Bogotá (PL).- Nacido un 22 de marzo en Estrasburgo, Francia, Marcel Marceau ingresó al silencio eterno a los 87 años, el 22 de septiembre de 2007. Parece que fue mañana. Heredó la pantomima de los griegos, quienes no sólo legaron a Demóstenes que masticaban piedritas para poder hablar de corrido, como ciertos oradores. También hubo Demóstenes y Platones del silencio, del gesto.

Marceau nos dio varias veces con su arte en Colombia: en 1957, 1989 y en 2005, cuando anunció de nuevo su retiro definitivo del “mundanal ruido” del silencio. La última vez estuvo presente a través de la Compañía “Mr. et Mme. O” en el Teatro Colón y en un Taller de Teatro Gestual (Teatro Delia Zapata), convocados a instancias de la embajada de Francia. Empeñé no sé qué para verlo.

El mimo es el imitador por excelencia. El papel carbón de la realidad. Marceau es el silencio cuando éste es más elocuente que la palabra. Con un gesto suyo editorializaba en voz baja sobre los achaques de la humanidad. “El silencio es algo que existe en el interior de uno mismo. Para mí el silencio es una música interior. Es necesario para encontrarse a sí mismo y para encontrar la paz”, filosofó Marceau.

Como al “más grande mimo contemporáneo” no le peinaron mimos cuando estaba niño, se dedicó a ellos. Debe ostentar una marca mundial no reconocida por el Guinness, como el hombre que más ha hablado sin caer en la tentación pedestre de pronunciar palabras. Nuestros políticos criollos deberían hacer un cursillo intensivo de Marceau.

Después de perseguirlo por el escenario uno se pregunta: ¿La lengua para qué? Dan ganas de empeñar esa lengua. O de prepararla alcaparrada. Si el Papa es el Messi de Dios, Marceau es el papá de Bip, su personaje inolvidable, el Sumo Pontífice de los mimos. El solito es una escuela porque tiene la sospecha de que, salvo sus paisanos de la Academia Francesa, el resto de los mortales somos mortales. Así la muerte sea por una sola vez y para siempre, como suelen decir los que todavía están vivos.

No hay que acreditar carné de intelectual puro ni impuro para disfrutarlo. Cualquiera puede entenderlo. No es sino mirarlo con los ojos del asombro. Todo el mundo habla de la feria, cómo le va en ella y de Marceau según haya disfrutado de su talento. Los niños sí que lo paladean. Al fin y al cabo un mimo es un mago a partir de sus gestos. Esto lo saben los “locos bajitos” que son los dueños de la imaginación.

Los adultos nos gastamos medio cerebro tratando de traducir lo que quiso decir el mago Marceau, o inventando aplausos para llenar los vacíos que a veces nos produce el oficio de este Pierrot sorprendente. El matinal, el matiné, el vespertino y el nocturno de la pantomima pasa por este hombre que moldeó el silencio con sus manos, como si fuera de barro.

Si quiere disfrutar el mejor de los goces estéticos, déjese masajear el alma y el corazón con gestos que van desde una “certaine sourire” (cierta sonrisa) hasta su antípoda la lágrima. O sea que en su oficio refleja lo que sucede a cada minuto en la aldea global. La pantomima es el verdadero esperanto: lo sentimos cuando en tierra extraña nos volvemos mimos para solicitar un plato de comida con las ganas, el gesto, el hambre, o simplemente los dedos.

En ese instante hacemos una fugaz reencarnación de M. Marceau. Menos mal que el artista no se entera de que estamos estropeando su arte universal mediante el cual vuelve visible lo invisible y viceversa. Su rostro vestido de blanco dispara metáforas por todos los poros. No es un hombre. Parece una manifestación por todo lo que ejecuta.

De pronto se ayuda con música, generalmente de Mozart, su preferido. O con un chorro de luz que le ayuda a desaparecer. O a reaparecer, a la manera del mago David Copperfield, quien confiesa que copió de su arte. Cuando Copperfield, este BIP -tan VIP- pasa, es el mimo Chaplin -su primera gran influencia- el que pasa. O Buster Keaton, otro de sus gurúes. O Étienne Decroux en quien reconoce a su mayor maestro “porque uno no puede ejercer un arte sin haber tenido un maestro”.

Marceau globalizó el arte del silencio. “Yo pienso que toda la vida es un mensaje. En todo lo que hacemos estamos mostrando lo que se hace en el mundo”, comentó en una entrevista hecha en otro anuncio “definitivo” sobre su retiro.

Ha dicho que “cuelga” el gesto como esos toreros nostálgicos que generalmente vuelven al ruedo. Ojalá pase siempre lo mismo con M. Marcel. Paz sobre su eterno silencio.

* Periodista colombiano colaborador de Prensa Latina.