Décadas de luchas, enfrentamientos, marchas y contramarchas buscando caminos alternativos para encontrar la paz al conflicto que vive el pueblo colombiano y lograr terminar con el sufrimiento que afecta a miles de campesinos, indígenas, desplazados internos, exiliados, presos y víctimas de la violencia estructural y social, como en el interminable enfrentamiento armado.

A través del tiempo se realizaron muchos intentos de negociación entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC- EP), y los sucesivos gobiernos colombianos. Caminos marcados por continuos fracasos, pero que a pesar de todo reservan esperanzas para alcanzar la Paz.

Una vez más se han iniciado negociaciones entre el gobierno colombiano que preside el Presidente Juan Manuel Santos, con las FARC-EP en un nuevo intento que todos esperamos pueda avanzar y alcanzar una solución justa entre las partes, y concebir a la Paz, no como la ausencia del conflicto, sino como una dinámica que permita llegar a acuerdos entre las partes en un conflicto que tiene muchas aristas y complejidad entre los actores que intervienen.

La labor de los corresponsales como Luis Enrique González, de Prensa Latina [actualmente presidente de la agencia], en regiones de conflictos armados siempre son de alto riesgo para sus vidas, pero también les permite tener una visión directa e investigar sobre el curso de las operaciones políticas, sociales y militares. En este caso en el largo conflicto que vive Colombia, tanto desde el Estado, como de las fuerzas revolucionarias y de actores diversos, como de fuerzas mercenarias, de grupos para-policiales y paramilitares, la presencia e intervención militar y política de los Estados Unidos en el continente, y en los problemas internos colombianos.

El autor va recorriendo la trama del conflicto colombiano y después de pacientes esperas, logra transmitir relatos desde lugares y situaciones privilegiadas. Va desarrollando y poniendo en evidencia el material de los hechos a través de algunos documentos oficiales sobre los distintos diálogos de paz.

Luis Enrique lleva a recorrer los esfuerzos realizados por encontrar una solución política al conflicto armado, y va señalando los gobiernos como el de Belisario Betancur que llega a la presidencia en 1982 y abre un espacio de esperanza para el diálogo con la insurgencia, buscando avanzar en propuestas concretas de paz, con justicia social y el gobierno una vez más promete llegar a reformas políticas.

La Unión Patriótica nace un año después y decide sumarse a la acción política en los comicios de 1986 donde obtiene 14 parlamentarios, 17 diputados y 135 concejales, hecho que alarma a la oligarquía e intereses políticos que desatan la masacre asesinando a más de cuatro mil integrantes y a dos candidatos presidenciales, Jaime Pardo y Bernardo Jaramillo, a quien conocí y tuvimos algunas reuniones buscando caminos alternativos para resolver el conflicto y evitar mayor derramamiento de sangre.

Colombia es un país rico en recursos y bienes naturales, con más de un millón de kilómetros cuadrados, pero con grandes desigualdades sociales que soporta fuerte violencia contra la población campesina e indígena. El conflicto armado y la violencia en Colombia es negocio para quienes tienen fuertes intereses económicos y políticos en la región, en particular los EE.UU. que buscan mantener su hegemonía continental y no permitir decisiones fuera de su control.

Esto no es un hecho aislado, hay que tener presente la política hegemónica de los EE.UU. para el continente; podríamos señalar tres grandes ejes, el “plan Puebla- Panamá” para Centro América y Caribe, el “Plan Colombia” que ejerce el control de la región andina y el mar, siendo cabecera en el continente y cuenta con su aliado más importante y estratégico, Colombia, cuyas fuerzas armadas son las más equipada del continente por los EE.UU., con alta tecnología y el apoyo del Estado de Israel, como se puso en evidencia en el operativo militar asesinando al comandante Raúl Reyes en territorio ecuatoriano.

Estos hechos no son aislados, se trata de políticas impuestas y estratégicas de la gran potencia para el control continental que va extendiendo su influencia. En “La Triple Frontera” que comprende a Paraguay, Brasil y Argentina con bases móviles, de desplazamiento rápido, en el Paraguay, como la base aérea en el aeropuerto de Estigarribia a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia, y se suma a esta pinza o cerrojo, la reactivación de la IV Flota de Mar, para el control de los mares, como la instalación de la base militar de la OTAN en las Islas Malvinas, para el control del Atlántico Sur y el continente antártico.

Esa política expansionista tiene largos antecedentes que dañaron a toda América Latina a través de la llamada Doctrina de Seguridad Nacional que se estructura en el Pentágono y en la Escuela de las Américas, en Panamá y las academias militares de los EE.UU., como en la Escuela Superior de Guerra en Brasil, después del golpe militar en 1964, donde pasaron cerca de 80 mil militares latinoamericanos, que impusieron las dictaduras militares en el continente, instalando un proyecto económico, político y militar con un alto costo en vidas, torturas, muertes, desaparición de personas y políticas de terror.

Algunos gobiernos colombianos respondieron a esa concepción ideológica y cada tanto trataron de buscar algunas soluciones parciales, pero sin tratar el conflicto de fondo, ni las reformas que el pueblo necesita. En el tiempo se suceden algunos intentos de encontrar alguna salida, pero las soluciones no llegan. A todo esto los golpes a las poblaciones son brutales, se suceden muertes, torturas, desaparición de personas, expulsión de sus territorios, seis millones de desplazados internos, la violencia marca la vida del pueblo colombiano.

Tengo que decir que en todo este recorrido de intentos fallidos a lo largo de décadas y falta de soluciones concretas, la preocupación creciente por las graves violaciones de los derechos humanos y del pueblo, llevó a efectuar misiones de investigación internacional sobre los derechos humanos, como la realización del Tribunal Permanente de los Pueblos que se realizara en Bogotá.

Los intentos fueron muchos y en el trabajo realizado por Luis Enrique busca reflejar y seguir como observador el curso de los acontecimientos, y ver si es posible encontrar algunas posibilidades concretas y avances entre las partes para alcanzar la Paz. Personalmente debo decir que, luego de seguir por años que la situación de Colombia, con sus esfuerzos, esperanzas y frustraciones, me considero un “pesimista esperanzado”. A pesar de todas las dificultades, hay reservas y voluntad de un pueblo que busca avanzar en construir puentes de diálogo que permita alcanzar una solución política.

Luis Enrique es protagonista y observador privilegiado de un acontecimiento histórico que despierta expectativas en el mundo. En su libro recorre sus viajes y los permanentes intentos de llegar al corazón del conflicto y la búsqueda de una solución. Realiza aproximadamente una decena de viajes a la zona desmilitarizada, y la perseverancia y la decisión como corresponsal de cumplir su misión lo llevó a muchos escenarios clave. Trata de comprender las motivaciones de los insurgentes, quienes se privan de todo aquello relacionado a una vida normal y asumen la lucha en defensa de su pueblo. Son muchos los ejes y aspectos de reclamo de las guerrillas, como el peligro de los grupos para-policiales y militares, la necesidad de una reforma agraria, e incluso la expropiación de tierras ociosas de los terratenientes para entregarla a los campesinos con políticas a largo plazo que aseguren el futuro del campo y superar las injusticias sociales.

La solidaridad internacional permite poner en evidencia la situación de vida del pueblo colombiano y sus preocupaciones frente a un conflicto con miles de muertos, desaparecidos, desplazamiento de poblaciones. Así como los reclamos de la sociedad para superar la crisis política y humanitaria y alcanzar la paz y la convivencia.

Colombia tiene un Estado con niveles dirigenciales muy corrompidos y en complicidad con el delito organizado. Entre ellos las organizaciones paramilitares y del narcotráfico. Son los sectores que incrementan su poder interno y sus cuentas bancarias gracias a la guerra y a costa del sufrimiento y la pérdida de soberanía de los colombianos.

En el año 2010, el policía colombiano Juan Carlos Meneses llegó a Argentina para denunciar el accionar paramilitar de la mano de ACNUR. Durante cinco horas Carlos Zamorano, por la Liga Argentina por los Derechos del Hombre; el juez Eduardo Freiler; el presidente consultivo de la Asociación Americana de Juristas, Beinusz Smuckler; el representante de la Asociación Americana de Juristas, Ernesto Moreau, y yo, como Presidente del Servicio Paz y Justicia, escuchamos un testimonio en el que dio detalles de los homicidios que cometió como parte del grupo paramilitar Los 12 Apóstoles, y como recibía órdenes de Santiago Uribe, hermano menor del ex presidente colombiano, Álvaro Uribe. Grabamos tres horas y preparamos un documento analizando su testimonio, que hicimos llegar a la justicia colombiana.

El escándalo de la parapolítica involucró a 51 congresistas por tener lazos con paramilitares y dejó a 29 de ellos en la cárcel. En este escándalo también cayó preso el senador Mario Uribe, primo del ex presidente.

Hay que recordar que los crímenes de los paramilitares, confesados por sus autores, suman 300 mil entre asesinatos, secuestros, violaciones, desapariciones y otros. A los cuales hay que sumarles también “falsos positivos”, verdaderas masacres de inocentes perpetradas por las fuerzas armadas durante el gobierno de Álvaro Uribe.

Y el más grande escándalo en la historia de la policía nacional colombiana cuando se descubrieron escuchas ilegales a periodistas, políticos de la oposición y funcionarios de gobierno, y terminó cayendo el Jefe de la Policía Nacional de los dos gobiernos de Uribe, Jorge Daniel Castro, junto a toda la cúpula de la institución.

Hoy el ex presidente es uno de los principales boicoteadores de los Diálogos de Paz para solucionar el conflicto armado más antiguo del continente. Pero incluso su propio Partido de la U, le ha dado la espalda por su postura militarista. Por eso tengamos en claro que el conflicto no es únicamente entre las FARC y el gobierno colombiano, muchos otros actores son parte: los grupos para-policiales y militares, el narcotráfico, empresas trasnacionales que buscan recursos naturales y venta de armas, y estados con intereses políticos.

Esto significa que este proceso no se resuelve únicamente entre dos partes. Si estos otros intereses no son confrontados con firmeza y soberanía ningún proceso de diálogo puede sostenerse en el tiempo. Los colombianos no deben considerarse meros espectadores. Las organizaciones sociales colombianas deben ser incluidas como miembros activos y todos los latinoamericanos debemos estar atentos y participativos.

La histórica marcha por la paz de abril de 2013, que movilizó a más de un millón de personas, es una muestra de que el pueblo colombiano quiere hacerse presente y no renuncia a encontrar caminos de convivencia y participación social. En este sentido hay que resaltar a la capacidad de conducción de Piedad Córdoba, que tuvo que soportar su destitución de su cargo de senadora por buscar caminos de acercamiento para alcanzar soluciones al conflicto. La marcha ha demostrado que estuvo y está en el buen camino.

Los organismos internacionales también están dando su aporte. El Foro de Participación Política realizado por la ONU y la Universidad Colombiana a fines de abril de 2013, junto a miles de organizaciones, y la elevación de 400 propuestas para la mesa de diálogo, son una muestra de que la paz en Colombia es una causa humanitaria a nivel global.

Las negociaciones en La Habana serán duras, teniendo en cuenta que la decisión del presidente Juan Manuel Santos es continuar la acción militar. Lo que es decir sí, pero no. Es difícil llegar a resolver los conflictos si una de las partes, como el gobierno colombiano, no quiere establecer una tregua que permita generar una base de confianza mutua, situación que dificulta los acuerdos. Es necesario un buen ambiente para el diálogo.

Por otro lado también se podría evaluar un protocolo humanitario especial para el caso colombiano dado que el actual está enfocado a las relaciones interestatales. Un protocolo que regularice los conflictos sin uso desproporcionado de la fuerza, que quite bases militares de centros comunitarios y escuelas rurales y que habilite veedurías públicas en las cárceles.

Los EE.UU. son un participante no visible, pero activo en las negociaciones, nadie puede llamarse a engaño de que ejercen fuerte presión al gobierno y las fuerzas armadas colombianas. Muchos son los interrogantes a la situación actual mientras EE.UU. busca mantener la tensión en la región y su presencia hegemónica continental.

Algunos gobiernos colombianos han intentado reeditar espacios de negociación con el único objetivo de fortalecer sus intereses electorales y el fracaso fue el común denominador. Por eso también valdría la pena evaluar la posibilidad de incorporar el acuerdo de La Habana al marco constitucional colombiano como una manera de obligar a todos los gobiernos a la mesa y no usarlo sólo para objetivos electorales.

Colombia cuenta con Nuestra América más que nunca. Llevando la marca de agua de Hugo Chávez Frías, quien nunca dejó ni dejará de señalar la vitalidad de fortalecer los lazos de hermandad y unidad continental, el continente latinoamericano ha logrado avanzar en su integración y solidaridad, fortaleciendo organizaciones regionales que cada día tienen mayor gravitación, como el MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC, instancias que avanzan en la integración entre los pueblos.

Cuba tiene por delante grandes desafíos como país garante y presidente de la CELAC, pero sin duda, como siempre, estará a la altura de las circunstancias que la historia le requiere en pos del equilibrio del mundo.

Los muros de la intolerancia son resistentes, difíciles de derribar, nadie puede sembrar con los puños cerrados. La violencia aparta al pueblo de los caminos de la liberación y se ve arrebatado de sus derechos. Por eso esperamos que este nuevo intento de negociaciones de paz rinda sus frutos y permita conducir a cambios económicos, sociales y políticos profundos y soberanos.

Hay que seguir andando nomás, hasta alcanzar la Paz como fruto de la Justicia, a pesar de todas las dificultades, en nuestro caminar siempre está el horizonte de la libertad.

* Político argentino y Premio Nobel de la Paz. Estas palabras del 21 de mayo de 2013 constituyen el prólogo del libro “Colombia: La paz esquiva del Caguán”, que Prensa Latina presentará próximamente.