Si al presidente de la República le rechazan la mayoría de sus políticas de gobierno (Petroperú, Servicio Militar Obligatorio, etc.); el pueblo le pierde respeto llamándolo “cosito” y pasa a la oposición; sus maniobras congresales son derrotadas; sus aliados de derecha le exigen “más confianza” a pesar de haber entregado su programa de transformación; la primera dama declara que no va a ser candidata a presidente, y el propio Ollanta es “parchado” por el Tribunal Constitucional (TC) cuando trata de no pagar los ilegítimos bonos agrarios a los banqueros y especuladores por más de $4.000, ¿no estaremos hablando de un vació de poder en el Perú?

En efecto, durante estos dos años de gobierno, Ollanta Humala ha tratado de estar bien con Dios y con el Diablo. Según sus asesores esta era la manera más astuta de mantener un equilibrio político.

Al principio, con el gabinete de un ex velasquista y empresario llamado Salomón Lerner, tuvo como aliados a la izquierda (ministerios de la Mujer, Cultura, Ambiente, Cancillería), aunque la derecha ya tenía el control del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) con Miguel Castilla, ex funcionario del Banco Mundial. Sin embargo, al estallarle en la cara un conflicto socio-minero-ambiental en Conga, Cajamarca, Ollanta cedió al chantaje neoliberal y cambió a Lerner por el derechista Oscar Valdés, un ex militar y empresario que se benefició con el fujimorismo y que como premier aplicó políticas neofascistas con el saldo de varios muertos.

Luego del fracaso de la política represiva del primer ministro, Ollanta cambió a Valdés por Juan Jiménez, un abogado vinculado al “progresista” Diego García Sayán (juez miembro de la CIDH) con la estrategia de ubicarse en el centro político. Y en verdad todo parecía que había regresado a la calma y que la administración ollantista se iba a convertir en un “gobierno nacional y popular”.

Para marzo de 2013 la prensa, así como los empresarios (que le orquestaron una guerra sucia en campaña electoral), le daba una popularidad que pasaba el 50% mientras que la primera dama bordeaba el 60%. Ambos vivían en su gloria. Tanto así que al parecer la esposa de Ollanta se creyó el cuento de que podían emular a la pareja presidencial Kirchner de Argentina. Y trazó un plan para alcanzar ese objetivo.

La izquierda no debe existir ni como aliada y el partido nacionalista no debería tener vida orgánica para evitar que surjan nuevos liderazgos y la presión política de bases. Nadine Heredia escogía y daba “línea política” a los ministros (caso ministro Cateriano dándole luz verde para hacer compras a través del PNUD) y a la bancada oficialista como sucedió en el caso de la censura al difunto congresista de izquierda Javier Diez Canseco. Luego, fue nombrada embajadora especial de la FAO para el Año Internacional de la Quinua. Y tenía un performance más protagónico que el del presidente Ollanta en las actividades de gobierno. Un protagonismo tan fuerte que en la Tercera Cumbre de América del Sur y Países Árabes (ASPA), Nadine le dio la espalda a su esposo por una discusión personal, generando titulares periodísticos.

Y no es para menos. Es un lugar común en el Perú que quién lleva las riendas de la casa en relaciones matrimoniales con militares siempre son las mujeres. A esta cuestión hay que agregarle que Nadine es carismática y comunicadora social de una de las universidades de la élite limeña.

No obstante, todo ese plan se derrumbó. Frente a la ofensiva estratégica del ex presidente Alan García de acusar al gobierno de querer una “reelección conyugal”, Nadine tuvo que declarar públicamente que “nunca pensó en eso”. A esto hay que sumar que el Parlamento se encuentra en una crisis política profunda de legitimidad originada por la “repartija” al escoger antidemocráticamente a abogados vinculados al genocidio y corrupción de los 90s como Rolando Sousa para que sean miembros del TC.

Ahora las encuestas dan un promedio de 30% de aprobación a Ollanta y un poco más a Nadine. Y la política ha pasado del Congreso a la calle donde el 4 de Julio salieron decenas de miles de trabajadores a manifestarse contra el gobierno por las reformas estructurales neoliberales que quiere imponer al pueblo. De igual forma, intelectuales, artistas, estudiantes y jóvenes están luchando con marchas y consignas como “que se vayan todos”, “congreso nacional, vergüenza nacional”, “y donde está y donde está el gobierno nacional y popular”, contra la repartija y la ley universitaria.

Toda la prensa está hablando de los “indignados” y los intelectuales de la “primavera peruana”. Perú vive una situación similar de vacío de poder político al que se vivía en Ecuador antes de que cayera el ex militar y presidente Lucio Gutiérrez.