Santiago de Chile y Roma (Fundación Solón).- Las mujeres rurales son parte fundamental de la cadena alimentaria: cultivan, crían, procesan, transportan y distribuyen los alimentos que consume no sólo su núcleo doméstico, sino la sociedad en su conjunto. Sin embargo, las productoras campesinas en su mayoría son trabajadoras invisibles para las estadísticas oficiales.

“Las mujeres son absolutamente imprescindibles para lograr la erradicación del hambre en América Latina y el Caribe y en el mundo entero; y debemos fortalecer su potencial y apoyarlas mediante políticas específicas, especialmente en zonas rurales, donde se concentran algunos de los focos más duros de pobreza e inseguridad alimentaria en la región”, resaltó el representante Regional de la FAO Raúl Benítez en el Día Internacional de la Mujer Rural, el pasado 15 de octubre.

La Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas declaró en 2007 que el 15 de octubre de cada año se celebrara oficialmente el Día Internacional de las Mujeres Rurales. De esa forma, reconoció la función y contribución decisivas de las mujeres en la promoción del desarrollo agrícola y rural y en la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza en ese medio.

Este año las mujeres rurales celebraron su día en momentos en que ese sector incrementa su participación en las labores agrícolas, aunque su aporte no es reconocido. Las mujeres constituyen más del 40% de la mano de obra agrícola de las naciones en desarrollo, e incluso hasta el 70% en algunas, según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Por tanto, representan una parte significativa de la fuerza laboral rural en muchos países, empero las condiciones de desigualdad en las que trabajan y viven atentan contra su productividad y aporte al logro de la seguridad alimentaria. A ello se une el hecho de que son consideradas fundamentales para el desarrollo de las zonas rurales y de las economías pues a menudo trabajan más horas que los hombres y son quienes se ocupan del cuidado de los niños, los mayores y los enfermos.

La FAO plantea que si las mujeres tuvieran el mismo acceso a los recursos que los hombres podrían incrementar los rendimientos agrícolas ya que cuando son empoderadas económica y socialmente, se convierten en agentes de cambio a favor del crecimiento, el progreso social y el desarrollo sostenible. También pueden aumentar su productividad agrícola entre 20 y 30%, elevar la producción y, en última instancia, liberar del hambre a millones de personas.

Los expertos opinan que potenciar la igualdad en el acceso de las mujeres a los insumos (semillas, herramientas, fertilizantes), a la educación y a los servicios públicos contribuiría significativamente a lograr la seguridad alimentaria y una mejor nutrición para todos. Según la FAO, mejorar las condiciones en que se desarrollan las mujeres rurales -ya sean asalariadas, productoras por cuenta propia, trabajadoras familiares o jefas de hogar- permitirá fortalecer la seguridad alimentaria y la producción de alimentos de la región y resguardar la nutrición de las niñas y niños durante los años formativos de su desarrollo físico e intelectual.

Benítez destacó que “las mujeres rurales son parte fundamental de la cadena alimentaria: cultivan, crían, procesan, transportan y distribuyen los alimentos que consume no sólo su núcleo doméstico, sino la sociedad en su conjunto”. Recordó que una de las principales prioridades del director general de la FAO José Graziano da Silva ha sido establecer nuevas políticas para dar voz a las peticiones y propuestas de la sociedad civil, los pueblos indígenas y el sector privado, incluyendo el enfoque de género de forma transversal en todas sus actividades y áreas de trabajo.

Las principales organizaciones de mujeres de América Latina y el Caribe participaron del “Primer Diálogo de Organizaciones de Mujeres de la Sociedad Civil y la Agenda de la FAO”, para discutir el rol y la participación clave que tienen las mujeres en la lucha global contra el hambre y en el logro de los nuevos objetivos estratégicos de la organización. Durante el diálogo, la FAO presentó sus nuevos objetivos estratégicos a las organizaciones de mujeres de la región y recogió sus visiones y aportes sobre los desafíos que implica lograr un mundo sin hambre.

“El problema del hambre y la pobreza es un problema del sistema y de voluntad política”, expresó Francisca Rodríguez, integrante de ANAMURI en Chile y de la Alianza por la Soberanía Alimentaria de América Latina y el Caribe. “Gracias a este diálogo podemos trabajar conjuntamente en lo que queremos y no queremos, participando con nuestras propuestas y demandas organizadas. Hacernos oír”, explicó Rodríguez.

El dialogo contó con la presencia de integrantes de CONAMUCA, CONAVIGUA, Redes, Amigos de la Tierra Internacional, Contag, Corporfam, CONAPROCH, la Red Huairu y la Marcha Mundial de Mujeres, entre otros. Durante el encuentro, la organizaciones presentaron sus propuestas sobre la autonomía económica y la igualdad de derechos de las mujeres, debatiendo aspectos claves de la agenda de políticas de los movimientos de mujeres, tales como su participación en los mecanismos nacionales para la seguridad y la soberanía alimentaria, su rol en la producción sostenible de alimentos, los movimientos de pequeños agricultores y la Marcha Mundial de la Mujer.

Aumenta el porcentaje de mujeres a cargo de explotaciones agropecuarias

El porcentaje de mujeres a cargo de explotaciones agropecuarias en América Latina y el Caribe ha crecido en los últimos años, aunque sus predios tienden a ser de menor tamaño, en tierras de menor calidad, y enfrentan menor acceso a crédito, asistencia técnica y a capacitación, según la primera Nota de Política sobre las Mujeres Rurales de la FAO.

Chile encabeza a los países de América Latina y el Caribe, con el 30 % de sus explotaciones agrícolas a cargo de mujeres, seguido por Panamá (29%), Ecuador (25%) y Haití (25%). Los países en los cuales hay menor número de hogares a cargo de las mujeres son Belice (8%), República Dominicana (10%), El Salvador (12%) y Argentina (12%).

“Esto demuestra que las mujeres están teniendo cada vez mayor autonomía económica, y que sus aportes a la seguridad alimentaria, la producción de alimentos y el bienestar social de la región son claves”, señaló la consultora de género de la FAO Soledad Parada.

Según la FAO, la proporción de explotaciones agrícolas encabezadas por mujeres se ha incrementado en Paraguay de 9% en 1991 a 22% en 2008; en Chile pasó del 21 % en 1997 al 30% en 2007; y en Nicaragua aumentó de 18% en 2001 a 23% en 2013. Si bien existe heterogeneidad entre los países, se observan dos constantes en relación a las mujeres a cargo de explotaciones agrícolas: tienden a encabezar terrenos productivos de menor tamaño en comparación a los encabezados por hombres, y aquellos de menor calidad y potencial agrícola.

También existe una brecha significativa en contra de las mujeres en términos de asistencia técnica, capacitación y acceso al crédito.Para responder a ellos, la FAO señala la necesidad de que los programas de desarrollo rural tengan un tratamiento diferenciado en términos de género, especialmente en las políticas dirigidas a la agricultura familiar, puesto que éstas se adecúan más a su realidad (predios más pequeños, escasos recursos, tecnologías básicas, tierras de menor calidad, etc).

Las mujeres también enfrentan inequidades en términos de la propiedad sobre la tierra. Esta brecha está históricamente relacionada con factores como la preferencia masculina en la herencia, los privilegios de los hombres en el matrimonio, la tendencia a favorecer a los hombres en la distribución de la tierra por parte de las comunidades campesinas e indígenas y también de los programas estatales de redistribución, además de los sesgos de género en el mercado de tierras.

En general, la herencia constituye la forma principal por la cual las mujeres obtienen la propiedad de la tierra, mientras para los hombres es de mayor importancia el mercado de tierras. En las últimas décadas, muchos países de la región han realizado modificaciones legales en relación al acceso a la tierra con avances hacia una mejor equidad, pero aún no han tenido efectos considerables.

Según la segunda Nota de Política sobre las Mujeres Rurales de la FAO, el porcentaje de mujeres rurales mayores de 15 años que no tiene ingresos propios puede alcanzar hasta el 70% en algunos países. Las trabajadoras agrícolas familiares no remuneradas constituyen un universo invisible y sin apoyo directo, a pesar de que son más numerosas que las trabajadoras remuneradas y al hecho de que su aporte productivo y a la seguridad alimentaria es fundamental.

Ellas son en su mayoría trabajadoras invisibles para las estadísticas oficiales, ya que se clasifican como inactivas pese a que efectivamente trabajan. En promedio, en la región el 56% de las mujeres rurales mayores de 15 años se registra como población inactiva. Sin embargo, según las encuestas de uso del tiempo, el 60% de las mujeres “inactivas” en Ecuador y el 50% en Guatemala y México producen alimentos para el consumo de sus familias.

Según la FAO, el 82% de las mujeres agrícolas no remuneradas vive en hogares cuyos ingresos provienen exclusivamente de la actividad agrícola, un 14% en hogares mixtos, un 3% en hogares no agrícolas y el 1% restante en hogares que dependen de transferencias del Estado o remesas. Los censos de los años 2006 y 2007 arrojan que las mujeres familiares no remuneradas son 1 a 2 veces más que las mujeres jefas de explotación.

Más del 50% de las mujeres rurales de América Latina trabaja en empleos no agrícolas

Unos 14 millones de mujeres que viven en las áreas rurales de América Latina trabajan en empleos no agrícolas como su fuente de ocupación principal. Según la tercera nota de políticas sobre mujeres rurales de la FAO, en los últimos años se ha visto un gran aumento del empleo no agrícola entre las mujeres que habitan las áreas rurales de América Latina: entre 2010 y 2013, este tipo de trabajos creció de 9.6 millones a 14 millones.

El empleo rural no agrícola engloba a todos los habitantes rurales que trabajan fuera del sector primario (agricultura, ganadería, silvicultura, caza y pesca). “Las mujeres que trabajan en el empleos rurales no agrícolas generan ingresos que son claves para su autonomía económica y para la seguridad alimentaria de sus familias. Sin embargo faltan políticas específicas para mejorar sus condiciones de trabajo, que reflejen estos cambios en la estructura laboral rural”, describió la consultora Soledad Parada.

La FAO señaló que el 45% de las mujeres mayores de 15 años que habitan en áreas rurales están ocupadas, y el 10% de ellas trabaja en empleos rurales no agrícolas (ERNA), el cual ha crecido vigorosamente, tanto entre las mujeres como entre los hombres. Este tipo de empleo creció un 29% entre las mujeres y un 27% entre los hombres durante el periodo 2000-2008. “Esto nos muestra que el panorama laboral de las áreas rurales está cambiando. Por ende, las políticas públicas de los gobiernos y las intervenciones de la sociedad civil y de los organismos internacionales deben considerar este cambio para implementar acciones para fortalecer el empleo y la seguridad alimentaria,” explicó Parada.

Sobre la participación de las mujeres en el empleo no agrícola, Parada explicó que este tipo de empleo ofrece ventajas a las mujeres en términos de barreras a su entrada, mejores condiciones de trabajo y flexibilidad de horarios y una menor discriminación. Según la nota de políticas de la FAO, el 53% de las mujeres ocupadas en ERNA son asalariadas (porcentaje que sube a 75% en el caso de los hombres ocupados en ERNA). El 29% de ellas trabaja por cuenta propia y relativamente pocas mujeres trabajan sin remuneración (7%), sobre todo en comparación con la situación en la agricultura.

Más del 70% de las mujeres que trabajan en ERNA tienen menos de 45 años. Algo más de la mitad de ellas son casadas o conviven con una pareja y más del 80% vive en hogares de tres o más personas. Llama la atención que del total de las mujeres ocupadas en ERNA, el 27% proviene de un hogar encabezado por una mujer; mientras para los hombres es sólo el 12%. La diferencia se explica por el hecho de que en 86,6% de los hogares encabezados por una mujer ocupada en ERNA sólo la mujer es la que trabaja.

Actualmente, un 45% del total de los ocupados de la región trabaja en alguna actividad no agrícola como ocupación principal. En 2010, el total de empleados rurales en la región ascendía a 48,4 millones de personas, de las cuales 21,7 millones trabajaban en ERNA.

Fuente: http://nuevo.funsolon.org/articulo/d%C3%ADa-internacional-de-la-mujer-rural-el-rol-de-las-campesinas-en-la-erradicaci%C3%B3n-del-hambre#sthash.3JBQUlVb.dpuf