La Habana (PL).- Británico hoy, español ayer y estratégico siempre, el Peñón de Gibraltar revive cada día la vieja historia de una manzana que sembró la eterna discordia entre quienes ambicionan llevarse consigo el poder. Aún con su notable pequeñez que no excede los 6,8 kilómetros cuadrados, este enclave a las puertas del mar Mediterráneo ha sido por siglos origen de disputas entre dos naciones que, cada una en su momento y dentro de su radio de acción, ha removido cielo y tierra para no perder la condición de imperio colonial.

El verano de 2013 ha sido testigo de un nuevo capítulo de la saga Londres contra Madrid, y viceversa, con excusas esta vez referidas a bloques de hormigón, arrecifes artificiales y controles fronterizos. En esencia, por parte de Londres es la resistencia para conservar el control de un territorio que demostró ser clave en diferentes momentos de la historia mundial, opina la profesora María del Carmen Alba, especialista en temas históricos de la Universidad de la Habana.

Por parte de España, declaró a Prensa Latina, se trata de una maniobra para desviar la atención pública de los escándalos de corrupción que vive hoy el gobierno de Mariano Rajoy, así como de los movimientos sociales y de protesta actualmente en efervescencia.

Ciertamente, fue España quien inició en esta ocasión las diputas, cuando protestó por el lanzamiento al mar por parte del gobierno gibraltareño de varias decenas de bloques de concreto dirigidos a la construcción de un arrecife artificial. Bajo el argumento de que ello afecta a los pescadores de la región en su trabajo, el Ejecutivo español introdujo, como respuesta, medidas de reforzamiento a los controles fronterizos y amenazó con imponer en ellos un impuesto ascendente a 50 euros.

La acción suscitó de inmediato una reacción británica, quienes se quejaron de que la intensidad de las pesquisas está provocando filas interminables de vehículos en la zona limítrofe. Ni Rajoy ni el primer ministro David Cameron se quedaron atrás, y ambos personalmente se comunicaron por teléfono con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, para transmitirle sus insatisfacciones.

Mientras comisiones habilitadas por ese órgano de la Unión Europea investigan por separado las protestas, las partes continúan en sus posiciones: España trata de revivir el debate en torno la soberanía sobre Gibraltar, y Londres estrecha lazos con el llamado Territorio Británico de Ultramar. Precisamente, con ese objetivo viajó al Reino Unido en la última semana de agosto el ministro principal del Peñón, Fabian Picardo, cuya estancia se prolongó por cuatro días en los que se reunió con altos funcionarios de Downing Street, incluido el propio jefe de Gobierno.

Cameron le aseguró a Picardo que la nación británica defenderá siempre los intereses de la población de Gibraltar, cuyas cuestiones “importan profundamente a Londres”. Pero, ¿cuál es la importancia de este territorio de apenas poco más de 29 mil habitantes? Alba explica que la cuestión radica en su posición geográfica, pues el Peñón se ubica en el extremo meridional de la península ibérica y domina un estrecho, también llamado de Gibraltar, una vía de comunicación entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico.

Estamos ante un enclave estratégico, continúa la especialista, por el que transitan principales rutas de comunicación por mar entre Europa, Africa, Asia y América, de ahí que su Puerto de Algeciras se encuentre entre los más importantes y de mayor tráfico. “En consecuencia, controlar Gibraltar trae múltiples beneficios en esferas como la comercial, la militar, entre otras, y son ganancias que, por supuesto, interesan tanto a españoles como a ingleses”, estimó.

De cómo Gibraltar se hizo española y después británica

Si es Gibraltar un territorio tan codiciado, ¿cómo España la dejó escapar de sus manos luego de haberlo conquistado en el siglo XIII? La cuestión se remonta a unos 300 años atrás. Durante la guerra de Sucesión española, tropas inglesas y holandesas ocuparon el Peñón y a sus contrincantes hispanofranceses les fue imposible recuperarlo, pese a haberlo intentado mediante las armas.

Las hostilidades se solucionaron cuando Londres aceptó a Felipe como Rey de España, a cambio de que le fuera cedido formalmente el territorio gibraltareño, lo cual se concretó mediante el Tratado de Utrecht, que en 1713 también puso fin a la guerra. El pacto indicó que Madrid cedía a los ingleses “la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Solo se hacía una salvedad: en caso de que la Corona británica abandonara, se deshiciera o vendiera la propiedad sobre el terreno en cuestión, España sería la primera en tener derechos sobre ella. Luego de Utrecht, la historia política de la ciudad de Gibraltar durante los años siguientes gira en torno a un forcejeo diplomático entre las cortes españolas e inglesas, apuntó el profesor José Antonio Calderón, especialista de la Universidad de Sevilla.

Las diputas también incluyeron acciones militares, pues se reportan asedios armados por parte de tropas españoles en varias ocasiones: unos meses después de la cesión, en 1727, y el llamado Gran Asedio de 1779-1783; todos los intentos fueron fallidos. Después, el siglo XX es señalado por los expertos como una etapa de tranquilidad relativa en las tensiones hispano-gibraltareñas, aunque la convivencia no estuvo exenta de dificultades.

Aparecen como puntos problemáticos la definición de límites fronterizos, el comercio de contrabando entre los dos territorios, y el hecho de que el Peñón se convirtiera en receptor de oleadas de refugiados políticos que huían de España. En esta centuria Gibraltar consolidó su condición de enclave estratégico entre el Mediterráneo y el Atlántico, sobre todo, a partir de la apertura del canal de Suez en 1869, lo que influirá en nuevos episodios de disputas que se registrarían en el venidero siglo XX.

Tras más de 200 años de disputas bilaterales entre Reino Unido y España por la soberanía sobre el Peñón de Gibraltar, el siglo XX introdujo un cambio significativo en su devenir, pues implicó la internacionalización del conflicto. Antes de llegar a ese punto, resulta pertinente anotar que las guerras mundiales, principalmente la Segunda y luego el contexto de la guerra fría, constituyeron una oportunidad determinante para evidenciar la utilidad de la posesión del territorio peninsular, coinciden expertos.

Hacia mediados de la centuria, en plena etapa franquista, Madrid dio a la disputa un carácter internacional, y para ello la presentó formalmente en 1956 ante la entonces joven Organización de Naciones Unidas (ONU), explicó el historiador español Florentino Portero.

En este sentido, el gobierno de Francisco Franco exigió en la ONU la devolución del territorio de Gibraltar, y ofreció a cambio reconocerle a los británicos el derecho de disfrute de la base militar allí emplazada. La cuestión se convirtió entonces en uno de los ítems de trabajo del Comité de Descolonización -y lo sigue siendo hasta nuestros días-, el cual comenzó a analizarlo en 1963 pese a los esfuerzos británicos por bloquear el proceso, agregó Portero.

Entre la integridad territorial y la autodeterminación

En 1964, el Comité de Descolonización emitió su primera resolución sobre la cuestión gibraltareña, la número 1514, en cuyo texto se pide a las partes dialogar de inmediato. La posición reacia de Londres provocó el fracaso de la iniciativa de Naciones Unidas, órgano que posteriormente emitió dos resoluciones más, todas con igual suerte.

De acuerdo con Portero, el fiasco de la gestión se debe, en cierta medida, a que las indicaciones de la ONU contienen una contradicción entre la integridad territorial y el derecho a la autodeterminación. En principio, las resoluciones llaman a respetar el principio de la integridad territorial, lo cual favorecería a Madrid, puesto que Gibraltar se sitúa dentro de península ibérica: tan cerca de España como tan lejos del Reino Unido.

Sin embargo, más adelante insta también a tener en cuenta los intereses de los gibraltareños y su derecho a la autodeterminación, y es aquí donde se complica la cosa. Para 1967, Londres convocó a un referendo dirigido a que los habitantes del Peñón realizaran por sí solos una elección. Resultados: 12.138 ciudadanos prefirieron continuar siendo británicos, 44 se decantaron por España y 55 fueron votos anulados.

Para continuar inclinando la balanza a su favor, el Reino Unido decidió en el mismo año otorgar poderes autónomos al gobierno gibraltareño, un proceso en el que sobresalió la publicación de la primera Constitución de ese territorio. En la Carta Magna, se reflejó un cambio de estatus del Peñón, el cual dejó de ser colonia para convertirse en Territorio Británico de Ultramar.

Años después de la caída del franquismo en 1975, las hostilidades poco a poco se fueron distendiendo, principalmente con la reanudación de las comunicaciones terrestres entre los dos territorios, las cuales habían sido totalmente interrumpidas en la década de 1960. De cualquier forma, Madrid continuó sus sistemáticos intentos por recuperar la tierra perdida casi 300 años atrás, con la celebración de diálogos en varias ocasiones que terminaron en la presentación en 2001 de una propuesta de co-soberanía.

Un año después se celebró un referendo que interrogó a los gibraltareños sobre su conformidad con una soberanía compartida entre británicos y españoles, y el resultado fue nuevamente abrumador: casi el 99 por ciento de la población rechazó la iniciativa. Previamente, en el 2000 los parlamentarios del Peñón habían aprobado una declaración llamada “de unidad”: La población de Gibraltar jamás verá comprometido su derecho de soberanía ni de autodeterminación, aseguró el documento, y agregó que pese a buscar establecer buenas relaciones a nivel europeo con España, no aceptan sus exigencias a los británicos para recuperar el territorio.

En un artículo sobre los ciudadanos del Peñón, el escritor Tito Benady destacó el profundo rechazo hacia los hispanos por parte de los gibraltareños, una sociedad, por cierto, con una base muy variada compuesta, principalmente, de ingleses, españoles, genoveses y judíos. “La desconfianza y resentimiento del gibralatereño medio es fuerte, y si no se hace nada por contrarrestarla, la hostilidad contra España durará mucho tiempo”, opinó Benady.

Aunque en reiteradas ocasiones ha quedado evidenciada la negativa del Peñón de convertirse en territorio español, este gobierno no ha desistido de su porfía, en tanto los británicos tampoco ceden un milímetro en sus posiciones. Sobre el fenómeno, la especialista en temas históricos en la Universidad de la Habana María del Carmen Alba declaró a Prensa Latina que se trata de la continuidad en pleno siglo XXI de la actitud colonialista asumida centurias atrás por las potencias europeas, pese a los cambios operados en las tácticas coloniales.

“Se trata de una extensión hasta nuestros días de las aspiraciones imperiales de los dos, tanto Londres como Madrid, quienes luchan por poseer y controlar un enclave sin dudas estratégico”, apuntó.

* Periodista de la Redacción Europa de Prensa Latina.