¿Existirá un tema más controvertido y que “desate más demonios” que el del aborto? A juzgar por las reacciones que se leen en la prensa nacional y que se ven en los debates televisivos, el recurso de inconstitucionalidad presentado al Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) por la diputada del MAS Patricia Mancilla, mediante el cual demanda la declaración de inconstitucionalidad de los artículos 56, 58, 245, 250, 254, 258, 263, 264, 265, 266, 269, 315 y 317 del actual Código Penal, cinco de éstos referidos al aborto, ha desatado una nueva polémica sobre el tema.

No es la primera vez ni será la última, desde hace más de treinta años que las organizaciones de mujeres vienen colocando el tema en la agenda pública con resultados similares: una apasionada polémica que pone sobre la mesa de discusión lo más ignoto vs. lo más “sagrado”, los datos de la realidad vs. la moral bizantina, la ciencia (puesta al derecho y al revés, según los intereses en juego) vs. las creencias religiosas. Lo novedoso de la actual discusión es que ha sido originada en un recurso que coloca a la nueva Constitución Política del Estado como fundamento argumentativo con una solvencia jurídica inapelable, lo que ha puesto en serios aprietos a los poderes constituidos.

¿Cuál será la razón de fondo de este debate que suscita tantas pasiones? A lo largo de más de un siglo, las mujeres hemos venido conquistando espacios de libertad antes inconcebibles, desde el derecho al voto, a la educación sin restricciones, a una vida sin violencia, a la participación política, hasta el estatus de ciudadanas adultas “iguales ante la ley”. Cada una de estas conquistas ha implicado largas batallas y enormes desafíos, ninguna ha sido obtenida a título de gratuita concesión de nadie, menos de los varones y, paulatinamente, a pesar de quien pese, se han venido “normalizando” a tal punto que a nadie llama ya la atención que una mujer asista a la universidad o ejerza el derecho al voto, que sea elegida como representante legislativa o incluso como presidenta de una nación.

Sin embargo y al parecer, hasta ahí llega “la tolerancia” de la sociedad boliviana y particularmente de los poderes patriarcales, porque a la hora de debatir sobre el simple y básico derecho de ejercer control sobre nuestros propios cuerpos, todo el mundo tiene algo que decir, algo que objetar, algo que censurar. Y es que éste es precisamente el tema medular que ha llevado a los hombres (en masculino) a ejercitar todo tipo de estratagemas para controlar a las mujeres: la única función biológica de la que no están dotados es la de gestar, por lo tanto, “algo” tienen que hacer para colocar esa función bajo su particular control. A ello sirven las normas legales, tanto como los dogmas de fe, los “usos y costumbres” como las “ciencias”, las verdades “eternas” como las verdades a medias, todo sirve y a todo ello recurren.

¡Ah! Pero no sólo los hombres, también muchas mujeres que han sido domesticadas bajo esos argumentos, para darlos como ciertos, verdaderos e incontrovertibles, de modo que en muchas ocasiones aparecen como las primeras abanderadas a la hora de condenar con la mayor crueldad a aquellas congéneres que han tomado el control sobre sus propios cuerpos y han decidido, por cuenta propia y sin preguntar a nadie (o quizás a sus más allegados/as) sobre qué hacer frente a un embarazo no deseado, sorpresivo, accidental o producto de alguna forma de ejercicio de violencia en contra de ellas.

Los patriarcas de casi todas las iglesias cristianas/evangélicas/protestantes se han puesto en campaña y han anunciado que darán dura batalla ante cualquier intento de despenalizar el aborto. “Según el representante de Ekklesia, al menos el 90 por ciento de las iglesias cristianas del país se reunieron la semana pasada y formaron «el comité de defensa de la fe», integrada por representantes de las principales agrupaciones protestantes del país” (1) , una suerte de renovado Tribunal de la Santa Inquisición dispuesto a la “caza de brujas”, de las “brujas” que abortan, lo mismo de las y los que las ayudan a hacerlo, ¿por las buenas o por las malas? Estas iglesias multiplicadas en cientos de sectas no se ponen de acuerdo en casi nada, cada una tiene su particular interpretación de La Biblia y priman entre sus patriarcas (y matriarcas) los apetitos personales, los protagonismos individuales cuando no la competencia por los diezmos que les proporcionan vidas tan cómodas como contrarias a los principios que en ese mismo libro se anotan, como la pobreza y la humildad.

Por su parte, la Iglesia Católica ha tenido que recurrir al más inverosímil argumento en defensa de su posición: según el obispo de Santa Cruz, Sergio Gualberti “la despenalización es ‘una política imperialista’ para el control de la natalidad” . (2) ¿Desde cuándo la Iglesia Católica había sido “anti-imperialista”? Es que no por nada llevan dos mil años de poder sobre esta tierra, saben qué decir, a quién decir y cuándo decir lo que dicen. En este caso, les debe parecer muy oportuno tocarle al presidente Morales su “corazón antimperialista”.

En las esferas del oficialismo, las opiniones parecen estar encontradas. Mientras que “cinco ministros se pronunciaron en favor [del debate sobre] la despenalización: Roberto Aguilar, de Educación; Teresa Morales, de Desarrollo Productivo y Economía Plural; Claudia Peña, de Autonomías; Amanda Dávila, de Comunicación, y ayer Vladimir Sánchez, de Obras Públicas” (3) ; la diputada Emiliana Aiza, jefa de bancada del MAS en diputados, quien en alguna oportunidad había señalado que “la Iglesia Católica debe ser expulsada del país porque se convirtió en enemiga de los campesinos y [por] comercializar con la fe de los creyentes” (4) , ahora parece regirse por la norma de la fe al declarar que “… no es posible que abortemos, que hagamos daño, eso es un asesinato y ganamos un pecado delante de dios” . (5) Asimismo, el diputado Galo Bonifaz, quien al parecer no tuvo oportunidad de leer el recurso de inconstitucionalidad presentado por su colega Mansilla, cree que “para poder despenalizar el aborto en Bolivia se tendrá que modificar la Constitución Política del Estado por contener mandatos sobre el respeto a la vida”. (6)

En fin, el debate está “servido” y en medio del mismo, pocos parecen preguntarse ¿por qué abortan las mujeres? Yo creo que por cientos de razones y cualquiera de ellas es igualmente válida frente a sus particulares circunstancias. Lo que he podido testificar a lo largo de mi vida es que ninguna mujer llega ahí con la sonrisa en la cara, por entretenimiento o porque le parece “su mejor opción”. Cuando una mujer toma esa decisión es que (por lo general y salvo excepciones) ha agotado todos sus recursos, y cuando lo hace (sea en cualquier circunstancia) tiene toda mi solidaridad y mi apoyo incondicional. Considero que es una canallada atribuirse el derecho de juzgarla y/o de decidir por ella. ¿Quién se pone en sus zapatos? ¿Quién asume la responsabilidad final ante este hecho? ¿Quién?