Hace algunos miles de años unos depredadores formidables capaces de arrasar con cuanto ser vivo se atravesara en su camino, los Homo sapiens, se expandieron desde África por todo el planeta, comiéndose, de paso, a parte de la megafauna del Pleistoceno. Una vez con la barriga llena dirigieron sus miradas sobre algunos “atractivos” atributos animales y vegetales, pues las necesidades sociales y culturales que emanaban de sus crecientes cerebros le exigían símbolos sobre los cuales levantar mundos mágicos.

Así, cuernos, pieles, plumas y dientes empezaron a cambiar de “dueños”, mientras los “donantes” perdían de paso sus vidas, proceso al cual se sumó la extracción de fármacos naturales, algunos verdaderamente efectivos. Otros… no tanto.

Entre las medicinas que desde tiempos inmemoriales se emplean en ciertas regiones de mundo, hay una que no tiene efecto alguno sobre la salud humana: el cuerno de rinoceronte. Sus supuestas propiedades son sólo fruto del establecimiento de erróneas asociaciones en eventos causa-efecto.

Algunas de esas ancestrales convicciones han perdurado. Por ejemplo, en zonas de Asia se piensa que preparados a partir de cuernos de rinocerontes son capaces de curar el cáncer, eliminar la impotencia sexual, bajar la fiebre, “limpiar” el cuerpo de drogas o alcohol. Incluso no falta quien asegura que así se puede tratar la epilepsia, hipertensión, hepatitis… Nada de eso es real.

No obstante, el gran problema es que, aunque esos mejunjes no hacen nada de nada sobre la salud humana, su sola existencia sí tiene un letal efecto secundario sobre los rinocerontes, y, consecuentemente, sobre ecosistemas enteros. A saber, su desaparición por la caza furtiva para alimentar un extenso y bien organizado tráfico ilegal internacional, con puntos de origen en algunos de los cuatro países (Sudáfrica, Kenya, Namibia y Zimbabwe) donde se concentra hasta el 98% de los rinocerontes africanos en libertad.

Como consecuencia de la creciente demanda, al cierre del 2012 un kilogramo de cuerno de rinoceronte se valoraba en el mercado asiático subterráneo en hasta 65 mil dólares. Como comparación, el kilo de oro vale “sólo” 50 mil. Por increíble que parezca, lo que realmente hacen los compradores es pagar sumas exorbitantes por un poco de keratina, pues los cuernos de rinos están hechos con ese material, el mismo que compone el pelo, uñas (garras), plumas o pezuñas de muchos vertebrados.

Las absurdas ganancias de ese comercio han provocado que áreas silvestres y parques nacionales africanos se vean literalmente invadidos por cazadores furtivos equipados con armas automáticas, equipos de visión nocturna y sistemas de posicionamiento por satélite (GPS), quienes no vacilan en disparar a cuanto animal o ser humano se interponga en sus ambiciones de lucro.

De esa manera, en Sudáfrica, entre 2007 y 2011 la caza furtiva de rinocerontes se incrementó en más de un tres mil por ciento, llegando a los 668 ejemplares muertos por esa causa en 2012. Actualmente, cada día dos rinocerontes son muertos por la codicia y la ignorancia humanas, y si la caza furtiva sigue al mismo ritmo, para el 2025 no quedará uno sólo de esos animales con vida fuera de los zoológicos.

Además, con la desaparición de esos icónicos mamíferos se dañan sus ecosistemas, se afecta la economía de las comunidades locales -que de otra forma pudieran recibir ingresos del turismo de naturaleza- y también los guardias de parques nacionales y reservas privadas, quienes, de hecho, resultan heridos y hasta muertos en los enfrentamientos con los cazadores ilegales.

Pero ahí no se detiene la locura, pues en su desenfreno los comerciantes ilegales de cuernos de rinocerontes han comenzado a robar… a los animales muertos que, disecados como herencia de las cacerías de hace más de 100 años, se exponen en algunas salas de Europa. En los primeros ocho meses de 2011 ladrones asaltaron varios museos, una casa de subastas, una exhibición en un zoológico, y un castillo checo.

Sin dudas, la lucha contra el comercio ilegal de cuernos de rinoceronte tiene varios frentes que deberían ser atacados simultáneamente. Un primer paso que algunos países están dando es aumentar el número de guardaparques armados y dotarlo de tecnologías al menos similares a las que usan los cazadores furtivos. Según Jones Masonde, ecologista de la Africa Wildlife Foundation, en teoría una reserva debería tener una proporción de 1:1 entre guardias y rinos, como vía para “emparejar el juego”.

Por supuesto, para ello hacen falta recursos y voluntad política, algo que Sudáfrica entiende bien según las cifras disponibles: Pretoria ha destinado unos 57 millones de dólares anuales desde 2008 a combatir la caza de rinocerontes y tráfico ilegal de sus cuernos, recursos que benefician además a elefantes y otras especies salvajes. Por otra parte, Kenya incrementó en 2011 en más de un 25% su número de guardaparques.

Otra línea de acción debe dirigirse a reforzar las leyes nacionales e internacionales, combatiendo las bandas de cazadores y comerciantes como crimen organizado, incrementar la educación ambiental, y reforzar la cooperación entre las naciones donde aun viven rinos en libertad y los principales estados consumidores.

Mientras tanto varios países aplican medidas paliativas que no van a la raíz del asunto, pero pudieran alejar la amenaza de extinción de esa especie. Siguiendo criterios científicos se ha logrado salvar la vida a rinocerontes haciéndolos menos atractivos para los cazadores mediante el corte controlado de su cuerno.

Llevando ese razonamiento a una perspectiva comercial ya hay algunas voces que claman por la explotación controlada de esos apéndices. Según el granjero surafricano John Hume, si obtenemos la lana de las ovejas, ¿por qué no el cuerno de los rinocerontes?

“Si se corta el cuerno a unos 80 milímetros por encima de la base, explica, le volverá a crecer en dos años. Eso significa un suministro interminable si somos lo suficientemente listos como para mantener a los animales vivos”. Sin embargo, esa última aproximación presenta aspectos éticos interesantes.

Por ejemplo, ¿por qué ver como algo aborrecible el deseo de un enfermo asiático de ingerir polvo de cuerno para medicina, si al mismo tiempo es legal -y hasta bien visto- matar los rinocerontes para colgar la cabeza disecada en la sala de una casa?

También es razonable preguntarse si la explotación sostenible de los cuernos como fuente de falsas medicinas naturales puede soslayar el aspecto moral (¿o inmoral?) de levantar una empresa sobre deshonestas promesas de sanación, apoyadas en la ignorancia y la esperanza de los necesitados.

Matanzas y otros peligros para la biodiversidad

En sólo seis semanas los cazadores furtivos masacraron a 200 elefantes en el norte de Camerún, en una de las matanzas más sangrientas de los últimos años para apoderarse de sus colmillos. Este es uno de los episodios característicos de cómo las ansias de lucro y un mercado sediento de ganancias rápidas constituyen hoy por hoy una seria amenaza a la supervivencia de las especies que habitan el planeta.

En los países del centro de África, donde hace sólo 30 o 40 años existía una apreciable población de paquidermos, los cazadores clandestinos diezman sin cesar a estos magníficos ejemplares, los mayores de la fauna terrestre. Gambo Haman, gobernador de la provincia septentrional camerunesa, denunció que cazadores procedentes de Sudán y Chad acabaron con los elefantes en el Parque Nacional de Bouba Ndjida, dejando atrás sólo un reguero de osamentas.

Esta masacre es tan masiva que no tiene comparación con años precedentes, dijo un grupo dedicado a la protección de especies en peligro. Según cálculos, de 300 mil elefantes contabilizados en territorio de Chad en 1970, hoy no llegan a 10 mil y ese número se reduce constantemente. En general en toda África se estimaba en esa época una población de 1,2 millones de ejemplares, la cual es de sólo 450 mil actualmente, por lo cual se los considera como una especie vulnerable. En Asia, en tanto, sólo quedan ya unos 40 mil, y están catalogados como una especie en peligro.

Lo ocurrido en Camerún es sólo uno de los episodios más recientes que ejemplifican como la caza y la pesca furtivas constituyen hoy algunas de las más serias amenazas a la biodiversidad en la Tierra. Otros de los peligros para las especies son el cambio climático, el efecto invernadero provocado por las emisiones de gases contaminantes, y la destrucción de los hábitats naturales por la propia expansión de la población mundial.

En la historia del planeta han existido varias extinciones masivas, como la ocurrida hace 248 millones de años, cuando desaparecieron el 80% de las especies, o la que barrió con los dinosaurios hace 65 millones de años. Pero los científicos estiman que ahora estamos viviendo una extinción masiva sin paralelo, provocada por la propia presencia del hombre y su destructiva forma de actuar. A este período le han dado el nombre de holoceno.

Elefantes, rinocerontes, ballenas, delfines, tigres, leones y miles de especies animales y vegetales se ven amenazadas hoy como nunca antes, buscadas por las más diversas razones para comerciar con ellas. En 2007 el Ministerio alemán del Medio Ambiente estimó que de seguir así las cosas, el 30% de todas las especies podrían estar extintas hacia el año 2050, y que la octava parte de las plantas conocidas también desaparecerá.

Aunque parezca criminal es probable que en un momento dado habrá un mundo sin elefantes, rinocerontes o chimpancés, y esto lo sabemos porque en el pasado ya desaparecieron multitud de animales exterminados por el hombre. Especies tales como el mamut, los mastodontes, el león americano, el búfalo gigante africano, el dodo de isla Mauricio (una gran ave no voladora), el elefante enano, el león de El Cabo, el rinoceronte lanudo… todos dejaron de existir durante los últimos 12 mil años.

La víctima más reciente es el leopardo de Zanzíbar, que acaba de ser declarado oficialmente extinto. Desde el año 1500 hasta el 2009 se han documentado la desaparición de 875 especies, pero ese conteo se refiere sólo a las de gran tamaño. Contando todos los organismos vivos existentes dentro de la biosfera del planeta, incluyendo los de menores dimensiones, se estima que cada año se produce la extinción de 140 mil especies.

En la actualidad se conoce el papel desempeñado en las extinciones de los últimos milenios por los cambios abruptos en el clima. Los científicos ya han documentado el daño que causado en los ecosistemas por el calentamiento global y cómo muchas especies están migrando hacia latitudes más altas buscando temperaturas menos cálidas.

Hacia el año 2100 habrá en la atmósfera los mayores niveles de dióxido de carbono (CO2) en 650 mil años, por lo que se espera que el mundo experimente temperaturas medias superiores a las de los últimos 740 mil años. Incendios, sequías, tormentas, degradación ambiental, plagas y otros fenómenos serán algunos de los nuevos peligros con los que tendrán que lidiar las especies con las que compartimos este planeta, además del hombre mismo.

* Periodistas de Prensa Latina.