Málaga (PL).- Eran tardes largas y somnolientas de exquisitos vinos franceses que había que conservar en la nevera para que el sol no los convirtiese en grog desesperado de una tarde fría de París. Estábamos en el Lago Sul, exquisito lugar de Brasilia desde siempre custodiado por el Batallón Blanco de la Policía Militar para evitar que alguien moleste a sus habitantes. En las copas que se alzaban en el cielo eternamente azul de la capital federal brasileña, muy lejos de los miserables y muy cerca del cine testigo constante de todos nuestros tiempos. Prueba de que el talento podía con todo era aquella película excepcional de Walter Salles, “Central do Brasil”, de la que tanto se hablaría en 1998, unos años antes de que Inácio Lula da Silva, izquierdista y antiguo tornero en Sao Paulo, llegase a la Presidencia.

En esa cinta, una actriz tan especial como es su tierra brasileña, Fernanda Montenegro. Nos llevaba por el Brasil profundo de los autobuses con carreteras de polvo rojo. Y mientras, en Brasilia los burgueses seguían trasegando caldos de Francia recién exportados que podrían haber dado a todos esos miserables del nordeste que se apiñaban en villas miserias cerca del Palacio Presidencial de Planalto, sin trabajo y sin perspectivas, algo más que la embustera prédica de los pastores de las iglesias evangélicas.

El empeño de Dora (la Montenegro), que primero fue maestra de escuela y luego escribana pública en la mayor estación de Río de Janeiro, por encontrar al padre de un niño perdido y hambriento hallado entre los viajeros me recordaba a la eterna búsqueda de los campesinos sin tierras brasileños, agrupados en el poderoso y eficaz Movimiento de los sin tierras (MST) que desde tiempos inmemoriales han pedido tierras para cultivar y comer. Aunque sea maíz plantado en lo alto de una montaña adonde no llega la electricidad, con lo cual la mordedura de una serpiente escondida en los maizales puede ser mortal. Porque, claro, si no hay electricidad no hay nevera para mantener la inyección salvadora.

En medio de los vapores del siempre rico vino francés los representantes de la sociedad pudientes reunida en el inmenso jardín con vistas al lago Paranoa comentaban un acontecimiento del que se hablaba desde hacía días: la inminente llegada a Brasilia de desesperados sin tierras para suplicar una vez más al gobierno de turno. Había histeria en muchas voces y algunas señoras bien encopetadas evocaban imágenes de comunistas sueltos por sus mansiones con el cuchillo entre los dientes. Un almirante retirado que acababan de presentarme fue categórico: “No pasará nada, amigo mío, los brasileños no tienen el gen de la violencia”.

El 17 de abril de 1997, miles de desahuciados por los bancos que no les prestarían dinero ni para comprar una mazorca en una fiesta, llegaban por fin a Brasilia, tras haber arrastrado sus playeras de goma desde los cuatro puntos cardinales del inmenso Brasil. Entre 30.000 y 100.000 manifestantes, según la policía o los organizadores, se presentaron en el centro de la capital de todos los poderes, frente a los ministerios que rigen sus vidas, frente al poder que no les deja vivir.

Desde mi observatorio delante de la Catedral, hombres hechos y derechos, con voluntad de ganar y fuerzas para hacerlo. Había otros más viejos y más desesperados con la falta de voluntad que da un uso ininterrumpido de la desgracia. Las mujeres hacían lo que podían para animar la manifestación. Los niños llegaron a convencerse de que sus mayores les habían llevado a una de esas fiestas populares que los brasileños saben organizar con cuatro cajas de cerveza y montañas de canciones y risas. Y más se convencieron cuando sus vecinos de marcha empezaron a cantar por las calles-avenidas mientras hacían revolotear sobre sus cabezas banderas tan rojas como las gorras que les protegían del sol pero que también servían en tiendas improvisadas para recaudar fondos para los huelguistas.

Fue un solo día de locura que bastó para que el gobierno del Presidente Fernando Henrique Cardoso estuviese convencido de que los malditos eran capaces de invadir ministerios y quizá hasta el palacio presidencial. Pero no ocurrió nada de eso, aquello era la fiesta de la dignidad reconquistada durante un rato por hombres que quizá en su fuero interno hubiesen estado recorriendo dos o tres mil kilómetros que les traía desde sus estados natales a Brasilia sin poder quitarse de la cabeza que allí les iban a acogotar y que quizá hasta les iban a matar. Los más viejos sabían que nada de eso iba a ocurrir. Se había llegado a un pacto con las autoridades para dejar a la entrada de Brasilia sus herramientas del campo, hoces y otros utensilios cortantes, mientras la policía encargada de preservar el orden formaba cordones de seguridad con las cartucheras ostensiblemente vacías. Allí no pasaba nada y la sangre no correría.

Si Hemingway hubiese andado por allí, seguro que habría dicho que Brasilia había sido una fiesta y quizá hasta habría hecho doblar las campanas de la catedral a cuya entrada montan una guardia estática desde 1960 varios y gigantescos apóstoles moldeados en bronce. Fiesta de la esperanza, algo que los brasileños celebran más de la cuenta porque su esperanza no es finalmente ni estruendosa ni vengativa.

Para el gobierno, el susto de verse rodeados de todos aquellos olvidados de la vida cuya única indumentaria decente eran las gorras con la mención de “Reforma agraria, una lucha de todos”. Lucían el lema a ambas partes de las flamantes gorras rojas. Lo único flamante de aquellos hombres junto con las banderas. Sus ropas estaban deshechas por la miseria que se ha llevado mucho y sus zapatillas de goma estaban gastadas hasta las cuerdas de la paciencia.

Los rostros disimulaban el cansancio y la frustración gracias al sol que los había tostado. Al día siguiente se marcharon a sus casas, a muchos kilómetros de Brasilia, dejando a los gobernantes retormar el ritmo normal de sus negocios. Allí no había pasado nada. Ese día siguiente, los basureros habían dejado las autopistas-avenidas como si a lo más hubiese habido un desfile de carnaval.

Finalmente, la ocupación de la capital federal por los sin tierra se había producido del modo más pacífico del mundo. El almirante retirado al que tanto le gustaba el vino francés tuvo razón.

* Periodista y crítico de cine. Colaborador de Prensa Latina.