Belmopán, capital de Belice, es una pequeña y joven ciudad que debe su existencia a un huracán. Willemstad, capital de Curazao, resulta tan diversa como su lengua criolla, el papiamento. Tegucigalpa, la capital de Honduras, es la segunda más joven de América Latina. El Viejo San Juan constituye un microcosmos de la esencia puertorriqueña, donde se abrazan los orígenes europeos con ciertos destellos de modernidad estadounidense. Muchos piensan en la capital de Haití, Puerto Príncipe, como un lugar poco bendecido, pero resulta preferible saberla con ganas de seguir adelante, renacer y levantarse.

Belmopán, capital de Belice, hija de un huracán

Quizás, al conocer su origen, cualquiera pudiera asegurar, sin faltarle razón que Belmopán, la capital de Belice, es una pequeña y joven ciudad centroamericana y caribeña, que debe su existencia a un huracán. Cuando Ciudad de Belice, principal aglomeración urbana poseedora del puerto más importante de la nación homónima, fue arrasada casi en su totalidad por el huracán Hattie en 1961, el Gobierno decidió construir una nueva capital en algún lugar alto donde el embate de ciclones tropicales no fuese tan impactante.

El sitio escogido fue Belmopán, situado 82 kilómetros al oeste de la vieja urbe capitalina y del mar Caribe, y a 76 metros sobre el nivel del mar, cerca del valle del río Belice, con una imponente vista de las majestuosas colinas del Mountain Pine Ridge. Los trabajos empezaron en 1967 y la primera fase de la naciente ciudad concluyó en 1970, a un costo de 12 millones de dólares estadounidenses.

El nombre escogido resulta ser un acrónimo formado por río Belice, el más importante del país, y su afluente, el río Mopán. Así, Belmopán empezó a dar sus pasos como ciudad central de Belice, una nación que por su posición geográfica comparte espacio con América Central y el mar Caribe, cuyas aguas bañan sus costas y amparan a unos 450 islotes y al sistema de reservas de la barrera de arrecifes más largo del hemisferio occidental.

Con una población estimada en 13.351 habitantes (según el censo de 2009), la también conocida como Ciudad Jardín por la amplia vegetación que la rodea, es una de las capitales más pequeñas del mundo. Sus gentes son una mezcla de etnias que incluye criollos, garífunas, mestizos, mayas de Belice y a los inmigrantes más recientes de China y otros países asiáticos. Hay cinco zonas alrededor de Belmopán: Salvapán y Las Flores, principalmente de origen centroamericano; San Martín (herederos de criollos y mayas centroamericanos); Maya Mopán (provenientes de mayas ketchi/mopan) y Riviera, una mixtura de centroamericanos inmigrantes y locales.

Entre los eventos más importantes que celebran sus pobladores están las presentaciones de la Sociedad Coral de Belmopán, el Festival de las Artes para escolares y las actividades del Día Nacional. Por su parte, la cultura culinaria de los residentes en Belmopán está sazonada con elementos de otros países, como Reino Unido, Estados Unidos, México y el Caribe.

De este modo los alimentos básicos tradicionales son el arroz y los frijoles, a menudo acompañados por pollo, cerdo, carne de res, pescado o verduras, a los que la leche de coco y los plátanos fritos añaden un sabor tropical. Los alimentos exóticos de los beliceños en su conjunto incluyen el armadillo, venado y paca, un pequeño roedor de color marrón con manchas similares a un conejillo de indias.

Con apenas cuatro décadas de existencia, la capital se levantó en la región central de los pueblos mayas, primeros habitantes del país, tal como muestran los restos arqueológicos que hablan de la historia y cultura de esa milenaria y gran civilización, cuyos vestigios aún puede apreciar el viajero. De ello es testigo el Museo de Arqueología de Belice, también conocido como Museo Belmopán, que expone descubrimientos arqueológicos mayas.

Al recorrer las calles capitalinas el caminante puede recrearse con la Casa del Parlamento, un moderno edificio cuya construcción se asemeja a la de un templo maya, y descansar en la Plaza de la Independencia o adquirir productos tropicales en la Plaza del Mercado. Los amantes de la naturaleza pueden deleitarse con lugares como el Parque Zoológico de Belice, un área de 12 hectáreas de extensión, hogar de más de 125 animales de unas 48 especies, todas nativas de la región, entre ellas el tapir Baird, considerado el animal nacional.

Situado a solo dos kilómetros de la ciudad está el Parque Nacional de Guanacaste, una pequeña reserva natural donde habitan variadas especies de la flora y la fauna. El guanacaste es uno de los árboles más grandes de América Central, muy apreciado por su madera, cuyas amplias ramas cobijan una variedad de orquídeas, bromelias, helechos, cactus, lianas y enredaderas.

Al suroeste de la capital está enclavado el Parque Nacional del Cenote Azul, un popular lugar de recreo donde el agua, procedente de un afluente subterráneo que fluye hacia el río Sibun, emerge del fondo de una cueva cuyo techo de piedra caliza se hundió. El cenote resultante contiene aguas de color azul zafiro y tiene unos ocho metros de profundidad.

Dentro de los límites de la reserva que se extiende por unas 232 hectáreas, está la cueva de San Germán, donde los arqueólogos han encontrado objetos de cerámica, lanzas, antorchas y otros enseres mayas del Período Clásico. Belmopán comparte historia y modernidad en un breve espacio geográfico que sus habitantes esperan nunca sea arrasado por un huracán, para así, con el paso del tiempo, llegar también a contar leyendas centenarias.

Willemstad, capital de Curazao, patrimonial y diversa

Mezcla de nativos caribeños, holandeses, africanos, judíos, españoles, portugueses… la población de Willemstad, capital de Curazao, lleva en su esencia la vida de muchos pueblos y resulta tan diversa como su lengua criolla, el papiamento. Al igual que en otras islas del área, la colonización marcó para siempre el destino de Curazao, reconfiguró su cultura e impuso una economía primigenia basada en la plantación esclavista.

En 1499 una expedición española descubrió este territorio y lo nombró Isla de los Gigantes, al parecer por la elevada estatura de los habitantes originarios. Durante el siglo XVI permaneció la dominación de esa metrópoli y la mayor parte de los nativos fueron desplazados hacia la isla de La Española y la costa venezolana. En 1633 los holandeses atacaron la isla y tres años después establecieron allí una fortaleza militar y una factoría comercial, muy propicia para el tráfico de esclavos africanos.

Willemstad, su capital, se convirtió así en el puerto principal de las antiguas Antillas Holandesas (Aruba, Bonaire y Curazao). La continua actividad de esa villa contribuyó al florecimiento de las poblaciones aledañas, y la prosperidad de aquellos tiempos aún perdura en las grandes mansiones coloniales.

El origen del nombre de esta ciudad aún es controversial. Algunos historiadores consideran que proviene del noble holandés William III, quien devino rey de Inglaterra en 1688. Otros, sin embargo, lo relacionan a una figura vinculada al establecimiento allí de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, en 1634. Pero los archivos de la ciudad la denominan Willemstad por primera vez en 1680 y varios documentos de esa época utilizan ese apelativo para referirse específicamente al puerto.

En tanto, versiones de fuerte arraigo en el imaginario colectivo señalan que los primeros marineros portugueses en llegar a la isla venían muy enfermos y se curaron al poco tiempo. Según dicen, por ello bautizaron esa tierra como Isla de la Curación (Ilha da Curação, en portugués) y con la conquista holandesa, las nuevas autoridades coloniales la nombraron oficialmente Curazao.

El territorio también fue invadido por los ingleses en dos ocasiones durante las primeras décadas del siglo XIX, pero ni la isla ni su capital cambiaron de nombre. A mediados del siglo XVIII, una considerable cantidad de judíos sefardíes procedentes de la península ibérica, los Países Bajos, Portugal y sus colonias llegaron a Willemstad y aportaron más elementos a la mezcla idiomática y cultural.

Del mismo modo que otras urbes caribeñas como La Habana (en Cuba), o San Juan (en Puerto Rico), Willemstad posee las características típicas de una ciudad portuaria, pues alrededor de esas actividades se desarrolla gran parte de la vida de los pobladores. Cuando a inicios de 1914 descubrieron importantes yacimientos petroleros en la cercana Venezuela, el país reavivó su flujo comercial y una nueva oleada de inmigrantes llegó a esas costas.

En la actualidad por el puerto de Willemstad transita una de las principales rutas marítimas que conducen al Canal de Panamá. Además, posee el astillero de buques con el mayor dique seco de la región, una Zona Franca y un centro para trasbordo de contenedores. La principal actividad industrial radica en la refinería de crudo edificada por la estatal petrolera venezolana PDVSA. Tiene capacidad para producir cada día unos 320 mil barriles y esto la convierte en el tercer mayor establecimiento de su tipo en el Caribe.

El sector de los servicios, el turismo y la banca también constituyen pilares en la economía y generan importante cantidad de empleos. Además de su popularidad como destino de sol y playa, la riqueza arquitectónica figura entre los principales atractivos de la ciudad.

El centro histórico de Willemstad es, desde 1997, uno de los seis sitios en el Caribe declarados Patrimonio de la Humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Según la gubernamental Oficina de Monumentos, tan solo en la capital existen 750 edificios históricos o de valor patrimonial, varios de ellos con necesidad de restauración.

Uno de los distritos más antiguos es el denominado Punda, el cual estuvo protegido por gruesas murallas y fortificaciones como la denominada Fort Amsterdam. Asimismo, entre los edificios de mayor belleza y antigüedad destacan el Palacio del Gobernador, las grandes mansiones y varias sinagogas como Mikvé Israel-Emanuel, considerada la más antigua de América en funcionamiento.

Mientras, la región conocida como Otrobanda concentra buena parte de la actividad comercial y en sus estrechas calles se apiñan desde tiempos de la colonia tiendas, almacenes y viviendas. Con la libertad de los esclavos, muchos de ellos emigraron hacia esa región y construyeron allí casas más modestas, en lo que luego sería conocido como el primer barrio obrero de la isla.

Al llegar al siglo XX, la zona constituía un importante centro cultural, sobre todo para negros y mulatos. Willemstad es la ciudad con mayor número de habitantes del país, con cerca de 135 mil personas provenientes de unas 55 nacionalidades, indican cifras oficiales. Hoy, junto a la colorida arquitectura colonial holandesa, los edificios modernos reclaman protagonismo con sus tiendas libres de impuestos, sus lujosos hoteles y lugares turísticos. La capital también acoge la instalación deportiva más grande del país con capacidad para 15 mil espectadores: el estadio Ergilio Hato, conocido en la jerga local como Centro Deportivo Korsou.

Quienes hoy visitan Curazao, que desde el 10 de octubre de 2010 resulta un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos, descubren una especie de Babel donde convergen diversos idiomas. Allí predomina el criollo o papiamento, hablado por más del 70 por ciento de la población, y juntos conviven también el holandés, español, inglés, portugués… cada uno representativo de diferentes culturas que sazonan la mezcla de su identidad.

Tegucigalpa, la ciudad de las colinas

Tegucigalpa, la capital de Honduras, en la zona montañosa del centro del país, es la segunda más joven de América Latina, sólo superada por Brasilia, la más reciente de todas. Hacia donde se camine, se baja o se sube, en una ciudad que debido a la falta de planeación urbana se expandió sin concierto, trepando cerros y bajando a estrechos valles, en la margen oriental del río Choluteca.

Formalmente, fue nombrada por decreto el 30 de octubre de 1880, pues desde mediados del siglo XIX compartía la condición, por tiempos indeterminados, con la ciudad de Comayagua, que lo fue incluso desde la época de la colonia. Una versión atribuye el cambio a una historia de amor: el entonces presidente Marco Aurelio Soto se casó con una joven de Tegucigalpa, quien fue despreciada por la clase alta de Comayagua a la cual, ante tanta arrogancia, el gobernante le devolvió el golpe.

Otros historiadores aseguran que obedeció a razones más mundanas y relacionadas con el dinero: sencillamente Soto la prefirió pues cerca de Tegucigalpa, en los cerros de San Juancito, había una compañía minera donde tenía intereses, la Rosario Mining Company, y de esa forma estaba más cerca de su negocio. Cierto o no, realmente Soto no le dio muchas vueltas al asunto y sancionó rápido el escueto decreto del Congreso del 30 de octubre de 1880, que contaba sólo un considerando que explicaba, entre otras razones, que Tegucigalpa “reúne las condiciones y elementos necesarios de población y riqueza para la residencia del gobierno”. El artículo único es una maravilla de concisión: “Se declara la ciudad de Tegucigalpa, por ahora, capital de la República”. El plazo de traslado también fue perentorio: el mes siguiente.

Como ciudad, es más antigua, y su historia se remonta a la época oscura de la colonia y, según cálculos de historiadores, su fundación fue el 29 de septiembre de 1578 por un grupo de españoles que establecieron un asentamiento minero. En su febril obsesión por el oro y la plata, los aventureros tuvieron un imperdonable error histórico: no levantaron acta de la creación del precario caserío y sus nombres se olvidaron en el frenesí de la riqueza.

Quienes han reconstruido el pasado del país, apuntan que al menos le legaron un nombre: Real de Minas de San Miguel de Tegucigalpa. Un monarca distante le dio, casi dos siglos después, el 18 de junio de 1762, el pomposo título de Real Villa de San Miguel de Tegucigalpa y Heredia. De alguna forma, por economía del lenguaje, se quedó en su nombre actual y hoy, más breve aún, Tegus, entre quienes aman la ciudad.

Como ciudad, fue reconocida el 11 de octubre de 1821, ya sacudido el yugo español. Los conquistadores se establecieron en las faldas del cerro El Picacho, la cumbre más alta de la ciudad, a mil 240 metros sobre el nivel del mar, donde levantaron sus ranchos en lo que es hoy el parque central. En su entorno se levantaron los barrios más antiguos: La Leona, Barrio Abajo, donde nació el prócer Francisco Morazán, La Plazuela, Guanacaste, Los Dolores y otros, que sobreviven aún al caos urbano con sus calles estrechas y empedradas.

En Los Dolores sigue en pie una imponente iglesia, pero el mercado de tres plantas que le dio nombre al barrio fue demolido a mediados de los años 70 del siglo pasado y aún hoy es un agujero sin rellenar. La que se considera la primera casa presidencial se encuentra en La Leona, en cuyo parque hay un mirador desde donde se observa el centro histórico, la catedral, el parque central Francisco Morazán.

En muchas colonias de las clases medias las familias han establecido cierre de calles y levantado cercas enormes, con grandes portones desde donde agentes privados controlan los accesos, para sentirse seguras de la delincuencia. En El Picacho está el parque Naciones Unidas, una zona de recreo, donde se ubica el único zoológico público de Honduras. En su zona norte, se levantó la colonia El Hatillo, una zona exclusiva para ricos. En la misma línea está el parque nacional La Tigra, la fuente de agua de la capital, amenazada por la obsesión de los poderosos de vivir en el clima templado de las alturas y lejos de los pobres.

Tegucigalpa es la única capital del continente que tiene una ciudad gemela, Comayagüela, levantada en la margen occidental del río Choluteca. Desde 1898, por decreto, fueron unidas para formar el Distrito Central. En notas históricas, más escasas que las de Tegucigalpa, en 1575 se menciona como “Comayagua de los Indios”, en referencia a los pueblos originarios que habitaron el lugar forzados para la actividad minera. La altura promedio de Tegus es de 990 metros sobre el nivel del mar, lo que le regala un clima fresco, que comienza a calentarse por la tala indiscriminada de los bosques. Sus habitantes fueron estimados en 2011 -como Distrito Central- en un millón 826 mil.

Como la mayoría de las capitales del continente, Tegucigalpa comparte la historia azarosa de cruentas disputas por el poder y golpes de estado, el último de ellos el 28 de junio de 2009 contra el entonces presidente Manuel Zelaya. También, de represión a un movimiento inagotable por una vida mejor, convertido tras el derrocamiento de Zelaya en una resistencia popular que no ha podido ser derrotada.

El Viejo San Juan: microcosmos de Puerto Rico

Con una arquitectura que trae reminiscencias de ciudades españolas, el Viejo San Juan constituye un microcosmos de la esencia puertorriqueña, donde se abrazan los orígenes europeos de la ciudad con ciertos destellos de modernidad producto de la influencia estadounidense. Varios factores contribuyen a mantener al corazón de la capital boricua como un punto de referencia único, al que han cantado bardos como Noel Estrada, autor de la omnipresente En mi Viejo San Juan, considerada un himno.

Aparte de una población permanente de poco menos de 400 mil habitantes y de los barcos cruceros que atracan cada semana por varias horas con cientos de turistas en sus recorridos por el Caribe, la ciudad fundada en 1521, acoge múltiples actividades culturales. Aquí están edificios públicos como el ayuntamiento, el Palacio de Santa Catalina, sede del Ejecutivo al que también se conoce como La Fortaleza, el Departamento de Estado y los fuertes San Cristóbal y San Felipe del Morro.

La ciudad mantiene una vibrante vida cotidiana, a pesar de que en las últimas dos décadas muchos de sus más emblemáticos comercios nativos han desaparecido, como la tienda González Padín o la ferretería Los Muchachos o, en 2012, los centenarios restaurantes españoles La Mallorquina, fundado en 1848, y La Bombonera, en 1902, producto de la inestabilidad económica.

Al Viejo San Juan también dan vida diurna una variedad de tiendas, oficinas y escuelas públicas, además de tres universidades -el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, la Escuela de Artes Plásticas y la Universidad Carlos Albizu-, mientras que en las noches múltiples restaurantes, bares y hoteles -como El Convento, que una vez fue tal- brindan el toque cosmopolita a la ciudad.

La preservación de sus edificios históricos, gracias a la iniciativa en la década de los 60 del siglo pasado del historiador y arqueólogo Ricardo E. Alegría, fundador del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), ha evitado la destrucción de la antigua ciudad, cuyas murallas la Unesco declaró en 1983, junto a edificaciones como el Palacio de Santa Catalina, Patrimonio de la Humanidad.

Alegría (1921-2011) logró a través del ICP y la Oficina de Preservación Histórica que las edificaciones en el Viejo San Juan mantuvieran su fachada original, con sus singulares balcones españoles y colores específicos, aunque en su interior sufrieran alteraciones. Esto, con las angostas calles construidas para carruajes tirados por caballos y que hoy atestan modernos vehículos, dan a la ciudad amurallada un toque muy particular que contrasta con otras del Caribe.

La lucha dada por Alegría evitó también que continuara la remoción de los adoquines de las calles del San Juan antiguo para asfaltarlas. Hoy, uno de los proyectos que se desarrolla es, precisamente, readoaquinarlas para recuperar su toque histórico. “Es una cuestión cosmética”, expresó al respecto a Prensa Latina el arqueólogo Jorge Arturo Rodríguez, a la vez que consideró que es mejor continuar con este procedimiento que dejar las calles con brea.

El doctor Rodríguez reveló que hay una propuesta del gobernador Alejandro García Padilla para asignar 39 millones de dólares con el propósito de crear veredas temáticas históricas en distintas áreas de la añeja ciudad. “El Viejo San Juan”, abona el historiador, “posee una importancia patrimonial, arqueológica de un valor incalculable. Tiene varias áreas, como el sistema de murallas, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco”.

Ese sistema de murallas que una vez mantuvo protegida la isleta de San Juan comenzó a construirse en el sur de la ciudad en 1634 y se prolongó hasta mediados del siglo XVIII, cuando se terminó en el norte para completar casi cinco kilómetros. Así, el único modo entrar era por una de las cinco puertas. De estas perdura la Puerta de San Juan, próxima al Palacio de Santa Catalina, levantado en 1635 para contener los ataques de cosarios como el inglés Francis Drakes, y que desemboca directamente a la catedral de San Juan, por la que entraban los obispos y dignatarios españoles de la época para agradecer a Dios por la travesía a salvo.

Según el doctor Rodríguez, el Viejo San Juan es uno de los sitios habitacionales más antiguos, pues data desde los inicios de la colonización en América, además de que cuenta con “un potencial arqueológico y museográfico ilimitado, aunque está subvaluado”. Entre los múltiples museos que enumera están el de Ballajá, que tiene la sala del indio americano; Casa Blanca, la Galería Nacional, el Museo de la Farmacia, el que honra al violoncelista catalán Pablo Casals, la Casa Museo Felisa Rincón de Gautier, quien fuera alcaldesa de San Juan por 23 años; el Museo del Niño y el de las Raíces Africanas.

Las fortificaciones San Cristóbal, levantada en 1783 por los españoles en una extensión de 10 hectáreas, y El Morro, como parte de la defensa de la ciudad de los ataques de ingleses y holandeses, se encuentran hoy bajo jurisdicción del Servicio Nacional de Parques del Departamento del Interior de Estados Unidos. El arqueólogo Rodríguez reveló que ya se terminó la rehabilitación de Casa Blanca, fundada hacia 1521 después que Juan Ponce de León, primer gobernador español en Puerto Rico, decidió mudar el primer asentamiento poblacional de los conquistadores, la Villa de Caparra, entre San Juan y Guaynabo.

Por la acogedora ciudad están dispersas varias fuentes, como la de las Raíces; esculturas como la alegórica al rescate del barrio Ballajá, el Tótem Telúrico, que conmemora los 500 años de la llegada de los europeos o la estatua del compositor Tite Curet Alonso, quien legó a Puerto Rico numerosos éxitos musicales, sentado en un banco de la Plaza de Armas, frente a la alcaldía de San Juan y de espaldas al edificio en que residió los últimos años de su vida.

Hasta hace unos pocos años, el más alto edificio del Viejo San Juan era el del Banco Popular, construido con un estilo art déco en 1939, pero a mediados de la década de 1990 se levantaron otros frente a los muelles donde atracan los barcos turísticos y donde está la terminal del ferry que conecta a la ciudad con el municipio de Cataño. Un escenario muy acogedor lo brinda el Paseo de la Princesa, donde se encuentra el edificio que hoy ocupa la Compañía de Turismo de Puerto Rico, que hasta la década de los 70 del siglo pasado fue la Cárcel de la Princesa.

Allí estuvieron mucho antes encarcelados el mártir nacionalista Pedro Albizu Campos, los poetas revolucionarios Juan Antonio Corretjer y Francisco Matos Paoli y el periodista comunista César Andreu Iglesias, entre otros. Hoy en ese edificio no queda rastro de tan tétrico pasado, pues allí se torturó a presos nacionalistas y comunistas. Desde la base naval estadounidense de La Puntilla se emitían radiaciones hasta la celda de Albizu Campos para quemar su cuerpo, que terminó lleno de llagas.

Las denuncias del luchador nacionalista en ese sentido contribuyeron a que se le tildara de “loco”, aunque hoy se conoce, gracias a la perseverante investigación del historiador Pedro Aponte-Vázquez, que todo era cierto, según documentos desclasificados por Washington. Hay mil cosas más que ofrece el Viejo San Juan, como sus templos católicos o su calle de San Sebastián, centro ancestral de la bohemia, donde hoy se puede encontrar a poetas, pintores o escritores, al igual que hace 60 años o más.

Esta emblemática arteria, escenario de la multitudinaria Fiesta de la calle San Sebastián, tiene desde hace más de dos décadas en la fachada del edificio en que estaba el original Café Hijos de Borinquen, que reunía a intelectuales, escritores y periodistas, la obra “Don Pedro y los pitirres” del aclamado artista Dennis Mario Rivera. Este es un homenaje a Albizu Campos, pero además es una alegoría a la resistencia del pueblo puertorriqueño, a 115 años de dominación colonial de Estados Unidos, basada en el axioma de que “cada guaragua tiene su pitirre”, pues no importa el poder del enemigo, siempre habrá oportunidad de derrotarlo.

Puerto Príncipe, el renacer de una ciudad

Cuando el forastero pone sus pies y levanta la vista hacia todas partes en Puerto Príncipe, la capital de Haití, asiste a un momento único, inolvidable, de esos para guardar por siempre y compartir en el instante menos previsto. Muchos piensan en la capital de Haití como un lugar poco bendecido, al igual que toda la nación, pero resulta preferible saberla con ganas de seguir adelante, renacer, levantarse y contagiar al visitante de felicidad.

Las desgracias de esta ciudad pueden nombrarse desde el pasado hasta nuestros días: colonización española, dominación francesa, saqueo de piratas, injerencia estadounidense, dictaduras de Francois y Jean Claude Duvalier, golpes de Estado y cascos azules. También, los vocablos hambre, soledad, pobreza, desesperanza, terremoto y cólera, estos dos últimos a partir de 2010, pueden definir la urbe, de geografía irregular, con llanos y montañas que atentan contra la tranquilidad del viajero sobre un vehículo automotor.

Andar en moto, ómnibus o los pintorescos tap tap, un medio de transporte más pequeño que el anterior, representa la oportunidad de hacer fluir la adrenalina por la irresponsable manía de los conductores de llevar el timón sin medir riesgos para la vida. Entonces, la elección de transitar por sus propios pies puede convertirse en antídoto contra la alteración nerviosa y en la manera para lograr un mayor contacto con la gente, que a simple vista parece demasiada.

Diversas fuentes afirman que más de un cuarto de la población haitiana, de unos 10 millones de habitantes, vive en Puerto Príncipe, sin embargo, cualquiera duda del dato en una rápida mirada a su alrededor. Esquinas, aceras y hasta la calle misma constituyen espacios donde proliferan los vendedores informales de comunes e insospechados objetos en busca del sustento diario y un bocado de comida que muchas veces resulta inalcanzable.

Aún cuando llama la atención la existencia de muchos puestos para comercializar alimentos, desde caldos con viandas hasta grandes pedazos de pollo asados sobre improvisadas hornillas de carbón, la mayoría de las personas padece hambre. Paralelamente, las contradicciones se adueñan del entorno, y la publicidad de grandes corporaciones, expuesta en vallas, paredes y carteles, anda junto a las imágenes de niños en la limpieza de los cristales de autos de modelos muy recientes.

Sin embargo, la ciudad se empeña en renacer y dejar atrás el doloroso recuerdo del sismo del 12 de enero de 2010, responsable de la muerte de 300 mil personas y la destrucción de los hogares de dos millones. Ese temblor de tierra, de 7,3 grados en la escala abierta de Richter, también hizo trizas gran parte de la infraestructura capitalina y desbarató símbolos como el Palacio Presidencial y la Catedral.

Las ruinas de ambos sitios entristecen, y también la existencia de más de 350 mil haitianos que todavía viven como desplazados por las consecuencias del movimiento telúrico. A pesar de tantos golpes, naturales y políticos, Puerto Príncipe cuenta con los deseos de edificar, y es normal percatarse de sus ciudadanos, pala en mano, en el esfuerzo de dar vida a nuevas obras.

Con el olor a cemento y arena, el visitante anda por la urbe, e intenta descifrar y aprender algunas palabras en creole para responder al menos el saludo de los lugareños, acostumbrados a un sofocante calor que disminuye en la parte más alta de las lomas. Desde allá arriba, en un punto de Petionville por ejemplo, también existe una mirada peculiar, pero los barrios de abajo parecen y son cada vez más pobres y se difumina la alegría de la gente.

Sin dudas, afirman, los pobladores de Puerto Príncipe quieren empezar otra vez, retomar el camino de la felicidad, y en ese empeño las mujeres inspiran cualquier anhelo a partir de elevadas cuotas de sacrificio personal. Mientras, los hombres no se quedan atrás, y tienen a cada momento unas ganas inmensas de sobrevivir ante las adversidades, como el ataque del cólera que durante casi tres años ha matado a más de 7.600 haitianos.

Puerto Príncipe, con sus calles y avenidas polvorientas, y la bella plaza del Campo de Marte en pleno corazón de la urbe, dista mucho de ser únicamente esa ciudad trágica presentada por medios extranjeros de prensa. En contraposición con tal propuesta, emergen las esperanzas del cambio y el espíritu ancestral de seres humanos, que siempre han luchado por tener un mejor lugar para vivir sobre la tierra.

* Pérez y Frade son periodistas de la Redacción de Centroamérica y el Caribe de Prensa Latina; López, corresponsal en El Salvador; Rosa-Marbrell, colaborador en Puerto Rico, y Sanabia, corresponsal en República Dominicana.