Panamá y La Habana (PL).- El 15 de agosto las vetustas piedras y ladrillos calcinados de Panamá la Vieja, restos de la primera ciudad erigida por los colonizadores española en la costa del océano Pacífico americano, cumplió 494 años. Roseau, capital de la pequeña isla caribeña de Dominica, es una ciudad con casi medio milenio de existencia que deleita al visitante con su cultura e historia. Numerosas catástrofes naturales y humanas caracterizaron la historia de Fort de France, capital de la isla caribeña de Martinica y cuna del célebre psiquiatra, escritor y filósofo Frantz Fanon.

El aniversario de fundación de Panamá la Vieja hace tiempo que carece de esplendor, como los trozos dispersos de paredes y torres en un área reducida a la que la Unesco le ha otorgado el estatus de Patrimonio Cultural de la Humanidad, varias veces en peligro de perderlo por la arrolladora influencia de la modernidad y cierta desidia en su conservación.

Cuando su fundador Pedro Arias Dávila (Pedrarias) ni siquiera es un recuerdo, arranques esporádicos de algunos funcionarios cuando se pone en peligro su denominación cultural, han permitido acciones de salvamento de cada montículo pétreo, pero ni aún así el conjunto monumental convoca a la población, incluidos los escolares, a investigar desde sus ruinas, la historia de la ciudad.

Es uno de los cuestionamientos los propios panameños hacen, no solamente al Panamá Viejo, sino también al Casco Histórico o a Portobelo, cuya incidencia en la nacionalidad multiétnica es tan marcada. Las acciones de recordación se limitan a fechas precisas fuera de las cuales poco o nada es significativo en la preservación del patrimonio tangible e intangible, salvo las restauraciones a que son sometidas algunas partes del Casco Antiguo.

Para el aniversario 494, los vecinos y miembros de alguna organización patrimonial organizaron un programa de limpieza del área y, como en otros años, algunas fiestas infantiles, grupos voluntarios de las artes escénicas, los comerciantes de siempre y feriado del jueves sólo para oficinas públicas de la pequeña área. La villa de Pedrarias se mantuvo viva y bastante floreciente durante 151 años, pero quizás ello abrió las ambiciones siempre crecientes del pirata inglés Sir Henry Morgan, quien decidió atacarla y conquistarla para adueñarse de todas las riquezas atesoradas entre sus muros.

Enterado de los propósitos de Morgan, Don Juan Pérez de Guzmán, capitán general de Tierra Firme, ordenó en un acto patriótico evacuar la ciudad y explotar los depósitos de pólvora para volar la villa antes de que cayera en manos piratas, lo que provocó un enorme incendio que la destruyó totalmente. Ello explica el color de las ruinas y su diseminación por toda el área pues el incendio fue total y no quedó ni un solo establecimiento en pie.

La ciudad fue reconstruida dos años después, en 1673, pero en una nueva localización a dos kilómetros al oeste-suroeste de la villa original, en las faldas del Cerro Ancón, donde está actualmente enclavada, ahora apodada Casco Antiguo. En 1821 la localidad, luego de la independencia de Panamá de España y su unión voluntaria a la Gran Colombia de Simón Bolívar, pasó de capital de Castilla del Oro y el Ducado de Veraguas, a la capital del Estado del Istmo, con sus actuales edificaciones administrativas y de gobierno.

Fort de France: ¿Una ciudad deudora de las catástrofes?

Numerosas catástrofes naturales y humanas y la rivalidad con otra villa caracterizaron la historia de Fort de France y determinaron el desarrollo que hoy tiene como capital de la isla caribeña de Martinica, departamento ultramarino de la República Francesa. Fort de France está ubicada en la costa occidental de Martinica, un territorio insular montañoso y de origen volcánico, situado al norte de Santa Lucía, y perteneciente al grupo de las pequeñas Antillas, al este del mar Caribe y denominadas Islas de Barlovento.

Su primer asentamiento comenzó con la construcción de un fuerte con empalizada denominado Fort Royal, establecido en un lugar originalmente habitado por indígenas kalinagos (caribes), en la entrada de la mayor bahía de la isla descubierta por Cristóbal Colón en 1502, pero no colonizada por España. En la primera mitad del siglo XVIII se instalaron allí los franceses, luego desplazados por holandeses e ingleses, hasta que en 1674 Francia compró esa isla que dedicó a producir tabaco, café y azúcar, con mano de obra esclava africana.

En medio de conflictos con los kalinagos, holandeses e ingleses se estableció en torno a Fort Royal el asentamiento de Fort Saint Louis, rodeado de pantanos, un ambiente insalubre que ocasionaba una elevada mortalidad por malaria. Pero al mismo tiempo ese emplazamiento resultaba fácil de defender y su puerto estaba más al abrigo de los temibles huracanes que el de la ciudad de Saint Pierre, ubicada en la costa oriental de Martinica y con más potencial comercial.

Además del paludismo, los habitantes de Fort Saint Louis, que pronto empezó a llamarse también Fort de France, sufrieron otras adversidades. Fue arrasada por un terremoto el 11 de enero de 1890, seis meses después fue afectada por un gran incendio y un año más tarde un huracán dejó más de 400 muertos. Parecía que todas las desgracias conspiraban contra ese asentamiento cuando el 8 de mayo de 1902 una catastrófica erupción del volcán Mont Peleé arrasó Saint Pierre, hasta entonces el centro urbano más poblado de Martinica.

Cuentan los historiadores que una luz intensa dominó la cima del estratovolcán de 1.397 metros de altura, se elevaron negras nubes de humo visibles a 100 kilómetros y sorpresivamente un flujo de lava bajó por las laderas y en poco menos de dos minutos arrasó Saint Pierre con saldo de 20 mil muertos. Aquel desastre transformó a Fort de France en la ciudad más importante de la isla, y se emprendieron con urgencia acciones para desecar y sanear los pantanos y construir nuevos barrios y la población se triplicó hasta albergar hoy a más del 40% de los habitantes de Martinica.

Su puerto se convirtió en pocas décadas en el quinto más importante de Francia por volumen de carga y devino además en una excelente terminal de cruceros que atrae a innumerables turistas. La ciudad ha sido cuna de personalidades ilustres y entre las más célebres figuran casi una veintena de intelectuales y escritores, entre ellos Aimé Césaire (1913-2008) y Frantz Fanon (1925-1961).

El poeta y político Césaire fue ideólogo del concepto de la negritud y su obra estuvo marcada por la defensa de las raíces africanas. Sus ideas fomentaron un movimiento contra la opresión cultural del sistema colonial francés en las dependencias africanas y caribeñas e impulsaron un pensamiento humanista. Afiliado al Partido Comunista Francés desde 1945 hasta 1956, Césaire creó luego el Partido progresista Martiniqués desde el que reivindicó la autonomía de la isla y fue alcalde de Fort de France hasta el 2001 cuando se retiró de la política.

Otro hijo ilustre de Fort de France fue el psiquiatra, escritor y filósofo Frantz Fanon, quien en su efímera pero activa vida de 36 años devino pionero del movimiento de descolonización. De antepasados africanos, tamiles y blancos, Fanon sufrió en Martinica el racismo colonial, a los 18 años escapó a Dominica, se sumó a las Fuerzas de Liberación Francesa y combatió contra Alemania nazi en la Batalla de Alsacia.

En 1945 Fanon regresó a Martinica para apoyar a su amigo y mentor intelectual Césaire y luego volvió a Francia a estudiar Psiquiatría graduándose en 1951 y ejerció en Argelia, donde introdujo novedosas prácticas de terapia social. Ya para entonces había escrito su libro “Piel negra, máscaras blancas” donde analiza y critica la colonización cultural, y se integró al Frente de Liberación Nacional de Argelia revelándose como uno de sus estrategas, hasta que afectado por leucemia viajó a Moscú y luego a Estados Unidos, donde falleció en 1961. Su testamento político, el libro “Los condenados de la tierra”, fue considerado por el filósofo Jean Paúl Sartré (1905-1980) “un llamado inequívoco a la lucha armada” e influyó en varios movimientos de liberación nacional del siglo XX.

Es por estos acontecimientos y sus figuras que pasear por Fort de France es recorrer la historia de la ciudad, de Martinica y de una parte del mundo. Las guías turísticas recomiendan visitar la biblioteca Schoelcher, el Fuerte Saint Luis, el Jardín de la Savane, el Palacio de Justicia, la Iglesia Redoute, la Basílica Montmartre de Balata y el Parque Floral, pero vale la pena también ver otras cosas.

Llama la atención una estatua erigida a la memoria de una mujer nacida en Martinica, Marie Joséphe Rosé Tascher de la Pagerie, conocida como la emperatriz Josefina de Beauharnais, quien fuera esposa de Napoleón Bonaparte. También impacta la Catedral, Monumento Nacional de Francia, diseñada por el arquitecto Pierre Henri Picq y erigida totalmente en madera entre 1891 y 1895, que ha resistido hasta hoy frecuentes incendios, huracanes y sismos.

Pero Fort de France es también parte de la diversidad que atesora Martinica, una isla pequeña, de 65 kilómetros de largo por 27 de ancho, con bellezas naturales, riqueza cultural y una población hospitalaria, que se hacen llamar “foyaleses”. Las distancias son tan cortas que desde la capital es fácil transportarse a cualquier punto de la isla, surcada por abundantes pero cortos ríos que irrigan una llanura central y una selva de helechos y árboles de caoba.

Pocos animales endémicos pueblan esos parajes, entre ellos los roedores manikous, las tarántulas matoutous, las iguanas verdes, las serpientes cabeza de lanza, presentes en su escudo y bandera, las garzas y los colibríes. Es usual ir de Fort de France a las playas de arenas blancas del sur de la isla o a las de arenas negras de origen volcánico de la costa del norte, y disfrutar de una costa llena de caletas y arrecifes, propicios para nadar, bucear y pescar.

Muchos viajeros recorren su selva, otros prefieren los senderos montañosos o los baños en playas o en manantiales termales, pero todos regresan a Fort de France, una ciudad con estilo propio, autóctono, donde se habla más criollo que francés.

Cultura e historia en Roseau

Protegida por la elevación del Morne Bruce, se extiende Roseau, capital de la pequeña isla caribeña de Dominica, una ciudad con casi medio milenio de existencia, que deleita al visitante con su cultura e historia. Situada al suroeste de Dominica, considerada la más meridional de las islas de Sotavento, Roseau ocupa una de las pocas zonas llanas de ese territorio y en ella nace el río homónimo, conocido también por de la Reina, que serpentea por el territorio.

Esta es la mayor, más añeja e importante urbe de esta isla caribeña, hoy habitada por algo más de 16.500 personas, por lo que concentra el 20% de la población de Dominica y fue construida en el sitio donde se asentaba la antigua aldea indígena kalinago (caribe) de Sairi.

Aún cuando Dominica fue descubierta por Cristóbal Colón el 3 de noviembre de 1493, fueron los franceses los primeros europeos en colonizarla, tras la llegada de un grupo de leñadores en el siglo XVII, quienes rebautizaron el lugar con el nombre de Roseau, debido a la cantidad de cañas que cubrían las márgenes del río. En esa época las numerosas islas diseminadas por el Mar Caribe, ricas en recursos naturales, eran disputadas entre las metrópolis del Viejo Continente, por lo que en 1761 los británicos tomaron por la fuerza esa ínsula, que por entonces tenía como capital a Porstmouth, trasladada siete años después a Roseau.

Las luchas entre Francia e Inglaterra por el control de la región, provocaron que la ciudad pereciera bajo las llamas en los años 1781 y 1805, pero como el Ave Fénix resurgió de sus cenizas. Actualmente la estructura urbana de Roseau se basa en un sistema irregular de proporciones en miniatura, en la que destaca el estilo colonial francés, la arquitectura vernácula, y también la influencia inglesa en las grandes casas y edificios públicos, mezclados con modernas construcciones.

Las calles, costas y paisajes de Roseau hablan su propio lenguaje y semejan un museo al aire libre. La ciudad está dividida en 13 barrios, entre ellos Newtown (Ciudad Nueva) que, asentado en la orilla del mar, es el más antiguo de la localidad, conformado en su mayoría por casas de madera vernáculas. Moteada por escasos espacios verdes, el distrito central o casco antiguo posee numerosas viviendas de pequeñas dimensiones.

Roseau fue arrasada por el huracán David en el año 1979 y tuvo que ser reconstruida prácticamente en su totalidad, de ahí que en la década del 80 del siglo XX surgieran barridas como Stock Farm y Castle Comfort. Entre los principales sitios de interés de esa capital está la Catedral Católica, construida entre 1841 y 1916 sobre una colina con piedra volcánica, al estilo románico-gótico.

En una caminata por la zona, el visitante puede refrescar bajo las copas de árboles, rodeado de disímiles plantas tropicales, al acercarse a los Jardines Botánicos, justo al centro de la ciudad. Todo ello, pese a que estas áreas perdieron gran parte de sus atractivos y a muchas de sus voluminosas arboledas tras el impacto del ciclón.

Aún hoy los Jardines Botánicos son el hogar de gran variedad de la flora tropical, para lo cual son favorables las condiciones climáticas existentes en el lugar, además de permanecer abierto como centro recreativo y cobijar entre sus linderos a varias escuelas y edificios gubernamentales. Entre las edificaciones de la urbe resalta el Fort Young Hotel, sede de diversas actividades culturales, situado en lo que originalmente fuera un fuerte francés.

A este lugar se unen el Old Market, importante sitio de ventas ubicado en el antiguo mercado de esclavos, y el New Market, donde se comercian frutas, verduras y pescado. Junto al Old Market y frente a la bahía de Roseau, se alza el Museo de Dominica, un paseo por la historia, la cultura y la evolución geológica de esta isla caribeña.

La vida cultural de la ciudad es enriquecida con diversas festividades, como las celebraciones por la Independencia y otras actividades, entre las que se destacan el Festival de Música Criolla de Dominica, creado en 1997 y considerado uno de los pocos eventos musicales verdaderamente indígenas del país y del Caribe Oriental.

Antiguamente, la ciudad de Roseau tenía como única fuente de ingreso la exportación de frutos tropicales, pero hoy estos han sido desplazados por el turismo, pues miles de extranjeros llegan cada año a estas tierras, en busca de sus playas, algunas de ellas de arenas negras por su origen volcánico. Muchos arriban en cruceros a sus principales puertos marítimos (Woodbridge Bay, Roseau Ferry Terminal y Cruise Ship Berth), o por el aeropuerto de Canefield, puntos por donde también se exportan productos esenciales de la economía de Dominica.

Por su clima tropical, paisajes, senderos montañosos, playas, ríos y cataratas, esta región es una permanente invitación a quienes desean disfrutar de las diversas ofertas del ecoturismo. Al noroeste de la ciudad se encuentran las cataratas de Trafalgar Falls, una visita obligada a un entorno verde y exuberante. La mayor de ellas, un salto de agua de 38 metros de altura, es apodada Padre, en tanto la más pequeña, de unos 23 metros, es llamada Madre.

También están las cascadas Titou Gorge y Esmerald pool, localizadas al noroeste de Roseau, que dan origen a piscinas naturales rodeadas de vegetación. Otro lugar atrayente para el turista es el pequeño pueblo de Soufriere, fundado por los colonos franceses al sur de la capital, con su costa bordeada de palmeras, barcos de pesca, manantiales de azufre y piscinas de agua caliente.

Roseau y sus alrededores se convierten así en zonas de gran interés para el visitante, ávido de conocer su historia y cultura, y sumergirse en sus encantos naturales.

* De la Ribera es jefe de la Redacción Centroamérica y Caribe, y Arce y Pérez son periodistas de Prensa Latina.