No es una crisis. O, mejor, no es solo una crisis cíclica más del capitalismo. Porque estamos delante de la primera gran crisis estructural del modelo de globalización neoliberal, ante una gravísima crisis que pone en tela de juicio la versión más neoliberal del capitalismo, hegemónica también en la ideología en los últimos 25 años. Es también, sobre todo, la manifestación de un nuevo estadio de la lucha de clases.

Hasta ahora sabíamos que este modelo de capitalismo globalizador era injusto socialmente, porque fue incapaz de proporcionar condiciones de vida dignas al conjunto de la población, que era insostenible ambientalmente… Pero ahora, además, sabemos que es un fracaso en el terreno en el que se presentaba como imbatible: la pura economía, la producción de bienes y servicios.

Dónde quedan ahora los discursos sobre el fin de la historia, sobre la nueva economía y el fin de los ciclos económicos; sobre el crecimiento sostenido o la extrema eficiencia del mercado; sobre su capacidad para autorregularse y la consideración del Estado como una antigualla inservible de la que había que deshacerse a toda costa enviándolo al baúl de la historia.

Estamos, por lo tanto, ante una crisis de la globalización financiera, acompañada de la desregularización de los mecanismos de supresión y control de las autoridades nacionales y de la inexistencia de instituciones internacionales con capacidad real de intervención en los mercados de capitales.

La explicación de todo este desastre hay que buscarla en la hegemonía ideológica, moral y política del neoliberalismo desde los años ochenta, que dominó el mundo desarrollado de la mano de la revolución conservadora de Thatcher y Reagan. Lo que implosionó en el verano de 2007, en las entrañas del sistema financiero de los Estados Unidos de Norteamérica, fue el modelo de regulación capitalista iniciado con la contrarrevolución conservadora y neoliberal de Reagan y Thatcher a principios de los años ochenta del siglo pasado.

Casi treinta años de orgía neoliberal, de desregulación, de globalización, de pensamiento único, de liquidación de lo público, de hipertrofia financiera, de contrarreforma fiscal a favor de los más ricos, de una redistribución injusta de la renta que baja los salarios y sube el excedente del capital, de recomposición de la tasa de beneficio, de deterioro en las condiciones de vida y trabajo de la mayoría social, de reducción de salarios reales, de privatizaciones, de ataque a los servicios públicos, de desmantelamiento del estado de bienestar, de un cambio radical en la división internacional del trabajo, de desindustrialización en los países más desarrollados, de la descentralización y la subcontratación como nuevo paradigma empresarial que debilita la capacidad de respuesta de los trabajadores. Son los rasgos básicos de los profundos cambios del capitalismo en las últimas tres décadas.

Pero en solo 25 años, el mundo feliz que prometían los profetas neoliberales se transformó en la peor pesadilla de la crisis económica más dura desde 1929, que, además, en esta ocasión se extiende a todo el planeta. Una crisis en la que juega un papel destacado la avaricia, la irresponsabilidad de los directivos de los mercados financieros, de las empresas auditoras y sobre todo de las agencias personales de calificación de riesgos, que han sido cómplices necesarios en la gran estafa financiera perpetrada por los que Tom Wolfe calificó como los «Amos del Universo».

Resultaba evidente, para todo el que quisiese verlo, que el crecimiento económico basado en la especulación financiera —lo que se denominó «economía de casino»— era y sigue siendo un modelo de crecimiento inestable que genera muchos episodios de crisis financiera, con enormes costes en empleo destruido y tejido industrial arrasado. Un modelo que encuentra en la desregulación y en la falta de control el origen tanto de su expansión como de su crisis. El creciente predominio de las actividades financieras sobre la producción de bienes y servicios derivó en una burbuja de especulación financiera que arrastró la economía real a la situación de recesión generalizada en la que ahora nos encontramos.

La quiebra del modelo financiero globalizado es el fenómeno más visible, pero el origen de la crisis actual está en los profundos cambios que se han dado en la forma de trabajar y de vivir en la fase neoliberal del capitalismo global.

La internacionalización de la economía se construyó exclusivamente desde el modelo neoliberal, esto es, con libertad total para los movimientos de capital, sin levantar al mismo tiempo los mecanismos de regulación internacional que, como ocurre en los Estados nacionales, sirvan de contrapoder democrático a los excesos inevitables de la economía de mercado. Así, la globalización neoliberal actuó como ariete contra el pacto social de la posguerra mundial, el estado de bienestar europeo y el New Deal estadounidense.

Desde los años ochenta, y tras la caída del muro de Berlín y la desaparición del contrapoder que representaban los países del Este, la desigualdad se ha extendido a escala planetaria: la riqueza se redistribuye de forma injusta en los países más desarrollados, caen los salarios reales de los trabajadores, lo que se traduce en la disminución del peso de las rentas de trabajo en la renta nacional, los asalariados pierden derechos y las reformas sociales y fiscales causan un grave retroceso en los modelos de distribución más justa de la riqueza.

En este período se propició que los ricos ganaran más, alguno muchísimo más, y que, al tiempo, pagaran menos impuestos en detrimento del resto de la sociedad. Esto tiene consecuencias. Los trabajadores y las clases medias dedicamos el grueso de nuestra renta al consumo, lo que fomenta la demanda de la economía real. Por el contrario, el exceso de riqueza de la minoría social genera un exceso de liquidez que se dirige a los mercados financieros y bursátiles, favoreciendo así la economía financiera y la especulación y no la economía real.

Sirvan aquí las palabras pronunciadas en 1933 por el entonces presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Marriner S. Eccles, para explicar la crisis de 1929: «La producción masiva debe ser acompañada por el consumo masivo, lo que a su vez exige una redistribución de la riqueza. Allá por 1929, una creciente proporción de la riqueza se concentraba en unas pocas manos. Pero reduciendo el poder de compra de los consumidores, los acumuladores de capital se negaron a sí mismos la demanda que sus productos necesitaban para justificar nuevas inversiones. En consecuencia, como en una partida de póker en la que las fichas se acumulan cada vez en menos manos, los otros jugadores sólo podían seguir en el juego pidiendo crédito. Cuando el crédito se acabó, se acabó el juego».

Esta crisis afecta con especial intensidad y dramatismo al Estado español porque golpeó los pies de barro, de arena en realidad, sobre los que se había levantado lo que la derecha llamó «el milagro económico español»: la década expansiva de crecimiento de 1996 a 2007 que estalló abruptamente hacia el final de 2008. Una expansión económica falsa, asentada sobre la estela de la burbuja inmobiliaria, la sagrada alianza entre la oligarquía financiera y los promotores de la construcción, que lanzó la actividad económica al precio de corroer las bases reales de la economía del país.

Porque esta crisis tiene culpables, que en nuestro caso son los responsables financieros que enladrillaron el país, que enladrillaron sus balances, que endeudaron a las familias de por vida y que endeudaron al país con la banca extranjera para décadas.

Ese modelo absurdo, irracional, inviable e insostenible a medio plazo puede resumirse en dos datos: en las 900.000 viviendas visadas en el año 2006 y en los 700.000 millones de euros en los que la banca se endeudó en los mercados financieros europeos vendiendo cédulas hipotecarias para financiar esta aberración. La economía artificial, instalada en una burbuja, solo podía vivir a caballo de un endeudamiento creciente, y se hundió cuando la crisis financiera internacional secó las fuentes de financiación.

En España, como en ningún otro país del mundo, es una crisis del empleo. Desde el año 2008 se han destruido 3,6 millones de empleos, primero en la construcción y después en la industria; y ahora también en los servicios, en especial entre los empleados públicos. En cuatro años, la ya larga cola del paro que teníamos en 2008 creció de forma brutal porque se incorporaron a ella 3,6 millones de hombres y mujeres hasta superar el abismo de los 6 millones de personas en paro.

El discurso de la derecha, económica y política, dice que la razón es una supuesta rigidez del mercado de trabajo. Pero es falso, y ellos lo saben. ¿Saben ustedes cuántos contratos de trabajo se han registrado en las oficinas públicas de empleo en España en los últimos doce años, desde el 2000 al 2012? Pues una cifra que se mueve entre lo escandaloso y lo absurdo: más de 170 millones de contratos de trabajo. No, no es un error. En un país que tiene de media en la década 15 millones de asalariados, se han firmado 170 millones de contratos. Y eso tiene un nombre: precariedad laboral, rotación, inestabilidad en el empleo. Un modelo tan precario de relación laboral que las empresas se deshacen de sus plantillas casi de forma preventiva, por si las cosas van mal.

Y si eso ya era así en 2009 y 2010, es fácil suponer lo que está sucediendo ahora en el mercado de trabajo tras las dos reformas laborales impuestas en 2010 y 2012. Porque la crisis ha sido la gran excusa para imponer un plan de ajuste durísimo que está desmantelando el ya débil estado del bienestar que teníamos, precarizando más y más las relaciones laborales, deteriorando gravemente las condiciones de trabajo y de vida de la inmensa mayoría social.

La crisis se convierte en estafa cuando, a partir de mayo de 2010, la derecha europea, a las órdenes del capital financiero y con la complicidad de partidos que formalmente se reclaman de la izquierda, impone su plan de ajuste no solo a la economía, sino a toda la sociedad española.

Seis millones de parados es un enorme ejército industrial de reserva que se utiliza como un ariete terrible para atacar la resistencia de la clase trabajadora. Porque sí hay resistencia, y mucha. La clase trabajadora, la mayoría social, la ciudadanía, no se han resignado en ningún momento. El 15-M, las manifestaciones masivas, las tres huelgas generales preparadas por las organizaciones sindicales desde el 2010, las mareas ciudadanas para defender la sanidad y la educación públicas son ejemplos evidentes del potente movimiento de rechazo y resistencia ante los recortes.

Y a esa tarea, a organizar la resistencia, tiene que dedicar una parte de su esfuerzo la izquierda, en especial la izquierda social de la que nosotros formamos parte.

Pero, obviamente, esto no es suficiente. Hay que resistir, sí, pero hay que construir una alternativa. No podemos resignarnos a una estrategia de minimización de los daños. Eso es imprescindible, por supuesto, pero hay que ir más allá.

Tenemos que edificar, entre todos, una alternativa real, creíble, que consiga el apoyo de la mayoría social, que le dispute el poder a la derecha, que se movilice en las empresas y en la calle pero que también lo haga en las urnas. Hay tarea para todo el mundo.

Y hay citas inmediatas, que son una oportunidad real para empezar a ganar esta batalla. La primera, las elecciones europeas. En todos los países de la Unión, pero sobre todo en los países agredidos por la Troika, se tiene que levantar, más poderosa que nunca, la voz de la clase trabajadora y enviar un mensaje alto y claro de su rechazo a un modelo y a unas políticas que buscan el deterioro de sus condiciones de vida y de trabajo.

No es economía, es lucha de clases y, parafraseando al multimillonario norteamericano Warren Buffett, es cierto que por ahora estamos perdiendo, pero el partido aún no ha terminado.

* Secretario confederal de Acción Sindical de Comisiones Obreras, el sindicato mayoritario del Reino de España. Este texto es la síntesis de la intervención que Górriz tenía previsto desarrollar en la Fiesta del PCE del pasado sábado y a la que un asunto familiar grave le impidió asistir. Fuente: www.sinpermiso.info 29 de septiembre de 2013.