¿Qué joven desesperado no le ha propuesto a su chica que lo único que queda para continuar la relación es el aborto? ¿Qué universitario preocupado por sus estudios y los estudios de la enamorada no le ha propuesto el aborto como salida ilegal, pero ni modo? ¿Qué padre con salario bajo no le ha propuesto a su esposa ir al “dentista” para que los hijos que ya están puedan comer sin bajar las calorías y nutrientes?

El aborto es también una cuestión que nos incumbe a los hombres, porque somos nosotros quienes de diversos modos (complicidad, obligación o violencia) incitamos a la comisión de un delito.

La Tumusla y Buenos Aires en La Paz, la 16 de Julio en El Alto, la Cancha en Cochabamba, la Ramada en Santa Cruz, ¿acaso no tienen pequeñas imitaciones de clínicas donde se ofertan “detección precoz de embarazo” y enseguida un estudiante de medicina o egresado nomás te propone el costo de una “regulación menstrual”?

No nos hagamos a los ciegos, el aborto se practica porque tiene enorme tolerancia social, aunque el código penal lo sanciona, la iglesia dice que es pecado y los fariseos dicen tonterías celestiales.

El aborto no es cuestión de curas, ni médicos, ni jueces, solamente… Tampoco es de feministas encolerizadas con los hombres y que proyectan su odio en formas teóricas, las más de las veces erráticas, y políticas mayormente cargadas de revancha.

Menos lo es de abogados, policías y fiscales, pues son ellos quienes sostienen el engranaje de un negocio sangriento en condición de clandestinidad, que incrementa los costos a la vez que aumenta la inseguridad.

La clandestinidad del negocio, el mercado de la oferta y la demanda, el estatus del que necesita el servicio, la oferta de muerte que hace el que hace el trabajito, todo tiene un costo, un color de piel, un grosor de billetera, el aborto se define por la billetera. Cuanto más pagas, menos riesgos… Cuanto menos pagas más riesgos.

Los que hacen el trabajito, se cuidan el pellejo, hacen firmar un papelito que les libra de culpa, el negocio no deja un resquicio legal, es prolijo en su protección. El aborto es un problema de salud pública, no del código penal.

Estamos atrapados por la visión policiaca, cristiana y moralista del problema y si no salimos de esa cárcel, estamos condenados a debatir en falso, y hacerlo con quienes no corresponde.

Debemos debatir la cuestión, con la ciencia médica, las obligaciones constitucionales en salud pública y los derechos humanos. Este es el lugar donde, las discusiones tienen que nutrirse que conocimiento e información.

Debemos debatir lejos de la televisión, porque los políticos necesitan ahí cinco minutos para convertirse en paladines de la cristiandad y la hipocresía moral.

Debemos debatir con las estadísticas en la mano, con investigaciones confiables. Debemos debatir con estudios departamentales confiables. No debemos debatir con antropologías vulgares e inconsistentes.

No debemos debatir la despenalización ni la legalización, hacerlo sería aceptar los abortos hasta los nueve meses, y eso es simplemente una tontería.

Estamos debatiendo la ampliación de la esfera no punible, no sancionable, estamos debatiendo que si hasta hoy el código penal acepta el aborto por incesto, violación o peligro de muerte de la gestante, se propone la posibilidad de que una mujer pueda decidir tener un aborto, hasta las doce semanas… No más, pero puede ser menos… La mujer para tomar esa decisión contará con apoyo y tratamiento médico, sicológico y social, sabrá de las consecuencias y la forma de superar el trauma. Sabrá también que hacerlo no supone legalizar el negocio de sangre, sino convertirlo en servicio público, gratuito y sustancialmente con seguridad para la mujer.

Estamos viviendo un tiempo que merece sus desafíos, no comprenderlo de ese modo sería una traición a todo por lo que hemos luchado.

Un gobierno revolucionario es el más interesado en que los derechos humanos no solo se cumplan, sino que superen trascendentalmente sus estándares internacionales, tal como está ocurriendo con el derecho al agua.

Un gobierno revolucionario, no puede estar sujeto a supuestas tendencias mediáticas, sino a las urgencias de la realidad. Ser un Estado laico es una enorme ventaja política para servir al pueblo y es el pueblo que dándose miles de modos, ha tenido un aborto, para no ser esclavizados por el capitalismo.

En el siglo XVI, los cronistas españoles encontraron disposiciones de los incas que sancionaban el aborto si este se practicaba después de los tres meses.

En efecto, el Cronista anónimo (1593) transcribía que una de las Ordenanzas del Inca afirmaba: “Quien fuere causa de que alguna mujer preñada de tres meses para arriba, muera ó malpara, dándole hierbas ó golpes, ó de cualquier manera que muera ahorcado ó apedreado”.

* Abogado, director general de Estudios y Proyectos del Viceministerio de Gestión Comunicacional.