La incapacidad de producir una sola tonelada de carbonato de litio de calidad competitiva luego de más de 5 años de experimentación fallida y el anuncio de que sólo en 2020 será posible generar una décima parte de la demanda mundial significa que, en el mejor de los casos, Bolivia pasará a ser un productor irrelevante y secundario arañando una cuota parte habiendo perdido una oportunidad de oro para posicionarse de manera predominante y oportuna en el mercado global del litio. Peor aún: el actual problema con la surcoreana Kores Posco paralizó el único intento de industrializar litio en el país y el “Plan B” con los chinos no tiene la menor probabilidad de éxito precisamente porque no hay una provisión segura de carbonato de litio grado batería de calidad competitiva y porque la planta piloto de baterías comprada llave en mano no corresponde a ninguna tecnología de punta.

Hace unos meses, en una conferencia sobre litio que ofrecí a estudiantes de postgrado en el CIDES de la UMSA, un conocido “cientista social” se preguntó si – al final – algo de lo que estaba haciendo el proyecto piloto en Uyuni habría de tener algún sentido, añadiendo que quizás no debíamos ser tan duros y que tal vez algo podría resultar bien después de todo…

Como la observación fue lanzada más como un comentario para “la reflexión de la sala” que como una pregunta al conferencista, mi reacción fue el silencio pues pensé que semejante “relativización” de las cosas no daba lugar al menor esfuerzo mental de mi parte en ese momento.

Hoy sí me veo obligado a replicar. Lo hago porque he visto que en los últimos tiempos muchos bolivianos parecen haber perdido el sentido de las cosas. Se habrían convertido en los principales exponentes de la filosofía del “mal menor” o del “podría haber sido peor”. Me pregunto si esta postura “derrotista” será algo sobre lo cual se puedan asentar las bases del futuro de nuestro país.

Es más, me preocupa sobremanera la perspectiva que presentan estas argumentaciones a la hora de orientar a nuestras próximas generaciones por cuanto denotan un claro afán por demostrar que nunca podremos triunfar en nada. Aquí encaja perfectamente la consabida y cínica “ley del menor esfuerzo” tan popular en el sector público, aunque también, según he podido saber, extendida hoy por hoy hacia muchas escuelas, colegios y universidades a lo largo y ancho del territorio nacional, o del consuelo (de tontos, por cierto) de saber que “jugamos como nunca y perdimos como siempre” en casi todas las competencias deportivas internacionales en las que participamos.

Si bien los anteriores conceptos explican el criterio indulgente y tolerante con que se sigue actuando – al parecer, no sólo a nivel de las más altas esferas de gobierno, sino también al de diferentes círculos de opinión – con respecto al proyecto piloto de litio, conviene hacer notar a la ciudadanía que con este emprendimiento estaban en juego muchas cosas.

En primer lugar, se encontraba el rol que Bolivia podía haber jugado como poseedor de los mayores recursos identificados de litio y otros recursos evaporíticos en salmueras, lo que hubiera convertido a nuestro país en el verdadero centro energético de la tierra. Tal como pronostiqué, la demora en la introducción de Bolivia en el mercado mundial del litio habría conducido a una cada vez mayor producción de litio mineralizado primero en forma de concentrados de óxido de litio y ahora en términos de carbonato de litio grado batería. Si bien, en efecto, la creciente demanda de vehículos eléctricos de diversos tipos habría incentivado el establecimiento de nuevas operaciones mineras en tales yacimientos no sólo en Australia sino también en Canadá, por tratarse de minerales de extracción más dificultosa su explotación habría derivado en una presión hacia el alza de precios. Esta influencia estaría siendo aminorada de alguna manera por la puesta en marcha de varios proyectos de explotación y procesamiento de litio en salmueras en la Puna argentina, aunque está claro que estos yacimientos, por una parte, no se comparan con los bolivianos y, por otra, sus cuantiosos requerimientos de agua podrían hacerlos insostenibles.

La situación chilena no es muy diferente, salvo el hecho de que desde hace ya varias décadas dos empresas operan en el país transandino, aunque con similares restricciones en términos del líquido elemento y otras de tipo jurídico-legal que impedirían la ampliación de sus volúmenes de producción en un futuro cercano. En este contexto, la incapacidad para producir una sola tonelada de carbonato de litio de calidad competitiva luego de más de 5 años de experimentación fallida y el anuncio de empezar a producir 30.000 toneladas métricas al año (tma) de carbonato de litio recién a partir de 2020 cuando la demanda supere las 300.000 tma del compuesto sólo significa que, en el mejor de los casos, Bolivia pasará a ser un productor irrelevante y secundario más de los muchos que arañarán una cuota parte del mercado del litio en los siguientes años. Para entonces, el país habrá perdido una oportunidad de oro para posicionarse de manera oportuna en el mercado global del litio.

En segundo lugar, se hallaba la posibilidad de que el litio sea el factor clave de un nuevo paradigma tecno-económico garantizando la transición total de la industria automotriz global hacia la propulsión eléctrica. Como anticipé en diferentes entrevistas y artículos a lo largo de los últimos 3-4 años, la indecisión de Bolivia habría dirigido el mercado hacia otras opciones. Así, por primera vez en la historia del desarrollo energético del mundo, el hidrógeno aparecería hoy como el principal rival del metal más liviano de la tierra. Esta contingencia viene acompañada de dos hechos concretos y reales: la decisión de la cuarta o quinta fábrica de automóviles del mundo (Hyundai) de introducir en recientes meses los primeros vehículos eléctricos activados por pilas de combustible basadas en hidrógeno, además del anuncio de al menos dos potencias automotrices más (General Motors y Toyota) de seguir los pasos del conglomerado surcoreano hasta 2015, y la constatación de la reducción del costo de manufactura de tales tecnologías energéticas como resultado del desarrollo tecnológico y la sustitución dramática de materiales más bien caros (platino). Todo esto refuerza mi argumentación de que podrán haber vehículos eléctricos circulando en las calles y carreteras del orbe (como que ya habrían alrededor de 300.000 de ellos transitando en diferentes partes del planeta), pero que para que se inicie y consolide la era del vehículo eléctrico con baterías de litio se necesitaba a Bolivia. En estas circunstancias, se espera que en los próximos años coexistan varias tecnologías energéticas excluyendo toda probabilidad de que el litio se convierta en el mineral energético predominante.

Finalmente, estaba la oportunidad de hacer de Bolivia un polo de producción de baterías y eventualmente de vehículos eléctricos. Al respecto, en julio de 2012 el país pareció haberse embarcado en el camino correcto de la industrialización del litio luego de la suscripción con el consorcio Kores-Posco de Corea del Sur del contrato dirigido a establecer una planta piloto de fabricación de cátodos de litio directamente de las salmueras del Salar de Uyuni, con base en una tecnología revolucionaria que prescinde de la evaporación solar. Sin embargo, tal como he podido averiguar, el citado consorcio condicionó este contrato a la firma de un segundo documento que reconociera expresamente los derechos propietarios de la patente descubierta por los científicos surcoreanos con las salmueras entregadas de manera gratuita por la gerencia nacional de recursos evaporíticos sin que medie compromiso alguno de parte de los extranjeros.

Como en un baño de patriotismo tardío, los responsables de la industrialización del litio decidieron “a la hora nona” exigir el no cobro de la patente en este proyecto, algo nunca aceptado por los socios surcoreanos, se habría generado un impasse hasta ahora irresuelto entre Corea del Sur y Bolivia que paralizó el único intento serio de industrialización del litio en nuestro país. Luego vendría un pésimo “Plan B” de la mano de un proyecto piloto de baterías comprado “llave en mano” a una empresa china más conocida como fabricante de componentes de baterías de iones de litio que como productora de tales sistemas avanzados de almacenamiento energético que no tiene la menor probabilidad de éxito en vista de que, por un lado, el país aún no cuenta con una provisión segura de carbonato de litio grado batería de calidad competitiva y, por otro, todo parece indicar que la mencionada planta piloto de baterías no corresponde a ninguna tecnología de punta ni mucho menos.

Mientras los equipos chinos esperan por su instalación a efectivizarse en varios meses más – ya que ni siquiera se tuvo el cuidado de planificar bien las cosas en cuanto a la construcción oportuna de la infraestructura necesaria -, el pueblo boliviano se mantiene impávido ante tal cantidad de desaciertos y acciones improvisadas. En este panorama desolador, debemos preguntarnos: ¿La industrialización del litio en Bolivia?: ¿Cuál? ¿Cuándo?

* Analista de la economía del litio.