La Habana (PL).- El empuje social de la mujer africana se manifiesta con su participación en un proyecto económico para explotar el fruto del Karité Âáo “árbol de la mantequilla” de donde obtiene materia prima para las industrias farmacéutica, cosmética y alimenticia. El árbol del Karité -de nombre científico Butyrospermum parkii- es originario de África Occidental. Crece de forma espontánea en las sabanas arbóreas africanas, especialmente en Burkina Faso, Costa de Marfil, Malí y Sudán.

Los frutos de esta especie -considerado un valioso recurso natural- son unas drupas carnosas con una almendra de donde se extrae una grasa vegetal llamada manteca de Karité. Antiguamente, las comunidades la usaban como aceite de cocina, crema corporal y jabón casero. En la actualidad, con ella también se elaboran variados productos industriales que abren una nueva oportunidad en el mercado al sector femenino.

La recogida de las nueces y todo el proceso de elaboración de la mantequilla de Karité es una actividad productiva que vincula laboralmente a miles de mujeres de Africa occidental, quienes producen para la industria local y la exportación. Tradicionalmente todo el trabajo era manual, pero investigadores de Burkina Faso y Canadá, con una financiación del Centro de Investigaciones para el Desarrollo, crearon máquinas que aligeran el trabajo de las mujeres.

El químico Rigobert Yameogo ideó una prensa de tornillo que las mujeres operaban de forma manual. Después agregó a la prensa un motor. Eso permite a las mujeres el procesamiento de dos toneladas de semillas al día, afirmó Yameogo. En tanto, el investigador Bakari Kassamba creó un dispositivo que volatiliza las impurezas y el olor acre de la grasa, el nuevo aroma del producto elevó su demanda comercial nacional y extranjera. El principal aporte de la manteca de Karité es la vitamina E y sus cualidades protectoras, emolientes, nutritivas y humectantes, afirman los cosmetólogos. Mientras los farmacéuticos destacan su calidad antiinflamatoria y cicatrizante.

Burkina Faso -llamada Alto Volta hasta 1984- es un país de África Occidental sin salida al mar, ubicado al norte de Costa de Marfil. Fue colonia francesa hasta 1960, año en que alcanzó su independencia. Blaise Campaore, actual presidente, realizó en 1991 elecciones que dieron estabilidad al país y permitieron la reconciliación nacional. Pero la vida social de las mujeres es desigual.

Las mujeres de Burkina Faso no están protegidas por ninguna legislación constitucional. Son discriminadas en el trabajo y la educación. Las leyes tradicionales son las que determinan sus derechos dentro del ambiente familiar. El 60 por ciento de la población del país se dedica a la agricultura y más de la mitad de esa cifra son mujeres. Ellas no sólo cultivan la tierra. Se ocupan de la familia y las tareas domésticas.

La desigualdad de género en esa nación del Sahel es evidente, pero el gobierno está dando pasos para eliminarla. Después de las elecciones parlamentarias de 1997, el gobierno burkinabé creó el Ministerio de Asuntos de la Mujer, al frente del cual nombró como Ministra para la Promoción de la Mujer, a Celine M. Yoda. El optimismo de las mujeres por acabar con la situación de pobreza es esperanzador, aun cuando las condiciones climatológicas del país, con sucesivas sequías e inundaciones, son adversas, resaltó Yoda. Agregó que las mujeres son las protagonistas de la gestión del pequeño comercio que en la actualidad es la única vía para sobrevivir.

Las autoridades de Burkina Faso impulsan un proyecto económico de estímulo a la agricultura familiar en varias comunidades rurales en el que se pone a prueba la capacidad de la mujer para procesar las nueces de Karité. Este programa, apoyado por la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Ministerio de Agricultura, y otras entidades, emplea entre 300 mil y 400 mil mujeres que reciben buenos salarios.

Grace Bassole, una de esas trabajadoras en la localidad de Boulgou, comentó: Con las innovaciones de los técnicos africanos en la industria de Karité, recibimos ingresos adicionales. Y mi familia y yo disfrutamos de bienes y servicios. Al aumentar la producción y productividad del trabajo, las mujeres contribuyen a que el país pueda sustituir el aceite de palma y otros aceites importados por el de Karité. Y que se exporte a Suiza, EEUU y Canadá para su industria cosmética.

Países europeos, por su parte, adquieren esta grasa para su industria chocolatera, donde sustituye a la manteca de cacao. El aporte de las mujeres burkinabé no sólo es económico. Cuando ellas queman las cáscaras de las nueces crean un repelente natural que protege contra los mosquitos, agente transmisor de la malaria que mata a miles de personas cada año.

El proyecto de las nueces tiene un impacto positivo sobre el entorno, destacan los ecologistas. Las féminas ayudan a reducir la vulnerabilidad ambiental al cuidar estos árboles, porque el Karité protege a las sabanas africanas de la desertificación.

Las namibias y el bosque

Comienza el día y con él la lucha contra la pobreza que coloca a las namibias en una encrucijada en la que deben enfrentar diferencias laborales y familiares para alcanzar la igualdad social. Las principales actividades económicas en Namibia son la atención al ganado para su comercialización y la agricultura de subsistencia, aunque el sector minero aporta más del 20 por ciento del producto interno bruto.

En esta nación de África austral, los hombres se dedican a la bien remunerada agricultura comercial, mientras las mujeres se ocupan de la agricultura comunal, en la que realizan el 59 por ciento del trabajo en el campo por un bajo salario. También las namibias enfrentan la discriminación laboral y salarial debido a su baja escolaridad, y llevan sobre sus hombros el trabajo en las tierras agrícolas del cual depende el 90 por ciento de la población para su subsistencia.

Por ello, la autosuficiencia alimentaria es considerada una importante estrategia de la economía nacional, afirma Doreen Sioka, ministra de Bienestar Infantil e Igualdad de Género. Según Sioka, al comparar la situación de la población económicamente activa en las zonas rurales es evidente que trabajan muchas más mujeres que hombres en las tareas rústicas, además de estar sujetas al trabajo no remunerado del hogar.

El problema de género en el mercado laboral y de derechos femeninos es la razón por la cual -dos décadas después de la independencia- el gobierno de Nambia sigue trabajando para lograr la plena igualdad de las mujeres. Las autoridades de Namibia, en coordinación con el Banco Africano de Desarrollo (BAD) y la Comunidad para el Desarrollo de Africa del Sur (SADC), estudian el otorgamiento de créditos a fin de impulsar programas que mejoren los ingresos femeninos. Uno de los objetivos de esos programas es proteger las prácticas agrícolas tradicionales de las féminas y apoyar su incorporación a la producción y al comercio de los cultivos autóctonos.

En 1990, al alcanzar la Organización Popular del África Suroccidental (Swapo) la independencia de Namibia, creó el Departamento de Asuntos de la Mujer (DAM) con el mandato de establecer políticas que tuvieran en cuenta la equidad de géneros. En la actualidad, el DAM, en coordinación con el Ministerio de la Agricultura, alienta a las mujeres residentes en Caprivi a formar asociaciones frutícolas para el desarrollo de las áreas rurales de esa región norteña.

Caprivi es una llanura estrecha de 450 kilómetros de tierra fértil, encajada como una saeta entre Zambia y Angola (al norte) y Botswana (al sur). Regada por los ríos Okavango y Zambezi, y única favorecida por un régimen anual de lluvias, los habitantes de esa zona rural, concentrados en los alrededores de esas vías fluviales, aprovechan la fertilidad de la tierra para cultivar sorgo, maíz y viandas.

Luego de la siembra, llegan las lluvias que desbordan los ríos e inundan los terrenos, y mientras esperan por la cosecha, los ribereños aprovechan la abundancia de frutales en zonas anegadas y boscosas para explotar ese renglón productivo. Con la vivencia de ese fenómeno climático año tras año, las poblaciones de Caprivi y Kovango acumulan un amplio conocimiento sobre los frutales autóctonos, afirma el doctor Syaka Sadio, experto de la FAO.

Basado en esa experiencia, el gobierno de Namibia, con el apoyo del BAD y de la FAO, puso en vigor un programa económico que favorece la incorporación de las mujeres a la vida económica del país mediante la comercialización de los frutales silvestres. Desde temprano, las comunidades rurales en Caprivi se ponen en movimiento y cientos de mujeres del proyecto frutícola se reúnen en las áreas boscosas para aprovechar la oportunidad de empleo en la agricultura comunal. Están contentas porque recibirán el mismo salario que los hombres por una labor similar.

Las mujeres, con ayuda de técnicos de la agricultura, evaluaron el potencial de cada fruto y las especies favoritas para propagar su cultivo en otras comunidades, explica Michelle Gauthier, funcionaria de la FAO. Las féminas procesan las frutas y elaboran varios productos -para meriendas, desayunos y postres- que enriquecen el menú diario y elevan la autosuficiencia alimentaria de la población.

El proyecto incluye la asistencia de las namibias a las escuelas agrícolas donde se capacitan en la selección y comercio de frutas, así como en gestión empresarial y tecnologías agrarias, indica Gauthier. Antes nos comíamos la masa y botábamos el resto, pero en la escuela aprendimos a hacer bebidas, jaleas y mermeladas, afirma Nine Maluta, dirigente de un grupo de mujeres en Katima, en la región de Caprivi.

Por su parte Esther Hailwa, de la comunidad de Kasheshe, destaca que gracias al proyecto vende empanadas y pasteles de frutas a los pequeños comercios. En opinión de Antayu Nshiwe, miembro de un grupo en Kavango, “lo bueno del proyecto es que antes de la cosecha tenemos trabajo con un salario estable y elaboramos alimentos que nosotras mismas podemos comercializar”. Esa contribución femenina a la economía local inspira a otras mujeres a integrarse al proyecto y asegura el ambiente adecuado para lograr la igualdad de géneros en la región, destaca Sioka.

* Colaboradora de Prensa Latina.