Múltiples son los mitos y leyendas que han nutrido el imaginario de los pueblos de África acerca del origen de las especies, el sol, la luna, y de los fenómenos naturales. Esa variedad de leyendas se debe a la diversidad de tribus que habitan en cada uno de los países. África es cuna de cientos de grupos étnicos que habitan desde milenios cada paraje del continente, de los extensos desiertos del norte a las exuberantes selvas y amplias sabanas del centro y el sur.

En muchas poblaciones se tenía en gran estima todo el ancestro de sus antepasados y aún cuando su territorio fuera invadido por otros pueblos de costumbres e ideas diferentes nunca dejaron que sus ritos se perdieran. Tampoco se perdieron -aunque muchos se olvidaron- en América y el Caribe cuando a partir del siglo XV fueron llevados los africanos por traficantes, para venderlos a dueños de plantaciones de caña de azúcar, algodón o minas para trabajar como esclavos.

Cada tribu ha desarrollado en sus centurias de existencia una cultura propia, que incluye tanto lenguaje como escritura, sin embargo factores externos como el turismo ponen diariamente en peligro ese patrimonio. Algunas de esas comunidades logran mantener casi intactos sus hábitos y costumbres en la actualidad, pese a la indetenible transgresión del estilo de vida occidental.

Los Mursi, tribu originaria de la zona de Debub Omo, en Etiopía, constituyen un ejemplo. Ese clan cuenta con un idioma propio, el mursi, que pertenece a las lenguas conocidas como nilo-saharianas. Organismos de Naciones Unidas estiman que ese pueblo agrupa a unas nueve mil personas, repartidas principalmente en las estepas de Jinka y las montañas del Parque Omo. Aún hoy día mantienen entre otras tradiciones ancestrales la Dunga, batalla-festiva entre jóvenes en las que los guerreros victoriosos obtienen su derecho a escoger esposa.

Las mujeres se deforman labios y orejas para incrustar en ellos platos de arcilla de considerable tamaño, mientras los hombres lucen por todo su cuerpo espectaculares dibujos pintados con tiza blanca. Sin embargo, el futuro cultural Mursi peligra, pues de acuerdo con reportes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), empresas transnacionales presionan al gobierno etíope para expulsar a esa comunidad de sus tierras sin compensación ninguna.

Otra de las etnias africanas que no ha sido notablemente modificada por la cultura foránea es la Dinka, asentada en el sur de Sudán y conformada por tres millones de personas. Los Dinka mantienen buena parte de sus costumbres ancestrales, practican la poligamia, carecen de clases sociales, y subsisten principalmente de la agricultura y la ganadería. Son grandes amantes de la decoración corporal, en ocasiones tienden a arrancarse algún diente por cuestión estética; además de afeitarse, en el caso femenino, la cabeza y las cejas. Desde el punto de vista religioso practican el sacrificio de animales en sus ceremonias, principalmente ganado, y a pesar de la fuerza del Islam en Sudán practican un credo propio y creen en un solo dios: Nhialac.

Tribus nómadas

No todas las tribus se caracterizan por desarrollarse en un determinado territorio; en África existen grandes grupos nómadas que han sobrevivido a los conflictos territoriales, los cuales con frecuencia azotan el continente. Los Himba son un pueblo de ganaderos semi-nómadas, considerado el único grupo de nativos de Namibia que aún conserva el mismo estilo de vida de hace siglos.

El jefe de cada tribu es además su líder espiritual, y aunque permiten la poligamia, el máximo de tiempo que un hombre puede pasar con la misma esposa sin atender a otra es dos noches. No llevan ropa aparte de un básico taparrabos pero usan gran cantidad de ornamentos, y las mujeres untan su cuerpo con una mezcla a base de manteca y hierbas que da a su piel un característico color rojizo.

Debido a las duras condiciones climáticas de la región, los Himba han logrado mantenerse relativamente aislados del exterior, sin recibir mucha influencia de elementos culturales importados. No obstante, especialistas namibios advierten que ese panorama cambia debido al aumento del turismo desde la independencia del país en 1990. La transgresión occidental en África no constituye la única causa de la progresiva desaparición del patrimonio cultural de estos pueblos, que según estudiosos se encuentran entre los más antiguos del mundo.

A los crecientes factores externos (invasión foránea política y militar) se le deben sumar otros de más antigüedad, tales como las luchas internas de carácter religioso. Ejemplo de esto lo constituyen los Nuba, tribu igualmente originaria de Sudán, cuyos hombres y mujeres llegaron a convertir sus cuerpos en un deleite de bellas proporciones. Las costumbres de los Nuba, también denominado “pueblo de los hermosos”, han sido masacradas por el fanatismo religioso.

Hoy día los miembros de esa comunidad de guerreros viven en campos de concentración a causa del radicalismo musulmán que impera en el país desde el golpe de Estado de 1989. Los Nuba han perdido la belleza escultórica de antaño y en la actualidad lo que se puede apreciar son cuerpos famélicos dependientes de la ayuda humanitaria de organizaciones internacionales.

La marginalización cultural y económica provoca igualmente que pueblos como el Tuareg, nómadas del desierto del norte africano, emprendan una lucha armada que ya se extiende por más de medio siglo. Su población ocupa territorios de Argelia, Libia, Níger, Mali y Burkina Faso. El desarrollo de los medios de transporte en el Sahara en la década de 1960 provocó el declive de la actividad comercial de los Tuareg y detonó la actual dispersión de ese pueblo. En abril de 2012 proclamaron la independencia de la región de Azawad, en el norte de Mali, aunque meses después fueron desplazados por grupos radicales islámicos y estos a su vez por el Ejército francés, que intervino posteriormente la zona.

La invasión de estilos de vida foráneos, condicionada por factores políticos, socioeconómicos y militares, pone en una difícil disyuntiva a las etnias originarias de África. La Unesco ha advertido en ese sentido que son pocos los gobiernos que promueven iniciativas regionales efectivas para conservar el invaluable legado cultural de esos pueblos, entre los más antiguos del planeta.

Naturaleza sagrada

Los pueblos africanos tenían hacia los fenómenos naturales, hacia el sol, la luna, las estrellas, hacia las montañas, los ríos, los mares y árboles cierto respeto sagrado. Todo estaba personificado y vivo y por doquier surgían ídolos, fetiches, talismanes, brujos, hechiceros y magos. En las fábulas de ciertas tribus de Senegal se muestra que las dos luminarias, tanto el sol como la luna, estaban consideradas como superiores a los demás astros.

El brillo, el calor y la luz que se desprendían del astro rey impiden que seamos capaces de mirarlo fijamente; en cambio, la luna se puede mirar con insistencia sin que los ojos sufran daño alguno. El primitivismo de las leyendas de los pueblos de África meridional entronca con una especie de animismo que les hace adorar a los árboles porque pensaban que, en un tiempo muy lejano, fueron sus antepasados.

Lo mismo sucedía con los animales, con el añadido de que se les asociaba con cierta clase de esoterismo que conducía a la creencia de que los muertos se aparecerían a los vivos, precisamente en forma de animales. El culto a los muertos se hallaba muy extendido, y se consideraba obligatorio presentarles ofrendas. De este modo la muerte siempre fue tabú, es decir, algo que no debía ni mentarse pues, de lo contrario, podrían sobrevenir terribles castigos a los infractores de tales preceptos.

Cuando alguien moría, todos los demás abandonaban el lugar de marras, para que la desgracia no les alcanzara como al finado. Son muy frecuentes las leyendas sobre la muerte y existen varios mitos acerca del origen de tan tremendo mal, en algunas tribus del área meridional. En el valle del río Níger, el fetichismo se haya muy extendido y de entre sus pobladores, surgen muchos magos y hechiceros que son los encargados de dirigir el culto al ídolo y de ofrecerle los distintos sacrificios. También tienen el don de predecir el futuro y pronunciar oráculos.

Muchos pueblos africanos cuentan con numerosas leyendas para explicar el origen de la especie y han elaborado curiosos mitos sobre la creación del primer hombre y de la primera mujer. La narración de los hechos aparece repleta de inventiva y fantasía. Así se cuenta que hubo un tiempo en que el ser superior Mulukú -en las poblaciones centroafricanas a la deidad suprema se le conocía con el nombre de Woka- se propuso hacer brotar de la tierra la primera pareja de la que todos descendemos.

Mulukú que dominaba el oficio de la siembra, o mejor dicho, era sembrador por excelencia, hizo dos agujeros en el suelo, de uno surgió una mujer, del otro, un hombre. Ambos gozaban de las simpatías y el cariño de su Hacedor y este decidió enseñarles todo lo relativo a la tierra y su cultivo. Les proveyó de herramientas para cavar y preparar el suelo y para cortar y podar árboles. Puso en sus manos semillas de mijo para sembrar en la tierra y les mostró la manera de vivir por sí mismos. Sin depender de otras personas.

Sin embargo, cuenta la leyenda que la primera pareja de nuestra especie desatendió todos los consejos que la deidad les había dado, y que abandonaron las tierras, las que terminaron convirtiéndose en eriales y campos yermos. Así la primera pareja consumó su desobediencia, y su Hacedor los trastocó en monos. El mito o fábula relata que Mulukú montó en cólera y arrancó la cola a los monos para ponérsela a la especie humana. Al propio tiempo ordenó a los monos que fueran humanos y a los humanos que fueran monos. Depositó en estos su confianza mientras que se la retiraba a los humanos.

Algunas tribus de pescadores y campesinos que moraban en las riberas del río Níger vieron dañada su propia idiosincrasia por otros pueblos, especialmente musulmanes, sin embargo, las creencias y la fuerza de sus mitos no perdieron apenas prestancia. Siguieron adorando a los espíritus y genios que moraban en la naturaleza, a los que se hacía necesario aplacar y mantener contentos, para que las cosechas no se agotaran y para que la pesca fuera abundante. El aire, la tierra, el río estaban plagados de espíritus, lo que implicaba el concepto animista que de la naturaleza tenían los africanos, a quienes se acudía y se invocaba cuando se necesitaba una ayuda superior.

Togo: Los guin honran sus divinidades

Cuando los primeros navegantes portugueses arribaron en el siglo XV a las costas de lo que constituye la actual República de Togo, el territorio estaba habitado por más de treinta grupos étnicos que formaban una comunidad lingüística denominada voltaica. Los togoleses originarios vivían en el norte de este país del África Occidental y entre los siglos XII y XIV los ewes penetraron en la región siguiendo la ruta del río Níger, el tercero por su importancia en el continente tras el Nilo y el Congo.

Posteriormente tribus dispersas de yorubas y otros grupos provenientes de Ghana y Costa de Marfil se asentaron en el territorio. Después del arribo de los lusitanos, en los dos siglos siguientes se efectuó por esta región un intenso comercio de esclavos en el que participaban traficantes portugueses, ingleses, franceses, holandeses, españoles y ciudadanos de otras naciones europeas.

El tráfico humano por esta zona le proporcionó la triste denominación de Costa de los Esclavos. Decenas de miles de africanos fueron capturados por los europeos y conducidos a las colonias de América y el Caribe donde eran vendidos a los propietarios de haciendas para trabajar en régimen de esclavitud. En Togo, como en el resto de África, la etapa colonial sucedió a la esclavitud. Ambos sistemas de bárbara explotación no lograron desarraigar en la población autóctona sus hábitos, costumbres y creencias que más bien actuaron como escudo contra la barbarie y la influencia extranjera.

Una de esas etnias es el pueblo guin, que a través de siglos ha mantenido sus tradiciones, y cada año en el bosque de Gbatsoumé, cerca de la localidad de Dlidje, en un islote del lago Togo, realiza su ceremonia Epé Ekpé. Muchos guin, al igual que yorubas, ewes y miembros de otros grupos étnicos, fueron capturados y llevados a América y el Caribe privados de su libertad, mientras mucho más se refugiaron en las orillas de lago Togo.

En esos años trágicos de trata de esclavos, miles de guin togoleses también huyeron a otras regiones africanas, por ello, para la ceremonia Epé Ekpé llegan guin de la diáspora procedente de Benin, Ghana, Nigeria y Costa de Marfil. Glidji y sus bosques se convirtieron para ese grupo étnico en un santuario vivo donde se reúnen anualmente para rendir culto a sus divinidades.

El pueblo guin posee calendario propio, el arribo del año nuevo se celebra aproximadamente en el mes de septiembre con la llegada de la primera luna llena. El año pasado las festividades honraron el año 346. En el periodo hasta la llegada de la próxima luna llena los sacerdotes recogen en el bosque la piedra sagrada, cuyo color determina cómo será el próximo año, si traerá buenos auspicios, abundantes lluvias y cosechas, y qué ofrendas y deben hacerse a los espíritus de los antepasados.

Antes de entrar al bosque, los sacerdotes del vudú se purifican con el agua preparada con varias hierbas, que según la creencia, les brinda la bendición divina. Entre gritos, cantos y danzas, los sacerdotes salen del bosque rodeados de sus más fieles seguidores con la piedra envuelta en hojas de los árboles del lugar, y la presentan, junto con el mensaje para el año nuevo, a la multitud que les aguarda a orillas de la arboleda.

En los días que median hasta la llegada de la nueva luna llena, las familias y las comunidades sacrifican animales: gallinas, corderos y bueyes, cuya sangre derraman en sus poblados en honor a sus ídolos. Cuarenta y dos divinidades de diversos orígenes llegados de distintos lugares de África, que forman el panteón vudú de los guin, son agasajados cuando se acerca la decimotercera luna llena de su calendario por sus fieles que le dedican abundantes ofrendas.

Las divinidades pueden estar representadas por animales como la serpiente pitón, que vive escondida y protegida en las profundidades del bosque del islote del lago Togo; otras, algunas masculinas o femeninas, tienen su santuario en los grandes árboles que se marcan con vallas pintadas de blanco. Las masculinas pueden proteger las iniciativas de los hombres y las femeninas la fecundidad de las mujeres. Algunas divinidades se refugian en el agua, omnipresente junto con el verdor del paisaje de esta región del África Occidental. Muchas de esas creencias religiosas fueron aportadas al Caribe por casi dos millones de esclavos africanos llevados por la fuerza a ese conjunto de islas.

Los sacerdotes del vudú se han encargado de mantenerlas en esa región y en todo el continente. En África, el Epé Ekpé le permite al pueblo guin preservar su identidad: ni la esclavitud, ni el brutal régimen de coloniaje impuesto en América y el Caribe pudieron borrar sus tradiciones.

Angoleños preservan tradición de honrar a sus muertos

Millones de angoleños, como en muchos países, homenajean a sus muertos con depósito de flores y limpieza de tumbas dispuestas en cementerios de la extensa geografía de este país del suroeste africano. La recordación, devenida cada 2 de noviembre tradición en este territorio, significa para numerosos familiares de los fallecidos permanecer largo tiempo junto a sus seres queridos y rememorar momentos que marcaron sus vidas.

El homenaje por cristianos a los que partieron, es recurrente en camposantos de Luanda como Santa Ana, Camama o Alto Las Cruces, el cual atesora valores arquitectónicos. Dentro del Cementerio Alto Las Cruces, de Luanda, Prensa Latina constató cómo desde horas tempranas de este viernes angoleños encendían velas ante las tumbas de familiares, cementaban lápidas o simplemente retiraban la hierba que circundaba los sagrados sitios.

Luego de rezar de rodillas ante la tumba, en la que reposan los restos de su abuelo, Teresinha Mariana, manifestó que simplemente pedía “un descanso en paz para el alma” del ser querido y bienestar para toda la familia unida. Para María Madalena, mujer de 50 años de edad, este día de los finados es especial y “pasamos más tiempo con nuestros muertos, y asistimos a una misa en el cementerio como católicos”, afirma.

Los que perecieron, como mi hijo, viven en nuestros corazones y están siempre con nosotros en la acción del día a día, y por eso hoy les traemos ramos de rosas rojas y blancas, gladiolos, lirios y margaritas, entre muchas otras, expresa. Al frente del camposanto de Alto Las Cruces cientos de personas se agolpaban ante las vendedoras de flores, que organizadas encuentran ocupación durante todo el día.

Es el caso de la joven comerciante, Odette Manuel, quien dijo a Prensa Latina que muchas gentes ha venido al cementerio y marcha bien el expendio de coronas. Betania Joao, de 37 años, afirmó que se siente feliz con la distribución de flores, que muchas personas llevan a sus casas o sitios en los que reposan los cuerpos de sus familiares. Con motivo de la celebración, también laboran en los camposantos trabajadores ambulantes, como vendedores de agua o constructores, los cuales solícitos piden al familiar “dar una mano” en la reconstrucción de losas o en su limpieza y pulido.

Zimbabwe: El culto a las piedras

Originales tallas en piedra representando animales de la fauna africana, rostros humanos, máscaras rituales u objetos artísticos están a la venta en cualquier esquina o carretera de Zimbabwe como una característica de ese país del sur de África, cuyo propio nombre está asociado a las rocas.

Elefantes, monos, leones, gacelas, ñúes y aves, entre otros, aparecen representados en arte rocoso gracias al trabajo de multitud de escultores aficionados, que exhiben los más variados niveles de destreza e inspiración plástica. Las hay de todos los tamaños: desde pequeñas tallas para adornar una repisa hasta verdaderas imitaciones de los animales reales, casi a tamaño natural, más propias para exhibir en un parque o jardín, en una muestra de la variedad que ha alcanzado esta artesanía en Zimbabwe.

Este fenómeno es en cierta forma un homenaje a los orígenes de su propia cultura, puesto que el principal símbolo del país, las ruinas del Gran Zimbabwe, a pocos kilómetros de la sureña ciudad de Masvingo, significa en uno de los dialectos de la lengua shona -la más hablada localmente- la Gran Casa de Piedra. El Gran Zimbabwe es la única reliquia arquitectónica de estas dimensiones en la parte subsahariana del continente africano.

Las piedras son una presencia imposible de evitar en este país, donde el espectáculo de rocas en equilibrio, unas sobre otras, como desafiando la gravedad, añaden un atractivo adicional a cualquier recorrido por el campo zimbabwense. Estas curiosas piedras, que pueden encontrarse en otras partes del mundo, alcanzan la mayoría de las veces varias toneladas de peso.

Las rocas en equilibrio, más evidentes en los suburbios de Harare, la capital, y en el Parque Nacional de Matobo, al sur de Bulawayo, la principal ciudad de la etnia Ndebele, son un resultado de la milenaria erosión que dejó a las enormes piedras de granito sin el sostén de otras más blandas, desaparecidas con el tiempo, pero milagrosamente equilibradas. Según se calcula, las alturas de Matobo, que cubren un área de más de tres mil kilómetros cuadrados, se formaron hace unos dos mil millones de años, y con el transcurrir de los milenios crearon estas maravillas geológicas que le valieron a la zona la designación de Patrimonio de la Humanidad en 2003.

Otro lugar de gran belleza son las rocas en equilibrio de Chiremba, en el distrito suburbano de Epworth, cerca de la capital de Zimbabwe, donde las gigantescas piedras, como por arte de magia, parecen balancearse como a punto de caer. La imagen de una de estas obras de arte naturales fue usada incluso en el papel moneda, como uno de los símbolos de la nación.

El recuerdo de que este paisaje se mantiene así desde hace miles de años es una evidencia de la ausencia de actividad sísmica en esta región. Desde aquí hacia el norte, mientras se atraviesan las tierras y colinas de la región de Mashonalandia, se pueden distinguir, a cada vuelta del camino, otras caprichosas formaciones rocosas, como si se trataran de los cubos de un juego infantil.

A la fama de estas rocas graníticas se unen las esculturas que se ven por doquier en este país africano, la mayor parte de las cuales, como ofertas para los turistas, están confeccionadas en la llamada piedra de talco (esteatita), pero a la que en Zimbabwe se le da el nombre de piedra jabón (soapstone en inglés). Por su consistencia relativamente blanda, esta piedra es muy fácil de tallar y admite un buen pulido, por lo que es el material preferido para quienes localmente se inician en este arte. La esteatita fue empleada, entre otras obras, en las capas exteriores del Cristo Redentor de Río de Janeiro y en algunos templos de la India.

A su abundancia en Zimbabwe se debe, entre otras cosas, el surgimiento y expansión del arte de la escultura en este país africano, con Joram Mariga (1927-2000) como su progenitor. Este artista, que comenzó a esculpir desde muy joven y se mantuvo activo durante casi medio siglo hasta su deceso en el año 2000 en un trágico accidente de tránsito, alcanzó renombre nacional e internacionalmente con sus obras, donde lo autóctono se combina en armónicas líneas con lo moderno.

Es uno de los fundadores del movimiento de la escultura Shona, aunque en él se integraban también personas de otras etnias, trabajando ya en forma más seria en materiales duros como rocas serpentinas y piedras calizas, aunque sin desdeñar los trabajos en la piedra de talco. Las esculturas zimbabwenses han alcanzado tal fama que desde la segunda mitad del pasado siglo comenzaron a ser exhibidas en el extranjero, en lugares tan afamados como el Museo Rodin, en París, donde fueron elogiosamente recibidas por la crítica especializada.

Así, ha querido el tiempo, a través de la geología y el arte, que las piedras, tan vinculadas a la historia de este país con la construcción del Gran Zimbabwe en el siglo XI, sigan siendo hoy un gran foco de atención para los amantes del paisajismo y la cultura.

* Correa es colaborador de Prensa Latina; Hernández es periodista de la Redacción de Servicios Especiales y Nicholas Valdés, periodista de la redacción África y Medio Oriente.