Managua (PL).- Antiguos enemigos jurados en Nicaragua comparten hoy la misma mesa de negociación, bajo el liderazgo de un ex movimiento guerrillero, devenido partido político, con salida y retoma del poder: ¿cómo evaluar esa ruptura y continuidad de la revolución sandinista? Prensa Latina conversa sobre el tema con Jacinto Suárez, secretario de Relaciones Internacionales del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un hombre de 64 años de edad que sufrió en su juventud cárcel, persecución y tortura cuando ser sandinista, seguidor del ideario del prócer Augusto C. Sandino, era delito en este país.

Nicaragua es una nación de guerrilleros y poetas con larga tradición de lucha armada. No es casual que aquí surgiera Sandino como símbolo de soberanía y revolución, sustenta el dirigente. Para el manejo de la opinión pública durante la dictadura de la familia Somoza, Sandino era un bandolero, asaltante de caminos y ladrón, y como tales tildaban a quienes acuerpábamos sus ideas, aseguró el también titular de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento.

A fines de julio de 1960, los jóvenes salieron por primera vez en masa a gritar el nombre de Sandino en las calles de Managua en contra del dictador Anastasio Somoza, que había nombrado una de las principales vías de la ciudad con el apellido de un presidente de Estados Unidos. Los cipotes (muchachos) de aquella época a puro coraje rebautizaron la avenida Roosevelt; hubo muertos, represión y cárcel; brocha en mano ponían el nombre de Sandino y tapaban con pintura las placas que decían avenida Roosevelt, relató Suárez.

De manera espontánea comenzaron a organizarse en lo que se llamó Juventud Patriótica Nicaragüense (JPN). El entonces embajador de Cuba, Quintín Pino Machado, ofreció un local para la reunión constitutiva y presenció el encuentro, destacó el diputado. En opinión de Suarez, los hechos marcaron un fenómeno peculiar. “Aquí hubo una precocidad política y revolucionaria increíble, había quienes caían presos a los 14, 15 años de edad”.

“A Daniel (el comandante Daniel Ortega, presidente de la República) lo mandaron a prisión por primera vez cuando tenía 14 y los dirigentes más viejos de la JPN eran muchachos de 20 ó 21 años cuando más”, ejemplificó. Nunca la dictadura de los Somoza, derrocada en julio de 1979, llegó a tener base social de sustento, nació como apéndice de las tropas de ocupación estadounidenses contra las cuales combatió Sandino, evaluó el legislador.

De no ser por el apoyo financiero y material de Estados Unidos, el régimen somocista hubiera tenido corta vida: no daba libertades públicas ni políticas y, legitimado por aquella potencia extranjera, resultaba chocante para un pueblo con alta tradición en defensa de la soberanía nacional, estimó.

La tentación de derrotar al somocismo por la vía armada salía de una manera natural. Pero inicialmente las conspiraciones de esa naturaleza fueron instrumento de los politiqueros, interesados en presionar la salida de Somoza mediante otra intervención militar norteamericana, señaló.

Existían dos tesis contrapuestas: la suplantación de la dictadura para poner un gobierno democrático-burgués y el derrocamiento como salida revolucionaria anticapitalista, definió el entrevistado. Cuando triunfa la Revolución cubana en enero de 1959, obviamente todavía se legitima aún más la lucha armada y la actividad guerrillera del FSLN, acotó.

La tesis del derrocamiento revolucionario de la dictadura ganó fuerzas en 1967, tras la última conspiración armada de la oligarquía, que fue sofocada a sangre y fuego el 22 de enero de aquel año. Mucha gente descontenta decidió incorporarse a un plantón masivo en las calles de Managua, pensado por la oligarquía para crear el caos y propiciar la intromisión de las tropas estadounidenses, tipo a lo ocurrido en Santo Domingo en 1965, bajo la sombrilla de la Organización de Estados Americanos (OEA), sintetizó Suárez.

Al alzamiento de 1967, explicó, se sumaron los sectores populares, pero carecían de organización militar y clandestina que les diera soporte; entonces, pasada la masacre, los políticos se fueron tranquilamente al Congreso nacional a compartir con Somoza. La gente comprendió el engaño y volteó su mirada hacia el Frente Sandinista de Liberación Nacional que ya andaba en acciones guerrilleras, rememoró.

A la luz de la verdad histórica, en 1967 cuando las tropas élites del régimen se lanzaron contra los managuas, quienes las contuvieron fueron los combatientes del FSLN, “y lo digo con propiedad porque estaba ahí, le fuimos arriba a balazos limpios a la horda de asesinos de Somoza para que no siguieran matando gente”. No había garantías de nada, por supuestas actividades comunistas tenías automáticamente seis meses de prisión sin siquiera ser juzgado por un tribunal, bastaba la delación de “un oreja” y te llevaban para la cárcel, describió.

El tren y sus vagones

Quienes querían salir del régimen, de una manera u otra, poco a poco fueron sumándose hasta confluir en lo que era la concepción de los sandinistas: un frente de liberación nacional para combatir a la dictadura, con una dirección revolucionaria, indicó. Por eso nos llamamos Frente, era la confluencia de distintas fuerzas, porque “la revolución es como un tren, un concepto leninista que nosotros ocupamos para decir: halemos la locomotora y hagamos andar el tren y luego iremos sumando vagones, que eran las distintas expresiones de la vida nacional”, aseveró.

Al final de la historia, abundó, el último vagón que se sumó fue el de la oligarquía que, por sus contradicciones con Somoza, aceptó la insurrección de final de 1979. El concepto de unidad y diálogo, respondió, no es nada nuevo; aunque ni en la lucha contra la dictadura ni tampoco ahora esperamos que los sectores tradicionales reconozcan al FSLN como vanguardia para la reconstrucción y el progreso del país.

Cuando ganamos en julio de 1979, los últimos vagones que se sumaron al tren fueron los primeros en zafarse cuando vieron el carácter revolucionario del proceso, bajo el dominio pleno del FSLN, sustentó. A partir del triunfo popular vino la transformación de la propiedad agraria, y con ello el primer gran encontronazo de intereses, pues significaba ir contra los latifundistas del algodón, el café y la ganadería; nos armaron la contrarrevolución y Estados Unidos nos hizo la guerra sucia, subrayó.

Solo basta consultar la demanda ganada por Nicaragua en la Corte Internacional de Justicia de La Haya para comprender la verdad histórica: tras cinco años de guerra, logramos documentar daños por parte del gobierno estadounidense ascendentes a 17 mil millones de dólares, pero la guerra sucia continuó cinco años más hasta llegar a 1989, refirió.

En 1989, evaluó, habíamos logrado consolidar el proceso de negociación con la contrarrevolución que significa la desmovilización y se empezaban a ver las perspectivas de la paz. Pero sucedió la invasión estadounidense a Panamá y “nuestra respuesta aquí fue rodear la embajada norteamericana con tanques y sacar a la gente a las calles con la consigna de ¡aquí y allá, el yanqui morirá!”.

“La gente vio que la guerra seguía; ese es el factor principal para comprender el voto de censura contra el Frente Sandinista en las elecciones de 1990; expresaba el reclamo popular de evitar la continuidad de la confrontación y la muerte”, consideró Suárez.

Gobernar desde abajo

Frente al miedo de que la guerra continuara, la gente votó por la paz. Entonces resultó clave la visión de Daniel de aceptar la derrota y platearnos como FSLN el gobierno desde abajo, con las organizaciones sociales, los sindicatos, en la lucha en las calles, sopesó. En 1990, la derecha vendió la idea de que con la instalación de un gobierno victorioso frente al Sandinismo, los norteamericanos iban a venir con las maletas llenas de dólares para la reconstrucción de Nicaragua, pero se quedaron esperando.

Nosotros, precisó, habíamos perdido el instrumento principal del poder que es el gobierno, pero quedaban las fuerzas armadas, cuyo origen era la guerrilla sandinista, y existía una redistribución de la riqueza, fruto de la revolución, que impedía a la vieja oligarquía afianzarse como en los tiempos del somocismo.

De acuerdo con Suárez, “hubo batallas memorables en los años 90 para frenar el avance del neoliberalismo; llegó el momento en que la administración de doña Violeta Barrios llamó a Daniel y le dijo: si no nos dejan gobernar, renunciamos y nos vamos”. La respuesta de Daniel fue un no rotundo; aquel emplazamiento era inadmisible y les recomendó que negociaran con la gente, porque eran inaceptables las imposiciones al pueblo, recordó el diputado.

Mediante decreto presidencial, la mandataria trató de restituir a sus antiguos dueños todas las propiedades confiscadas por la revolución sandinista en los años 1980 al somocismo; aquello provocó casi un alzamiento nacional, bloqueo de carreteras, bloqueos de calles, se paralizó el país. Todas esas luchas, expresó, fueron abonando a un nuevo reordenamiento y el FSLN acogió a sectores que se sentían perjudicados por la restitución capitalista y el neoliberalismo.

De ser una de las economías más vigorosas de Centroamérica, Nicaragua descendió hasta convertirse en el segundo más empobrecido de América Latina y el Caribe, como saldo acumulado del somocismo, la guerra con intervención estadounidense y los 16 años de neoliberalismo. Para Jacinto Suárez, la reconstrucción del país, luego del retorno del FSLN al gobierno en enero de 2007, “es una bandera de paz, unidad y reconciliación, salvo para los que son enemigos del progreso y el bienestar de las familias”.

Nueva etapa para la revolución sandinista, afirmó categóricamente, “con la restitución de los derechos de propiedad, educación, salud, los programas que sirven para restañar las enormes heridas del neoliberalismo”. Instituciones internacionales con las que hoy mantenemos relaciones de respeto y entendimiento son las mismas que en la etapa neoliberal exigían despojos de conquistas sociales, observó.

El Fondo Monetario Internacional, ejemplificó, pedía revertir toda la reforma agraria de la primera etapa de la revolución y volver a los grandes latifundios, frente a aquellas exigencias levantamos la bandera del derecho de las familias a la titulación de tierras y viviendas. Atender el problema de la propiedad fue uno de los puntos de la campaña electoral de Ortega para los comicios generales de 2006 y ese programa se está cumpliendo con la entrega de títulos, acompañados de financiamiento y la ayuda a los campesinos para la comercialización de sus producciones, apreció.

Sin la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), muchas de nuestras aspiraciones serían imposibles, en el caso de los títulos representa la posibilidad de contar con fondos para mediciones de terreno, actualización del catastro y otorgamiento gratuito de los documentos de propiedad a las familias, significó. Quedan muchas demandas insatisfechas y para nada son fáciles de resolver, algunos técnicos calculan que Nicaragua necesitaría 10 años continuos con crecimiento económico de al menos nueve por ciento anual para resolver todos los problemas y las pobrezas heredadas, precisó.

Tenemos muros internos y externos para avanzar al ritmo que necesita este país, por eso el proyecto de construir un canal interoceánico tiene tanta relevancia, y “así te explicas el porqué de esa reacción tan ácida por parte de los adversarios al gobierno”. El canal, analizó, ayudaría a cerrar las grandes grietas de iniquidad y “si nosotros resolvemos como gobierno la brecha social que sigue abierta, a la derecha no le quedarían banderas de ataque, sería la consolidación total de este sistema”.

Cuando aquí el pueblo desentrañó las claves de la revolución nacional, “descubrió a Sandino como símbolo mayor de la soberanía, en él encontró una concepción clasista, latinoamericanista y revolucionaria de la historia”, conceptualizó el ex combatiente guerrillero. En las condiciones actuales de Nicaragua ser sandinista significa participar del esfuerzo nacional de reconstrucción y para la salida de la pobreza, opinó.

Como Sandino devino símbolo nacional, actualmente sectores conservadores tratan de adaptarlo a lo que ellos llaman un Sandino renovado; es decir, “despojarlo de su filo antiimperialista y clasista y volverlo no más un pinche nacionalista”. Según Suárez, la segunda etapa de la revolución sandinista tiene lugar en “el mejor momento de la historia latinoamericana y caribeña por la creación de condiciones para lo que nosotros queremos: la reconstrucción pacífica de Nicaragua”.

Pluralismo político, economía mixta y no alineamiento, como política exterior, son tres fundamentos inalterables del modelo de desarrollo inclusivo, planteado por la revolución desde sus orígenes, indicó. Adversarios del FSLN “nunca han aceptado una política económica que se plantee la redistribución de la riqueza en contraposición a la lógica de concentración y acumulación del capital”, advirtió.

Usualmente las elecciones en muchas partes del mundo constituyen “ventas de ilusiones cada vez que toca ir a las urnas, para luego incumplirlas en el ejercicio del gobierno, que termina por desgastarse”, expuso el representante del FSLN. “Daniel no vendió ilusiones, planteó un programa y lo viene cumpliendo; por eso en la medida que pasan los años se consolida más el gobierno, como reconocen diversas encuestas nacionales e internacionales”, juzgó.

El FSLN, evaluó el legislador, está empeñado en la construcción de una nueva conciencia social, sobre la base valores cristianos y socialistas, que estimulen la participación popular para consolidar espacios de poder económico y político por parte del pueblo y la práctica de la solidaridad. La empresa privada, acotó, no se sienta a concertar gratuitamente: sabe que no las tiene todas consigo, pues hay nuevos actores económicos, fruto de las políticas y los programas socio-productivos del gobierno sandinista.

“Ese poder no lo puede perder el pueblo; solo así es que llegamos al momento actual donde a unos y a otros nos interesa ponernos de acuerdo en una misma mesa de negociaciones”, justipreció. Tradicionales enemigos del Sandinismo perdieron la capacidad de imponerse; “no hay derechas buenas, es la historia de la lucha social de este país la que genera el cambio”, resumió.

Encuestas confirman mayoritario respaldo al Gobierno en Nicaragua

En enero de este año más del 65% de los nicaragüenses respaldaba la gestión del gobierno del presidente Daniel Ortega, evaluó la costarricense Consultoría Interdisciplinaria en Desarrollo Gallup S.A (CID Gallup). Según el sondeo efectuado del 8 al 13 de enero de 2013, para 62% de las personas en ese país el mandatario siempre o casi siempre hace lo que es bueno para el pueblo.

La administración del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha logrado una ventaja considerable en los últimos años y ese último aspecto es uno de los mejores indicadores de la confianza ganada entre los sectores populares, de acuerdo con el presidente ejecutivo de la consultora Carlos Denton. Según CID-Gallup, las agrupaciones Liberal Constitucionalista (PLC) y Liberal Independiente (PLI) reciben cuatro y tres por ciento, respectivamente, de respaldo popular. Con el término de colapsados, describió la situación de ambos partidos.

Otro monitoreo de opinión pública, hecho por M&R Consultores, también corroboró el deterioro político de adversarios al sandinismo. Para un 87,3% de los entrevistados, los grupos opositores deben dialogar y negociar con el gobierno, mientras 8,7% opina que el camino es organizarse para enfrentar a causar violencia. Al evaluar el desempeño de esos partidos, un 82,2% de los consultados optó por calificarlo de negativo indicó M&R Consultores.

Por otro lado, un estudio de la firma Consulta Mitofsky divulgado en abril ratificó que el presidente Daniel Ortega figura entre los dignatarios mejor valorados en el continente americano. El documento “Aprobación de mandatarios, América y el Mundo” sustentó sus evaluaciones en la recopilación de encuestas publicadas en medios electrónicos de diversos países. Inscrito en el grupo con “evaluación alta”, el gobernante nicaragüense recibió 65% de aprobación, para el sexto sitio en una tabla general que consideró la calificación ciudadana a la gestión de 19 Jefes de Estado del área. Ortega subió dos posiciones e incrementó seis puntos porcentuales en relación con la anterior medición y el 65% de ciudadanos concuerda con la forma en la que conduce el país.

El 23 de julio la consultora Siglo Nuevo confirmó que el respaldo popular al presidente de Nicaragua, lejos de disminuir crece por día. El director de la firma Tomás Valdés indicó que en un sondeo de opinión desarrollado el 20 y 21 de julio, el 83% de los nicaragüenses apoya la gestión del mandatario, si se considera la suma del 78,2% de afirmaciones positivas, más la media porcentual del 9,6% de los que respondieron que quizás. Apenas 10,4% reprueba el desempeño de la administración de Ortega.

* Jefa de la corresponsalía de Prensa Latina en Managua.