Es cada vez más insistente el debate sobre el rumbo que está tomando el llamado “proceso de cambio” en Bolivia. Sólo las mentes más obsecuentes –inoculadas de un triunfalismo obtuso y oportunista- pueden creer que lo que vivimos en Bolivia sea un proceso revolucionario. García Linera, el más fanático defensor de esta tesis, la clama enhebrando un discurso que raya en la histeria política; ataca a los indígenas del TIPNIS como “agentes del imperialismo” porque se oponen a los planes imperialistas de imponer una carretera por sus territorios ancestrales, tilda a los trotskistas de “agentes de la derecha” por dirigir una lucha por mejores jubilaciones para la clase trabajadora.

La característica de la demencia política es que es cuidadosamente medida, aunque no necesariamente cien por cien efectiva. Salvando distancias, se parece a aquella que padeció el estalinismo en la ex – URSS, cuya expresión fueron las purgas en los años 30, apuntadas sobre todo en contra de la vanguardia revolucionaria del bolchevismo. El irracionalismo político, lo fue para el estalinismo ayer y lo es para el MAS ahora, es también expresión de contradicciones reales agitándose en el proceso político, las cuales condicionan a los dirigentes oficialistas a tomar actitudes cada vez más defensivas y conservadoras contra la movilización popular.

La bestia herida arroja sus zarpas con más violencia y fiereza que antes. Es que el mal que sufre el proclamado “proceso de cambio” es un mal congénito; su desgarro más visible es bien común para cualquier hombre de la calle: el abismo entre discurso y realidad. Abismo cada vez más visible y que últimamente ha cobrado rasgos patéticos, por ejemplo, la hipocresía oficial de montar “cumbres anti-imperialistas” internamente y correr a darse abrazos con los poderosos agresores casi inmediatamente después.

Entablar un análisis serio y profundo de la actual situación política, y por ende de sus derroteros, exige el esfuerzo de develar causas. ¿Cuáles son las razones para que el “gobierno indígena y popular” sea cada vez más anti-indígena y anti-popular?

La función de la crítica revolucionaria

Desde su aparición como movimiento, el MAS es el resultado de procesos políticos pero también de interpretaciones de ellos. Aquí subrayaremos nuestra disputa con las interpretaciones teóricas. Sin ser una simple extensión de ésta, la discusión con las corrientes teóricas que sustentan al fenómeno político del MAS es, a su modo, continuación de un debate de carácter internacional. Por ello, al indagar sobre las fuentes teóricas que alimentan el relato masista nos encontramos rápidamente con teorías poscoloniales, posoccidentales, posestructuralistas y posmarxistas, todas ellas interseccionadas con el posmodernismo como corriente cultural y como actitud cognitiva. Y si bien todas son, a su modo, el reflejo de cambios materiales acaecidos en la sociedad capitalista (sobre todo aquellos cambios situados dentro del concepto de “capitalismo global”), comparten la característica común de poseer poca capacidad de situarse críticamente dentro de estos cambios.

En otros términos, no se puede afirmar alegremente que todas estas teorías sean un mero esfuerzo crítico para dar cuenta de las transformaciones contemporáneas de la modernidad ya que una de sus particularidades fundantes es también su adaptación a ella ¿porqué, sino, han renegado definitivamente de la estrategia comunista de un marxismo al cual dicen deberle ciertas herramientas teóricas? Al situarse dentro el ámbito de la izquierda en el abanico intelectual académico, ninguna de las corrientes teóricas mencionadas se anima a darle certificado de defunción a la teoría marxista como tal. Pero paradójicamente, sí entierran sus conceptos fundamentales: proletariado, lucha de clases y revolución socialista, han sido, sin excepción, vedados del contenido esencial de su discurso.

En este punto, estamos tentados a comparar estas corrientes con la típica actitud reformista de vetar la estrategia revolucionaria en base a análisis de supuestos cambios sustanciales ocurridos en la sociedad capitalista, los cuales, el propio Marx, dicen, “no pudo prever”. Sobre ello tuvieron que debatir Lenin, Luxemburgo y Trotsky con la socialdemocracia. Así, ahora, plantean que las estructuras globales son de una pluralidad tal que prácticamente se han vuelto inaprehensibles para una sola teoría, de tal manera que el marxismo se mostraría como absolutamente insuficiente.

Aquí hay un eje axial del debate: ¿De dónde proviene el abandono, por parte de los intelectuales “pos”, de la perspectiva de transformación socialista de la sociedad? Por cierto no de los rigores de la teoría. Provienen de un proceso histórico transcurrido durante el siglo XX, uno de cuyos períodos de quiebre es la década de finales de los sesenta. Ahí se dieron procesos revolucionarios en ascenso y también se sucedieron derrotas. En efecto, el posestructuralismo no es tanto una epistemología dispuesta a ofrecer miradas renovadoras para la transformación social como un repliegue del carácter subversivo de la teoría. No por nada surgió después de la desviación del proceso pre-revolucionario de mayo de 1968.

Los estudios poscoloniales, por su lado, son uno de los efectos teóricos resultantes del fiasco en el que terminaron los movimientos nacionalistas de contenido burgués en su intento de efectivizar la liberación nacional dentro de los moldes capitalistas. De la misma manera, los teóricos posmarxistas pudieron blandir su consigna de “democracia plural y radical” sólo posteriormente a que la reacción neoliberal a nivel internacional asestara duros golpes a la clase obrera; situación que indujo a la nueva izquierda a pensar en “otros” actores sociales y a desahuciar al proletariado como clase revolucionaria. Por último, no hay que perder de vista que una de las mutaciones importantes en el ámbito ideológico fue la de establecer, a partir de la derrota del “socialismo real”, al capitalismo como única forma de organización societal posible.

En Bolivia, una izquierda académica indigestada de todas estas teorías, y muy especialmente de su epistemología “radical” que resulta en una política conservadora, salió al frente con nuevas lecturas cuyo común denominador era desahuciar como objetivo la revolución socialista, alejándose con ello de lo mejor de la tradición del movimiento obrero y popular en el país. Si bien para estos señores se puede usar “instrumentalmente” al marxismo, uno se pregunta qué tipo de “instrumento” puede ser el marxismo después de castrarlo y quitarle centralidad a la lucha de clases y haber borrado ideológicamente al proletariado como sujeto revolucionario.

He aquí el escenario teórico y político que convoca a la crítica revolucionaria, la cual no es una mera repetición de antiguas verdades sino el develamiento de imposturas presentadas como “novedad”, así como el intento de dar cuenta de las modificaciones objetivas y subjetivas sobre las cuales se asienta el capitalismo de nuestra época. La crítica revolucionaria pone las cosas en su lugar; así como Marx realizó intercambios con otras corrientes políticas y económicas para fortalecer la suya (Lenin identificó tres fuentes principales en el marxismo), nunca hizo eclecticismo ni se adaptó a ellas. Recogió lo mejor de estas teorías, pulverizó su contenido ideológico burgués e insufló a la teoría revolucionaria de un mayor potencial, todo esto sin abandonar el programa básico de su concepción.

Es pues una broma de mal gusto comparar esta actitud científica y revolucionaria de Marx con el talante cómodo y snob de los intelectuales “pos” adaptados a las modas teóricas de la nuestra época “posmoderna”. Una adaptación extrema, tanto que autores como García Linera utilizan un estilo deliberadamente enrevesado y verborreico teñido de pedantería intelectual como característica distintiva de estas corrientes[1]. Tomaba en cuenta esto Perry Anderson cuando acusó a este tipo de intelectuales de estar afectados de una “desmesura del lenguaje”.

Como ejemplo está el reciente artículo de Prada[2], abundante en diatribas sin respiro y resultado de una apoteosis acrítica de las teorías “críticas” de las cuales el autor es fanático, donde el marxismo boliviano (nosotros nos referimos al trotskismo) está automáticamente invalidado de “conocer las nuevas realidades” de la modernidad tan sólo porque dogmáticamente así lo estipula Prada, que parte de una sociología del conocimiento muy frecuentemente ingenua, a pesar de sus ínfulas. Como muestra tenemos el escándalo que parece haberle causado que hayamos denominado como “posmodernismo indigenista” a ciertos ejes axiales de la plataforma teórica del MAS y sus intelectuales.

En ninguna parte del mundo el posmodernismo es un movimiento unitario que reconozca a unos pocos codificadores. Es sin duda una corriente fuertemente heterogénea. No se puede negar sin embargo que existen ciertas características que permiten englobar bajo ese nombre a distintos autores y vertientes. Para nosotros el hecho tiene una connotación política fundamental, se trata de destapar actitudes políticas, conceptos y certezas teóricas que en Bolivia se presentaron como progresistas o incluso revolucionarias, siendo que sólo facilitaron una desviación de los procesos de lucha gestados por las masas y una adaptación de los movimientos sociales a estrategias procapitalistas.

Si el mismo Lyotard[3] ha definido la condición posmoderna como la condición del saber en las sociedades contemporáneas, no tienen nuestros intelectuales “críticos”, “poscoloniales” o “posmarxistas”, etc., etc. que molestarse si los llamamos posmodernos. Ellos mismos nos han estado repitiendo desde hace años que uno de sus principales objetivos es prestarnos nuevas formas de conocer nuestra realidad actual basados en epistemologías, categorías y métodos teóricos que a su vez son recogidos de corrientes que cuestionan “metanarrativas” y la metafísica occidental partiendo de la premisa de que el capitalismo de nuestros días (en Bolivia y el mundo) es radicalmente distinto al que analizaron teorías como el marxismo.

Conservadores y revolucionarios

No hay porqué desacreditar en bloque las teorías “pos”, deshaciendo todos los detalles de su epistemología y metodología. No hay necesidad tampoco de oponer Marx a Foucault o Trotsky a Edward Said. No obstante, sí interesa mostrar una diferencia de partida entre unos y otros: Marx y Trotsky elaboraron teoría bajo una necesidad social y política: brindarle armas teóricas a la clase obrera para realizar su liberación. Son revolucionarios, escriben pensando en la lucha de clases y no hacen meros ejercicios académicos, por más ilustrativos e interesantes que éstos pudiesen resultar. Asimismo, no es menos importante identificar las consecuencias prácticas de las teorías “pos”. En realidad, aquí reside la fundamental importancia de la crítica revolucionaria. Mostrar, por ejemplo, la dialéctica entre lo conservador y lo radical de estas corrientes es ligar el análisis con la naturaleza misma de la modernidad capitalista.

Uno de los grandes aportes de Marx fue mostrarnos el rasgo perturbador e incesantemente dinámico de este sistema social, de ahí que acuñó la frase que, en la modernidad capitalista, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pero como buen dialéctico, también nos enseñó que la clase capitalista precisa conservar para reproducir su sistema y reproducirse a sí misma. El capitalismo es libertario y autoritario al mismo tiempo, hedonista y represivo, múltiple y monolítico. El mercado funciona bajo la lógica de lo efímero, fragmentario, discontinuo, plural, descentrado, manteniendo a raya esta potencial anarquía sobre la base de leyes económicas sólidas y marcos políticos e institucionales firmes. Es la propia dinámica material del capitalismo (más que la filosofía de Nietzsche) la que amenaza a toda metafísica a hundirla en la nada; pero para preservarse, está impedido de deshacerse totalmente de ella[4]. La ambivalencia política de las teorías “pos” refleja esta contradicción:

Gran parte del posmodernismo es políticamente opositor pero económicamente cómplice. Sin embargo, esto requiere una mayor afinación. El posmodernismo es radical en tanto desafía a un sistema que todavía necesita de valores absolutos, de fundamentos metafísicos y de sujetos autoidénticos; contra eso lanza la multiplicidad, la no identidad, la transgresión, el antifundamentalismo, el relativismo cultural. El resultado, en su mejor parte, es una subversión llena de recursos contra el sistema dominante de valores, al menos en el nivel de la teoría (…) Pero el posmodernismo falla a menudo en reconocer que lo que pasa por el nivel de la ideología no siempre sucede en el nivel del mercado. Si el sistema tiene necesidad del sujeto autónomo en la corte judicial o en el colegio electoral, tiene poca utilidad para él en los medios o los shopping center[5].

El capitalismo es la sociedad más plural y transgresora vista hasta ahora en la historia de la humanidad. En el fondo, no le asusta que algunas corrientes demanden una “democracia plural y radical”. Pero esta pluralidad y transgresión ocurren siempre dentro de fronteras visibles y estrictas: en Bolivia el MAS quiere un Estado capitalista que deje de ser eurocéntrico, monocultural, mononacional y se convierta en diverso, intercultural y plurinacional. En última instancia es una renovación espiritual del capitalismo. Los alcances de esta reforma súper-estructural están delimitados por el capitalismo mismo. La pluralidad social expresada en la Constitución se resuelve en el marco de qué tipo de relaciones sociales sobre las que se basan las diversas realidades sociales son más potentes e imponentes. Ésta es la razón material por la que el gobierno necesita una Ley de Consulta Previa a los pueblos indígenas que sea lo más limitante posible. Debe elegir entre las decisiones estratégicas del Estado central –que favorecen la inversión extranjera- y las deliberaciones u opiniones de las comunidades indígenas; es imposible para un Estado mantener equilibrios permanentes entre las contradicciones sociales reales de un país. La decisión que tome, está definido por una cuestión no menos clave: su contenido de clase. Si los actuales “disidentes” del MAS estuvieran a cargo de la administración del Estado plurinacional capitalista, no harían cosas esencialmente distintas a los dictadorzuelos actuales.

Pero en el mismo ámbito teórico, el MAS ha dado pasos decididamente conservadores. Abusar de la lógica de la “complementariedad”, “reciprocidad” –que son una interpretación posmoderna de las cosmovisiones indígenas- ha resultado en la llamada “economía plural”, una aberrante concesión a la burguesía vendepatria y al imperialismo, parcialmente derrotados por las masas en Octubre de 2003 y Mayo-Junio de 2005. Bajo esta lógica, en la constitución masista han tenido que ratificar hasta el cansancio el respeto a la propiedad capitalista ¡En la actual CPE se menciona más veces el respeto a la propiedad privada que en la anterior constitución!

Si en el nivel teórico se pueden prestar atención a lecturas críticas e interesantes de la realidad social que ofrecen las diversas corrientes “pos”, es en la práctica política donde generalmente se han mostrado no sólo limitadas sino en múltiples casos fuertemente conservadoras. La profundidad filosófica que nos ofrecen muchas veces aparece banalizada cuando se trata de hacer política, como dice Daniel Bensaid, el elefante filosófico se convierte en un ratón político. No por nada, sus representantes en Latinoamérica ofrecen soporte ideológico a los gobiernos denominados “progresistas”, los cuales, sin excepción, están sufriendo un drástico viraje a la derecha.

En Ecuador Correa ya ha demostrado hasta el cansancio que está de lado de las transnacionales petroleras y no de los pueblos indígenas, similar cosa pasa en Bolivia con Evo Morales; en Venezuela Maduro es el personaje que el chavismo precisa para despojarse de su ropaje “anti-imperialista” y empezar a concertar seriamente con la burguesía criolla; en Argentina el kirchnerismo está dejando claro que no necesita que las variantes de la oposición de derecha ocupen el gobierno para efectivizar el programa político de la reacción. En Brasil… ¿hay alguien todavía capaz de llamar “progresista” al actual gobierno del PT?

Desde cierta óptica, la posición más conservadora en el ámbito teórico es desdeñar las tradicionales ideas revolucionarias válidas para nuestra actualidad. La intervención de la izquierda en la actual bancarrota capitalista precisa más de las verdades del viejo Marx que el vasto confucionismo en el que chapotean los intelectuales “pos” supuestamente críticos. La lucha de clases, la práctica política, la puesta en acción de las ideas es lo que define, en última instancia, donde están los conservadores y donde los revolucionarios. ¡Que la realidad, pues, hable!

Notas:

1. No podemos resistir a la tentación de remitir al lector a la divertida e imaginativa crítica que realiza Steve Katz al lenguaje de los intelectuales “pos”. http://revistareplicante.com/como-hablar-y-escribir-en-posmoderno/

2. http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2013091004

3. Ver sus dos principales escritos: La condición posmoderna (1986) y La posmodernidad (explicada a los niños) (1987).

4. Esta idea está analizada más a fondo en el libro Las ilusiones del posmodernismo de Terry Eagleton (Paidós, Buenos Aires, 1997)

5. Ibíd., pág. 195

* Profesor y dirigente de la Unión Revolucionaria de Maestros (URMA).