“Cientificismo” no es la creencia de que los miembros del gremio profesional llamado “ciencia” sean particularmente sabios o nobles y no significa que todas las hipótesis científicas en curso sean verdaderas. Al contrario, las prácticas definitorias de la ciencia, incluidos el debate abierto, la revisión por pares y los métodos de doble ceguera, están expresamente diseñados para evitar los errores y los pecados que, como humanos que son, hacen vulnerables a los científicos. En esta concepción, la ciencia forma una sola pieza con la filosofía, la razón y el humanismo ilustrado.

Los grandes pensadores de la Edad de la Razón y de la Ilustración fueron científicos. No sólo contribuyeron muchos de ellos a las matemáticas, a la física y a la fisiología, sino que todo ellos teorizaron con avidez en las ciencias de la naturaleza humana. Fueron neurocientíficos cognitivos que trataron de explicar el pensamiento y la emoción en términos de mecanismos físicos del sistema nervioso. Fueron psicólogos evolutivos que especularon sobre la vida en un estado de naturaleza y sobre los instintos animales que “anidan en nuestros corazones”. Y fueron psicólogos sociales que escribieron sobre los sentimientos morales que nos mantienen juntos, sobre las pasiones egoístas que nos inflaman y sobre las flaquezas de miopía que frustran los planes mejor diseñados.

Esos pensadores –Descartes, Spinoza, Hobbes, Locke, Hume, Rousseau, Leibniz, Kant, Smith– resultan tanto más notables, cuanto que armaron sus ideas sin disponer de teorías formales y de datos empíricos. Las teorías matemáticas de la información, de la computación y de los juegos todavía no habían sido inventadas. Las palabras “neurona”, “hormona”, y “gen” no significaban nada para ellos. Cuando leo a estos pensadores, me asalta a menudo la tentación de viajar hacia atrás en el tiempo para ofrecerles alguna pieza de ciencia fresca del siglo XXI que pudiera llenar algún hiato en sus argumentos o servirles para dar un rodeo y salvar algún obstáculo atravesado en su camino. ¿Qué no habrían dado estos Faustos por disponer de ese conocimiento? ¿Qué no podrían haber logrado, munidos y pertrechados con el mismo?

No es necesario fantasear con ese escenario, porque nosotros vivimos en él. Tenemos las obras de los grandes pensadores y sus herederos, y disponemos del conocimiento científico con el que ellos ni siquiera se habrían avilantado a soñar. La nuestra es una época extraordinaria para la comprensión de la condición humana. Problemas intelectuales que proceden de la antigüedad resultan ahora iluminados por los fogonazos procedentes de las ciencias de la mente, del cerebro, de los genes y de la evolución. Se han desarrollado potentes herramientas para explorarlos, desde las neuronas diseñadas con ingeniería genética controlables con puntos de luz, hasta la minería de las “megabases de datos”, un instrumento que ayuda a comprender la forma de propagación de las ideas.

Uno pensaría que los escritores en el campo de las humanidades estarán encantados y se sentirán espoleados por el florecimiento de nuevas ideas procedentes del mundo de la ciencia. Pues no. Aun cuando todo el mundo acepta la ciencia cuando puede curar enfermedades, controlar el medio ambiente o destruir enemigos políticos, la intrusión de la ciencia en los territorios de las humanidades ha provocado un hondo resentimiento. No menos denigrada es la aplicación del razonamiento científico a la religión; muchos escritores sin pizca de fe en Dios sostienen tan ternes que resulta indecorosa la ponderación científica de las grandes cuestiones. En las columnas de opinión de los grandes medios se acusa una y otra vez a los avilantados científicos de determinismo, reduccionismo, esencialismo, positivismo y –lo peor de todo– “cientificismo”. En estas mismas páginas de New Republic se han registrado en los últimos años hasta cuatro denuncias de cientificismo, por no hablar de los ataques publicados en Bookforum, The Claremont Review of Books, The Huffington Post, The Nation, National Review Online, The New Atlantis, The New York Times y Standpoint.

La alianza impía entre la extrema derecha y la izquierda académica posmodernista hostil a la Ilustración

La ecléctica política de esos medios refleja la naturaleza bipartidista del resentimiento. El siguiente paso, procedente de una reseña de tres libros de Sam Harris publicada por el historiador Jackson Lears en The Nation en 2011, resulta paradigmática de la obsesión de la actual izquierda académica:

“Los presupuestos positivistas de partida suministraron los fundamentos epistemológicos del darwinismo social y de las nociones evolutivas pop de progreso, así como del racismo científico y del imperialismo. Esas tendencias convergieron en la eugenesia, la doctrina según la cual el bienestar humano puede mejorarse y eventualmente perfeccionarse a través de la cría selectiva de los ‘aptos’ y la esterilización o eliminación de los ‘inadaptados’. (…) Cualquier escolar sabe lo que pasó después: el catastrófico siglo XX. Dos guerras mundiales, la matanza sistemática de inocentes a una escala sin ejemplo histórico, la proliferación de armas de poder destructivo inimaginable, guerras de tierra quemada en la periferia del imperio: en distintos grados, todos esos acontecimientos entrañaron la aplicación de la investigación científica a la tecnología avanzada”.

No menos morigeradas son los manifestaciones derechistas, como puede verse en este discurso pronunciado en 2007 por Leon Kass, el asesor de George W. Bush en materia de bioética:

“Las ideas y los descubrimientos científicos sobre la naturaleza viva y sobre el hombre, perfectamente bienvenidos e inocuos por sí mismos, son reclutados para librar una batalla contra nuestras enseñanzas religiosas y morales tradicionales, y aun contra nuestra autocomprensión como criaturas dotadas de libertad y dignidad. Una fe casi religiosa ha brotado entre nosotros –permítanme llamarla ‘cientifismo desalmado’–, convencida de que nuestra nueva biología, eliminando todo misterio, puede dar cuenta cabal de la vida humana suministrando explicaciones puramente científicas del pensamiento, el amor, la creatividad, el juicio moral humanos, y aun de nuestra fe en Dios. (…) No se equivoquen. Lo que anda en juego en esta lidia es mucho: nada menos que la salud moral y espiritual de nuestra nación, la continuada vitalidad de la ciencia y nuestra autocomprensión como seres humanos y como hijos de Occidente”.

La cosa no ofrece duda: se trata de fiscales que proceden con mucho celo. Pero las requisitorias instruidas son flojas. No puede culparse al equipo mental de la ciencia de genocidios y guerras, ni de constituir una amenaza para la salud moral y espiritual de nuestra nación. Al revés: resulta indispensable en todas las áreas de interés humano, incluidas la política, las artes y la búsqueda de sentido, propósito y moralidad.

El término “cientificismo” resulta cualquier cosa menos claro; es más un aliado de abucheo que la calificación de alguna doctrina coherente. Sirve a veces para apuntar a posiciones lunáticas, como que “la ciencia es todo lo que cuenta” o que “los científicos debería encargarse de resolver todos los problemas”. Otras veces se busca aclararlo con adjetivos como “simplista”, “ingenuo” o “vulgar”. El vacío definicional me autoriza a impitar a los activistas gay que hicieron suyo el insulto queer (marica): me apropiaré, así pues, del peyorativo “cientificismo” como nombre de la posición que me dispongo a defender.

En defensa del “cientificismo” y sus dos ideales básicos

“Cientificismo” en este buen sentido no es la creencia de que los miembros del gremio profesional llamado “ciencia” sean particularmente sabios o nobles. Al contrario, las prácticas definitorias de la ciencia, incluidos el debate abierto, la revisión por pares y los métodos de doble ceguera, están expresamente diseñados para evitar los errores y los pecados que, como humanos que son, hacen vulnerables a los científicos. El cientificismo no significa que todas las hipótesis científicas en curso sean verdaderas; el grueso de las hipótesis más recientes no lo son, puesto que el ciclo de la conjetura y la refutación es la savia vital de la ciencia. No es una pulsión imperialista que busca ocupar el territorio de las humanidades; la promesa de la ciencia es el enriquecimiento y la diversificación de las herramientas intelectuales de la erudición humanista, no su aniquilación. No es el dogma de que la materia física es la única cosa existente. Los propios científicos están inmersos en el etéreo medio de la información, incluidas las verdades de las matemáticas, la lógica de sus teorías y la arquitectura axiológica que guía su empresa. En esta concepción, la ciencia forma una sola pieza con la filosofía, la razón y el humanismo ilustrado. Lo que la distingue es un compromiso explícito con dos ideales que, precisamente, buscar exportar al resto de la vida intelectual.

El primero de esos ideales es que el mundo es inteligible. Los fenómenos que experimentamos pueden explicarse mediante principios que son más generales que los fenómenos mismos. Esos principios, a su vez, pueden explicarse con principios más fundamentales, y así sucesivamente. Al tratar de dar sentido a nuestro mundo habrá unas cuantas ocasiones –pocas- en que nos vemos forzados a reconocer: “así son las cosas, y no hay más”, o “es mágico”, o “porque así lo digo yo”. El compromiso con la inteligibilidad no es un asunto de fe bruta, sino que se valida paulatinamente a sí propio, a medida que más y más porciones del mundo resultan explicables científicamente. Los procesos de la vida, por ejemplo, solían atribuirse a un misterioso élan vital; ahora sabemos que están potenciados por reacciones químicas y físicas entre moléculas complejas.

Los demonizadores del cientificismo confunden a menudo la inteligibilidad con un pecado llamado reduccionismo. Mas explicar un acontecimiento complejo en términos de principios más profundos no es descartar su riqueza. Ningún pensador en sus cabales trataría de explicar la I Guerra Mundial en el lenguaje de la física, la química y la biología, oponiéndolo al lenguaje, harto más pertinente, de las percepciones y los objetivos de los dirigentes europeos en 1914. Al propio tiempo, una persona curiosa podría muy legítimamente preguntarse por qué las mentes humanas están capacitadas para tener esas percepciones y esos objetivos, incluyendo el tribalismo, la sobreconfianza y el sentido del honor, elementos todos ellos que se combinaron mortalmente en ese momento histórico.

El segundo ideal es que la adquisición de conocimiento es ardua. El mundo no descarrila y se detiene para revelar su modo de funcionar, y aun si así lo hiciere, lo cierto es que nuestras mentes son prontas a la ilusión, la falacia y la superstición. La mayoría de las causas tradicionales de las creencias –fe, revelación, dogma, autoridad, carisma, sabiduría recibida, el brillo obnubilador y vigorizante de la certeza subjetiva– son generadoras de error y deberían descartarse como fuentes de conocimiento. Para entender el mundo, tenemos que buscar vías rodeadas que salven nuestras limitaciones cognitivas: el escepticismo, el debate abierto, la precisión formal, las pruebas empíricas, cosas, todas ellas, que suelen precisar de verdaderas proezas del ingenio humano. Cualquier movimiento que se llame a sí mismo “científico”, pero falle a la hora de ofrecer a los demás oportunidades para refutar las propias creencias (no digamos cuando asesina o encarcela a quienes disienten de ellas) no es un movimiento científico.

¿De qué modo, así pues, ilumina la ciencia los asuntos humanos? Se me permitirá que empiece por lo más ambicioso, por las cuestiones más profundas: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo definimos el significado y el propósito de nuestras vidas? Eso es territorio tradicional de la religión, y los defensores de ella tienden también a ser los críticos más excitados del cientificismo. Están dispuestos a aceptar el plan de reparto territorial propuesto por Stephen Jay Gould en el peor de sus libros (Rocks and Ages), de acuerdo con el cual los ámbitos de competencia de la ciencia y de la religión pertenecen a “magisterios que no se solapan”. La ciencia se ocuparía del universo empírico; a la religión corresponderían las cuestiones atinentes al significado moral y a los valores.

La visión moral dimanante de la cultura científica exige una ruptura total con las concepciones religiosas del significado y los valores

Por desgracia, esta entente sólo se tiene firme y en pie hasta que uno comienza a pasarle revista. La visión moral que del mundo tiene cualquier persona científicamente cultivada –y no obnubilada por el fundamentalismo– exige una ruptura radical con las concepciones religiosas del significado y de los valores.

Por lo pronto, los descubrimientos de la ciencia implican que el sistema de creencias de todas las religiones y culturas tradicionales –sus teorías de los orígenes de la vida, de los humanos y de las sociedades– son fácticamente erróneas. Nosotros sabemos, aunque nuestros ancestros no lo supieran, que los humanos pertenecen a una singular especie de primates africanos que, en el curso de su historia, terminaron desarrollando la agricultura, el estado y la escritura. Sabemos que nuestra especie es una delgada rama de un carbol genealógico que abarca a todas las cosas vivas y que surgió de químicos prebióticos hace cerca de cuatro mil millones de años. Sabemos que vivimos en un planeta que gira en torno a una de las cien mil millones de estrellas que hay en nuestra galaxia, la cual es una de las centenares de miles de millones de galaxias que pueblan un universo que tiene 13,8 mil millones de años de existencia, posiblemente uno más entre un vasto número de universos. Sabemos que nuestras intuiciones sobre el espacio, el tiempo, la materia y la causalidad son inconmensurables con la naturaleza de la realidad a escalas muy grandes y muy pequeñas. Sabemos que las leyes que gobiernan el mundo físico (incluidos accidentes, enfermedades y otras desgracias) carecen de objetivos que tengan que ver con el bienestar humano. No hay cosas tales como el destino, los hados, la providencia, el karma, los hechizos, las maldiciones, los augurios, las represalias divinas o las prédicas atendidas; aunque es verdad que la discrepancia entre las leyes de la probabilidad y los mecanismos de la cognición puede explicar por qué la gente cree que tales cosas existen. Y sabemos que no siempre sabemos esas cosas, y que las convicciones que más caras resultan en cualquier tiempo y en cualquier cultura pueden terminar siendo concluyentemente refutadas, incluidas algunas del presente.

En otras palabras, la visión del mundo que orienta los valores morales y espirituales de una persona cultivada de nuestros días es la visión del mundo que nos ha dado la ciencia. Aun cuando los hechos científicos no dictan por sí mismos valores, no cabe duda de que limitan las posibilidades de ellos. Al arrebatar a la autoridad eclesiástica el crédito de que disponía en materia de hechos, la ciencia ha arrojado dudas sobre las pretensiones de la clerigalla en materia de moralidad. La refutación científica de la teoría de los dioses vengativos y de las fuerzas ocultas socava prácticas como el sacrificio de humanos, la caza de brujas, la sanación por la fe, la ordalía y la persecución del hereje. Los hechos de la ciencia, al mostrar la ausencia de propósito en las leyes que gobiernan el universo, nos obligan a responsabilizarnos de convicciones incuestionables –que todos valoramos nuestro bienestar y que somos seres sociales en recíproca dependencia y podemos negociar códigos de conducta–, los hechos científicos militan a favor de una moralidad defendible, o lo que es lo mismo, nos invitan a adherirnos a principios que maximizan el florecimiento de los humanos y de otros seres sensibles. Este humanismo, indisociable de una comprensión científica del mundo, está en vías de convertirse en la moralidad de facto de las democracias modernas, de las organizaciones internacionales; está contribuyendo a liberalizar las religiones, y sus irrealizadas promesas definen los imperativos morales del presente.

Además, la ciencia ha contribuido –directa y enormemente– a la realización de esos valores. Si hubiera que hacer un listado de los logros de que nuestra especie puede sentirse más orgullosa (dejando aparte la remoción de obstáculos que nosotros mismos atravesamos en nuestro camino, como la abolición de la esclavitud o la derrota del fascismo), muchos serían dones derramados por la ciencia.

Los logros de la ciencia y los yerros de sus difamadores

El más obvio es el apasionante logro del conocimiento científico por sí mismo. Podemos decir muchas cosas sobre la historia del universo, las fuerzas que lo hacen denso, el material de que está compuesto, el origen de las cosas vivas y la maquinaria de la vida, incluida nuestra vida mental. Mejor aún: esa comprensión no consiste en una mera lista de hechos, sino en hondos y elegantes principios, como la idea de que la vida depende de una molécula que vehicula información, dirige el metabolismo y se replica a sí misma.

La ciencia ha proporcionado también al mundo imágenes de una belleza sublime: movimiento estroboscópicamente congelado, organismos exóticos, galaxias distantes y planetas exteriores, fluorescentes circuitos neuronales, así como un luminoso planeta Tierra asomando por el horizonte lunar en el fosco trasfondo del espacio. Como en el caso de las grandes obras de arte, no se trata aquí sólo de imágenes hermosas, sino de sondas de contemplación que hacen más profunda nuestra inteligencia de lo que significa ser humanos y de nuestro lugar en la naturaleza.

Contrariamente a la difundida especie según la cual la tecnología ha creado una distopía de privación y violencia, todas las medidas de florecimiento humano global están en ascenso. Los números muestran que, luego de milenios de pobreza casi universal, una porción cada vez más grande de la humanidad sobrevive al primer año de vida, va a la escuela, vota en democracias, vive en paz, se comunica con teléfonos móviles, disfruta de pequeños lujos y consigue llegar a la vejez. Sólo la Revolución Verde en agronomía ha salvado mil millones de vidas que habrían perecido en hambrunas. Y si quieren ustedes ejemplos de verdadera grandeza moral, vayan a Wikipedia y lean las entradas de viruela y peste bovina. Las definiciones utilizan el tiempo verbal pasado: el ingenio humano ha erradicado dos de las más crueles causas de sufrimiento en la historia de nuestra especie.

Aun cuando la ciencia está benéficamente incrustada en nuestra vida material, moral e intelectual, muchas de nuestras instituciones –sin excluir los programas de humanidades de muchas de nuestras universidades– cultivan una indiferencia filistea hacia la ciencia que roza con el desprecio. Los estudiantes pueden graduarse en colegios de elite sin prácticamente entrar en materias científicas. Lo más común es que se les desinforme con la idea de que los científicos ya no se ocupan de la verdad, sino que se limitan a cambiar de paradigma siguiendo modas más o menos caprichosas. Una campaña de demonización imputa anacrónicamente a la ciencia crímenes tan viejos como la civilización, incluyendo el racismo, la esclavitud, la conquista y el genocidio.

No menos común –y no menos ignorante históricamente– es culpar a la ciencia de la aparición de movimientos políticos con pátina pseudocientífica, señaladamente el darwinismo social y la eugenesia. El darwinismo social fue el mal nombre de la filosofía de laissez-faire de Herbert Spencer. Se inspiraba, no en la teoría darwinista de la selección natural, sino en la concepción spenceriana, típica de la era victoriana, de una misteriosa fuerza natural de progreso a la que era mejor dejar discurrir sin trabas. Hoy se usa a menudo el término para restar crédito a cualquier aplicación de la evolución a la comprensión de los seres humanos. La eugenesia fue una campaña, popular a comienzos del siglo XX entre gentes de izquierda y progresistas, a favor de ultimar el progreso social por la vía de mejorar el acervo genético de la humanidad. Hoy se usa normalmente el término para atacar a la genética conductista, el estudio de la contribución genética a las diferencias entre individuos.

Soy testigo de que esa recriminación no es una reliquia de las guerras de la ciencia de los años 90. Cuando Harvard reformó sus exigencias de ingreso universitario en materia de educación general entre 2006 y 2007, el informe preliminar encargado a una comisión de expertos introducía la enseñanza de la ciencia sin mencionar en parte alguna el lugar que ésta ocupa en el conocimiento humano: “La ciencia y la tecnología afectan directamente a nuestros estudiantes de varias maneras, positivas y negativas: han traído medicinas que salvan vidas,

Internet, almacenamiento más eficiente de energía y entretenimiento digital; pero también han conducido a las armas nucleares, a los agentes de guerra biológica, a las escuchas electrónicas y a daños en el medio ambiente”. Esa extraña ambigüedad entre lo utilitario y lo nefando no se aplicaba a otras disciplinas. (Imagínense por un momento una introducción a los estudios de música clásica que se limitara a observar que lo mismo generó actividad económica que inspiró a los nazis.) Y no había el menor reconocimiento de que podría haber buenas razones para preferir la ciencia y el saber hacer a la ignorancia y la superstición.

En un simposio celebrado en 2011, otro colega resumió lo que pensaba del legado mixto de la ciencia: por un lado, la erradicación de la viruela; por otro lado, el estudio Tuskegee sobre la sífilis. (En ese estudio, otro galardón sangriento en la narrativa dominante sobre los males de la ciencia, investigadores públicos en sanidad siguieron desde 1932 la progresión de una sífilis latente sin tratamiento en una muestra de afroamericanos pobres.) La comparación es obtusa. Supone que esa transgresión universalmente deplorada representaba el inevitable lado obscuro del progreso científico y pasa a comparar el singular fracaso en un momento dado en la prevención de daños a unas cuantas docenas de personas con la prevención a perpetuidad de centenares de millones de muertes por siglo.

Lo que las ciencias de la naturaleza humana pueden aportar a las humanidades

Acicate mayor en las recientes denuncias contra el cientificismo ha sido la aplicación de la neurociencia, la evolución y la genética a los asuntos humanos. Desde luego que muchas de esas aplicaciones son o simplistas o erróneas, y merecen ser inclementemente criticadas: escanear los cerebros de los votantes cuando miran los rostros de los políticos, atribuir las guerras a genes de la agresión, explicar la religión como una adaptación evolutiva relegadora del grupo… Sin embargo, no son inauditos los intelectuales completamente ajenos a la ciencia que avanzan ideas o simplistas o erróneas, y nadie sale a decir que los académicos del mundo de las humanidades deberían abstenerse de entrar en este tipo de discusiones. Es una equivocación servirse de un puñado de ejemplos torticeros como excusa para meter en cuarentena a las ciencias de la naturaleza humana y excluirlas de nuestros esfuerzos por comprender la condición humana.

Pongamos por caso nuestra compresión de la política. “¿Qué es el mismo gobierno –se preguntaba James Madison–, sino la mayor de las reflexiones sobre la naturaleza humana?”. Las nuevas ciencias de la mente se están replanteando las relaciones entre la política y la naturaleza humana, unas relaciones exploradas con avidez en tiempos de James Madison, pero eclipsadas durante un largo interludio que supuso a los humanos meras tablas rasas o actores racionales. De lo que ahora nos damos cada vez más cuenta es de que los humanos son actores morales guiados por normas y tabúes que versan sobre la autoridad, la tribu y la pureza y movidos por inclinaciones encontradas de venganza y reconciliación. Esos impulsos operan normalmente por debajo de nuestra percepción consciente, pero en ciertas circunstancias pueden aflorar y resultar pasibles de razonamiento y debate. Estamos empezando a entender por qué evolucionaron esos impulsos morales; cómo fueron implantados en el cerebro; cómo pueden llegar a diferir entre individuos, culturas y subculturas; y cuáles son las condiciones que los activan y los desactivan.

La aplicación de la ciencia a la política no sólo enriquece nuestro acervo de ideas, sino que proporciona también instrumentos para averiguar cuáles tienen mayores probabilidades de ser correctas. Los debates políticos se han llevado tradicionalmente a cabo apelando a estudios de casos, a la retórica y a lo que los ingenieros de software llaman HiPPO [Opinión de la Persona Mejor Pagada, por sus siglas en inglés; T.]. No es entonces sorprendente que las controversias se cultivaran sin resolución concluyente. ¿Combaten entre sí las democracias? ¿Qué pasa con los socios comerciales? ¿Tienen los grupos étnicos vecinos que resolver viejos odios con conflictos sangrientos? ¿Mantienen realmente la paz las fuerzas de mantenimiento de la paz? ¿Consiguen lo que quieren las organizaciones terroristas? ¿Qué pasa con los movimientos no violentos gandhianos? ¿Son efectivos los rituales de reconciliación posconflicto a la hora de prevenir rebrotes del conflicto?

Bien pueden rebuscarse bobarronamente ejemplos históricos aquí y allá en apoyo de cualquier respuesta; eso no significa que las cuestiones sean irresolubles. Los acontecimientos políticos están configurados por muchas fuerzas, de manera que es perfectamente posible que una determinada fuerza sea en general poderosa pero resulte anegada en una circunstancia particular. Merced a la aparición de las megabases de datos científicos –el análisis de inmensos conjuntos de datos numéricos o textuales–, pueden extraerse indicios del ruido, y los debates historiográficos y politológicos, dirimirse más objetivamente. Lo mejor que estamos en condiciones de decir ahora mismo respecto de las cuestiones abiertas más arriba (en promedio, y todas las demás cosas manteniéndose inalteradas) es, respectivamente: no, no, no, sí, no, sí y sí.

Las humanidades son el dominio en el que la intrusión de la ciencia ha generado el culatazo más fuerte. Y sin embargo, diríase que es precisamente el dominio más necesitado de una intrusión de nuevas ideas. La mayoría de las estimaciones sobre su estado actual coinciden en que las humanidades andan desjarretadas. Los programas universitarios están en retroceso, la próxima generación de académicos se halla desempleada o subempleada, el ánimo decae y los estudiantes abandonan en tropel. Nadie intelectualmente activo puede ser indiferente a la desinversión, característica de nuestro presente social, en unas humanidades indispensables en una democracia civilizada.

Los diagnósticos del malestar en las humanidades apuntan fundadamente a las derivas antiintelectuales de nuestra cultura y a la mercantilización de nuestras universidades. Pero una estimación cabalmente honrada de la situación no puede dejar de reconocer tampoco que parte del daño es autoinfligido. Las humanidades tienen todavía que recuperarse del desastre del postmodernismo, con su obscurantismo desafiante, su relativismo dogmático y su sofocante corrección política. Y no han conseguido definir una agenda intelectualmente progresiva. Muchos rectores y prebostes universitarios se me han lamentado de que cuando un científico se presenta en su oficina, siempre es para anunciar alguna nueva y estimulante oportunidad de investigación y exigir los recursos necesarios para llevarla a cabo; cuando, en cambio, llama a la puerta un académico del mundo de las humanidades, suele ser para pedir respeto a las formas en que siempre se han hecho las cosas.

Esas formas merecen respeto, y no hay substituto alguno para las variedades de atenta lectura, descripción densa e inmersión profunda que los académicos eruditos pueden dedicar a las obras individuales. ¿Son esas, empero, las únicas vías a la comprensión? Una consiliencia con la ciencia ofrece a las humanidades innumerables posibilidades de innovación en la inteligencia de sus asuntos. El arte, la cultura y la sociedad son producto de cerebros humanos.

Se originan en nuestras facultades de la percepción, del pensamiento y de la emoción, y se acumulan y difunden a través de la dinámica epidemiológica en la que una persona contagia a otras. ¿Acaso no debería despertar nuestra curiosidad la recta comprensión de esas conexiones? Ambas partes saldrían ganando. Las humanidades disfrutarían más de la profundidad explicativa de las ciencias, por no hablar del tipo de agenda intelectualmente progresiva que tanto atrae a decanos, rectores y donantes. Las ciencias podrían poner a dura prueba sus teorías con los experimentos naturales y los fenómenos ecológicamente válidos tan copiosa y fértilmente inventariados y caracterizados por los humanistas.

En algunas disciplinas, esa consiliencia es ya un hecho consumado. La arqueología ha crecido pasando de ser una rama de la historia del arte a convertirse en una ciencia de tecnología superior. La lingüística y la filosofía de la mente lindan con la ciencia cognitiva y la neurociencia.

Oportunidades parecidas están abiertas a exploración. Las artes visuales podrían beneficiarse de la explosión de conocimiento de la ciencia de la visión, incluidas la percepción del color, de la forma, de la textura y de la iluminación, así como de la estética evolutiva de los rostros y de los paisajes. Los musicólogos tienen mucho de qué hablar con los científicos que estudian la percepción del lenguaje y los análisis cerebrales del mundo del auditorio.

En lo que hace a la crítica literaria, ¿por dónde empezar? John Dryden dejó escrito que una obre de ficción “no es sino una imagen viva de la naturaleza humana: representa sus pasiones y sus humores y los cambios de fortuna padecidos, y todo para deleite e instrucción de la humanidad”. La lingüística puede iluminar los recursos de la gramática y del discurso que permiten a los autores manipular la experiencia imaginaria del lector. La psicología cognitiva puede arrojar luz sobre la capacidad de los lectores para reconciliar la propia consciencia con las del autor y sus personajes. La genética conductista puede poner al día las teorías de sentido común popular sobre las influencias de los padres con descubrimientos sobre los efectos de los genes, de los pares y del azar, todo lo cual está cargado de consecuencias para la interpretación de las biografías y las memorias: una empresa que tiene también mucho que aprender de la psicología cognitiva de la memoria y de la psicología social de la autopresentación. Los psicólogos evolutivos pueden distinguir las obsesiones universales de aquellas que resultan exageradas por una cultura particular, y pueden esbozar los inherentes conflictos y las confluencias de intereses en el seno de las familias, las parejas, las amistades y las rivalidades que disparan las tramas.

Y como en el caso de la política, la aparición de megabases científicas de datos aplicadas a libros, periódicos, correspondencia y registros musicales abre la expectativa de unas nuevas y expansivas “humanidades digitales”. Las posibilidades de teorización y de descubrimiento solo están limitadas por la imaginación, e incluyen el origen y difusión de las ideas, las redes de influencia intelectual y artística, la persistencia de la memoria histórica, la aparición y desaparición de temas en la literatura, así como las pautas de la censura tácita y del tabú.

No pocos académicos activos en el mundo de las humanidades, empero, han reaccionado frente a esas oportunidades abiertas como el protagonista del ejemplo del futuro volitivo en los manuales de gramática inglesa: “Me ahogaré; nadie habrá de salvarme”. Observando que a esos análisis escapa la riqueza de las obras individuales, echan mano de los adjetivos usuales: simplistas, reduccionistas, ingenuos, vulgares y, huelga decirlo, cientificistas.

Las quejas de la simplificación están mal concebidas. Explicar algo es subsumirlo bajo principios más generales, lo que entraña siempre cierto grado de simplificación. Sin embargo, simplificar no es ser simplista. El aprecio por las particularidades de una obra puede coexistir con explicaciones a muchos otros niveles, desde la personalidad del autor hasta el medio cultural, las facultades de la naturaleza humana y las leyes que gobiernan a los seres sociales. El rechazo de la búsqueda de tendencias y principios generales trae a la memoria aquel Imperio fantaseado por Jorge Luis Borges en donde “el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia… las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos”.

Los críticos deberían andarse con cuidado en materia de adjetivos. Si hay algo ingenuo y simplista, es la pretensión de fortificar los silos legados por la academia en el convencimiento de que deberíamos sentirnos perpetuamente satisfechos con los modos corrientes de hacernos inteligible el mundo. Con toda seguridad, nuestras visiones de la política, de la cultura y de la moralidad tienen mucho que aprender de una mejor comprensión del universo físico y de la configuración evolutiva de nuestra especie.

* Coeditor de The New Republic, además de Johnstone Family, professor de psicología en la Universidad de Harvard y autor del recientemente publicado The Better Angels of our Nature: Why Violence Has Declined. Fuente: http://www.newrepublic.com/article/114127/science-not-enemy-humanities# / http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/pink.pdf Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella.