Carlos Montenegro, el ideólogo del MNR, nos enseñó a sentir el orgullo de ser bolivianos, a pesar de pertenecer, hasta ahora, a uno de los países más vilipendiados y denostados del mundo. Hace 70 años, la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) tuvo, tal vez, el mayor acierto de su prolongada vida institucional, al editar el libro central de nuestra Historia: “Nacionalismo y Coloniaje”, y hoy, siete décadas después, el actual directorio, presidido por Antonio Vargas, reedita el acierto. Montenegro nos dice que, pese a nuestras desventuras, tenemos un lugar en el mundo, en un planeta con alrededor de 300 naciones y Estados. Es decir, somos algo, aunque un punto casi insignificante en el universo. Tiene entre sus escasos precursores al historiador cruceño Humberto Vásquez Machicado y al polígrafo potosino Carlos Medinacelli.

En este contexto, ¿cómo no haber preferido nacer en otras latitudes, con notables tradiciones culturales, científicas y tecnológicas, que motivan la satisfacción de sus hijos? La afirmación tiene, sin embargo, otra lectura. No es lo mismo nacer en un país consolidado, donde lo más importante ya ha sido realizado, que en un país altamente vulnerable, en el que casi todo está por hacerse. En este caso, nacer y vivir en Bolivia es un cotidiano desafío, ya que no se sabe si mañana seguirá existiendo, razón por la cual el desafío cotidiano hace bullir nuestras células.

“Nacionalismo y Coloniaje” ubica con precisión a la corriente ideológica que repudia la existencia de Bolivia. La encabeza el positivista Alcides Arguedas, quien, en su “Pueblo Enfermo”, considera que el mestizo boliviano es la suma de defectos del indio y del blancoide, lo que es atribuible a determinismos geográficos y étnicos. Y si la gente no sirve, ¿puede un país tener destino alguno? Como se sabe, después del surgimiento de las primeras naciones industriales, estas se opusieron al nacimiento de otras nuevas, por considerarlas un obstáculo a su expansión económica, salvo por razones geopolíticas concretas que contribuyan a su mayor fortalecimiento. Esto ocurrió con América Latina en lo macro y con Bolivia en lo micro.

Pero el nacimiento de Bolivia no sólo contó con el rechazo de las potencias y sus consorcios, sino también con la irrefrenable anguria de las oligarquías vecinas, sobre todo de la chilena, cuyo mayor éxito en su agitada existencia, fue condenar a Bolivia, con el patrocinio del capital británico, a la condición de país enclaustrado, gracias a lo cual Santiago vende a Paz, desde autos chatarra hasta productos suntuarios e impide el ingreso de cualquier producto fabricado en suelo boliviano. Bajo su control han quedado los puertos del Pacífico Sur, por los que Bolivia debe exportar sus minerales, luego de someterse a incesantes abusos.

Pero la denigración de Bolivia se la hace también desde dentro del país Las mutuas descalificaciones entre indígenas, mestizos y blancoides nos conocen límites, las que dejan espacio para los epítetos con las que se ensañan las élites regionales, según los cuales los hombres del oriente son flojos, los del occidentes mugroso, los tarijeños lentos, los cochabambinos pendencieros y los chuquisaqueños locos, sin dejar de mencionar que los militares serían cobardes, los curas mujeriegos, los políticos ineficientes y casi todos los policías corruptos. Montenegro reconstruye esta trama social, recordando que en el territorio de Charcas se produjo, en 178l, el levantamiento indígena del altiplano paceño, que inició la debacle del predominio hispano en la audiencia de Charcas.

La insurrección aymara es, para Montenegro, el ineludible antecedente de la Revolución del 16 de julio de 1809, en la que aparece, como algo impensable el liderazgo del mestizo Pedro Domingo Murillo, alrededor de quien se construye una coalición de fuerzas sociales, que abarca a españoles identificados con la gesta libertaria hasta indígenas que buscan terminar con la humillación y el desprecio. A diferencia de los analistas del pasado, “Nacionalismo y Coloniaje” reivindica, al mismo tiempo, a todos los gritos libertarios de la región, sin olvidar el significativo aporte de los ejércitos del Río de la Plata, uno de cuyos comandantes, Manuel Belgrano, propició un histórico encuentro entre el Cacique Muiba de los guaranes hasta los guerrilleros Manuel Ascencio y Juan Azurduy de Padilla, que también buscaron edificar una nueva Patria, basada en ideales de justicia y libertad, en lugar de la República racista del 6 de agosto de 1825, postulada por los encomenderos que se beneficiaron con el sacrificio de los guerrilleros.

De este antecedente, Montenegro deduce que hay una línea de continuidad entre las gestas independentistas, en el afán de retomar el hilo de la historia iniciado con el repudio de la mita, los esfuerzos del Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana por construir la Confederación Perú-Boliviana, el carisma del general Manuel Isidoro Belzú que impulsó la participación del cholaje en la vida nacional, hasta el reconocimiento al pueblo profundo que, en tres guerras fratricidas, con países vecinos, logró preservar la heredad nacional, pese al despojo de la mitad de su territorio.

El 98 por ciento de excluidos de la Constituyente de 1825, impidió la consolidación del proyecto oligárquico. Pero el camino del avance social era imposible de ser alcanzado por la vía evolutiva, sino a través de incesantes convulsiones sociales. Por este motivo podríamos decir que Bolivia es un país sísmico en su quehacer histórico. Tal la razón por la que avanza con saltos, no desprovistos de retrocesos. Su mayor salto cualitativo fue la Revolución del 9 de abril de 1952, que, por fin, después de 127 años de “vida independiente”, incorporó a la legislación nacional el voto universal para todos los bolivianos. Con “Conciencia de Patria” (CONDEPA), encabeza por el comunicador Carlos Palenque y la mujer de pollera, Remedios Loza Alvarado, el cholaje pasó a ser parte activa e irreversible del quehacer nacional, a partir de 1988. Finalmente, por el triunfo en las urnas, en 2005, del indo mestizo Evo Morales se consolidó la participación indígena en la vida política del país.

La conmoción ocasionada por el triunfo de Evo generó un caso de previsibles consecuencias. Como no podía ser de otra manera, la inexperiencia de indígenas y pueblos originarios en el manejo de la gestión estatal sólo podía provocar, como lo hizo, enorme desorden administrativo, crisis en las instituciones y la instauración de un nuevo sistema judicial, que no acaba de consolidarse. A ello se añade que el presidente de raíz indígena tuvo que vencer la ingerencia de ONG, que habían ubicado a Bolivia como centro de sus utopías, a través del reconocimiento de 36 naciones indígenas, paridas en sus oficinas de Europa y EEUU. En forma previa, Evo y Álvaro derrotaron, con movilizaciones de pueblos originarios, un audaz proyecto de segregación del país, llevado a cabo por la separatista Nación Camba del oriente boliviano.

Poco a poco se va recobrando la conciencia de retomar el camino de la reconstrucción del Estado nacional, ya que sin este instrumento es imposible avanzar en la consolidación de la bolivianidad, lo que se conseguirá cuando todos sus ciudadanos se sientan parte de la misma Patria. Se va aceptando por todas las capas sociales que sin Estado nacional Bolivia seguirá siendo una hoja seca sacudida por los vientos, aún en una Sudamérica en la que se han dado tantos avances positivos en la integración bolivariana. Bolivia necesita de su Estado nacional para adoptar decisiones trascendentales en torno a problemas fundamentales como el cambio climático y los derechos de los pueblos indígenas, a fin de que estas decisiones no queden en manos de las ONG, el imperio y las oligarquías vecinas. Por todas estas razones, “Nacionalismo y Coloniaje continúa siendo la carta de navegación que los bolivianos debemos usar para encontrar nuestro destino.