Asistimos desde hace un buen tiempo a una reducción juzgadora que llamaremos maniqueísmo. Decimos que se juzga, pues se ha sustituido el análisis por el juicio, en el sentido de condena, no en el sentido racional. Para este maniqueísmo el mundo se divide entre buenos y malos, entre justos e injustos, entre realistas y utopistas, entre amigos y enemigos; en fin, la lista puede ser larga. Entonces los maniqueos se colocan del lado de los buenos, de los justos, de los realistas, de los amigos; los demás son condenados.

Dedicado a Raquel Gutiérrez Aguilar, guerrillera y combatiente comunitarista, feminista y descolonizadora. Inventora de Comuna, que fue producto de su pasión, su dedicación, su convocatoria, así como de sus jaladas de oreja. A esta luchadora indomable y escritora desbordante.

El gobierno ha hecho gala de este maniqueísmo, llevándolo al extremo de la vulgarización; la llamada oposición de derecha también lo hace, reclamándose de institucionalista y defensora del Estado de Derecho; incluso las izquierdas, sobre todo tradicionales, son maniqueas, cuando anteponen su proyecto “revolucionario” como valedero, desconociendo y desechando lo que ocurre efectivamente, descalificando la crítica. Una de las formas de expresión del maniqueísmo se muestra en la simple hipótesis de la teoría de la conspiración; el supuesto es que hay grupos de conspiradores que dirigen la historia; de aquí se deduce la conclusión de que hay traidores; en nuestro caso se dice que hay traidores del “proceso” de cambio. Entonces toda la explicación histórica se reduce a personas, al problema de las personas, de lo que son y de lo que no lo son. Esta explicación maniquea de la teoría de la conspiración se parece al guión de una novela, pero sin los atributos literarios e intuitivos de la novela.

El acontecimiento político es complejo, supone multiplicidades de singularidades, por lo tanto de posibilidades; no puede reducirse a la perspectiva insuficiente del realismo político, menos al cuento sospechoso de la teoría de la conspiración. El decurso de un “proceso” no depende de personas, de lo que hagan o dejen de hacer, sino que se encuentra “producido”, por así decirlo, por múltiples composiciones, juegos, interrelaciones, que podemos identificar hipotéticamente como “estructuras”, puestas en práctica, puestas en escena, alianzas, relaciones, intereses, conflictos. Dicho en términos resumidos, no aconsejables para tratar la complejidad, en relación a la incidencia en el “proceso”, nos enfrentamos a “estructuras” y mapas institucionales, a subjetividades constituidas, a relaciones enquistadas y dominaciones internalizadas. De lo que se trata, con el objeto de incidir en el acontecimiento, es de desmantelar estas composiciones, estas “estructuras”, estas instituciones, de suspender las relaciones enquistadas, estas relaciones de dominación internalizadas. Ahora bien, estas tareas no se efectúan solas, como vanguardias incomprendidas, insufladas de gran voluntad. Las incidencias son posibles si se logra compartir perspectivas críticas y voluntades de cambio con los colectivos sociales, si se participa en las dinámicas moleculares sociales, que son como la materialidad social e histórica de la alteratividad y de creación de alternativas. De lo que se trata entonces es de compartir, convivir, con las dinámicas moleculares, buscando que su alteratividad micro-social, se convierta, en un momento, en alteratividad molar, transformando las instituciones y las “estructuras”, ocasionando nuevas composiciones a escala molar.

¿Qué queremos decir con todo esto? Que los llamados “procesos” políticos y sociales, encaminados a transformar, no se dan por los buenos deseos de las vanguardias, ni tampoco como resultado de una estrategia “revolucionaria”, se dan como acontecimientos en momentos de crisis múltiple del Estado, de las representaciones, de los valores institucionalizados, obviamente en el contexto de la crisis orgánica del capitalismo, dependiendo de su ciclo vigente. Lo que se experimenta como “proceso” es lo que compartimos como acontecimiento; no se trata de que sea una condición dada, como en el caso de las hipótesis del realismo político, sino de una complejidad, la misma que hay que comprender y entender en sus dinámicas moleculares y molares. Por lo tanto, no es, de ninguna manera, pertinente, desentenderse del “proceso” experimentado, sino de vivirlo plenamente buscando romper las resistencias y los obstáculos históricos. Parafraseando nuevamente a Albert Camus, si las “revoluciones” caen en la decadencia, sufrir con ellas, sufrir el “proceso”, no alegrarse de su decadencia, sacando lecciones de esta experiencia dramática. En otras palabras, de lo que se trata es de prolongar su decurso, buscando la oportunidad de realizar sus posibilidades y potencialidades.

El esquematismo “leninista”

Hay un maniqueísmo heredado en la izquierda tradicional, se reclame leninista, trotskista, maoísta, hasta estalinista; este maniqueísmo parte de dos reduccionismo evidentes. Uno de ellos es reducir la historia a las leyes económicas, lo que hemos llamado determinismo económico; considerar que la historia puede ser interpretada “dialécticamente”; esto quiere decir, interpretar la historia hegelianamente, como superación ininterrumpida de contradicciones; en la hermenéutica marxista, “dialéctica” entre fuerzas productivas y relaciones de producción. El otro reduccionismo es reducir la historia a un mito moderno, el mito del partido; el de que el partido “revolucionario” representa al proletariado, que es su consciencia para sí realizada. Este mito supone una imagen “metafísica” del proletariado; su referente no es el proletariado real, diverso, disperso o concentrado, articulado a su devenir clase, por lo tanto conectado por el tejido social de sus procedencias. Como dice Antoni Gramsci, proletariado vinculado a su fragmento territorial de clase. Este mito moderno supone que la historia está escrita; de alguna manera hay que esperar o mejor ayudar a que se cumpla el destino. La astucia de la historia cosiste en lo siguiente: la lucha de clases, concepto que corresponde al conflicto social, a los enfrentamientos y contradicciones sociales, desatadas desde la víspera, la alborada y su época inaugurada y extendida de la modernidad, es pensada como “dialéctica”, donde la superación de la contradicción de clases se resuelve en el socialismo. Es decir, la superación “dialéctica” (Aufhebung) de la contradicción de clase principal, proletariado-burguesía, es el socialismo. La “dialéctica” de la historia marcha a ese decurso. Lo que hace el partido es hacer de partero.

La tesis leninista expresa claramente esta concepción de la historia y del papel protagónico, de vanguardia, del partido. Como dice Vladimir Ilich Lenin en el ¿Qué hacer?, la “ideología” revolucionaria, es decir, la consciencia de clase, se introduce desde el exterior de la clase, desde el partido, a una clase, el proletariado, que, en su lucha espontánea, encuentra sus límites en las reivindicaciones económicas. No accede a la lucha política, a la consciencia política, sino a través del partido. El partido es para Lenin la organización de los militantes profesionales, de los conspiradores revolucionarios, de los intelectuales imbuidos de la “ideología” revolucionaria. Ocurre como si el partido conociera la astucia racional de la historia y empujara su decurso, ayudando a hacer emerger la “revolución”. Este es el mito de Prometeo actualizado, modernizado. Prometeo roba el fuego a los dioses para entregárselos a los hombres. El partido bolchevique “roba” a la providencia de la historia, que es la razón, su secreto, para entregárselo al proletariado. Sobre este mito moderno, el del partido revolucionario, se ha dado lugar una de las manifestaciones más patentes de lo que puede la voluntad, la condensación de la voluntad, la organización de la voluntad enfocada a la realización de un ideal. Al contrario de lo que los bolcheviques creen, en el determinismo económico, en la astucia de la historia, lo que ha mostrado la revolución de octubre es la capacidad de la voluntad, la fuerza de la voluntad, además de mostrar que la historia es una invención de la creatividad humana. Lo grandioso de este acontecimiento, la revolución rusa, comprendiendo su largo, mediano y corto ciclo, es mostrarnos de lo que es capaz la intrepidez humana. Contra todo pronóstico marxista, por lo menos del marxismo hasta la segunda internacional, del marxismo “occidental”, la revolución proletaria se da en un país atrasado, como llamaba Lenin, semi-colonial, de aplastante mayoría campesina. En un territorio inmenso, conformado por las conquistas del imperio zarista; geografía que corresponde al eslabón más débil de la cadena de dominación capitalista, en su etapa imperialista. En otras palabras, la revolución socialista se da a pesar de la ausencia de las condiciones objetivas; débil composición industrial, herencia de lo que se nombra como “despotismo” asiático, incumplimiento de tareas democráticas, nacionalidades incorporadas al imperio. Como dijimos en otro texto, la revolución se da contra la historia y contra la realidad, como gasto heroico[1].

Es difícil sostener que la revolución de octubre verifica las tesis marxistas; en primer lugar, por qué estas tesis son variadas y distintas. Empero, sólo quedándonos con las tesis leninistas; es difícil sostener que la revolución de octubre es el resultado del asenso del proletariado, asenso que corresponde a la “evolución” subjetiva de la consciencia de clase, que implica pasar de la conciencia en sí a la conciencia para sí, inoculada por el partido. La socialdemocracia, de ese entonces, marxista, no tiene incidencia en la revolución de 1905, que no deja de ser una revolución constitucional, una revolución democrática, que, empero, no logra realizarse completamente; se tiene que pactar con el zarismo y conformar una combinación política abigarrada. Las crisis vuelven a estallar con las huelgas obreras de 1914; hasta entonces el proletariado había crecido en las ciudades industriales, dónde el capital extranjero invertió cuantiosamente; sin embargo, el proletariado seguía siendo una minoría en un país demográficamente campesino. En estas condiciones no era concebible todavía una revolución socialista. Las condiciones históricas se pueden resumir, simplificando, en sus configuraciones política y económica panorámicas. Políticamente, la condición corresponde, en primer lugar, a un Estado monárquico, casi como una monarquía absoluta, Estado de un imperio zarista. Esta forma de Estado es reconocido, por cierta historiografía, como del “despotismo” asiático, asentado sobre un constitucionalismo abigarrado y pactado. Estado sustentado sobre un enorme ejército; empero ineficiente, en los contextos de la guerra moderna; contando con el gobierno de partidos liberales y monárquicos condescendientes; teniendo en frente a una gama de partidos socialistas, que dejaron en el recuerdo a la lucha heroica campesinista de los populistas rusos. Económicamente, usando el concepto de las tesis orientales (Lenin, Trotsky y Mao), la condición histórica de la economía, su caracterización, corresponde a la de un país cuyo perfil configura la composición de un capitalismo atrasado, de desarrollo desigual y combinado.

Es la primera guerra mundial la que va cambiar radicalmente la situación; la institucionalidad del imperio zarista se desmorona, la combinación democrática y monárquica se derrumba, un gigantesco ejército, por el número de soldados en combate, mayormente campesinos, se estanca en un frente también gigantesco. Cuando la crisis llega lejos, cuando el vacío político es evidente, en febrero de 1917, se conforman soviets, es decir consejos de soldados, campesinos y obreros. La coyuntura es la del poder dual, el doble poder; el institucional, que prácticamente no tenía fuerza, y el de los soviets, que conjunciona a las fuerzas reales y armadas del proletariado, los campesinos y los soldados. En los soviets no eran mayoría los bolcheviques, sino las otras conformaciones socialistas, los socialistas revolucionarios, entre ellos. En ese contexto, los kadetes, demócratas liberales, con sus alianzas circunstanciales, instauran un gobierno provisional revolucionario y convocan a la Asamblea Constituyente.

De abril a octubre de 1917 el proceso es dramático e intenso. Los aliados piden al nuevo gobierno continuar la guerra, los soldados querían paz, los campesinos tierras y el pueblo en general pan. El nuevo gobierno intenta con el general Kornilov una estrategia militar en el frente, empero fracasa. Ante el claro intento de continuar la guerra, el gobierno provisional se queda sin apoyo; la situación ya es prácticamente insostenible. Los alemanes, por su parte, pedían el retiro de Rusia de la guerra, para facilitarles la movilización y concentración de fuerzas en el frente occidental. Lenin lanza la consigna conocida de paz, pan y tierra, ganándose la simpatía de la mayoría de los soviets. Sin embargo, había que resolver un problema en el partido bolchevique, que siendo minoría en los soviets, deben ganar la convocatoria de la mayoría de estos consejos de obreros, soldados y campesinos; por otra parte, el partido no estaba convencido con la tesis de abril de todo el poder a los soviets, para resolver el dilema del poder dual. Lenin, si se quiere, se convierte en la vanguardia de la vanguardia. Trotsky, menchevique, asimilado a los bolcheviques, tiene el mandato de Lenin de preparar la toma del poder; tampoco está muy convencido. Casi todos los bolcheviques consideran que hay que esperar la maduración de las contradicciones. En octubre ya no hay movilizaciones de masas como en febrero, cuando efectivamente se derrumba la institucionalidad del imperio, como si fuese un castillo de naipes, tampoco hubo movilizaciones obreras como en julio, cuando cayeron 1700 obreros; las calles prácticamente están vacías, lo que se da es un golpe de Estado, como lo reconoce el mismo León Trostky e Historia de la revolución rusa[2].

Viendo en perspectiva, retrospectivamente, y de una manera crítica, podemos decir que, en realidad, octubre es el momento donde se produce el evento cuando concluye la revolución de febrero. A principios de año, los barrios obreros de San Petersburgo toman la ciudad y los palacios, enfrentándose a la policía, contando con la simpatía o la neutralidad de los cosacos, después ganándose a los soldados, incluso a algunos oficiales. Es cuando se evidencia categóricamente el desmoronamiento del régimen y la institucionalidad zarista, cuando el zar Nicolás, perdido en su tren, es detenido en varias estaciones y se ve obligado a retroceder, hasta que es arrestado y obligado a abdicar al trono. Se instaura un gobierno provisional revolucionario, que tampoco cuenta con la aquiescencia de las fuerzas sublevadas, que se organizan en los soviets. Los soviets están representados por las distintas tendencias socialistas de obreros y soldados radicalizados. La revolución como tal se da en febrero, de febrero a octubre se vive el intenso dilema y contraste del poder dual. La habilidad de Lenin y Trotsky, no de todos los bolcheviques, es preparar el golpe de Estado para concluir definitivamente en quién queda el poder; en la institucionalidad ficticia representada en el Palacio de Invierno o en el partido bolchevique, que termina asumiendo la representación del proletariado, desplazando a los soviets, desplazando incluso a la coalición de partidos socialistas sobre las que se apoyó la revolución y los soviets.

Por eso, se puede decir, desde una perspectiva histórica, haciendo un análisis retrospectivo, que octubre también es el momento cuando se clausura la revolución, para ingresar a una etapa de la dictadura del partido, que habla a nombre de la dictadura del proletariado. Se trata del paso a la construcción de un Estado, no de transición, como el concebido por la dictadura del proletariado, sino permanente, rígido, militarizado, en constante defensa; primero, contra la guerra civil, cuando la intervención imperialista apoya a los “rusos blancos”; después, contra la amenaza imperialista constante, defendiendo la “patria socialista”, aislada en un gigantesco territorio, heredado del imperio zarista. Sin embargo, la guerra civil permite llevar la “revolución” institucionalizada al resto de lo que van a ser las repúblicas socialistas de la Unión Soviética. La historia del “socialismo en un solo país” es la historia dramática de un mal entendido[3]. Mientras el proletariado real se sumerge en la expansión de la producción, la representación del proletariado emerge apoteósicamente como mito, el mito de la universalización de la misión del proletariado de la emancipación mundial del capitalismo, cuando es un partido de intrépidos el que se ha hecho cargo de las transformaciones, bajo la imposición de una férrea disciplina, que lleva más lejos el diagrama disciplinario de los estados occidentales del capitalismo y la modernidad. Se trata de un Estado policial absoluto que emprende la más rápida revolución industrial militarizada.

A fines de 1917, después de la toma del palacio de invierno, se dan las elecciones por la Asamblea Constituyente. Los resultados son ilustrativos de la composición de fuerzas elegidas, aunque no de la correlación de fuerzas en el campo político; los bolcheviques obtienen el 24% de la votación y de los escaños; la victoria corresponde al socialismo revolucionario, que obtiene el 40% del sufragio; los mencheviques obtienen el 2% de los escaños, el mismo porcentaje consiguen los Kadetes. Martin Malia dice que el 85% de los asientos electorales corresponde a las distintas corrientes socialistas; también dice que en la Asamblea Constituyente no hay preponderancia bolchevique, tampoco un claro reconocimiento del gobierno de los soviets. El 6 de enero de 1918 se dispone la dispersión de la Asamblea Constituyente; para tal efecto intervienen los marinos de la flota del báltico[4]. El argumento de Lenin es que la democracia de los soviets es superior a la democracia burguesa. Por este camino se termina optando por abandonar la democracia constitucional a nombre de la democracia de los consejos de obreros, soldados y campesinos; empero, el problema va a ser, que incluso, después, se abandona la democracia de los soviets por el comunismo de guerra, con la emergencia de la guerra civil. Cuando acaba ésta no se deja el comunismo de guerra, que concentraba y centralizaba el poder en el gobierno; los soviets no recuperan su potestad democrática proletaria; lo que ocurre es que el poder se transfiere al partido, del partido al comité central, del comité central a la dictadura de un hombre.

Haciendo una digresión, en la misma perspectiva histórica, de análisis retrospectivo, vemos que las proximidades de Lenin, Trotsky y Stalin, son grandes, a diferencia de lo que las corrientes polémicas posrevolucionarias lo creen. La base “ideológica” compartida es el leninismo de antes de la toma de decisión por la Nueva Política Económica (NEP); esta base “ideológica” puede resumirse a la tesis del partido y a la tesis teleológica de la confluencia histórica en la revolución socialista. Ambas tesis llevan a atribuir plenos poderes al partido en el gobierno; ambas tesis sostienen el comunismo de guerra, que va a ser la estrategia y política privilegiada a lo largo de la dramática historia de la Unión Soviética, intercambiando, por etapas, por distintas versiones de la NEP, que es la del capitalismo de Estado y de la convivencia con los compañeros de ruta, los campesinos, sobre todo los kulak, abriéndose al mercado, empero sosteniendo la industrialización forzada. Durante la NEP, Trotsky va ser opositor de izquierda a esta política, decidida por Lenin, en tanto que Bukharin, apoyado por Stalin, en ese entonces, va apoyar esta ruta, además de teorizar sobre ella, concibiendo la tesis, basada en la tesis de Preobrazenski, de la acumulación originaria del socialismo. Trostky propone una revolución industrial militarizada; es decir, la radicalización del comunismo de guerra. Cuando en 1929, Stalin asume la dirección del partido, decide retomar la ruta del comunismo de guerra y de la industrialización militarizada. Desde esta perspectiva, se puede decir que Stalin es un trotskista consumado; también se puede decir que el trotskismo, como corriente posrevolucionaria, es un leninismo consumado, llevándolo hasta sus últimas consecuencias, por lo menos imaginarias. En este periodo dramático de la revolución rusa, dos, hasta tres, expresiones, se desplazan desde bolchevismo o leninismo. Primero, son los obreros y marineros de Kronstadt, vanguardia de la revolución, que, una vez que termina la guerra civil (1921), una vez que son derrotados los “rusos blancos”, piden devolver el poder a los soviets, demandan la democracia obrera, dejando el comunismo de guerra, que era comprendido como recurso provisional y de emergencia para afrontar la guerra civil. La respuesta va a ser represiva; el ejército rojo, comandado por Trotsky, masacra a los sublevados, considerados aliados del imperialismo. Segundo, es Bukharin, que del otro lado, en contraste con los marineros y obreros de Kronstadt, participa y teoriza sobre la ruta de la NEP. Tercero, es el mismísimo Lenin, que en su testamento, propone una revisión de la estrategia del comunismo de guerra y de la concepción del socialismo, apegada esta estrategia, concibe un socialismo basado en cooperativas. Esta apreciación puede parecer sorprendente; empero, no debería serlo, forma parte de las paradojas en la historia. Corrientes, que se enfrentan, se contrastan, se contradicen, corrientes “enemigas”, comparten un mismo suelo “ideológico” y epistemológico, constituyen la misma tendencia histórica, aunque los protagonistas no lo consideren así y se esmeren por diferenciarse.

A propósito, Lezek Kolakowski, en Las grandes corrientes del marxismo, dice que si entendemos por bolchevique a alguien que acepta todos los principios del nuevo orden; vale decir, poder ilimitado de un partido único, unidad granítica en el seno del partido, ideología excluyente de las otras ideologías, dictadura económica del Estado, considerando que todo esto es posible, en un determinado sistema, evitando el despotismo de una oligarquía o de un individuo, de gobernar sin recurrir al terror, preservando los valores bolcheviques, sostenidos a lo largo de la lucha por el poder. Poder definido como gobierno de los trabajadores o del proletariado, comprendiendo la libertad del desarrollo cultural, en relación al arte, a la ciencia y a las tradiciones nacionales. Si bolchevique significa todo esto, la palabra designa simplemente a un hombre incapaz de llegar a sus propias conclusiones a partir de sus propias premisas. Por otra parte, si la ideología bolchevique no es solamente un conjunto de ideas generales, sino que implica la aceptación de sus consecuencias inevitables, derivadas de los propios principios, entonces Stalin es, con todo derecho, de ser proclamado el más consecuente de todos los bolcheviques y de todos los leninistas[5]. Kolakowski concluye que Stalin es Trotsky e acción.

Esquematismos y maniqueísmos en Bolivia

Comencemos con los esquematismos y maniqueísmo de la izquierda tradicional. El mito del partido es el imaginario compartido en los partidos de la izquierda tradicional; en los que se clasifica por “estalinistas” por los grupos trotskistas, así como en los mismos grupos trotskistas, descalificados como “ultras” por los “estalinistas”, incluso acusado por parte de los “estalinistas”, así como por el vicepresidente, por terminar de coadyuvar a la “derecha”. Mito del partido compartido innegablemente por el vicepresidente, quien parece haberse desplazado momentáneamente, por un lapso, a posiciones comunitaristas, cuando formaba parte de Comuna; sin embargo, ha vuelto al redil del mismo imaginario esquemático de la izquierda tradicional. Es sintomático observar que esta izquierda se esmera celosamente por ser la portadora del mito; son anecdóticamente controversiales las pugnas y guerras intestinas en esta izquierda. No es pues sorprendente que se acusen mutuamente de traición, de desviación, de revisionismo, incluso, como es el caso delirante del vicepresidente, de “derechismo”, cuando creen que los otros no responden a la figura esquemática del imaginario maniqueo. Lo cierto, es que a pesar de sus diferencias, comparten celosamente el mito del partido y el esquematismo leninista, lo hagan de una manera o de otra, incluso solitaria, como lo hace el vicepresidente, sin contar con un partido bolchevique, sino con un partido populista, que él mismo llama gelatinoso. El vicepresidente sintetizaría, imaginariamente claro, en su persona el partido, la teoría leninista, la representación del proletariado, aunque también pretende, en vinculación con el presidente, representar a los pueblos indígenas, y el centralismo democrático. Los demás, el resto, el partido gelatinoso del MAS, los retrasados en la consciencia en sí, gremial, deben obedecer. No nos interesa entonces escuchar quién es el portador del fuego santo, el iluminador, si los residuos de la izquierda tradicional o el vicepresidente, sino detenernos a describir la incidencia del mito del partido y del esquematismo leninista en la dramática historia política de la izquierda en Bolivia.

Hemos visto, en la historia inicial de la Unión Soviética, como los bolcheviques descartan a los demás partidos socialistas, componentes de los soviets y partícipes de la revolución de 1917, desde comienzos del año; después asistiremos cómo un miembro del comité central del Partido Comunista, Joseph Stalin, hace asesinar a los demás miembros del comité central, quedando como único digno representante del comité central, del partido, de la Unión Soviética y del proletariado universal. Sorprende, que en los demás países, después de la revolución rusa, sean los mismos bolcheviques los que se descarten, incluso antes de la toma del poder, a la que no llegan, a pesar de todo, salvo excepciones, que comienzan la revolución fuera del esquematismo leninista.

En Bolivia, a partir de una coyuntura crítica, el golpe del general Banzer Suárez (1971), la derrota de la Asamblea Popular, la caída del gobierno nacionalista del general Juan José Torres, el trotskismo, aglutinado y organizado principalmente en el POR, se hace trizas, diseminándose en pedazos dispersos, cada uno de los cuales se reclama de partido de vanguardia. Si ya antes había ocurrido un desplazamiento, no necesariamente parecido, con el “entrismo” de militantes trotskistas al MNR, también con la formación del POR Combate, influenciados por el trotskismo de la cuarta internacional de Nahuel Moreno[6], lo insólito acaece después de la Asamblea Popular. Lo mismo pasa con el PC, fundado por Sergio Almaraz Paz, después de la crisis del PIR, que se alía a la “rosca minera” para derrocar a Gualberto Villarroel. El PC expulsa a Sergio Almaraz por sus “veleidades” nacionalistas y por leer más a Albert Camus que Konstantinov. Más tarde, en pleno conflicto Chino-Soviético, después de la muerte de Stalin, los PCs se dividen; unos definidos según su tendencia moscovita, los otros definidos según su tendencia pequinesa. Cada uno se reclama más marxista leninista que el otro, es decir más bolchevique. Con la revolución cubana, va a aparecer, en América Latina, también en Bolivia, una tendencia clasificada, por los otros partidos “bolcheviques”, de “foquista”, refiriéndose a la estrategia guerrillera que devino en la revolución cubana. Esta tendencia se reclamará de guevarista, asumiendo la concepción y el recorrido del insigne guerrillero Ernesto “Che” Guevara. No olvidemos que es el PC de Cuba el que se constituye en el poder y el que imprime su concepción bolchevique a las transformaciones realizadas en la isla del Caribe, claro que combinadas con la tradición guerrillera recogida, asumida y teorizada por el propio partido. De todas maneras, lo que llama la atención son tantos bolchevismos que, en vez de unirse, por lo menos para efectuar la “revolución”, se esmeran por diferenciarse como vanguardia respecto de los otros, calificados de revisionistas o “ultras”.

Como dijimos, esta actitud insólita, no está exenta del vicepresidente; al contrario, esta expresada de una manera arrebatada y extrema, cuando se considera el “último bolchevique”, solitario perdido en el desierto de la incomprensión. Estamos entonces ante un síntoma alarmante del imaginario esquemático y maniqueo “leninista”. ¿Cómo explicar este fenómeno? ¿Cuáles fueron sus incidencias y repercusiones en las luchas sociales?

El imaginario bolchevique ruso se basa en la confianza racionalista del materialismo histórico, confianza sustentada en el supuesto de la astucia de la historia y apoyada en las tesis orientales, así como en la tesis del imperialismo. Esta confianza explica la gran voluntad acumulada, concentrada, intensificada, en la formación del partido revolucionario, partero de la historia. Hay como una sobreestimación de las fuerzas, supuestamente acrecentadas por la fuerza inmanente de la “dialéctica” histórica. La coyuntura de la primera guerra mundial, el desmoronamiento del imperio zarista, les otorga la oportunidad de efectuar la utopía marxista, en el contexto de una demoledora crisis del capitalismo, en su fase imperialista. La pregunta es: ¿sobre qué se sostiene la confianza de los bolcheviques bolivianos, fuera de heredar el mito del partido y el fundamentalismo racionalista de la astucia de la historia? Se puede decir que los bolcheviques bolivianos, así como los latinoamericanos, basan también su confianza en hecho de la revolución rusa y en la existencia de la Unión Soviética. Son atrapados por este pasado inmediato, se sienten apoyados por el peso del acontecimiento de la revolución rusa, después por el peso de la revolución china, más tarde por el peso de la revolución cubana. Son las imágenes de estas revoluciones las que sostienen su confianza y su incursión en la lucha política. Hay como un doble juego imaginario; primero, la de la astucia de la historia; segundo, el imaginario reforzado por irradiación de estas revoluciones. Hay también una doble sobrevaloración de las fuerzas; no importa que no se llegue a la escala organizacional de los bolcheviques rusos, basta con formar células, reconocerse como partido leninista, como para adquirir la fuerza histórica de los bolcheviques rusos. A cada partido bolchevique, por más pequeño que sea, por poco organizado que sea, le es suficiente imitar a los bolcheviques rusos como para seguir el mismo curso. Incluso se repite imaginariamente las mismas facetas; eclosión espontanea, gobierno provisional revolucionario, alguien que se parezca a Kerenski, después la revolución de octubre repetida. Cada bolchevique es portador del “espíritu” de la historia. La creencia de ser portadores de este poder mesiánico explica la excesiva confianza, además, también explica los insuflados egos, así como explica el desperdicio de tiempo en micro-guerras intestinas, divisiones, separaciones, defenestración de revisionistas o “ultras”, llegando al extremo de minúsculos partidos, que no han perdido la certidumbre en ser los portadores de la gran revolución mundial. Este estilo de “bolchevismo” ha debilitado las fuerzas, ha ocasionado también divisiones en el proletariado, ha empujado a fracasos políticos, a pesar de los grandes esfuerzos de las masas, de las multitudes, del proletariado, de los pueblos. Por otra parte, este estilo “leninista” los ha aproximado al imaginario frenético de la revolución inminente, en cualquier circunstancia, más o menos conflictiva, alejándolos de una información y comprensión adecuada de la historia efectiva, las coyunturas y contextos concretos.

Estamos ante ejemplos de la alucinación intelectual radical. Estar atados al pasado, aunque sea el pasado inmediato, es una condena, como lo había descrito Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte. Los “revolucionarios” se invisten de los trajes y glorias de los fantasmas del pasado, creyendo que con esto se insuflan del espíritu acumulado de los héroes. Era preferible, como dice también Marx, aconsejando a los revolucionarios del presente, que no tengan nada que ver con el pasado, que comiencen una nueva historia, inventando sus propias interpretaciones y sus propios métodos. Con todo, los bolcheviques rusos tuvieron que inventarse una revolución sui generis, un capitalismo de Estado y un socialismo de guerra, propuestos por Lenin, como columna vertebral de un socialismo estatal, es decir, policial. En cambio, en la mayoría de los casos, en América Latina, los “bolcheviques” latinos quedaron atrapados en la telaraña tejida por los fantasmas del pasado. No son más que “bolcheviques” nostálgicos y melancólicos, arrepentidos de lo que pudo haber sido y no fue.

Ahora bien, con el “último bolchevique” hay una variante, quizás abrumado por su propia soledad buscada; el “último bolchevique” considera que el proceso boliviano, de 2000 al 2013, es ya la realización de la gran revolución, con el aditamento, que también sería una revolución indígena. Imaginariamente ha resuelto el problema de los “bolcheviques” andino-amazónicos; la “revolución” no hay que efectuarla en el futuro, sino que ésta ya se ha hecho, aunque nadie se dé cuenta de este acaecimiento. Ahora hay que consolidarla, aunque nadie sepa qué es lo que hay que consolidar.

Lo que hay que evaluar es la incidencia y repercusiones de este estilo de política y práctica “revolucionaria” en el decurso de las luchas emancipatorias y de liberación anticapitalistas, antiimperialistas y anticoloniales. Lo primero que hay que anotar al respecto es que se opta por la fuerza, por la violencia “revolucionaria”, que no hay que confundir con la dictadura del proletariado, que más bien propone una transición en la desaparición del Estado; transición que se basa en la participación y la construcción colectiva del socialismo[7]. Al respecto, se puede considerar, incluso comprender, sin necesariamente aceptar, que la opción por la fuerza y la violencia responde, no sólo a las amenazantes circunstancias en las que nace el Estado Soviético, sino al entendimiento de que, en el fondo, incluso en democracia, la pugna se resuelve por la correlación de fuerzas. En el substrato político se mueven las fuerzas descarnadas. Nadie puede hacerse ilusiones de los buenos oficios de los contendientes, ni de que van a acatar las reglas del juego, al pie de la letra. Como se dice popularmente, esta es la cruda realidad. Sin embargo, el problema es la perspectiva emancipadora y liberadora, si se quiere, revolucionaria; ¿se puede emancipar, liberar, trasformar radicalmente la sociedad, mediante el uso privilegiado de la fuerza y de la violencia? ¿Imitar el uso del poder de las clases dominantes no es convertirse en clase dominante? Este es el tema crucial. La emancipación, la liberación, el socialismo, la descolonización, no se impone, se construye colectivamente. Si no se puede hacer esto, construir el socialismo con la sociedad, construir la alternativa social de-colonial, construir el comunismo, construir el comunitarismo, con la participación democrática de la sociedad, se termina construyendo una sociedad a imagen y semejanza del Estado, una sociedad disciplinada. La potencia social es reducida, inhibida, domesticada, capturada, obligándola a seguir los moldes diseñados por la ingeniera social burocrática. Sólo el autoengaño puede llamar a esta conformación socialismo, comunitarismo, comunismo, descolonización. Aunque se avancen en la resolución de los problemas de desigualdad, discriminación y marginamiento, con programas y ejecuciones gigantescas en lo que respecta a la salud y la educación, logrando, además el pleno empleo, como ocurrió en los países del los estados del socialismo real, el problema es que se ha convertido a la sociedad en rehén del Estado, inhibiendo sus capacidades creativas. Una sociedad disciplinada no es una sociedad liberada, aunque si se puede aceptar, con mucha reticencia, que pueda ser una sociedad emancipada. En otras palabras, este camino de la violencia “revolucionaria”, condicionado por la cruda realidad, no resuelve el problema mayúsculo, que se encuentra en la matriz del problema; no resuelve el problema del poder.

A estas alturas de las historias políticas, debemos hacer memoria y evaluar críticamente las experiencias “revolucionarias”. Contando con la caída de los estados socialistas de la Europa oriental, con el decurso contradictorio del “socialismo de mercado”, optado por la Republica Popular de China, quizás también por Vietnam. Contando con la tremenda discusión en Cuba, respecto de la apertura dirigida y controlada hacia el mercado, que muy pocos “bolcheviques”, fuera de Cuba, se han interesado e informado. La mayoría ha descalificado esta discusión y ha condenado a la revolución Cubana, en el momento crítico que le asiste asumir y resolver. A estas alturas de las temporalidades políticas acumuladas, no sólo se deben discutir las estrategias, las tácticas, los métodos de emancipación y liberación, sino que la discusión debe llevar a transformar las estrategias y las tácticas, las concepciones “revolucionarias”, que parecen cuestionadas y contrastadas por la misma historia efectiva. Insistir en los mismos procedimientos, en las mismas concepciones, que acompañaron a las revoluciones pasadas, que ciertamente forman parte de la memoria de las luchas sociales, que hay que valorarlas y recordar, es creer en la eterna repetición de lo mismo. Ahora, hacer esto, repetir lo mismo, en las condiciones histórico-sociales-económicas-culturales del siglo XXI, las trasformaciones del capitalismo, del orden mundial de dominación, de la combinación y composición de los diagramas de poder, es apostar al fracaso, por más que se prologue por un lapso de tiempo la ilusión del cambio.

A estas alturas de la experiencia histórica-política de los pueblos, es indispensable evaluaciones críticas de esta experiencia, es urgente hacer otras rutas, que sean efectivas en la destrucción del poder y del Estado, que son los problemas, los límites, los obstáculos, que no han podido cruzar ni resolver las “revoluciones”. Una de las rutas sugerentes y propositivas se encuentra en la experiencia zapatista en la selva lacandona. Experiencia maya y experiencia de resistencia social popular, combinada y compuesta de comunidades indígenas. Experiencia conformada por la confluencia guerrillera, así como de marxismos, puestos en cuestión en el escenario comunitario, también de prácticas y discursos de la teología de liberación, de los mismos modos puestos a prueba. Experiencia texturada por la emergencia colectiva, donde comienzan a desaparecer los perfiles individuales y protagónicos; lugar donde nace el enunciado de mandar obedeciendo, apropiado y usado por otros de manera demagógica, sin comprender que el sostén del enunciado es un conjunto de prácticas participativas y éticas. El zapatismo enseña a romper las jerarquías, las representaciones y delegaciones consabidas, los egos inflamados, aceptar humildemente y pacientemente la construcción deliberada de la decisión comunitaria. El logro de las autonomías indígenas, la realización integral de estas autonomías, sobre todo en la constitución de sujetos comunitarios, solidarios, complementarios, recíprocos, es ya una victoria sobre el Estado y el poder.

Si bien el zapatismo no se extendió a toda la formación social mexicana, a los Estados Unidos Federales de México, a la sociedad abigarrada mexicana, se debe a condicionamientos y factores que podemos considerar como de cristalizaciones conservadoras, coagulaciones institucionales, todavía ancladas en el imaginario recurrente y proliferante del poder. Tanto “izquierdas” como “derechas” han mostrado descarnadamente sus conservadurismos recalcitrantes[8]. La sociedad, el grueso popular de la sociedad, que en principio recibió con entusiasmo la emergencia, la guerrilla territorial y comunicacional zapatista (1994), empujada a reflexionar a partir de su propia memoria, de su propia matriz, la de la revolución mexicana (1910-1940), la revolución agraria, la movilización guerrillera de indígenas y campesinos de principios del siglo XXI, se vio en dificultades cuando el zapatismo preguntó a la sociedad qué se pone en el programa colectivo hacia una Asamblea Constituyente. Lejos de la predisposición a la participación, acostumbrados, los miembros de la sociedad, a seguir un programa, a un líder, a un partido, se vieron interpelados, empujados a ser responsables inmediatos de la construcción colectiva de la política. Este desafío no fue respondido o, mas bien, la respuesta fue optar por lo conocido, por seguir haciendo lo que antes se hizo, buscar opciones electorales de “izquierda”. Cuando se ganó las elecciones, no se defendió a muerte la victoria, como corresponde, dejando escatimar los resultados con fraudes escandalosos, empero institucionalizados. Se puede decir, entre otras cosas, entre otras atribuciones, que el zapatismo es una pedagogía política.

Hay que aprender de esta experiencia, que ya se acerca a las dos décadas, cuyos resultados son altamente apreciables, cuando las comunidades zapatistas lograron no solo ejercer la autonomía y el autogobierno, la gestión territorial, la gestión social y la gestión comunitaria, de manera ejemplar, conformado sus entramados sociales comunitarios, su “economía” complementaria, su educación desescolarizada, su política de mandos rotativos y asambleístas, la constitución de subjetividades auto-determinantes. Hay que aprender del zapatismo a liberar la potencia social de-construyendo sistemáticamente las formas y los perfiles del poder.

La re-insurrección zapatista

Nicté Fabiola Escárzaga, en su tesis de doctorado La comunidad indígena en las estrategias insurgentes de fin del siglo XX en Perú, Bolivia y México, hace el análisis comparativo de tres insurgencias dadas en el continente, en su contemporaneidad intensa y crítica. Las tres experiencias subversivas tienen una vinculación importante con las comunidades indígenas mayas, en México, aymara y quechua, en Perú y Bolivia. La investigación de Fabiola Escárzaga es un gran aporte por su análisis comparativo, lo que falta hacer en América Latina y el Caribe, así también por los temas complejos e intensos que toca, porque aporta luces a la comprensión de estos movimientos insurgentes y, a través de estos movimientos, hacer inteligibles el presente de las formaciones sociales de Mesoamérica y los Andes. En lo que respecta a la emergencia zapatista escribe:

En la experiencia mexicana, un grupo de guerrilleros mestizos provenientes del norte capitalista y próspero del país, Nuevo León y de otras ciudades de provincia, las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) se instalan en forma clandestina en territorio chiapaneco en 1969, que consideran el espacio más atrasado del país y por ello suponen que es el más propicio para organizar una insurrección campesina. Los campesinos se enfrentan al despojo de sus tierras por los terratenientes para el cultivo de café y por el propio gobierno para la extracción de petróleo, gas y la construcción de hidroeléctricas, en beneficio de los intereses del gran capital y de las trasnacionales. La única salida dejada por el gobierno federal a los campesinos sin tierras es la colonización de la selva lacandona.

Para afrontar la tarea de colonizar una tierra virgen, la población campesina mayoritariamente indígena, desarrolla un complejo proceso de reconstitución comunitaria, que es apoyado por la diócesis de San Cristóbal a cargo del obispo Samuel Ruiz, que aporta recursos materiales, promueve la organización comunal y estimula el desarrollo de la conciencia de su identidad étnica entre los campesinos y más tarde, reconociendo las limitaciones de sus recursos técnicos y políticos, convoca a trabajar en la diócesis a grupos militantes maoístas Unión del Pueblo y Línea Proletaria que ofrecen los recursos técnicos y políticos necesarios para la organización campesina de carácter regional y para la negociación con el estado. La forma de organización ejidal impuesta por el gobierno, es asumida por grupos de colonizadores indígenas y mestizos organizados como el soporte jurídico oficial que permite una organización comunal recreada. Los protozapatistas mestizos de las FLN se incorporan a esta dinámica y establecen, luego de un prolongado trabajo clandestino de infiltración, una alianza con los dirigentes indígenas formados en ese proceso, de su conjunción se constituye en 1983 el EZLN.

La insurgencia indígena zapatista hace visibles las fisuras del desgastado proyecto nacionalista revolucionario y del sistema de partido de estado construido por él, que han sido profundizadas por el neoliberalismo y pone en evidencia la fragilidad del proceso de democratización del país. El zapatismo saca a la luz y denuncia las grandes contradicciones del país: la no integración de los indígenas mexicanos a la nación mestiza que los excluye; la persistencia de mecanismos de opresión precapitalista en algunas regiones periféricas del país, particularmente en aquellas de predominio demográfico indígena, donde los mecanismos del racismo viabilizan la persistencia y legitimidad de tales relaciones productivas. Visibiliza también la recurrente apuesta por la lucha armada por grupos campesinos indígenas y mestizos y urbanos descontentos durante la segunda mitad del siglo XX, negada por el gobierno mexicano.

El zapatismo en su discurso juzga y condena desde la conciencia del México moderno el atraso de la periferia y la marginación de los indígenas que es solapado y aprovechado por los políticos del centro del país y por los grandes intereses económicos, nacionales y trasnacionales. El zapatismo se mueve en ambos mundos, el atrasado y el moderno, en ambos terrenos, en Chiapas y en el centro político del país, cuyas lógicas conoce gracias a la conformación heterogénea de sus cuadros. Aprovecha también el contexto internacional favorable a las reivindicaciones étnicas e inscribe parcialmente en él su propio proyecto. La estrategia zapatista desplaza desde lo militar hacia lo mediático gran parte de sus fuerzas y coloca el conflicto en distintos niveles: el local, el regional, el nacional y el internacional[9].

En lo que respecta a la caracterización de las condiciones histórico-sociales-económicas y culturales donde va emerger la re-insurrección zapatista, Escarza las describe da la siguiente manera:

El caso de Chiapas no corresponde al patrón productivo dominante en la mayor parte del territorio mexicano (centro y norte), en donde las relaciones de producción capitalistas fueron dominantes desde las últimas décadas del siglo XIX, a través de la hacienda en la que no obstante persistieron mecanismos de explotación precapitalista, hasta el triunfo de la burguesía en la revolución de 1910-1920. En Chiapas, su vinculación al mercado mundial a pesar de su atraso fue la constante, mientras que permaneció prácticamente ajena al mercado nacional y a la intermediación de las élites económicas y políticas del centro del país, hasta muy avanzado el siglo XX, allí, a diferencia de lo que ocurrió en los países andinos, los grandes o medianos propietarios, los finqueros, tomaron en sus manos la dirección del proceso productivo en las tierras susceptibles de producir para esa demanda externa o para el mercado interno, para ello fueron despojando de la tierra a las comunidades indígenas e incorporaron a la fuerza de trabajo bajo el mecanismo del peonaje por deudas, permanentemente en algunas regiones del estado y temporalmente en otras, de acuerdo a las necesidades de la producción.

Este mecanismo permitió la sobrevivencia marginal de las comunidades indígenas en los Altos, que reproducen a muy bajo costo la fuerza de trabajo temporal que requerían otras zonas del estado, que eran contratados como peones por los enganchadores y retenidos mediante el endeudamiento. La cultura del desalojo como la denomina García de León, que vuelve a los indios dependientes de los finqueros, sometidos bajo mecanismos precapitalistas que se legitiman mediante relaciones paternalistas del patrón sobre los peones. Paradójicamente, este proceso de desintegración comunitaria convierte a la comunidad indígena autónoma, prácticamente inexistente, en la máxima aspiración de la población indígena, autonomía campesina que sólo podría ser alcanzada recuperando la tierra[10].

Una primera pregunta debemos hacernos: ¿dónde está la matriz de la re-insurrección zapatista? Ciertamente, por el mismo nombre dado y asumido, nos trasladamos a la revolución mexicana de principios del siglo XX, desde la segunda década, cuando estalla. Emiliano Zapata es el símbolo de la revolución agraria; su fantasma es constitutivo de la memoria mexicana; sobre su cadáver, sobre su asesinato y traición, se erige el Estado mexicano. La institucionalidad del Estado-nación va poner la primera piedra imaginaria en este general campesino, enterrado para construir precisamente el Estado. Los muertos sirven para eso, para ocupar el lugar del origen de los que vienen. Sin muertos no hay nación, no hay sociedad, no hay Estado. Cuando los zapatistas de la selva lacandona retomaron el nombre del origen, removieron los cimientos imaginarios del Estado. Cuestionaron su legitimad, la del Estado; esta legitimidad estatal se encuentra cuestionada por otra interpretación del origen; nacimiento convocado para continuar la guerra, no sólo agraria, sino también indígena, descolonizadora.

Los zapatistas vencieron al invencible Partido de la Revolución Institucional (PRI), al partido-Estado, que también es Estado-partido. Después de los acontecimientos de 1994, cuando estalla la guerrilla, en pleno momento de la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, queda interpelado este tratado, el acuerdo multinacional neoliberal, la globalización privatizadora, así como también la política, la estrategia económica y la legitimidad del PRI. Una vez acaecido el contra-suceso, el contra-poder, el contra-tratado, enunciado como rebelión indígena, el PRI no va tener nunca más la consistencia aparente y coercitiva que tenía. Va a ser fácil vencerlo, incluso en las elecciones, como se ha evidenciado esto después. Pero, los zapatistas no estaban interesados en tomar el poder; la guerrilla se efectuó para obligar al Estado a dialogar con los hombres y mujeres invisibles o invisibilizados, los indígenas. Se trataba de una guerrilla distinta o de un uso distinto de la guerrilla, una guerrilla que reclama dignidad, reconocimiento por parte del Estado; poner en la mesa la cuestión olvidada, la cuestión colonial y de la colonialidad; colocar en la mesa, no como convidados de piedra, sino con voz propia, lengua propia, presencia propia, a los olvidados, a los indígenas. La guerrilla zapatista removió los cimientos del Estado y conmocionó al ser mismo mexicano.

Ciertamente esta es la matriz histórica, pero, ¿cuál es la matriz efectiva? El referente próximo. Indudablemente es Tlatelolco, la movilización estudiantil y concentración en la plaza donde se masacró y asesino a las multitudes estudiantiles congregadas (1968). Ante la revolución cultural estudiantil, que pedía autogestión, autodeterminación, los jerarcas del Estado vieron en esta movilización una afrenta a la nación y una fuga de la institucionalidad estatal coagulada. La respuesta fue de una violencia descomunal; se optó por el asesinato masivo, así como se había optado por la traición y el asesinato de Emiliano Zapata, para acabar con la revolución agraria y reducirla a una reforma agraria institucionalizada y controlada.

Algunos sobrevivientes de la masacre de Tlatelolco huyeron a la selva lacandona. Después de un tiempo, el grupo guerrillero, que huía del norte, perseguido, fue a buscar a sus compañeros, aquellos sobrevivientes de la masacre. La matriz entonces efectiva de la re-insurrección zapatista es este acontecimiento intenso y dramático de la revolución cultural estudiantil de 1968. Este acontecimiento es el referente de la guerrilla, la sublevación indígena zapatista. Se entiende entonces que sobre la base de esta revolución cultural, de esta nueva constitución subjetiva, se produzca ese desplazamiento de la formación enunciativa zapatista. Un nuevo discurso de-constructivo, autogestionario, auto-determinante y comunitario. Fueron las comunidades mayas, donde se insertaron estos guerrilleros, las que los re-educaron, interpelados por los saberes indígenas, por la fortaleza ética y cultural de las comunidades mayas. El marxismo de los guerrilleros tuvo que ser revisado.

Ahora bien, si hablamos de matrices, es la estructura de larga duración, es el ciclo largo, es la memoria larga, lo que entra en juego. Es la relación de las comunidades mayas con la tierra, el territorio, los ciclos del suelo, los ciclos del agua, los ciclos del aire, los ciclos de los bosques; es en definitiva, la relación con la vida, lo que está en el comienzo, diremos, metafóricamente, eterno de la vida. Lo que en lengua colonial se llama indígena es esto, lo común, las formas de dar curso a lo común, de efectuar lo común, de convivir en lo común. Es también la cultura de los cultivos, la cultura del maíz, la cultura de la milpa y los tejidos.

Los guerrilleros mestizos que llegaron a la selva lacando tienen en la constitución de su ser al “indígena”; no podía ser de otra manera. No hablamos biológicamente, pues todos lo somos, todos somos mestizos, sino de subjetividades, de mestizajes subjetivos; es decir, de afectividades, de sensibilidades, de imaginaciones e imaginarios, de reflexiones y memorias. Los y las mestizas son como espesores de intensidades en torbellinos encontrados, contrastados. Nunca saben quiénes son, aunque este dilema sea también de los no mestizos; empero, en los mestizos es un dilema desgarrador. Creyeron encontrar la realización en el padre blanco; pero, esta imitación los llevó a perderse en el laberinto del reconocimiento. Solo pueden encontrar la paz volviendo al vientre de la madre indígena. Por eso, cuando los mestizos se encuentran sinceramente, honestamente, abiertamente, humildemente, con los indígenas, se reeducan, aprenden, se des-constituyen para reconstituirse de otra manera. Es esta una enseñanza que se debe aprender de los mestizos zapatistas, que, a su vez, asimilaron de los zapatistas indígenas.

La primera enseñanza es no ser vanguardia, mejor dicho, no creerse vanguardia. Al contrario, ser “retaguardia”, si podemos usar eta palabra, metafóricamente. Mucho mejor, ser parte de la comunidad, de las formas de organización de la comunidad. En principio, sobre todo en el momento militar, cuando estalla la guerrilla, había subcomandantes, los comandantes eran las autoridades de la comunidad. El EZLN contaba con ciertas atribuciones de decisión independiente; los subcomandantes, eran como las autoridades militares, el subcomandante Marcos era como el vocero del EZLN. Con el transcurrir del tiempo, sobre todo con la acumulación de experiencia, se han diluido estas jerarquías; todo queda a cargo de la comunidad. La educación, la “escuela”, el ejército, la defensa, la vocería, la política, la economía, las relaciones, etc. Los últimos rangos individualizados se han diluido. Los que atienden a los visitantes, a los que van a recibir un poco de enseñanza comunitaria, son recibidos por los y las custodias, una familia se hace cargo de la visita, quien participa de las actividades cotidianas de la comunidad.

Ciertamente, el territorio zapatista es pequeño, en comparación con la geografía mexicana, además de estar rodeado por el ejército mexicano, las empresas capitalistas, y estar atravesados por comunidades no zapatistas. Empero, donde las comunidades zapatistas se encuentran, ejercen su autonomía, su autogobierno y su autodeterminación. Las diferencias se han dado entre las comunidades zapatistas y las comunidades no zapatistas; sobre todo son notorias las diferencias sociales, en lo que respecta a la salud, a la educación, a la cohesión social, a la soberanía alimentaria, a la formación y constitución de sujetos y subjetividades. El territorio y la sociedad zapatista, compuesta por comunidades autónomas, se ha transformado profundamente. Hablamos de territorios liberados, donde se ejerce una ruta distinta, alternativa. Estas transformaciones en las subjetividades, en el desenvolvimiento comunitario, en distintos planos, hablan de la fortaleza de la “estrategia” zapatista.

La segunda enseñanza es que no se debe tomar el poder, sino desmontarlo, des-construirlo; es decir, destruirlo, entendiendo que esto implica desarmarmarlo, desacoplarlo, en sus distintas formas polimorfas de manifestación. Tomar el poder implica tomar el lugar del poder, el espacio del poder, por lo tanto reproducirlo con sus nuevos ocupantes. Este es el error de todos los “bolcheviques”, también de los nacionalistas revolucionarios y de los populistas. Cuando se toma el poder, el poder transfiere sus estructuras y sus funcionamientos a los nuevos detentores del poder, aunque estos hayan cambiado su institucionalidad, como en el caso de los socialismos reales, peor aún si esta institucionalidad no ha sido cambiada, sino tan solo barnizada, como en el caso de los nacionalismo y los populismo.

La tercera enseñanza es que no hay una “teoría revolucionaria”, por lo tanto, tampoco hay iluminados. Lo que se tiene son saberes colectivos; en el caso de la sublevación comunitaria, saberes subversivos, saberes y prácticas alterativas, que tejen otras composiciones sociales, creando mundos alterativos. Las teorías críticas pueden ser incorporadas en las hermenéuticas e interpretaciones colectivas; empero, como parte de los tejidos, de las texturas, de las composiciones comunitarias. Todo entra en devenir, forma parte de la constante creación de la potencia social.

La cuarta enseñanza es ética. Hablamos no sólo del sentido comunitario, las sensaciones, los afectos, los valores compartidos comunitarios, sino de la renuncia a las jerarquías y a los protagonismos, que es una de las formas veleidosas del ejercicio del poder.

La quinta enseñanza es estratégica. No se renuncia a la defensa, por lo tanto a la organización militar; sin embargo, lo militar no se convierte en la preocupación principal, no se convierte en el plano principal de las actividades, como en el caso de los proyectos y experiencias guerrilleras dadas en el continente y todavía efectuadas. Lo militar no puede superponerse a la autonomía comunitaria, al ejercicio común de lo comunitario, al ejercicio comunitario de lo común, a la deliberación y decisión colectiva. Lo principal no es lo militar; es apenas una herramienta, un recurso, en el curso de la lucha, que ocupa múltiples planos. Lo principal está en la autodeterminación, autogestión y autonomía comunitarias. Lo principal son las transformaciones constantes, aunque sean imperceptibles, a veces.

La sexta enseñanza es política o, si se quiere, de pedagogía política. Se trata de enseñar con el ejemplo, de convertirse en referente, de irradiar por difusión, en el sentido del difusionismo cultural. No se pierde la comunicación con el pueblo y la sociedad mexicana abigarrada; al contrario, se mantiene un contacto permanente, mediante la interpelación a su ser. ¿Quiénes somos? No podemos seguir haciendo lo que nos ha convertido en subalternos, hay que escapar de esas prácticas reproductivas de lo mismo. Hay que crear otros mudos, mediante otras prácticas, emancipadoras, hay que constituir subjetividades libres y creativas, mediante la estética de otros imaginarios. Hay que hacer política, pero, no la política que quiere que se haga el poder, incluso con la invitación perversa y seductora de que se lo tome, de una u otra manera, violentamente o electoralmente. Pues esto es caer en la trampa de la reproducción.

No vamos seguir con la lista. Estas parecen las enseñanzas principales. Lo importante es señalar que otra estrategia revolucionaria es posible, que no sea la eterna reproducción del poder.

Continuará.

Notas:

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza La subversión comunitaria. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[2] León Trotsky: Historia de la revolución rusa. Editorial Tilcara, Buenos Aires.

[3] Revisar el libro de Martin Malia La tragédie soviétique. Histoire du socialisme en Russie 1917-1991. Éditions du Seuil; Paris 1994.

[4] Ibídem: Pág. 168.

[5] Leszek Kolakowski: Las grandes corrientes del marxismo.

[6][6] Nahuel Moreno (1924-1987). Teórico trotskista argentino. Organizador del Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) y luego de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (LIT-CI).

[7] Revisar de Etiene Balibar Dictadura del Proletariado.

[8] Ver de Raúl Prada Alcoreza Conservadurismo recalcitrantes. Bolpress, La Paz 2013; Rebelión, Madrid 2013; Dinámicas Moleculares, Horizontes nómadas; La Paz 2013.

[9] Nicté Fabiola Escárzaga: La comunidad indígena en las estrategias insurgentes de fin del siglo XX en Perú, Bolivia y México. Tesis de Doctorado en Estudios Latinoamericanos Facultad de Ciencias Políticas y Sociales Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

[10] Ídem.