El llamado “proceso” de cambio pasa por una crisis, atravesado por profundas contradicciones. Es urgente tomar posición al respecto. ¿Cómo salir de la crisis? ¿Cómo resolver las contradicciones? ¿Cómo avanzar? ¿Cómo profundizar el “proceso” de cambio? Se requiere urgentemente la reconducción del “proceso”, reconducción dirigida por las organizaciones y movimientos sociales anti-sistémicos.

Las contradicciones son conocidas; una Constitución que establece el Estado plurinacional comunitario y autonómico en contraste con un Estado-nación conservado por el gobierno; un modelo de economía social y comunitaria, en la perspectiva del vivir bien, encaminado a la independencia económica y a la soberanía alimentaria, que salga del modelo extractivista, en contraste con la continuidad y expansión del modelo extractivista, que nos hace dependientes y conserva el colonialismo impuesto por el capitalismo. Un sistema de gobierno de democracia participativa, definido por la Constitución, en contraste con una práctica caudillista, cupular, prebendal y clientelar de gobernar. Derechos de las naciones y pueblos indígena originarios, constitucionalizados, en contraste con la vulneración de estos derechos, el avasallamiento de sus territorios, desconociendo su autonomía, su autogobierno y libre determinación.

Estas contradicciones obligan a la crítica del gobierno y de la conducción del “proceso” de cambio. Esta crítica no puede ser sino radical en contra de las estructuras de poder restauradas y los grupos de poder conformados; en contra de las distorsiones políticas, las prácticas prebendales y clientelares, en contra de las renovadas subordinaciones a las empresas trasnacionales y a las geopolíticas regionales. Empero, no se puede perder de vista la defensa del “proceso” de cambio.

La coyuntura presente, que puede ser definida tanto por la crisis del “proceso” como por la situación electoral de 2014, exige una posición clara ante los dos desafíos. Nuestra posición la definimos en los siguientes puntos:

Respecto a la crisis del “proceso” de cambio, ante sus profundas contradicciones, se requiere urgentemente la reconducción del “proceso”, reconducción dirigida por las organizaciones y movimientos sociales anti-sistémicos.

Respecto a las próximas elecciones, criticadas por la forma como se ha abordado la reelección del presidente, pedimos una reforma constitucional y referéndum, fortaleciendo, de esta manera la candidatura del presidente, tanto en la campaña como por su carácter constitucional.

Las salidas a la crisis del “proceso”, incluso la forma de abordar las próximas elecciones, deben emerger del seno de las organizaciones y los movimientos sociales. Estas salidas no pueden sino estar enmarcadas en la defensa crítica del “proceso”.

Las salidas a la crisis son políticas, es decir, acontecimientos políticos transformadores; implican la reconducción del “proceso”. No son salidas electorales.

No hay una salida electoral a la crisis del “proceso”; las elecciones no serían otra cosa que la verificación cuantitativa de las fuerzas en crisis. El electoralismo es una reducción liberal de la problemática de la crisis.

No estamos de acuerdo con la formación de un frente alternativo de “izquierda” electoralista, que de alternativo sólo tendrá su fuerza crítica y argumentativa; pero, no será una fuerza política alternativa.

Ante la posibilidad de un frente amplio de “derecha”, llamamos a conformar un frente único de “izquierdas”, estratégico y no electoralista, para defender críticamente el “proceso”. Con todas las contradicciones por las que pueda estar atravesado, es el “proceso” que hemos abierto y es el “proceso” que debemos defender ante cualquier intento de retornar a los periodos neoliberales y liberales anteriores. El “proceso” ha sido abierto por la movilización general, aunque haya sido usurpado por grupos de poder, es producto de las luchas sociales. No se puede dar ningún chance al retorno de las “derechas” a retornar al gobierno.

La defensa crítica del “proceso”, la formación de un frente único de “izquierdas”, estratégico y de transformación, en defensa del “proceso”, no quiere decir, de ninguna manera, que se baja la guardia en la crítica del gobierno, de los grupos de poder, de la conducción conservadora, clientelar y prebendal. Todo lo contrario, la crítica es el mejor instrumento de reconducción y la reconducción es la alternativa efectiva para la profundización del “proceso”.

Primera crítica cardinal: Crítica del poder

La principal crítica al gobierno, a las gestiones de gobierno, al núcleo centralizador y concentrador de poder, que funge de conducción del “proceso” de cambio, es haberse arrogado la representación de los movimientos sociales anti-sistémicos, es haberse apoderado del “proceso” como si fuesen sus dueños. Esto no es otra cosa que efectuar la economía política del poder, efectuación que se da en todos los estados, sobre todo en el Estado-nación, economía política de poder que consiste en la diferenciación de potencia social y poder, expropiando la potencia por parte del poder, acumulando la disponibilidad de fuerzas, monopolizando las fuerzas como violencia simbólica, psíquica y física del Estado. Es decir, se hace como todo Estado, sobre todo el Estado moderno, de separar Estado de sociedad, usando el Estado contra la espontaneidad de la sociedad, apropiándose, capturando parte de la potencia social, para reproducirse como clase política dominante, como burguesía, con pretensiones hegemónicas.

En este sentido, la crítica anterior adquiere su especificidad histórica cuando se constata que, con el procedimiento mencionado, de diferenciación de potencia social y poder, la economía política del poder se convierte en economía política de la colonialidad; es decir, de la continuidad colonial en las llamadas sociedades postcoloniales, que en el caso de nuestro, Bolivia, como en los demás países del continente de Abya Yala, continúa la ruta colonial en la forma republicana. En lo que respecta al gobierno llamado “popular e indígena”, la colonialidad continúa presentándose en forma de transición al Estado plurinacional, incluso como tal, simulando pluralidad política, institucional, jurídica, social, económica y cultural, cuando efectivamente se mantiene en las estructuras y arquitectura política e institucional del Estado-nación. Por este procedimiento de simulación el gobierno, llamado también “gobierno de los movimientos sociales”, que es otra usurpación, continúa la colonización de las naciones y pueblos indígenas originarios, emprendida desde la conquista.

Estamos lejos de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, como manda la Constitución. Para que esto ocurra se requiere de transformaciones estructurales e institucionales, que no se dieron. Transformaciones que implican pluralismo institucional, pluralismo administrativo, pluralismo normativo, pluralismo de gestión, incorporando como eje primordial del pluralismo de gestión a la gestión comunitaria y a la gestión pública participativa y colectiva, con control social, como manda la Constitución.

El llamado “gobierno de los movimientos sociales” o gobierno popular ha reforzado la maquinaria administrativa, jurídica y política del Estado-nación, mono-nacional, mono-cultural, nono-institucional. Ha extendido la mediación burocrática, ampliándola a niveles casi insostenibles y espantosamente deficientes, de tal forma que ya no se tiene gobierno, en el sentido de gobernar el Estado (gubernamentalidad), gobernar las fuerzas, sino se tiene como un cuoteo corporativo, concediendo zonas de control a los gremios afines, controlando a las organizaciones con circuitos prebendales y clientelares, centrando y nucleando las decisiones estratégicas en una élite gobernante.

Esta estructura de poder, piramidal y cupular, ha convertido a los movimientos sociales en una figura alegórica, ha convertido a las organizaciones sociales en organizaciones cooptadas clientelarmente, usando a las dirigencias como representaciones perversas de los sindicatos, en una total ausencia de democracia sindical, dividiendo a las organizaciones indígenas, imponiendo representaciones adulteradas y manipuladas. Ha convertido al pueblo, en clave plural, es decir, a los pueblos, a la sociedad, en clave plural, es decir, a las sociedades, a las comunidades indígenas, con territorio comunitario y autoridades originarias, a las comunidades campesinas, con propiedad familiar de la tierra y dirigencia sindical, en rehenes de una economía política del chantaje, de una política de la coerción, del amedrentamiento y de la amenaza.

Este estilo de gobierno ha ampliado considerablemente la antigua práctica de la corrupción, corroyendo las instituciones, conformando ampliamente redes paralelas no-institucionales de decisión, de poder, de apropiación indebida de los recursos estatales. Esta corrosión institucional ha llegado al extremo de su extensión que se hallan comprometidos en esta práctica desde las dirigencias hasta la cúpula de gobierno, pasando por todas las mediaciones burocráticas y representativas.

Este estilo de gobierno controla o se ilusiona controlar todo, sobre todo se ilusiona conservar el poder, cuando, en realidad, lo que está ocurriendo, es que ha carcomido, con estos procedimientos, las fortalezas no sólo del “proceso” de cambio, sino incluso del propio gobierno. Perdiendo éste el instinto de conservación; desconectado de la realidad, apuesta por la ilusión de la autocomplacencia celebratoria.

Otro fenómeno que se ha manifestado en dimensiones increíbles es lo que se llama el llunkirio, la sumisión y el servilismo indisimulado e indigno a los jefes. La adulación y la alabanza más patéticas son conductas cotidianas en el partido de gobierno, en la administración pública, en el Congreso, en los órganos del Estado, en los medios de comunicación, donde las declaraciones más lisonjeras y serviles se dan de parte de los llunk’u. Esta sumisión y servilismo, esta adulación extrema, no es otra cosa que una estrategia de poder de los llunk’u que medran a la sombra del caudillo, para servirse, beneficiarse y conservar sus pequeños dominios.

Esta estructura de poder cupular y piramidal, amparada en la figura del caudillo, tiene su base social en este llunkirio, en este servilismo y sumisión. Como se puede ver es una base endeble y vulnerable. La falta de convicciones, la ausencia de democracia, el vacío de deliberación, debate y discusión, por lo tanto de uso crítico de la razón, la delegación absoluta de las decisiones a la cúpula gobernante, delegación llamada irónicamente “centralismo democrático” o “disciplina partidaria”, no pueden sostener firmemente una estructura de poder por largo tiempo. Es como una fruta de la que sólo ha quedado la cascara, mientras por dentro se ha podrido y agusanado, quedando sin contenido sustancioso.

Segunda crítica cardinal: Crítica de la economía política extractivista

Otra crítica fundamental al gobierno y su ejercicio de poder es la continuidad de una política económica dependiente. La base de esta dependencia es la preservación, extensión e intensificación del modelo colonial extractivista. Se apuesta casi con desesperación a la explotación de minerales, explotación hidrocarburífera y de otros recursos naturales como el Litio, explotación que deriva en la exportación de materias primas a las potencias industriales, antiguas y emergentes, re-convirtiendo al país en reserva de materias primas de las grandes oligopolios y monopolios de las empresas trasnacionales.

El gobierno se contenta y se explaya propagandísticamente con la parcial nacionalización de los hidrocarburos, que, indudablemente, ha mejorado notoriamente los ingresos del Estado, empero no ha logrado la refundación de YPFB como empresa productiva, reducida a administradora del control técnico de las empresas trasnacionales, salvo participaciones localizadas en la explotación y en las plantas separadoras. Las demás “nacionalizaciones” han tomado el curso de la compra de acciones, procedimiento acostumbrado en el mercado financiero capitalista. Esta autosatisfacción del inicio parcial de nacionalización encubre la entrega de los recursos naturales a las empresas trasnacionales, al capital internacional. Encubre la repetición del eterno retorno del círculo vicioso de la dependencia.

La dependencia es una relación estructural de dominación y sometimiento a la geopolítica del sistema-mundo capitalista, dependencia derivada de la historia colonial y de la colonialidad en la constitución del sistema-mundo, geopolítica que divide al mundo entre centros mutantes y periferias petrificadas, geopolítica racializada basada en la economía política colonial, que diferencia blanco/indio, blanco/negro, blanco/de color, como códigos civilizatorios; interpretando lo blanco y sus aproximaciones como moderno, desarrollo, progreso, bien estar; interpretando lo indio, lo negro, lo de color, como pre-moderno, pre-capitalista, subdesarrollo, pobreza.

Dependencia y colonialidad son conceptos complementarios. Las estructuras de la dependencia son coloniales, son formas variadas de la colonialidad; la colonialidad es la base multiforme de la dependencia; colonialidad del poder[1], colonialidad del saber[2], colonialidad de cuerpo[3], etc. Colonialidad y dependencia se retroalimentan recíprocamente. La dependencia tiene también una base económica; ésta es el modelo extractivista, que no es otra cosa que una colonialidad económica. La dependencia es colonial y la colonialidad regenera la dependencia.

El gobierno al apostar por la expansión del modelo extractivista, expandiendo la posibilidad de las concesiones petroleras, hidrocarburíferas, mineras, no hace otra cosa que reforzar e intensificar la dependencia y la colonialidad. Sosteniendo esta expansión con la ampliación de la frontera agrícola, invadiendo los bosques y los ecosistemas de equilibrio biodiverso, consolida una composición extractivista que convierte a la agricultura y la ganadería, expansivas, de mono cultivo y de ganadería manipulada, en agricultura y ganadería extractivistas, que atentan contra la madre tierra, los bosques, las cuencas y los ciclos reproductivos de los ecosistemas. La introducción de los transgénicos en el cultivo expansivo de la soya, ahora con la intensión de ampliar a otros productos, ha acrecentado el modelo hacia su desplazamiento neo-extractivista. La presencia de mega-minerías, que explotan a cielo abierto, destruyendo los ecosistemas en magnitudes monumentales, son parte de este neo-extractivismo, altamente destructivo, de tecnología avanzada y de bajo empleo de la fuerza de trabajo.

La decantada industrialización no es más que una estafa. Montajes de plantas que no tienen nada de industriales, inversiones que no se justifican, empero sirven para montar escenarios y desviar fondos, aprovechando presupuestos inflados. Plantas separadoras, que obviamente no corresponden al concepto de industrialización, son presentadas como los grandes logros de la industrialización; plantas sobrevaloradas injustificablemente e insosteniblemente, que al final no forman parte de la industrialización sino que son dispositivos materiales del diagrama de poder de la corrupción. El fracaso de la empresa siderúrgica del Mutún es apenas una muestra de las improvisaciones, tramoyas, simulaciones, montajes, que esconden conductas inescrupulosas en la administración indebida de los recursos naturales, que son propiedad de todos los bolivianos.

La dependencia, la colonialidad, el modelo extractivista, cuentan también con un procedimiento administrativo financiero, que corresponde a la concepción monetarista de las políticas económicas que apuntan al equilibrio macroeconómico, respondiendo a los condicionamientos del sistema financiero internacional; forma de dominación y hegemonía del ciclo del capitalismo, en su etapa tardía y de clausura.

El gobierno ha optado por una subordinación consecuente al sistema financiero internacional, a la forma más abstracta de la manipulación y especulación de la valorización dineraria, forma acabada del imperialismo y del imperio. Ha entregado el ahorro de los bolivianos, las reservas fiscales a bancos extranjeros, bancos que son dispositivos claves de la dominación financiera. El gobierno ha emitido bonos soberanos entregando como garantía nuestra soberanía sobre los recursos naturales. El gobierno forma parte de la especulación financiera, de las burbujas financieras, del más flagrante despojamiento abstracto del ahorro y el trabajo de las sociedades. El gobierno se ha entregado al cuerpo descomunal del imperialismo vigente, mientras dice pelear con el fantasma del imperialismo, una figura que quedó en los periodos de la segunda guerra mundial y se extendió hasta la guerra del Vietnam.

Modelo extractivista y política monetarista conforman la composición de una política económica gubernamental que reproduce la dependencia colonial.

Tercera crítica cardinal: Crítica del despotismo ilustrado

Una tercera crítica cardinal al gobierno es su descarte del ejercicio democrático en todos sus niveles. Ha optado por la absorción de los órganos de poder del Estado, desechando el marco del equilibrio y división de poderes, que si bien corresponde a la república, se encuentra, sin embargo, constitucionalizado, en la transición al Estado plurinacional comunitario y autonómico. Ha descartado toda deliberación, debate y discusión, imponiendo la verdad del poder, que es la verdad imaginaria de la cúpula gobernante. Haciendo esto, la imposición del despotismo ilustrado, ha acabado con la vida política del movimiento o partido político de gobierno, ha anulado la democracia sindical, ha inhibido al máximo la facultad de raciocinio, llevando al extremo de la obediencia, sumisa y servil, convirtiendo la “disciplina” partidaria en subordinación resignada a las ordenes de los jefes. Llama irónicamente “centralismo democrático”, como sorna sádica, al despotismo elitista de la cúpula gobernante, que confunde el ejercicio de la política con la subordinación cuartelaría, confundiendo a los “revolucionarios”, que de por sí son críticos, con soldados obedientes y subordinados.

Con el descarte del ejercicio democrático, de la democracia como matriz de la política, en tanto suspensión de los mecanismos de dominación, democracia basada en el prejuicio de la igualdad y en la deliberación popular, la representación del pueblo, definitivamente se ha anulado la posibilidad de conformar el sistema politico de la democracia participativa, tal como lo establece la Constitución; el ejercicio plural de la democracia, democracia directa, comunitaria y representativa. Con el descarte del ejercicio democrático y la anulación de la construcción del sistema político de la democracia participativa, se impide la participación y el control social, la construcción colectiva de la decisión política, la construcción colectiva de la ley, la construcción colectiva de la gestión pública.

Con estos descarte democráticos y la anulación de la construcción del sistema de gobierno de la democracia participativa, se alejó también la posibilidad de construir una nueva forma de gubernamentalidad, la gubernamentalidad de las multitudes, radicalmente diferente a la gubernamentalidad liberal, extendida en gubernamentalidad neo-liberal, basadas en el dejar hacer y el dejar pasar, así como en la competencia. La gubernamentalidad de las multitudes también es una forma de gubernamentalidad diferente a la gubernamentalidad de Estado policial, que es en lo que finalmente acabó la forma de gobierno “socialista”, al descartar precisamente la democracia como base del socialismo. La gubernamentalidad de las multitudes es la forma de gobierno más avanzada de la democracia, es una profundización colectiva, participativa y comunitaria, pluralista y dinámica de la democracia.

Cuarta crítica cardinal: Crítica de la dominación masculina

La cuarta crítica cardinal al gobierno tiene que ver con su carácter patriarcal. El Estado patriarcal[4] es un concepto que expresa la “síntesis” política de la dominación masculina, la dominación de la fraternidad de los machos. Desde una interpretación histórica, las estructuras patriarcales se remontan a la constitución de las sociedades llamadas sedentarias, las que se organizan sobre la base de la expansión de la agricultura, la revolución verde. Estas sociedades, no todas, tienden a fijar formas de familia, estructuras familiares, relaciones familiares, relaciones infra-familiares, basadas en la diferenciación “sexual”. Empero, todavía no se hace evidente la dominación masculina; para lograr este efecto de poder se requiere algo más que la condición de posibilidad sedentaria, de la condición de fijación local, territorial, de las estructuras familiares, algo más que de las distinciones y diferenciaciones culturales de los “sexos”. Este algo es un régimen de poder, avalado, por así decirlo, por un régimen ético, moral y religioso. Entre ambos regímenes, el régimen de poder y el régimen religioso, se puede suponer un régimen, primero, de posesión, y después, de propiedad, sobre todo de la tierra, que podríamos llamar, con mucho recaudo, régimen “económico”.

El poder, como diferenciación de potencia y poder, no se da sino a través de capturas de fuerzas de la potencia; para que ocurra esto, se requiere de aparatos de captura, de institución, que ejerza esta captura. Esta institución es posible como imaginaria, además de la composición de su propia materialidad relacional. ¿Cuándo el imaginario del patriarca se convierte en el arquetipo simbólico de la institución, por lo tanto del poder? Es difícil explicar esta constitución imaginaria y esta institución patriarcal sin la intervención de las religiones monoteístas y trascendentales.

La historia de la dominación masculina es diferencial en las distintas sociedades históricas y en las distintas épocas y periodos por las que pasan; empero, se pueden rastrear ciertos rasgos más o menos análogos en algunas de ellas. Las mujeres son asimiladas a posesión y a propiedad, así como con otros miembros de la familia, la tierra, los animales; forman parte de los símbolos del prestigio y la riqueza, ¿de quién? ¿Cuándo el patriarca es el beneficiario de estas posesiones y estas propiedades? Cuando el patriarca se convierte en origen, principio, y fin de todo. Cuando este imaginario patriarcal da sentido a las instituciones, a las cosas, a las relaciones; cuando explica un mundo cuyo centro es el padre creador y dador. Ahora bien, es difícil aceptar que todo esto se haya dado sin resistencias, sin la emergencia de otros imaginarios, que colocaban, mas bien, a la mujer y a la madre en el lugar simbólico del origen. Resistencias e imaginarios reprimidos con posterioridad.

Si bien faltan investigaciones históricas, etnohistóricas, antropológicas y arqueológicas de las sociedades precolombinas sobre este tema, se puede decir que la colonia, o refuerza relaciones patriarcales habidas, o hace aparecer nuevas relaciones patriarcales, o conforma relaciones patriarcales, que antes no habría. Lo que no se puede discutir son las relaciones y estructuras patriarcales conformadas en el mundo colonial, con todas las amalgamas, sincretismos y simbiosis que haya habido. El imaginario patriarcal es indudablemente el imaginario del Estado colonial, tanto en la monarquía absoluta de la Corona, así como en los virreinatos y capitanías de la administración colonial. La iglesia se encarga de inducir formas de familia nucleares y extendidas, claramente diferenciadoras de “sexo” y “género”, de roles y funciones para hombres y mujeres.

La anterior interpretación es más o menos compartida; sin embargo, Silvia Federici tiene otra tesis[5]. Ella comprende que las sociedades anteriores al capitalismo no habían logrado romper las resistencias populares y campesinas anti-feudales, acompañadas de las resistencias de las mujeres, quienes gozaban de mucho prestigio y cohesionaban comunidades alternativas al feudalismo y al capitalismo naciente. Es más, entiende que el capitalismo va a ser mas bien la continuidad, por otros medios, de las dominaciones feudales de las oligarquías, la burocracia y la iglesia; la aristocracia se alía a la burguesía, contando ya con el apoyo de la iglesia, contra los levantamientos populares y las resistencias de las mujeres. El capitalismo requiere de una acumulación originaria de capital, el despojamiento y desposesión de tierras campesinas, de territorios inmensos en las colonias, requiere no solo de la separación de las fuerzas productivas de los medios de producción, sino también de la diferenciación de la reproducción de la fuerza de trabajo; por lo tanto, del condicionamiento de la mujer convirtiéndola en matriz reproductora de la fuerza de trabajo. Para tal efecto, la distinción de género y sexo debía institucionalizarse como modo de reproducción que sostiene el modo de reproducción capitalista.

Entonces, desde esta perspectiva, es con la conformación, la expansión, la consolidación del modo de producción capitalista y del sistema-mundo capitalista, cuando la economía política del cuerpo, la economía política de la reproducción, se instala como diagrama de poder, diferenciando géneros y sexos, estableciendo roles y funciones para hombres y mujeres. Son las instituciones modernas las que logran lo que no habrían logrado las instituciones feudales, vencer las resistencias comunitarias y de mujeres a regímenes de dominación patriarcal. La figura del imaginario patriarcal se traslada a la república y al Estado-nación, expresándose de una manera más matizada, en forma de división del trabajo, distinción de lo público y lo privado, entre trabajo “productivo” y labor “doméstica”. El campo escolar[6] se va encargar de inducir conductas y comportamientos, imaginarios y significaciones, que dejen como evidentes las diferencias de género y de sexo. Es en esta época, la moderna, aparentemente democrática, cuando se institucionaliza y se inscribe en la carne la diferencia sexual; por lo tanto, se modula los cuerpos para su adecuación productiva y reproductiva. Es en esta época cuando la dominación masculina se hace efectiva, se hace “vida”, forma parte de la vida cotidiana, de las prácticas y las relaciones mundanas, extendiéndose en todo el campo de la reproducción social.

La colonización múltiple, las distintas formas de colonialidad, no podrían explicarse sin la colonialidad de género; las dominaciones polimorfas no podrían explicarse sin la dominación masculina, sin la reducción del cuerpo de las mujeres a la función reproductiva, primero, a mercancía “estética”, después. La dominación sobre las mujeres fue clave para el desarrollo del capitalismo, el despojamiento de su espontaneidad y sus libertades fue clave como parte de la acumulación originaria de capital. El erotismo femenino, como potencia alterativa de contra-poder, debería ser condenado o, por lo menos controlado; primero, tipificado como pecado; después, modulado como “estética”, “belleza”, mercantilizables y símbolo de poder. El capitalismo domina y es hegemónico no solo por su expansiva acumulación de capital, por los efectos multiplicadores de su inversión productiva, por la sofisticación de la maquinaria estatal, de la explotación del proletariado, de la explotación y dominación de la naturaleza, sino también por su claro dominio sexual. La dominación masculina sobre las mujeres.

Esta dominación en el diagrama colonial y las cartografías de la colonialidad se refuerza como colonialidad de género[7], redoblando la dominación colonial en el cuerpo de las mujeres de color. La diferenciación colonial, la diferenciación racial, blanco/indio, blanco/negro, blanco/de color, se interpreta también como dominación sexual, “afeminando” al hombre de color. El hombre dominante es el hombre blanco, en tanto el hombre de color se encuentra “sexualmente” subordinado. Esta dominación “sexual” se extiende a todas las relaciones jerárquicas entre hombres; los subalternos se hallan en condición “femenina” respecto al jefe, que se comporta como el macho por excelencia. De esto podemos sacar la siguiente conclusión: la dominación masculina no solamente se ejerce sobre las mujeres sino también sobre los hombres. La dominación colonial y la dominación sexual se refuerzan mutuamente, reforzando las polimorfas formas de la dominación capitalista.

El gobierno popular, cuyo eje de poder radica en el mito, en la figura del caudillo, es la expresión redituada del imaginario patriarcal más colonial, apenas disimulada con concesiones manipulables, como es la participación decorativa de las mujeres en el gobierno y en el Congreso, y leyes que supuestamente defienden derechos de la mujer, empero al estar des-contextuadas de una transformación integral de los órdenes de relaciones, de las estructuras e instituciones patriarcales, no tienen mayor repercusión.

Conclusión

Las cuatro críticas cardinales al gobierno no conforman un cuadro jerárquico y sucesivo, no es una la principal y las otras las secundarias. Se trata de un cuadro integral y complementario; las cuatro críticas develan un sistema complejo de dominaciones articuladas, que se refuerzan mutuamente. Por lo tanto, las emancipaciones y liberaciones tienen que desmontar al mismo tiempo todo el manojo, todo el sistema complejo de poder y dominaciones.

Programa político

El programa político no es otro que la misma Constitución. La construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico; el pluralismo territorial y autonómico; la economía social y comunitaria; la transversal civilizatoria del vivir bien. Conformando el sistema de gobierno de la democracia participativa, efectuando, llevando a cabo, la planificación integral y participativa con enfoque territorial.

La reconducción

La reconducción del “proceso” de cambio exige la retoma de la Constitución como programa político; por lo tanto pasa por la abrogación de las leyes inconstitucionales promulgadas por el gobierno, construyendo colectivamente leyes fundacionales del Estado plurinacional comunitario y autonómico. La reconducción pasa por el ejercicio efectivo de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa. Pasa entonces por la movilización general del pueblo en la demolición del Estado-nación y en la construcción del Estado plurinacional. Esto pasa por la intervención del gobierno por parte de los movimientos sociales anti-sistémicos y por la exigencia al Congreso de la aprobación de leyes fundacionales, elaboradas colectivamente y consensuadas por el pueblo.

Notas:

[1] Concepto trabajado por Aníbal Quijano.

[2] Concepto trabajado por Estudios postcoloniales, en los que se encuentra Walter Mignolo.

[3] Concepto trabajado por las feministas de-coloniales.

[4] Concepto elaborado por las feministas radicales.

[5] Ver de Silvia Federici: Calibán y la Bruja. Tinta Limón; Buenos Aires.

[6] Concepto elaborado por Pierre Bourdieu.

[7] Concepto usado por María Lugones.