólo como expresión del pulseo retórico, aunque hubo ligeras señales de que podría ser lo contrario. Nigeria, un actor principal en las fuerzas de paz en África occidental, retiró a su personal de las misiones en Sierra Leona y Liberia. ¿Cuál sería su propósito?

El comportamiento irregular de la realidad política respecto a Bakassi puso en crisis muchos pronósticos de Occidente y reforzó la sabia máxima de que los asuntos africanos se resuelven entre ellos, aunque la solución requiera de gestiones entre bastidores. Los presidentes de Nigeria y Camerún, Olusegun Obasanjo y Paul Biya, respectivamente, decidieron en junio de 2006 romper la inercia sobre la península en conversaciones promovidas por el exsecretario general de la ONU, Kofi Annan, las cuales concluyeron con el acuerdo identificado como Green Tree (Árbol Verde).

Obasanjo aceptó retirar sus tropas de Bakassi y completar en 2008 su entrega a Camerún. Nigeria transfirió formalmente la península de Bakassi a Camerún el 14 de agosto de ese año, con lo que finalizaron los años de disputa judicial sobre ese territorio, aunque Yaundé debería esperar otros cinco años para establecer totalmente su jurisdicción en esa zona.

El 14 de agosto de 2013, Camerún asumió en pleno la soberanía de la península de Bakassi, tras cinco años de administración transitoria como parte de su Acuerdo con Nigeria. A partir de esa fecha, los residentes nigerianos allí debieron solicitar un certificado de residencia o la obtención de la nacionalidad camerunesa, y los nacionales registrarse en la administración fiscal… y con eso comenzó la luz de la razón a atravesar el túnel de la incertidumbre.

* Correa es ex corresponsal de Prensa Latina en varios países africanos, y Morejón es jefe de la redacción África y Medio Oriente.