Cuando ya la Segunda Vuelta en las elecciones presidenciales es inminente y su resultado más que previsible, surgen, por lo menos, cuatro consideraciones que es bueno tener presentes. El declive de la extrema derecha, la renovación que representa la incorporación de dirigentes estudiantiles al parlamento, el marcado abstencionismo y, por último, las reales perspectivas de cambio en un eventual gobierno de Michelle Bachelet.

La penosa actuación de las sucesivas candidaturas presidenciales de la derecha chilena, sumada a las fracturas políticas, cada día más evidentes, al interior del conglomerado han dado como resultado un declive objetivo de la presencia conservadora en el parlamento. Como no había ocurrido desde hace décadas, la derecha chilena se encuentra muy por debajo de su “piso histórico”, apegada a un pasado oprobioso y ayuna de un horizonte de sentido capaz de encantar a los ciudadanos.

Por el contrario, Nueva Mayoría ha logrado conformar, en efecto, una amplia mayoría parlamentaria que, más allá de los pesimismos, ha logrado hacer convivir en su seno distintas fuerzas políticas – una coalición que, además, cuenta con las simpatías de Washington – que convergen en el presente. A esto se agrega la incorporación de jóvenes dirigentes estudiantiles que están revitalizando las ideas democráticas de cambio que animan a este sector. A diferencia de lo que fue la Concertación, la Nueva Mayoría aparece como un proyecto más inclusivo y rico en su composición.

Otro elemento que no se puede soslayar es el fuerte abstencionismo que persiste en la sociedad chilena. El síntoma es preocupante, pues advierte de una mayoría ciudadana, sobre todo juvenil, alejada de los procesos democráticos en curso. Esta “desfascinación” con una institucionalidad arcaica está presente en la sociedad chilena y busca, desde hace ya bastante tiempo, cauces para expresarse. Las elecciones en las universidades constituyen una suerte de barómetro del estado anímico que reina en las nuevas generaciones.

Por último, cabe preguntarse por las reales posibilidades de cambio de un gobierno que deberá enfrentar a una derecha desacreditada, pero todavía muy significativa a nivel parlamentario. Todo ello en un escenario de movilización social y con un panorama económico internacional poco alentador. El éxito de Bachelet estará condicionado por un precario equilibrio entre las demandas y expectativas democráticas de una mayoría que la ha votado en las urnas y una derecha que pondrá precio a cada reforma. La ecuación es compleja: Reformar el modelo político y económico para satisfacer el anhelo democrático de los más, manteniendo el crecimiento económico, la creación de empleos y un extenso etcétera. Todo ello en un clima de apertura democrática, exento de corruptelas y con perspectivas de futuro.