(Hora 25).- El control del petróleo ha sido fundamental para el dominio y la hegemonía de los países. En este contexto a lo largo del siglo XX las naciones productoras de petróleo se enfrentaron a los países imperiales por el control de las fuentes energéticas y la renta petrolera a través de la nacionalización de sus recursos. En el siglo XXI la invasión a Irak por los Estados Unidos volvió a mostrar la importancia de la energía para la hegemonía mundial. Esta disputa entre países productores y el poder transnacional se visibiliza hoy con fuerza y dramatismo en Irak, Siria, Irán y en el intento del gobierno de Enrique peña Nieto de privatizar PEMEX en México. Bolivia, por supuesto (ver próximo número de Hora 25), no es ajena a esta problemática.

“Así es, efectivamente: el poder es más importante que la riqueza; pero ¿por qué? Porque la potencia de la nación es una fuerza que le permite alumbrar nuevos manantiales productivos; porque las energías productivas son el árbol en el que crecen las riquezas; porque el árbol que produce frutos es más valioso que el fruto mismo. El poder es más importante que la riqueza, porque una nación, por medio del poder, no sólo obtiene nuevas fuentes de producción, sino que defiende también la posesión de las riquezas de que antes disponía y porque lo contrario del poder, la impotencia, hace que todo cuanto poseemos, no sólo la riqueza sino también nuestras energías productivas, nuestra cultura, nuestra libertad, e incluso nuestra independencia como nación, caigan en manos de aquellos que nos aventajan en potencialidad; afirmación que puede comprobarse ampliamente recordando la historia de las repúblicas italianas, de la liga hanseática, de los belgas, de los holandeses, de los españoles y de los portugueses”.(Friedrich List)

Le corresponde a List la contundente frase de que no existe un mal mayor para una nación que “las arcas del tesoro vacías, la impotencia nacional, la servidumbre y la muerte de la nación”.

Dice Friedrich List que una nación retrasada debe tensionar primero todas sus fuerzas para llegar a competir después con las naciones adelantadas y proteger sus intereses comunes. Friedrich List considera que el poder nacional es más importante que la riqueza, “porque una nación, por medio del poder, no sólo obtiene nuevas fuentes de producción, sino que defiende también la posesión de las riquezas de que antes disponía y porque lo contrario del poder, la impotencia, hace que todo cuanto poseemos, no sólo la riqueza sino también nuestras energías productivas, nuestra cultura, nuestra libertad, e incluso nuestra independencia como nación, caigan en manos de aquellos que nos aventajan en potencialidad”.

Este fue el principio con el que las naciones productoras de petróleo se enfrentaron a los países imperiales por el control de las fuentes energéticas y la renta petrolera. Las naciones procedieron a la nacionalización cuando tuvieron el suficiente poder político para imponer esta medida.

En el siglo XX, países de América Latina, África, Asia y Oriente Medio a través de una lucha de poder reemplazaron las actividades de las compañías petroleras extranjeras con la creación de compañías petroleras nacionales bajo la perspectiva de afirmar su independencia económica y política, controlando estatalmente este recurso.

Cabe decir que los países imperiales y sus empresas utilizaron todos los medios a su alcance: la guerra, la intervención, los conflictos internos, el bloqueo, y la negociación para mantener su control sobre las fuentes energética para afincar su hegemonía.

El poder del petróleo en el siglo XX

Como se ha dicho, el control del petróleo ha sido fundamental para el dominio y la hegemonía de los países capitalistas. Desde principios del siglo XX, el petróleo fue considerado igual a poder.

La Primera Guerra Mundial demostró su importancia para el desarrollo y estrategia de las naciones por la supremacía mundial. Aún más, en la Segunda Guerra, el fracaso y derrota de los alemanes debido a su vulnerabilidad económica, su incapacidad para hacer frente al bloqueo naval de los aliados y su carencia de materias primas como el petróleo, hizo que este recurso sea considerado un factor determinante de la política internacional (Daniel Yergin: La historia del petróleo: 1992). La ecuación petróleo igual a poder, lo convirtió en las siguientes décadas en el centro de la disputa entre las naciones capitalistas y contra los países productores.

Sergio Almaraz en su monumental obra “Petróleo en Bolivia” (1958) sostiene, por ejemplo, que después de la Primera Guerra se desató una furiosa disputa por el dominio de los yacimientos y los mercados que fue sembrando conflictos internacionales, intrigas y choques sangrientos por el poder del petróleo. “Estallaron guerras civiles en varios países; Estados Unidos procedió a la intervención armada en México, precipitaron la guerra entre Grecia y Turquía; con sus intrigas convirtieron en un polvorín a la Europa Oriental y los Balcanes; empujaron a Bolivia y al Paraguay a la guerra. Los ingleses invadieron Persia, intrigaron en el Medio Oriente y atizaron la guerra civil entre los árabes. Este es el período más sangriento de la historia del petróleo” (Almaraz: 1958).

En 1943, para Estados Unidos que era la nueva potencia dominante como resultado del desplome del imperialismo inglés, el petróleo era el artículo estratégico crítico para la guerra y esencial para el poder nacional y el predominio entre las naciones. Para los planeadores del desarrollo norteamericano: “Si había un único recurso que estuviera dando forma a la estrategia militar de las potencias, ese era el petróleo. Si había un simple recurso que podía derrotarlos, también era el petróleo… ¿Qué significaría una escasez generalizada y duradera para la seguridad de Norteamérica y para su futuro?” (Almaraz: 1958).

Estaba claro que Estados Unidos estaba destinado a ser un importador neto de petróleo, es decir ‘una transformación de dimensiones históricas y que entrañaba unas implicaciones de seguridad potencialmente graves‘.

Esta preocupación daría el marco para la elaboración de la doctrina norteamericana de la conservación de sus recursos energéticos que consistía en agotar los recursos de los demás países para preservar sus propias fuentes energéticas para su futuro desarrollo. Por tanto, el objetivo central del gobierno de Estados Unidos será controlar y explotar reservas petrolíferas ‘extraterritoriales‘, con el objeto de reducir el consumo de sus suministros nacionales, conservarlos para el futuro y, de este modo, garantizar la seguridad energética norteamericana.

Marcelo Quiroga Santa Cruz (Oleocracia o Patria: 1982) sostiene que este hecho sustentará una política imperialista agresiva y militar contra los países productores para preservar y luego agotar el petróleo de amplias zonas del mundo. En esta perspectiva, tanto el Oriente Medio como América Latina, por sus grandes reservas petrolíferas a partir de la década de los años 40, fueron consideradas estratégicas para el poder de las naciones capitalistas, especialmente EE.UU. y sus perspectivas de hegemonía mundial.

La Guerra Fría (1945-1989) consolidó al petróleo como cuestión de seguridad nacional para Norteamérica y Europa Occidental frente al poder soviético. Tanto Estados Unidos como los países europeos, lucharon por proteger el acceso a ese petróleo. El petróleo se convirtió en ‘el punto en el que convergían la política exterior, las consideraciones económicas internacionales, la seguridad nacional y los intereses empresariales. Dice Yergin: “El expansionismo soviético —tal como era y tal como podía llegar a ser— hizo que el Oriente Medio ocupara el centro de la escena. Para Estados Unidos, los recursos petrolíferos de la región constituían un interés no menos vital que la independencia de Europa Occidental; y los campos petrolíferos de Oriente Medio tenían que conservarse y protegerse en el lado occidental del Telón de Acero para asegurar la supervivencia económica de todo el mundo occidental. Los planificadores militares tenían considerables dudas de si los campos petrolíferos se podrían defender en una prolongada ‘guerra caliente‘, por lo que pensaron tanto en la manera de destruirlos como en la de defenderlos. Pero, en la Guerra Fría, este petróleo sería de gran valor y se debería hacer todo lo posible por evitar su pérdida”.

En este marco debe entenderse el golpe de estado orquestado por la CIA contra la primera nacionalización del petróleo en Irán el año 1953 y la profunda hostilidad estadounidense respecto a la segunda nacionalización del petróleo por el Ayatollah Jomeini en 1979. Cabe decir que la nacionalización mexicana del año 1938 de la mano de Lázaro Cárdenas, la lucha por el 50/50 en Venezuela y los procesos de nacionalización del petróleo en masa en la década de los 70, Arabia Saudita, Libia, Irak, Argelia, fueron la respuesta de los países productores a esta disputa por las fuentes energéticas en el mundo.

En el siglo XXI la invasión a Irak por los Estados Unidos volvió a mostrar la importancia de la energía para la hegemonía mundial. La condición de extrema dependencia y creciente dependencia energética exterior de Estados Unidos, agravada por la nacionalización en los años 70, convirtió a la Guerra en el principal instrumento de la política exterior norteamericana para intentar controlar nuevamente las principales fuentes energéticas del mundo.

Hoy, esta disputa entre países productores y el poder transnacional, se visibiliza con fuerza y dramatismo en Irak, Siria, Irán y en el intento del gobierno de Enrique peña Nieto de privatizar PEMEX en México, la empresa creada en el marco de la nacionalización hecha por Lázaro Cárdenas el año 1938.

En definitiva, para los países capitalistas y desarrollados, controlar las fuentes energéticas no solamente es y ha sido vital para su economía y capacidad de desarrollo, sino también un elemento crucial y esencial en su estrategia nacional, militar y política por la supremacía en el mundo. En este marco, los países productores de petróleo, por medio de luchas de poder, nacionalizaron su industria petrolera como condición de desarrollo.

* Director del mensuario Hora 25.