La pobreza extrema obliga a miles de familias filipinas a establecer sus hogares encima de las tumbas del cementerio de Navotas, una zona de Manila hundida en la miseria y en donde pululan el mal olor y las enfermedades. En Indonesia muchos nobles empeñan sus bienes y ahorran durante años para enterrar a sus familiares en funerales costosos y que, en muchos casos, suponen contraer una deuda económica heredada por la descendencia.

En Manila, la capital filipina, la densidad de población supera los 40 mil habitantes por kilómetro cuadrado, y un tercio es pobre, como el caso del mencionado barrio, donde la gente se amontona sobre un camposanto que destila fétidos olores y genera toneladas de basura. El barrio de chabolas (casas de cartón y zinc, marginales e insalubres), situado cerca del puerto de Navotas, acoge a unas 600 familias que cocinan, comen y se lavan en medio de sepulcros, carentes de todo sistema sanitario y agua corriente.

Varios cientos de personas residen en ese lugar por falta de recursos para encontrar un hueco en el inmenso laberinto de chabolas que rodea la capital. Así transcurre la vida de Virginia, una filipina viuda de 51 años, quien habita desde hace tres décadas sobre una fila de nichos de unos cinco metros de altura, sobre la cual se amontonan decenas de hogares construidos con tablas de madera, lonas, cartones y zinc.

Según The Manila Times, una lavandera originaria de la isla de Sámar, al este del país, puede contemplar desde arriba las calles delimitadas por filas de tumbas y basura acumulada. Cuando llegué era peor, explica la mujer; había más basura y el mar llegaba hasta aquí. “Nos instalamos porque nos permitía estar cerca del mar y ganar dinero”. La zona habitada del camposanto es la más cercana al mar de la bahía de Manila, con un agua de las más contaminadas del mundo pero que, sin embargo, proporciona un sustento para quienes recogen moluscos o pescan alguna especie marina.

Otro ejemplo es el de Arnold, un joven de 22 años originario de la turística ciudad de Puerto Galera, al sur de Manila, que se mudó a Navotas para ganar dinero y mantener a sus tres hijos. “Es un sitio muy sucio, en cuanto ahorre lo suficiente, dentro de unas semanas, regresaré a mi casa”, relata el recogedor de mejillones. Mientras salta y trepa por las tumbas, Arnold observa a unos niños descalzos que entre una nube de moscas rebuscan comida. “Algunas veces asoman los esqueletos de los muertos entre la basura; pertenecen a los nichos que ya han sido vaciados”, asegura.

Aquellas personas que habitan encima de las tumbas son las más pobres del lugar, las que no pueden hacer frente al alquiler de 18 dólares que cuesta montar la choza en otras áreas del cementerio, en las que es menor el riesgo de derrumbe. En una de esas minúsculas viviendas de una sola habitación, Inma, de 36 años, ha criado a sus ocho hijos con la ayuda de su esposo, un estibador del puerto. Mientras lava ropa por unos centavos, puntualiza que su hijo mayor tiene 20 años y aporta dinero con la venta de los peces que consigue atrapar.

No hay estadísticas oficiales sobre la población que reside en los cementerios de la capital filipina y sería imposible realizar un censo entre emigrantes rurales, prostitutas y personas con antecedentes penales. Malaria, dengue, tuberculosis y neumonía son las principales causas de mortalidad entre los habitantes de los cementerios y las barriadas de la capital filipina, en tanto el viento de los tifones levanta las tapas de las tumbas y desencadena epidemias. Reportes policiales opinan que la precariedad impide la entrada de oficiales al cementerio, en tanto la criminalidad pulula entre las callejuelas, los delincuentes van al cementerio a esconderse, y hay droga y prostitución.

Filipinas estima que de la reducción del subempleo en un 10 por ciento en los dos próximos años dependerá que el país pueda cumplir la casi imposible meta del milenio de Naciones Unidas de acortar en 2015 el índice de pobreza. El secretario de planificación socioeconómica, Arsenio Balisacan, atribuyó a la precaria calidad de las fuentes de ingreso de muchos filipinos el extremadamente lento avance en los esfuerzos de las últimas dos décadas por sacar a la población de la pobreza.

De acuerdo con los objetivos proclamados por la ONU en la cumbre de 2000, ese flagelo se debe acortar a la mitad en 2015, lo que se traduce para Filipinas en reducirla de un 33 a un 16 por ciento. Balisacan no lo cree imposible, pero lo califica de desafiante porque necesitará de generar empleos de calidad para superar la situación en que se encuentran unos siete millones de ciudadanos, que equivalen al 19 por ciento de la población.

Indonesia: morirse cuesta

El dinero no cree en lágrimas, y menos en Indonesia, donde la carencia de fondos económicos si te mueres, implica esperar por un funeral que podría tardar años. Un difunto de cualquier familia de Tana Toraja, remota región de la isla indonesia de Célebes, puede pasar un largo período en la casa de sus parientes a la espera de que sus consanguíneos consigan reunir el dinero suficiente para el sepelio.

“El cadáver duerme meses o años en casa, es tratado como un enfermo. Se le ofrece café o comida, e incluso los miembros de la familia llegan a dormir en la misma habitación en la cual yace”, relató a la televisión Martin, un vecino de localidad de Rantepao. Según el reporte de Channel News Asia, tras el fallecimiento, el cadáver es embalsamado de manera artesanal y guardado en la vivienda familiar hasta efectuar -cuando sea posible el financiamiento- el rito funerario y el correspondiente sacrificio de animales.

La ancestral tradición tiene su raíz en el animismo, creencia de la tribu toraja hasta su conversión al cristianismo a principios del siglo XX por parte de colonos holandeses. Sin embargo, con algunos cambios, la práctica fúnebre ha sobrevivido hasta la actualidad casi intacta.

En Tana Toraja habitan cerca de medio millón de personas que no han seguido los pasos de otros dos millones y medio de pobladores emigrantes hacia diferentes zonas del archipiélago indonesio, los cuales se presume no continúan con la tradición. Cuando en una familia muere uno de sus miembros, aquellos que viven en otros lugares procuran regresar para favorecer el tránsito del fallecido al más allá.

Durante ese paso del funeral las opciones de purgar las malas acciones hechas en vida por el finado, crecen con el número de animales sacrificados. El trámite imbrica a los vecinos de finado, y los pertenecientes a la clase noble están obligados a matar un mínimo de 30 bueyes durante las honras fúnebres, los de media la mitad de una docena y los de menos recursos redimen al finado con un par de cerdos.

Tras varios días de exequias, es obligatorio cobijar y dar de comer a todos los asistentes al funeral, lo cual contribuye a aumentar la factura de los funerales de la tribu toraja. Por increíble que parezca, la familia del difunto tiene que construir casas de bambú para alojar a los invitados, que pueden llegar a ser más de tres mil. También deben sacrificar cerdos -que al cambio cuestan entre 70 y 150 dólares por cabeza- y bueyes -con un precio de salida de mil 500 dólares.

Martin explicó en tono de broma cómo cuando un joven se interesa en una chica, lo primero es saber si sus padres y abuelos están vivos, y si es así, lo mejor es salir corriendo por la carga económica que supondrá celebrar los funerales de todos ellos.

En otro momento del reportaje se ofrecieron imágenes del entierro de la anciana Katharina Bela y su hija Yona Sampe. El ritual congregó a más de medio millar de personas en Rantepao, la familia suministró comida suficiente para todos y un techo a lo largo de los tres días que duró el velatorio.

La familia de Katharina y Yona, de clase media, sacrificó 15 bueyes para allanar así a la almas de las dos finadas el sendero hacia lo que denominan “puya” o paraíso en la cultura toraja. Los invitados se alojaron en seis “tongkonan”, casas tradicionales de bambú, pintadas de negro, marrón y rojo, con tejados alargados en forma de barco.

Pero las exequias de Katharina y Yona fueron modestas comparadas con las organizadas por familias más pudientes, que sacrifican varias decenas de bueyes y los artesanos tallan en madera los “tau tau”, figuras del fallecido a tamaño real. Luego, el cadáver es colocado dentro de un agujero ubicado en una pared rocosa, en donde reposará acompañado de los objetos más apreciados en vida.

Lo más impresionante es saber que muchos nobles empeñan sus bienes y ahorran durante años para dar a sus familiares un funeral costoso y que, en muchos casos, supone contraer una deuda económica heredada por la descendencia.

* Periodista de la Redacción Asia de Prensa Latina.