Pese a la crisis financiera mundial, aparecen compradores de arte, tanto de obras contemporáneas como de viejos maestros, que las adquieren en subasta mediante elevadas sumas de dinero. El en su momento lucrativo mercado de obras de arte puede convertirse en un bumerán debido sobre todo a las dificultades de esas transacciones y la persecución policial.

Para algunos compradores, el arte es un activo siempre presente; los expertos recuerdan que uno de los primeros fondos de este tipo apareció en París, Francia, en 1910, cuando un grupo de amantes de las buenas obras invirtió 750 francos, suma ínfima, en la adquisición de piezas de Picasso y Matisse. Esas mismas obras las venderían 10 años más tarde por 100 mil francos, operación que motivó la idea de la rentabilidad del arte como un negocio.

Entre los ejemplos recientes: el guitarrista Eric Clapton vendió una pintura del artista alemán Gerhard Richter por 30 millones de dólares, 10 veces más que lo pagado por ella. Solo en 2011, el comercio de obras de arte alcanzó los 60 mil millones de dólares, una parte en subastas y la otra en ventas privadas.

A este mercado se agregan los robos, organizados por personas u organizaciones criminales a razón de nueve de cada 10 ocasiones, que aunque emplean numerosos recursos y dinero en realizar la fechoría, luego se convierte en una calamidad el tratar de vender esas pinturas. Hay que tener en cuenta las técnicas empleadas, elementos indispensables para seguir las pistas, como es el caso de los impresionistas, quienes emplearon pigmentos en aceite, muy novedoso para su momento.

Los especialistas consideran que no existe un solo emporio de arte, pues se compara con los diferentes mercados financieros. Cuando una obra de arte puede venderse por decenas de millones de dólares, también ese mercado es objeto de rufianes que ven la tentación de muchos billetes y ahí empiezan los problemas.

Aunque esos crímenes los medios de prensa lo muestran como elitistas, y los filmes presentan a los ladrones de este tipo con gran estilo y personalidad, no deja de ser un delito que ensombrece un mercado legal. En realidad, pese a los esfuerzos de los ladrones por obtener buenas ganancias, en la práctica deben vender los cuadros muy por debajo de su valor debido a presiones policiales y la persecución cada vez que ocurre uno de estos atracos.

El experto Robert Wittman ilustra tales pareceres en su libro “¿Cómo me infiltré para rescatar tesoros robados del mundo?” Dice que los implicados hacen un excelente trabajo para sustraer la pieza, pero donde se traba su operación es a la hora de venderla, cuando carecen de una línea de distribución adecuada, o la posibilidad de obtener un valioso rescate.

Los expertos consideran que los ladrones finalmente se convierten en unos pésimos hombres de negocios, a la hora de materializar la exitosa sustracción y entonces este mercado, por dicha vía, constituye una pésima oportunidad de obtener dinero, por lo menos en la actualidad, aunque igualmente envilece dicho comercio.

En 2000 tres personas sustrajeron dos Renoir y un autorretrato de Rembrandt del Museo Nacional de Estocolmo, con valor de 42 millones de dólares, y escaparon en una lancha de alta velocidad, luego de varias peripecias. Esas pinturas aparecieron en Suecia, Dinamarca y Estados Unidos, pues fueron incapaces de poder comercializar el cuantioso botín.

Realmente existe otro elemento importante, el valor de autenticidad de las obras, su procedencia, y otros detalles que hacen estas piezas únicas e irrepetibles. De otra suerte está que el mercado de arte se encuentra en estos momentos en una especie de burbuja, al estilo de los sistemas inmobiliarios, que llevaron a la crisis económica hace seis años.

Casas de subasta como Sotheby y Christie´s reflejan unos altísimos precios como en piezas previstas a un valor de más de mil millones de dólares. Aparecen, en ese ejemplo, artistas de renombre como Picasso, Monet, Rohko y Andy Warhol, entre otras leyendas. Ese es el caso de El Grito (The Scream) de Edvard Much, que ya recorre el mundo mediante impresiones de camisetas y otros artículos, usados por personas que incluso desconocen el valor de tal imagen y su autor.

El Grito impuso este año récord de venta en ese sector al llegar casi a los 120 millones de dólares en subasta. Incluso, los entendidos consideran difícil igualar tan siquiera este monto por obras de otros pintores. Una de las causas de la citada burbuja de arte radica en el alza de los precios a las piezas más demandadas o valiosas, lo que en muchos casos las hace inmóviles en colecciones privadas.

Nuevos compradores de China, Rusia y Catar completan el panorama del comercio de arte, cuando a toda costa persiguen hacerse con algunas de las pinturas simbólicas de la humanidad. A este mercado se suma la disparidad de los precios, siempre a partir de la evaluación de los entendidos en arte, con un desequilibrio marcado entre las obras de mayor realce y las nuevas, que pasan fuera de la mirada de los acaudalados compradores, sean privados o entidades.

De ahí que El Grito sea considerada una de las obras cumbres de la pintura expresionista, de la mano de un artista noruego que jamás la pensó más allá de su flujo de conciencia sobre el lienzo, ni en un mundo moderno donde fuertes sumas de dinero la tipifican.

Tráfico de piezas precolombinas, un negocio de dos siglos

La sucursal en París, Francia, de la casa de subastas londinense Sotheby’s logró captar recientemente más de 10 millones de euros por la “venta legal” de un arsenal de piezas precolombinas que, desde el punto de vista ético, son propiedad indiscutible de países latinoamericanos.

Sotheby‘s realizó la operación aún bajo una fuerte ola de críticas de México, Guatemala, Venezuela y Perú, países que intentan recuperar parte del patrimonio cultural que salió de manera legal o clandestinamente de los sitios arqueológicos a finales del siglo XIX y durante gran tramo de la centuria recién pasada.

La casa más antigua de subastas procedió a ejecutar la venta aferrada al argumento de que todas las piezas pertenecían legítimamente a la sucursal que el museo suizo Barbier-Mueller mantuvo a disposición del público en Barcelona, España. En septiembre de 2012, luego de 15 años de mantenerlo abierto, el Barbier-Mueller cerró las puertas de su establecimiento satélite de Barcelona y decidió subastar la colección precolombina, en lugar de trasladarla a su sede, situada en Ginebra, Suiza.

¿Cuándo y cómo llegaron a Europa esas piezas que se encontraban enterradas en Latinoamérica? Estas y otras preguntas se formulan los ciudadanos medianamente informados que censuran el brillante negocio, que las casas de subastas hacen con piezas que jamás han sido de su propiedad.

Sin embargo, las autoridades, historiadores y arqueólogos conocen perfectamente el fondo del asunto y tienen más de una respuesta. Honduras, cuyas autoridades no habían elevado su voz de protesta contra la referida subasta, es un punto interesante de partida que permite identificar protagonistas, medios y rutas del tráfico de piezas arqueológicas, llamadas vulgarmente “antigüedades” por compradores y vendedores que desconocen el valor cultural.

De unas 300 piezas sometidas a subasta por Sotheby‘s, entre el 22 y 23 de marzo último, tres pertenecen al patrimonio cultural de este país mesoamericano, las catalogadas por la empresa londinense como el “lote 34” , “lote 221” y “lote 213”. De acuerdo con la referida entidad, ya fueron vendidos “el lote 221” por 35 mil euros y “el lote 213” por tres mil 750 euros, mientras “el lote 34”, que tenía previsto subastarlo por 50 mil euros, no figura en la lista de las piezas cedidas a particulares.

El “lote 221” es una pequeña escultura de un hombre erguido con las dos manos alzadas a la altura del pecho. Mide 10 centímetros de alto por cuatro de ancho. Dicha pieza data del Período Clásico maya, comprendido entre los años 600 y 900 de nuestra era (d.n.e.), del Valle de Copán, la zona donde se encuentra enclavada la antigua metrópolis conocida universalmente como Copán.

El “lote 213” corresponde a una figura de barro pintada con pigmento anaranjado, mide ocho centímetros de alto. Es del Período Preclásico maya, enmarcado entre los años 900 y 600 d.n.e. También es de Copán. Asimismo, el “lote 34” es un vaso milenario de mármol. Este objeto, el más llamativo de los tres, procede del Valle de Ulúa, región conocida en la actualidad como Valle de Sula, cuyo corazón urbano es San Pedro Sula. Ese recipiente mide 18 centímetros de alto y data de los años 1200 d.n.e., entre el período Clásico Tardío y Clásico Terminal en esta zona.

El lujoso cilindro, utilizado en su momento por las élites de las primeras sociedades prehispánicas, tiene dos asas adornadas con iconografía alusiva a animales. En toda la superficie posee figuras en relieve de espirales, sobresalen dos franjas compuestas por elementos gráficos referentes a escamas. En el centro de la parte frontal se destacan dos ojos y una dentadura zoomorfa.

Todos esos elementos decorativos conformaron parte del mundo del simbolismo religioso de los antiguos mesoamericanos: la figura del espiral, por ejemplo, representa el mar y el agua; las escamas, a la culebra y son alegóricas a Quetzacóatl (Kukulkán), la “Serpiente emplumada”, dios de la renovación en la cosmovisión maya.

Estas tres piezas, según Sotheby‘s, formaron parte de la colección del museo Barbier-Mueller, es decir, del arsenal de arte precolombino que Josef Mueller empezó a reunir en 1907 y que continuó hasta la fecha su yerno Jean Paul Barbier-Mueller. Cuando Josef Mueller comenzó a acaparar los tesoros no había leyes que prohibieran el tráfico de piezas arqueológicas, en otras palabras, la actividad se desarrollaba dentro de un contexto de permisividad legal.

Pero el escenario comenzó a cambiar para los huaqueros -como se denomina popularmente a traficantes y coleccionistas- cuando en 1970 la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) suscribió en París la “Convención sobre las Medidas que Deben Adoptarse para Prohibir e Impedir la Importación, la Exportación y la Transferencia de Propiedades Ilícitas de Bienes Culturales”.

El vaso de mármol de Honduras, irónicamente sometido a subasta en París, se convierte ahora en un eslabón que pone bajo todas las luces del escenario la cadena de tráfico de arqueología que involucra a diplomáticos, arqueólogos y autoridades del gobierno.

La investigadora norteamericana Christina Luke en un ensayo titulado “Diplomáticos, vaqueros bananeros y arqueólogos en Honduras occidental”, publicado en 2007 por el Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH), revela realmente cómo los saqueadores de arte prehispánico lograban apropiarse y sacar las piezas de este país centroamericano.

Para los llamados “buscadores de tesoros”, Honduras se convirtió en una fuente inagotable de riquezas económicas, tanto que algunos de ellos protagonizaron acciones extremas. Luke rememora en su ensayo que en 1839 John Lloys Stephens, explorador y diplomático estadounidense, compró las ruinas de Copán, ahora patrimonio mundial, por la suma de 50 dólares.

El diplomático pretendía convertir la antigua metrópolis maya en un gran almacén comercial de antigüedades del continente. En 1850, el gobierno anuló la venta. Años más tarde, George Byron Gordon, director del Museo de la Universidad de Pensilvania (1910-1927), desempeñó un papel importante al realizar investigaciones arqueológicas en Copán y el Valle del Ulúa en 1880.

Sin embargo, sustrajo del suelo hondureño piezas que para él tenían un valor comercial inmenso, tal como lo evidencian las cartas que firmó y envió a Estados Unidos. De acuerdo con Luke, los “responsables” de que Byron Gordon tuviera acceso al pasado histórico hondureño fueron el Departamento de Estado de Estados Unidos, la minera Rosario Mining Company y United Fruit Company. Las autoridades norteamericanas realizaron el trabajo diplomático y las compañías aportaron dinero y se encargaron del transporte.

En la década de 1890, el gobierno de Honduras, bajo el argumento de que carecía de dinero para realizar las investigaciones, autorizó el ingreso de exploradores norteamericanos a los sitios arqueológicos con la condición de que compartirían los hallazgos en partes iguales. En ese contexto, suscribió una concesión para el Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard.

Gordon, quien más allá del valor cultural miraba el valor económico, aprovechó el acuerdo con ese museo para extraer y comercializar la riqueza arqueológica. En el ensayo, Luke afirma que Gordon “tenía como principal contacto en Washington a G. Valentine de la compañía Rosario Mining, quien creó una red para explotar y embarcar materiales”.

“Valentine operaba como una suerte de intermediario, traficando objetos de Honduras hacia instituciones coleccionadoras de Estados Unidos. El competía con otros, lo más probable con hombres de negocios afiliados a las compañías mineras y exportadoras de frutas”, apuntó.

Ambos grupos trabajaban con pandillas locales para buscar antigüedades, sostuvo la arqueóloga que se ha esmerado en realizar investigaciones profundas sobre los vasos y las fuentes de mármol en el Valle de Sula. Según arrojaron sus pesquisas, “la universidad de Pensilvania competía con el mercado privado y, además, con otras instituciones de prominencia (como el Smithsonian y Harvard) por los materiales del Valle del Ulúa”.

Destacó, además, que en ese entonces “las preciadas vasijas de mármol estaban entre los objetos más deseables. Originalmente salieron a la luz por las primeras excavaciones de Gordon en el valle y han permanecido entre los artículos más calientes”.

“La complicada telaraña de negocios mezclados con el placer de coleccionar antigüedades documenta no sólo el arte de la diplomacia para controlar el valor del mercado, además del valor intelectual, académico, sino también la meta final de adquisición privada de hallazgos para las crecientes colecciones estadounidenses”, acotó Luke.

En el siglo XXI, los auténticos propietarios, los países latinoamericanos, aspiran a que las empresas comercializadoras pongan un alto al negocio de piezas arqueológicas prehispánicas y las conminan a devolver los objetos, porque legalmente son parte del patrimonio cultural de sus naciones. Sin embargo, los coleccionistas privados se amparan en el principio de que las leyes no son retroactivas en este caso. En contraste, el dedo acusador de la ética los señala como la cola de la antigua, pero vigente red de expoliadores.

África: ¿Desaparecerá el patrimonio cultural?

Como si no bastarán los siglos de saqueo y explotación de sus recursos naturales, el continente africano enfrenta hoy la desaparición definitiva de su patrimonio cultural. Países como Nigeria, Burkina Faso, Mali y Egipto, son escenario diario del robo organizado de obras arte. Cada vez más resulta normal que piezas antiguas provenientes de estas naciones aparezcan en los catálogos de venta de las casas de subasta occidentales sin que se demuestre su origen legal.

En los últimos años, el robo de arte en la región pasó de ser un simple hecho causal a un negocio organizado. Lo que en algún momento constituyó una fuente de obtención de recursos financieros para los empobrecidos pobladores de esas regiones, con el tiempo se convirtió en un especulativo negocio.

Joyas, piezas de cerámica y otros objetos antiguos, fueron vendidos por años. Sin embargo, usureros nacionales y extranjeros, ayudados por funcionarios corruptos, desarrollan en la actualidad canales de venta y rutas seguras que le permiten sacar del continente las piezas y colocarlas fácilmente en mercados internacionales.

El tráfico de bienes culturales es, junto al de drogas y armas, uno de los de mayor importancia económica del mundo, según la Organización Internacional de Policía Criminal (Interpol).

La creciente demanda de los mercados de arte, la apertura de fronteras, la mejora de los sistemas de transporte y la inestabilidad política de algunas regiones, son factores coadyuvantes para el auge de ese negocio.

Fuentes oficiales calculan que el monto anual por concepto de esa actividad alcanza los seis mil millones de dólares, aun cuando los números exactos se desconocen debido a la naturaleza ilícita de la actividad que impide cuantificarla en toda su magnitud.

Según la Interpol, muchos países africanos han perdido ya la mitad de sus bienes culturales, dispersos en colecciones públicas y privadas.

Valérie Jullien, del Consejo Internacional de Museos (ICOM, por sus siglas en inglés), aseguró que a menudo los vendedores llevan mercancías africanas robadas a casas de subastas renombradas.

“Uno de los comerciantes de arte más conocidos de Nueva York fue condenado por haber participado en robos ocurridos en una de las áreas históricas de Egipto”, explicó.

Esos objetos arqueológicos sacados de contexto son desaprovechados científicamente, acotó.

Kléna Sanogo, del Instituto de Ciencias Humanas en Bakamo, denunció en días recientes que el fenómeno del saqueo de objetos culturales de Mali crece progresivamente, a niveles comerciales tales que nadie vacilaría en denominar como genocidio cultural.

En ese contexto, las excavaciones ilícitas de sitios arqueológicos resultan las formas más destructivas y peligrosas de saqueo intencional, apuntó la especialista.

Según expertos, el interés por el arte antiguo del oeste de Africa en el mercado internacional y la facilidad con la cual se negocia representan la clave principal del saqueo.

Basta echar una mirada en Internet a las páginas de las principales casas de subasta en Paris o Londres para convencerse de la magnitud de este fenómeno, en el que a diario se ponen a la venta en pujas online artículos extraídos del continente africano.

Patrick J. Darling, de la Escuela de Ciencias de Conservación del Legado Africano en Reino Unido, confirmó que muchos de los artículos robados están disponibles en el mercado mundial.

En los años 80 del pasado siglo, bronces de Jenne, en Mali, y piezas de los siglos XV y XVII fueron robadas y vendidas en Komaland, Ghana y Bankoni, recordó.

Pero los niveles de ventas de entonces resultan insignificantes en comparación con la afluencia masiva que hoy vemos en Europa de las terracotas de dos mil años de antigüedad saqueadas en Sokoto, en el norte de Nigeria, procedentes de las antiguas culturas de Nok y de Kwatakwashi, explicó el especialista.

Sin embargo, este es un tema del cual nunca se habla por lo que Darling demandó su tratamiento a nivel internacional, pues de seguir los niveles de saqueo podría acabar con los valores culturales de África y del mundo entero.

El elevado nivel artístico de los imperios antiguos de Ghana (siglo VII y XII), de Mali (entre los siglos XII y XV), de Songhay (siglo XV y XVI) y de Benín (desde el siglo XVI hasta 1898 en la actual Nigeria meridional), sitúan cada vez más a la región en el punto de mira de saqueadores y traficantes.

Para algunos especialistas el robo del patrimonio del continente es consecuencia, además, de la inexistencia de una conciencia colectiva de preservación y protección de los recursos, determinado por el desconocimiento cultural e histórico de sus pobladores.

Africa, con un rico patrimonio cultural, fue desde épocas muy remotas uno de los principales escenarios para la sustracción de obras de arte.

Por ejemplo, desde la campaña de Napoleón, ejecutada entre 1798 y 1799, el valle del Nilo y toda la costa mediterránea fueron azotados por los depredadores, y muchas de las obras robadas se exhiben hoy en el Museo del Louvre, en París, y en otras capitales europeas.

El saqueo en este continente se inició durante la colonización y, aunque los estados toman medidas para preservar su patrimonio, el pillaje continúa, sin contar que los gobiernos de los países pobres de África Occidental no cuentan con mecanismos de control.

Desde 1970 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) firmó La Convención sobre los medios para prohibir y prevenir la importación, exportación y transferencia de la propiedad ilícita de patrimonio cultural.

En marzo de 2011 la Directora General de la Unesco, Irina Bokova, pidió la movilización de todos los miembros de este organismo para garantizar la salvaguardia del patrimonio cultural de Túnez, Egipto y Libia.

“Debemos trabajar especialmente junto a los jóvenes para difundir el mensaje de que el patrimonio cultural es su propio patrimonio, que está íntimamente ligado a su identidad y puede llegar también a ser un acicate poderoso para la democracia y el diálogo intercultural”, expresó Bokova en aquel momento.

Muchos países de la región son parte de ese instrumento, algunos incluso lograron implementar políticas conservacionistas para frenar el robo y la fuga de sus recursos, pero la realidad del continente atenta contra eso.

Una región sumida en la pobreza, marcada por diferendos políticos y luchas intestinas, con extensas costas mal vigiladas, es el contexto propicio para este fenómeno se desarrolle y extienda sus tentáculos a todo el continente.

* Roberto F. Campos y Yadira Cruz Valera son periodistas de Prensa Latina y Juan Carlos Rivera Torres, periodista colaborador de Prensa Latina en Honduras.