El primer ministro japonés Shinzo Abe anunció un incremento del presupuesto militar estimado en más de 180 mil millones de dólares para el periodo 2014-2019, y concretó hace poco la mayor compra de armamento estadounidense de alta tecnología. El pedido incluye cinco submarinos, dos destructores, 28 cazas F-35, 17 Osprey de despegue vertical, tres drones y medio centenar de vehículos anfibios.

A finales de 2012, durante la campaña electoral del gobernante Partido Liberal Democrático (PLD), el candidato Shinzo Abe prometió ampliar el número de militares de las Fuerzas de Autodefensa y mejorar su equipamiento. En 2006, durante los 11 meses en que Abe encabezó por primera vez el gobierno japonés, dio pasos con ese objetivo y pese a las limitaciones de la Carta Magna, Tokio tiene el sexto mayor gasto militar del mundo.

Abe, que obtuvo una resonante victoria en las elecciones del 16 diciembre de 2012, planea dedicar un suplemento de 1.576 millones de euros para modernizar misiles, cazas y helicópteros de sus Fuerzas de Autodefensa (Ejército). Esa cantidad procederá del presupuesto extraordinario de estímulo económico de unos 130 mil millones de euros con que el gobierno pretende sacar al país de la reincidente crisis económica vivida desde hace dos décadas. En total, los gastos militares extras alcanzarán 1.856 millones de euros, pero en éstos se incluyen las partidas dedicadas a mejorar el equipamiento castrense de enfrentamiento a las catástrofes, según el periódico The Japan Times.

Una preocupación inusitada causó en Asia y otras partes del planeta la declaración del primer ministro japonés Shinzo Abe de revisar la disculpa ofrecida por el país del Sol Naciente a las naciones víctimas del militarismo nipón durante la II Guerra Mundial. Abe precisó que le gustaría actualizar lo expresado en 1995 por el entonces premier Tomiichi Murayama, en ocasión del aniversario 60 del holocausto, al final del cual Japón debió someterse a limitaciones de armamento que el jefe de Gobierno intenta variar.

De ahí que su anunciado propósito de modificar las disculpas japonesas haya originado revuelo entre los pueblos que una vez vivieron bajo el colonialismo de Tokio, en especial China, las Coreas y naciones del Sudeste asiático. El primer ministro declaró que desea emitir un pronunciamiento adaptado al siglo XXI, aunque suscribe lo dicho por Murayama, quien expresó pesar por las acciones cometidas por los militaristas nipones.

Al cumplirse medio siglo del holocausto, Murayama apuntó que a través de su dominio colonial y política de agresión, Japón causó mucho daño y sufrimiento, por lo cual siente un profundo remordimiento y ofrece una sincera disculpa. El actual jefe del gobierno pretende formular su declaración en 2015, es decir, siete décadas después de la conflagración que ocasionó la muerte a casi 55 millones de personas, entre militares y civiles.

Las naciones que estuvieron bajo el yugo colonial de Tokio, encabezadas por China y Surcorea, insisten en que aún no son suficientes las disculpas de Murayama o las del también ex premier Junichiro Koizumi, dichas por éste último en 2005. Se anticipa que las anunciadas por Abe deberán contener un mensaje muy cuidadoso, toda vez que en la subregión han resurgido tensiones por disputas territoriales.

A las previstas por Abe, sin embargo, no las acompaña una aureola de perdón o pesar, pues a solo unos días de asumir el cargo abogó por un rearme del archipiélago, a contrapelo de la Constitución aprobada tras la II Guerra Mundial que impone límites del presupuesto militar. En un discurso ante la Cámara Alta del Parlamento, el jefe de gobierno comentó que iniciará una campaña para cambiar el artículo nueve de la Carta Magna, en referencia a una cláusula mediante la cual se requiere el voto de dos tercios o más para aprobar las enmiendas constitucionales.

El premier alega que esas leyes, promulgadas en 1946, dificultan una efectiva defensa del país y que su pretexto pasó a mejor vida, porque se basó en frenar el militarismo dominante en Japón durante las primeras décadas del siglo XX. Los expertos consideran a las Fuerzas Armadas japonesas entre las mejor financiadas y equipadas del mundo, aunque sus funciones se concentran en la autodefensa.

Estados Unidos, como país ocupante, impuso a Japón una Constitución que incluye la renuncia a acciones militares agresivas que a la larga se convirtió en parte del sentimiento nacional y de génesis y consolidación de un movimiento pacifista generalizado. Un jubilado, Kazuo Shimamura, apuntó que lo sufrido en la II Guerra Mundial, con dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, resulta suficiente para mantener intocable la Carta Magna. “Quiero que se mantenga así la Constitución, pues previene de futuras aventuras bélicas”, acotó.

Empero, hay otras percepciones al considerar que el archipiélago se halla bajo amenaza y se requiere de dotar de mayores recursos al Ejército, la Marina y la Aviación. Tomando en cuenta ese sentimiento, Abe reveló que aspira a crear una versión japonesa del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, el encargado de recopilar y analizar información sensible y adoptar medidas extremas que abarcan hasta la agresión militar.

El profesor de política en la Universidad de Waseda Tetsuro Kato afirmó que las modificaciones en la Carta Magna chocarán con una generación amante de la democracia de posguerra y que un intento de rearme causará un cambio de reglas de juego en la región.

Tokio tenía congelados los gastos castrenses desde hace una década, pero tensiones con países vecinos originadas en conflictos por territorios insulares, desataron los deseos encubiertos de algunas facciones interesadas en la carrera armamentista. Ese esfuerzo japonés retrasará los planes económicos de una nación que sufre una de las deudas más altas del mundo (en torno al 240% del PIB).

Para paliar esos gastos que poco inyectan a las estructuras productivas, el gobierno japonés estudia la posibilidad de eliminar una ley que prohíbe la venta de armas a otros países, según reportó la cadena televisiva NHK. Así, el país podrá intervenir en un vasto plan para desarrollar el avión espía de alta tecnología F-35, actualmente en marcha con la participación de Estados Unidos.

También se dio el visto bueno a una ampliación del programa nacional de defensa, con aumento de fondos financieros y un incremento de la alianza estratégica con Washington. Ilustra esa relación el acuerdo sellado entre funcionarios de Japón y Estados Unidos para aumentar la vigilancia espacial conjunta en respuesta al desarrollo de China.

Japón y Estados Unidos por incrementar la cooperación en seguridad

El retorno de Shinzo Abe a la jefatura del Gobierno japonés marca la continuación de una política de aliado subordinado a la estrategia de Estados Unidos a nivel mundial y en particular, al extenso y poblado continente asiático En este territorio se concentra algo más del 25% del comercio mundial, entre otros factores de importancia a corto y mediano plazo.

Durante su primera gestión, entre 2006 y 2007, Abe, también presidente del PLD, concretó ese camino fortaleciendo el sistema de seguridad del país como nunca antes, al convertir la Agencia de Defensa en un ministerio e incrementar los servicios de inteligencia con el lanzamiento de un cuarto satélite para esas operaciones.

Poco después, se completaron los sistemas nacionales de intercepción de cohetes con la puesta en práctica del Standard Missile 3 (SM-3), y la instalación de los primeros en la periferia de Tokio y en la isla de Okinawa. Esto combinado a un programa de modernización de al menos tres destructores de las Fuerzas Navales dotados del llamado Patriot Advanced Capability 3 (PAC-3), extendido además a no menos de 12 bases militares de las Fuerzas de Armadas de Autodefensa (FAD).

El líder político japonés, definido como un hombre de férrea tendencia conservadora, según fuentes como la televisora NHK, entre otras, fue consecuente con los principios formulados en 1978 y concretados en el 2004 de construir una FAD “más efectiva, flexible y multinacional para responder a las nuevas amenazas y diversas situaciones y procura una mayor operatividad con el aliado estadounidense”.

Antes de las elecciones de diciembre de 2012, cuando Abe y el PLD ganaron las elecciones con el nivel más bajo de asistencia de electores a las urnas (cerca del 54%) desde 1946, Japón y Estados Unidos efectuaron las mayores maniobras militares de toda su historia. En estas participaron unos 50 mil efectivos de ambas partes, tanto como los cerca de 47 mil estadounidenses dislocados en 130 instalaciones de diverso tipo en territorio del llamado país del Sol Naciente.

Tales criterios se sustentan en valoraciones e investigaciones de diversos grupos sociales, entre ellos los del profesor Kojin Karatani, de la Universidad Meiji, de Tokio o el presidente del Partido Comunista Japonés, Kazuo Shii. Tan pronto ocupó por segunda vez su cargo, Abe reiteró a su homólogo Barack Obama el interés por fortalecer y ampliar esos vínculos, al igual que los recién nombrados titulares de Defensa y Relaciones Exteriores, Itsunori Onodera y Fumio Kishida, respectivamente.

Concluida la Segunda Guerra Mundial con la derrota de la elite militar de Tokio, Estados Unidos demolió cualquier resquicio a los posibles herederos de un renacimiento imperial japonés. Las evidencias al respecto fueron terribles y catastróficas: dos bombas atómicas fueron lanzadas simultáneamente sobre Hiroshima y Nagasaki, donde murieron más de 200 mil personas y cuyas consecuencias permanecen hasta la actualidad.

La reconstrucción de Japón fue lenta pero aparentemente segura. Sin embargo, de acuerdo con valoraciones del profesor Karatani, los sucesivos gobiernos violaron la con todos sus defectos pacifista constitución de postguerra y alentaron incluso el envío de fuerzas militares a Irak. También aplicaron políticas neoliberales que al final contribuyeron al estancamiento económico, la crisis nuclear y una creciente falta de confianza en el pueblo ante una posible y necesaria recuperación.

Tras la firma del Tratado de Seguridad con Estados Unidos en 1951, se revisaron todas las cuestiones relativas a la defensa y la seguridad, siempre a la saga de las posiciones de Washington. Incluso se llegó a establecer un Programa de Defensa Nacional (PDN), el cual en 1976 propició la formación de las llamadas Fuerzas de Autodefensa (FAD), técnica y logísticamente abastecidas y entrenadas por los norteamericanos.

Las sangrientas batallas por Okinawa, donde se estima murieron más de 150 mil personas, muchos de ellos civiles compulsados a combatir, permitieron a las autoridades japonesas el supuesto destierro de los afanes imperiales anteriores con intensos proyectos de convencimiento nacional. Pero facilitaron la instalación de 130 bases militares y la ubicación de cerca de 50 mil soldados y oficiales estadounidenses.

Solamente en 1972, a 27 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington decidió devolver a Japón el territorio de Okinawa, no sin antes dejar asentadas en esas tierras, las más septentrionales del país, a cerca del 75% de todo su despliegue bélico en la nación. Diarios como el Akahata, órgano el Partido Comunista japonés o el Yomiuri, de tendencia liberal, entre otros, han divulgado diversas encuestas en las que no menos del 80% de los japoneses censuran la presencia militar de Estados Unidos. Estos militares han sido protagonistas de hechos de violencia contra la población y operan aviones como los Osprey, causantes de accidentes mortales, sobre todo en territorio de Okinawa.

Para expertos del tema político asiático como el indio Praful Bidwai, tanto Japón como Estados Unidos intentan desarrollar una especie de Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) regional, algo que corroboran otros investigadores del Observatorio Iberoamericano de la Economía y la Sociedad de la nación nipona. Esas valoraciones no parecen alejarse de la visión política que intentan desarrollar en la actualidad Shinzo Abe y su Partido Liberal Demócrata, envueltas asimismo en una crisis por el uso de la energía nuclear, tecnología facilitada por lo demás por transnacionales estadounidenses como la Westinghouse.

Todo indica que a raíz del devastador terremoto y posterior tsunami de 2011, con sus dramáticas consecuencias en cuanto a operatividad de las centrales nucleares, Japón entró en una fase donde la “alianza dependiente” de Estados Unidos adquiere una particular e inusitada relevancia, en un continente de continuos conflictos regionales pero también con la perspectiva de un avance económico sin precedentes.

Como parte de la elevación de las tensiones bélicas en la península coreana, el gobierno de Japón despliega estratégicamente baterías de misiles Patriot en ese archipiélago. El pasado 12 de abril Tokio anunció que instalará permanentemente a partir de este mes sistemas Patriot Advanced Capability 3 (PAC-3) en la prefectura de Okinawa (sur del país).

A pesar de que el Ministerio nipón de Defensa había planeado desplegar esos sistemas para marzo de 2015, el ministro de esa cartera Itsunori Onodera dijo que las instalaciones estarán listas cuanto antes en abril, en dos bases militares en esa isla meridional japonesa, de acuerdo con el sitio digital Kyodo News.

Japón desplegó varias unidades de Patriot PAC-3 en la sede del Ministerio de Defensa y en dos bases del Ejército en Tokio y en la prefectura de Chiba, según el diario The Japan Times. Además de las baterías Patriot, las fuerzas de autodefensa -nombre del ejército japonés- desplegaron destructores equipados con el sistema de interceptación marítima Aegis en el mar de Japón (mar del Este para los coreanos).

Las tensiones en la región han subido de tono en las últimas semanas debido, particularmente, a la realización de maniobras militares a gran escala por parte de Estados Unidos y Surcorea. El gobierno de la República Popular Democrática de Corea ha reiterado en varias ocasiones que la responsabilidad de esta grave situación en la región recae en Estados Unidos, por promover sanciones en su contra y ensayos militares en áreas cercanas al norte de la península. Argumenta que los objetivos son destruir la nación, desmantelar el régimen socialista e impedir su desarrollo económico y tecnológico.

En abril volaron sobre la zona los estratégicos B-52, los invisibles Stealth B-2 y los F-22 Raptors de última generación, además de movimientos de submarinos atómicos y destructores de avanzada técnica. El despliegue del Pentágono incluyó la puesta en operaciones de radares antimisiles y un reforzamiento de sus tropas acantonadas en Corea del Sur, Guam y otras áreas de la región.

Japón concretó compras de armamento como nunca antes

El 18 de marzo el primer ministro Shinzo Abe anunció un incremento del presupuesto militar en el año fiscal de 2013, con el objetivo de mejorar la capacidad del Ejército en el suroeste del archipiélago. Precisó que se necesita aumentar la capacidad disuasiva de la nación del Sol Naciente apoyada en la alianza de seguridad con Estados Unidos, indicó el sitio digital de la televisora nipona NHK.

Dentro de su campaña presidencial a finales del año pasado, el ahora jefe del Gobierno adelantó que se proponía modificar la Carta Magna, en la cual existen cláusulas que prohíben a Tokio incrementar su presupuesto militar. Redactada por representantes de Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, esa Constitución impuso al país asiático una serie de límites.

Aquella ley de las leyes data de 1946 y se hizo en esa forma para evitar el renacimiento del militarismo japonés que durante casi toda la primera mitad del siglo XX, mantuvo hegemonía y colonizó varios países de Asia, incluidos China, la Península coreana y el sudeste del continente.

En la última semana de diciembre el Gobierno japonés concretó la compra de armamento estadounidense de alta tecnología, como parte de un presupuesto de defensa estimado en más de 180 mil millones de dólares para el periodo 2014-2019. El pedido incluye cinco submarinos, dos destructores, 28 cazas F-35, denominados invisibles, 17 Osprey de despegue vertical, tres drones y medio centenar de vehículo anfibios y que implican un aumento del cinco por ciento en ese tipo de gastos con respecto a la etapa de 2009 a 2013.

De tal manera, el primer ministro Abe aplica en la práctica un creciente reforzamiento militar del país como nunca antes y al que califican fuentes políticas y grupos antibélicos como muy similar a las condiciones previas al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Abe planteó los principios del nuevo rearmamentismo desde que asumió la jefatura del Gobierno hace más de un año y que se concretó en este mes en la creación del Consejo Nacional de Seguridad, a imagen y semejanza del estadounidense. Asimismo, el Partido Liberal Democrático y el aliado en la coalición gubernamental Komei, maniobran en el Parlamento para modificar radicalmente el artículo nueve de la Constitución, el cual entre otros aspectos renuncia expresamente a la guerra.

Los elementos al respecto son permitir a Japón ayudar a un aliado en caso de ser agredido y aunque el territorio nacional no sea atacado y que necesitaría al menos dos tercios en las cámaras de Diputados y del Senado para su aprobación. Tales decisiones, cuestionadas entre otros por el Partido Comunista japonés, pretenden acabar con el papel de gigante económico del país, pero enano políticamente.

Expertos de la Universidad Rikkyo, en Tokío, apuntan que el principal problema en la retórica belicista de Abe radica en que la deuda pública supera casi dos veces y media a la economía nacional. En ese sentido, también investigadores de la Universidad Meiji en Tokio subrayan que ese creciente endeudamiento se complica aún más tras le crisis nuclear y energética a partir del terremoto y posterior tsunami que dañaron irremediablemente la central de Fukushima en marzo de 2011.

* Blas García es jefe de la redacción y Reyes periodista de la redacción Asia y Oceanía de Prensa Latina.