En el primer ¿Qué es la política? intentamos definir los perfiles de un programa de investigación, que respondan a la pregunta. El punto de vista del programa parte de una concepción pluralista de la política y la acerca a una concepción radical de la democracia. En el segundo ¿Qué es la política?, que se concentró en los nacimientos de la política, desarrolló ciertas consecuencias del pluralismo, sobre todo al hablar de nacimientos de la política, considerando la crítica a lacolonialidad, además de ampliar estos comienzos incluyendo acontecimientos ocultados por la historia universal y la historia política; el levantamiento indígena pan-andino del siglo XVIII y la guerra colonial haitiana de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

En el tercer ¿Qué es la política? vamos a intentar responder a problemas que podemos considerar de micro-política y de dinámicas complejas de la política efectiva; es decir, no sólo de la forma de cómo se efectúa la política en la práctica, sino de las interrelaciones entre múltiples factores intervinientes y condiciones de posibilidad heredadas. Por ejemplo, relaciones entre ejercicios democráticos, profundizaciones de la democracia, con problemas de transformaciones de estructuras y de instituciones. Si a estas interrelaciones le añadimos la incidencia de la constitución, de-constitución y reconstitución de sujetos y de subjetividades, con la clara intención de liberar potencialidades sociales, entonces, como se puede ver, la complejidad se hace mayor. Si además tratamos de situar estos fenómenos interrelacionados y de entrelazamiento en ritmos y temporalidades específicas, la complejidad se enriquece y adquiere su propia especificidad, su propia singularidad. Bueno pues, este el proyecto de este ensayo.

Un primer problema que trataremos es el relativo a los obstáculos históricos, políticos, estructurales, institucionales y subjetivos en el desarrollo de los “procesos” y proyectos políticos con intención transformadora.

Umbrales y límites políticos

Todas las llamadas “revoluciones” se han enfrentado a umbrales y límites políticos en sus tareas propuestas. Estos umbrales tienen que ver con los horizontes de una época, la que se quiere dejar; horizontes que tienen que ver con el alcance de la perspectiva inaugurada en la época en cuestión, con los referentes privilegiados, además con el núcleo institucional que define un campo de dominio, un campo “gravitatorio”, que establece lo que es “posible”; es decir, que define la “realidad”. Obviamente, entre los problemas enfrentados por los llamados “revolucionarios”, la problemática principal a resolver parece ser, dicho en los términos generales que se usaron, la cuestión estatal, que en términos más amplios, se remite al problema del poder. En las historias políticas de estas “revoluciones” se muestra que las mismas no pudieron resolver la llamada cuestión estatal o, mejor dicho, el problema del poder. Terminaron ampliando, mejorando, sofisticando, consolidando, la maquinaria estatal; visto desde la perspectiva amplia, la del poder, terminaron desencadenando formas de dominación, que se encontraban incipientes o limitadas, como las relativas a las formas burocráticas más aparatosas y represivas. La pregunta no es tanto ¿por qué sucedió esto?, sino una más específica: ¿cuáles son los obstáculos con los que tropezaron estas “revoluciones” y no pudieron superarlos?

Parece ser que un primer obstáculo es institucional; al heredar una maquinaria institucional consolidada, la pregunta es: ¿qué se hace con ella? Si se destruye esta maquinaria y estas instituciones, ¿con qué instituciones se las sustituye?, ¿con qué nuevo “sistema” institucional se sustituye la vieja maquinaria institucional? Al no obtener respuestas concretas, operativas, a estas preguntas, los “revolucionarios” optan por mantener las instituciones heredadas efectuando modificaciones; incluso pueden conformar otro ordenamiento institucional, manteniendo, en “esencia”, la estructura y las lógicas de las instituciones heredadas; empero, “sustancialmente”, la maquinaria estatal no ha cambiado, sobre todo, en lo que respecta a la separación entre Estado y sociedad. El Estado moderno, con sus nuevas variantes, sigue siendo Estado y moderno; representa a la sociedad, decide por ella, supone que sintetiza su voluntad general. Las mejores tesis, para justificar esta opción práctica, son las que tienen que ver con las teorías de la transición. Entonces, para evitar un vacío político, que dejaría el desmantelamiento de la vieja maquinaria estatal, se opta por una transición, que supone un diferido y lento desmantelamiento.

No vamos a repetir la interpretación que hicimos, en otros textos[1], de lo que sucede después de haber escogido esta opción práctica y transitoria; los “revolucionarios” terminan siendo engranajes de la maquinaria estatal y reproducen las lógicas de poder inherentes. Vamos a pasar directamente o otros obstáculos. Un segundo obstáculo tiene que ver con límites subjetivos y de perspectiva; los “revolucionarios” se formaron en la época de la que quieren salir, pretendiendo inaugurar una nueva época. Sinceramente, la mayoría de ellos cree que las instituciones con las que se enfrentan forman parte de la “realidad”, son una condición objetiva ineludible. Entonces su conducta está afectada y condicionada por este referente. Lo que tienen que hacer entonteces es tomar el timón, gobernar las fuerzas, conducir el barco, empero, hacia otra destino. Esta concepción del mundo, este realismo de los “revolucionarios” es otro obstáculo no superado.

No todos los que se hacen cargo del aparato público tomado tienen la convicción de los “revolucionarios”; este conjunto identificado, por sus actividades, organización, participación, antes de la “toma del poder”, es más bien pequeño, en comparación con el contingente de gente que se requiere para manejar el Estado. Los “revolucionarios” tardíos, que se incorporan al “proceso” lo hacen mas bien por otras razones, más prácticas. Sean las que sean éstas, pues no nos interesa su particularidad, los convierte a éstos en factores de incidencia conservadora, sobre todo por su formación y su concepción del mundo, útiles para cumplir las tareas administrativas, técnicas y de especialización, tal como habían sido diseñadas. Algunos de éstos “revolucionarios” tardíos proclaman a voz en cuello su lealtad, su fidelidad, a la “revolución”, incluso su protagonismo. Estos “revolucionarios” tardíos no sobrepasan la concepción burocrática y formalista del Estado; una apreciación de inmovilidad técnica, de regulación normativa, de especialización, en el mejor de los casos; un apego a la inercia y al acomodamiento, en la mayoría de los casos; una inclinación a usufructuar, en el peor de los casos. Esta herencia del “capital humano”, sumada a la ya discutible concepción del mundo de los “revolucionarios”, está íntimamente vinculada a los horizontes y límites de su época, y terminan reforzando los aspectos menos críticos del discurso “revolucionario” oficial. En este ambiente de subjetividades conservadoras reforzadas se hace difícil, sino imposible, el atender a los obstáculo y saltarlos. La voluntad de cambio de los “revolucionarios” se ablanda, redoblando más bien la voluntad de defensa. Los umbrales, que abría que cruzar, se convierten en verdaderas barreras inexpugnables. La época, que se quería superar, se dilata y prolonga, con nuevas versiones, esta vez bajo el discurso “revolucionario”.

El tercer obstáculo que nombraremos es lo que llamaremos el círculo vicioso del poder. En la medida que el gobierno “revolucionario” opta por la defensa más que por las transformaciones, ingresa a un decurso de contradicciones, decurso acumulativo de problemas irresueltos, ante los cuales se acude a un aparatoso ocultamiento o, en su defecto, a una no menos aparatosa denuncia; culpa al monstruo de mil cabezas de la conspiración de ser el causante de los problemas; el imperialismo, el capitalismo, las potencias enemigas, la derecha de múltiples facetas, hasta encuentra enemigos en las propias filas. La opción por la defensa deriva en la justificación de un centralismo secante, llegando a extremos del autoritarismo, desatando distintas formas de represión. El enemigo se convierte en un anormal; es decir, en un monstruo, una deformación de la naturaleza. Llama la atención que la misma figura sea usada para descalificar tanto por parte de los defensores de la “revolución” como por parte de los que quieren recuperar el poder perdido, las viejas clases dominantes; ambos se acusan de anormalidad. Lo que muestra que comparten un mismo prejuicio. La iglesia, la nobleza y la burguesía se inventaron la figura de la bruja durante su lucha contra los levantamientos anti-feudales que atravesaron Europa durante los siglos XIII, XIV y XV. La caza de brujas era, en realidad, la guerra institucional contra los levantamientos populares[2]. Mediante esta a-normalización del enemigo se justifican todas las atrocidades que se cometen a nombre de la “revolución”.

Una vez que se entra a esta “orbita”, al círculo vicioso del poder, es casi imposible salir de este movimiento “circular”. Acabamos de usar varias metáforas, orbita, circulo vicioso y circular; sobre todo para insistir en lo del círculo vicioso de poder. Pero, no nos olvidemos de que se trata de una metáfora; no nos dejemos llevar por la figura que transmite esta imagen, pues sustituiríamos lo “lógica” del poder por el sentido de la figura, circular, orbital, gravitatoria. Sería muy simple describir el poder como un circulo que gira en torno a un centro; ese es precisamente el sentido común compartido. Desde este punto de vista, el poder sería como un centro o un núcleo, desde el cual se gobierna, se manda, se conduce, se administra, se dispone, además de representar a todo el círculo. El poder no funciona de esa manera; no tiene centro, ni es un círculo. Mas bien es reticular, es como una malla de captura; también es como una cartografía de fuerzas, cuerpos y territorios, fuerzas que atraviesan cuerpos, cuerpos que resisten como fuerzas, territorios estriados y clasificados. Sin embargo, la metáfora usada es para transmitir la idea de un poder atrapado en su propia malla. Un poder que funciona como una trama; principio, medio y fin. Al principio se colocan las piezas, los escenarios, se definen los personajes, y se comienza a desatar el torbellino de pasiones. Lo que se hace, lo que ocurre, la escritura de los hechos que se dan, es como comenzar a escribir también los desenlaces. Sólo que pasa todo como por una etapa de composición; hay como una “preparación” antes del desenlace, una maduración de las situaciones, una disposición de los actos del drama, para que éste pueda concurrir hasta su consumación indefectible. La gravitación no se encuentra en ese centro imaginario, ese cetro que tienen a mano y les da el mando, en el poder que creen tener y que, en realidad, nadie lo tiene. Se imaginan tener el poder, es como una satisfacción hedonista el imaginar que se lo tiene; engañados por los escenarios montados. El poder no es propiedad de nadie, atraviesa cuerpos, los inviste, todos lo usan, pero ninguno lo posee. El poder tampoco es un sujeto invisible, que está en todas partes, que tiene sus propios fines, que se mueve por su propia lógica. El poder es una física de las fuerzas humanas; se trata del comportamiento de estas fuerzas, de sus correlaciones, sobre todo de sus resultantes. Sobre esta base, se trata del manejo de las fuerzas, de la disposición de las fuerzas; por lo tanto, se puede hablar de composiciones de las fuerzas, composiciones hechas por capturas. En este sentido, se puede decir que el poder tiene su propia tecnología, la heurística que se usa para afectar los cuerpos y obtener efectos de ellos. Desde esta perspectiva, de acuerdo a los usos de las tecnologías, de los instrumentos, se puede dibujar diagramas de poder. En este panorama, las instituciones aparecen como agenciamientos concretos de poder, que reúnen fuerzas y mezclan discursos. El poder se ejerce, como decía Michel Foucault; pero, no es algo que sea propiedad de nadie.

Dadas las circunstancias y las condiciones de posibilidad, si los diagramas de poder heredados no se desmontan, si las viejas instituciones no se desmantelan, creando otras, los diagramas y las instituciones funcionan de acuerdo a sus diseños. Los que las manejaron antes ya no están; pero, sus arquitecturas y sus estructuras siguen todavía. En este sentido, adquiere connotación esa frase que dice no es que han tomado el poder, sino que el poder los ha tomado.

Si bien esta geografía del poder es condicionante, lo que importa es qué se hace con los diagramas, dispositivos y agenciamientos de poder. Lo que pesa, lo que gravita, es el recorrido, son los pasos que se dan, el camino escogido. En la breve y reciente historia del periodo iniciado pesa lo que se ha decidido, lo que se ha hecho, los efectos desencadenados; estas secuencias comienzan a escribir la trama que se dibuja por sí sola. Se entiende entonces que entre geografía del poder y trama desencadenada se da como un juego de complementariedades; se pone en marcha tanto el funcionamiento de una maquinaria como el desenlace de una trama. Es en este sentido que se tiene que comprender la metáfora del círculo vicioso de poder; si no se desmontan los diagramas de poder establecidos, si no se destrama, se desteje la textura, los diagramas de poder recrean dominios y dominaciones, alejando posibilidades emancipatorias.

No vamos a seguir con un listado de obstáculos, vamos a quedarnos con estos tres; los obstáculos institucionales, los obstáculos subjetivos y el decurso repetitivo que hemos llamado círculo vicioso del poder. Nos interesa ahora enfocar las reacciones ante la problemática, ante la evidencia de las contradicciones profundas; nos interesa evaluar las críticas desatadas, las propuestas de corrección, las propuestas de reencausar, retomando las fuentes y los orígenes de la “revolución”. Vamos a dejar a un lado las críticas declaradamente conservadoras, las reacciones de lo que comúnmente se denomina como “derecha”, pues se supone que el objetivo de ésta es volver a lo de antes, que según sus puntos de vista, estaba mejor, corresponde al orden y no al caos que se vive ahora. Interesa entonces enfocar las críticas que vienen por el lado de la “izquierda”, usando otro término de la jerga común. Interesa averiguar qué pasa con estas posiciones, por qué no logran sus cometidos, por qué no prosperan, en la mayoría de los casos, o por qué caen en lo mismo, cuando logran incidir, en los pocos casos que esto ocurre.

Dilemas de la reorientación

Habría que establecer como una línea de base antes de la evaluación de los movimientos y las posiciones de reorientación. Esta es:

La reorientación no puede ser otra cosa que cumplir con las tareas no cumplidas. Teniendo en cuenta los umbrales y los límites que enfrenta un proyecto “revolucionario”, límites institucionales, límites subjetivos y la relación perversa con el poder, la reorientación se plantea como una “revolución dentro de la revolución”; objetivo que requiere, por lo menos, la movilización descomunal de las fuerzas que han dado lugar a la “revolución” misma. No se trata de cambio de personas, de cambio de cúpulas, de nomenclatura, tampoco sólo de políticas y de estilos, sino de transformaciones estructurales e institucionales, así como de constituciones subjetivas, además de desmantelar el poder. Si no se cuenta con esta movilización descomunal de fuerzas, las propuestas de reorientación son sólo buenas intenciones de corto alcance.

Dicho esto, establecido la línea de base, podemos evaluar las distintas propuestas de reorientación.

Las que más se hacen sentir y proliferan son las propuestas que parten de una crítica moral. El supuesto es que se ha dado un quiebre ético y moral; cuando ocurre esto, se da lugar a la corrosión de todo, de las instituciones, del proyecto mayúsculo, del proceso, de las instituciones, de las prácticas. De lo que se trata entonces es de efectuar una recuperación ética y moral. Esta operación pasa por distintas alternativas; fortalecimiento ideológico-político, es decir, formación; cambio de personas, es decir, ocupación de los mandos y direcciones; democratización de las instancias partidarias y de gobierno. Estos planteamientos pueden tener incidencia modificatoria de aspectos, mejorar los comportamientos y las conductas, las formas de gestión; empero, más temprano que tarde, se enfrentaran a los umbrale y límites estructurales y subjetivos de la “revolución”. El peligro de no cruzar el umbral y el límite, no saltar o atravesar los obstáculos, es, al final de cuentas, hacer lo mismo que lo que se crítica, empero de una manera más institucional, más democrática, incluso correcta, en términos éticos y morales. Lo mismo es reproducir dominios y dominaciones, que reconfiguran los diagramas de poder.

Esta posición crítica, ética y moral, llega, a veces, en su desesperación a repetir la descalificación de anormalidad, empleada tanto por los gobernantes, respecto de sus enemigos, como por las viejas clases dominantes, respecto a los levantamientos y rebeliones de los dominados. La explicación imaginaria es decir que se trata de monstruos, que cometen atrocidades anormales. Cuando se llega a esta explicación desmesurada, se compromete la crítica ética y moral, pues se cae en el mismo prejuicio conservador compartido; la causa es la monstruosidad, la anormalidad, la maldad. A partir de este supuesto no es difícil convertirse en juez inquisidor; lo que hay que hacer es juzgar y castigar. Los parecidos con los procedimientos de las dominaciones históricas son alarmantes.

Otro estilo de las posiciones re-orientadoras es la que concibe el problema como desviaciones respecto al proyecto inicial; por lo tanto, de lo que se trata de hacer es volver a las fuentes, a los orígenes. Esta crítica pone en evidencia la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que es el proyecto mismo y lo que se practica, entre el programa, la Constitución, y las políticas efectuadas. La reorientación entonces pasa por retomar las fuentes, el programa, el proyecto, la Constitución. Esta identificación del problema toca nudos claves de la crisis de la “revolución”, de las contradicciones del proceso; sin embargo, queda pendiente el cómo realizar, cómo hacer efectiva, la reorientación. ¿Por convencimiento? ¿Por cambios de las direcciones? ¿Por democratizaciones participativas, lo que significa pasar a la construcción colectiva de las decisiones? ¿Por cambios institucionales? El convencimiento de las autoridades y direcciones parece un camino difícil, largo, e incluso casi imposible, tomando en cuenta las seguridades de las autoridades y direcciones. El cambio de direcciones puede tener una incidencia de corto alcance si no se cambian las estructuras institucionales. El ejercicio de la democracia participativa, de la construcción de la decisión colectiva, tiene la ventaja de la democracia misma, el gobierno efectivo, no demagógico, ni representativo, es decir, delegado, del pueblo, además de basarse en los saberes colectivos y el intelecto general. Empero, para lograr este ejercicio participativo efectivamente se requiere resolver el problema de los obstáculos subjetivos, además de institucionales. Ahora bien, la democracia participativa no parece posible si no se la impone por el pueblo movilizado; no será una espontánea práctica de las autoridades, direcciones e instituciones heredadas.

Un tercer estilo de las posiciones re-orientadoras tiene que ver con la “consciencia” de que se requiere como una “revolución dentro de la revolución”[3] para poder atravesar los umbrales u los límites que aquejan al proceso “revolucionario”. Se tiene la certeza de que hay que desmantelar los diagramas de poder y desmontar las instituciones heredadas, construyendo nuevas instituciones, sino se quiere repetir, en otras “órbitas”, el círculo vicioso de poder. Para la realización de estas “finalidades” se requiere, mucho más que en los anteriores casos, de la movilización general de las fuerzas que han iniciado la “revolución”. Sin esta movilización el planteamiento está condenado a quedar como crítica y posibilidad.

Problemas y límites de la política

Retomando las definiciones que hicimos de la política en ¿Qué es la política? I y II, la política como ejercicio de la democracia, la democracia como suspensión de los mecanismos de dominación, como acción y decisión colectiva, basada en el pre-juicio de la igualdad y en la condición de libertad, haciendo una revisión histórica, vemos que el ejercicio político, por parte del único que puede ejercerlo, el pueblo, tropieza con dificultades. Se da lugar a una usurpación, a nombre del pueblo, de este ejercicio, por parte de los delegados y representantes, con lo que se condena a la política a una de sus distorsiones; la de su captura por grupos de poder. Cuando se institucionaliza esta forma de captura de la política, se da lugar a lo que llama Jacques Rancière el ejercicio de la “policía”, entendida como orden, por eso mismo, como represión de la política[4]. Cuando no se institucionaliza, cuando se va más allá de las formas institucionales, el orden, cuando los grupos de poder recurren a prácticas colaterales y paralelas no-normadas, no reguladas, entonces asistimos a la corrosión y corrupción de la política, donde los grupos de poder ya no defienden un orden sino un descarnado dominio. Estas formas de distorsión de la política, estas usurpaciones de la política al pueblo por parte de sus representantes y delegados, no solo se han dado en la forma liberal institucionalizada, sino también en la forma socialista institucionalizada. Uno de los primeros problemas que enfrenta la política, el ejercicio democrático, es este, el de la usurpación del ejercicio por parte de grupos de poder. ¿Cómo evitar que ocurra esto? ¿Cómo hacer que el gobierno del pueblo sea efectivamente el gobierno del pueblo y no una representación, un teatro, de que esto ocurre? Volvemos al problema tocado más arriba, el poder; si no se desmantela el poder, sus estructuras y diagramas, si no se libera la potencia social, volveremos a lo mismo, a la captura de la potencia social por el poder. La política, como ejercicio democrático, requiere también de formas institucionales democráticas, de estructuras democráticas, de formas de organización participativas, no de formas institucionales, como las que componen el Estado, como las heredadas desde las monarquías absolutas, modificadas y adecuadas con el tiempo a la representación democrática. ¿Estas transformaciones estructurales e institucionales están al alcance de la política o son más bien su límite?

Para la realización plena de la democracia, entendida como gobierno del pueblo, se requiere, además de las transformaciones estructurales e institucionales, de las que hablamos, también de otras condiciones de posibilidad histórica. Una de las condiciones de posibilidad primordial es que la igualdad no solamente sea un pre-juicio jurídico y político, sino que también sea, fundamentalmente, una realidad económica, social y cultural; que todos tengan, de partida, equivalentes condiciones de oportunidad. Esta es la gran falencia de la llamada “democracia” liberal, además de la contradicción de conservar la maquinaria estatal de las monarquías absolutas, modificadas, mejoradas, actualizadas y modernizadas. Esta igualdad integral fue la finalidad del socialismo; sobre esta idea se han gestado movimientos, partidos, teorías, llegándose a instaurar regímenes llamados socialistas. El problema de estas experiencias es triple. Considerando problemas de transición desecharon la democracia, que es la matriz de la política, aboliendo, entonces, la política misma, como acción y expresión colectiva de la democracia. Conservaron también la vieja maquinaria estatal, heredada de las monarquías absolutas, esta vez modificándola, convirtiéndola en aparatos absolutos y maquinarias paranoicas de guerra; se llegó de este modo a una forma “socialista” del Estado policial. El tercer problema es que tampoco estas experiencias de poder no lograron la igualdad integral, lo que pretendía el proyecto socialista, sino que recrearon nuevas formas de desigualdad, basadas en la diferencia establecida entre burocracia y sociedad.

Se puede decir que una lección aprendida de estas experiencias del llamado socialismo real es que, no es posible alcanzar la igualdad integral, el socialismo, sin el ejercicio pleno de la democracia, y sin desmontar el aparato estatal heredado; es decir, sin de-construir la economía política del poder, liberando la potencia social.

La política entonces aparece como un ideal, como imaginario, como posibilidad truncada por los umbrales y límites de una época, por los obstáculos que enfrenta, por la ausencia de las condiciones de posibilidad histórica y su articulación dinámica. Por eso, cuando la política aparece, se manifiesta, como acontecimiento, lo hace en forma de crisis, de rebelión o “revolución”. La política adquiere cuerpo en las luchas sociales. Empero, las luchas sociales, la lucha de clases, no es suficiente para dar lugar a la política como manifestación creativa de las multitudes, pues, si no se quedan truncas y reprimidas, cuando triunfan, se enfrentan a los mismos dilemas que expusimos. Si los “revolucionarios” no desmontan la maquinaria estatal, no ejercen democracia, no logran la igualdad integral, se convierten en la nueva clase dominante, peor aún, en forma de despotismo burocrático.

La resolución de estos problemas obviamente no es tarea fácil. ¿Cómo cruzar los umbrales y límites de una época? ¿Cómo saltar o atravesar los obstáculos? ¿Cómo desmontar la maquinaria estatal y construir instituciones participativas? ¿Cómo lograr la democracia plena y la igualdad integral? La resolución de estos problemas se hace más acuciante cuando se tiene que atenderlos en contextos y coyunturas singulares. ¿Cómo responder ante la acumulación de historias concretas? Estos problemas no se pueden atender sino en su espacio-tiempo específico; en su materialidad social concreta, sobre todo teniendo en cuenta la diferencial de ritmos, las interrelaciones de composiciones, el entrelazamiento de lo político con lo económico, lo social, lo cultural. Particularmente importa la apreciación de la complejidad de las coyunturas. En la atención de estos problemas se presentan desafíos como los relacionados con políticas públicas, con gestión pública, con políticas económicas, así como con políticas educativas, pedagógicas y de formación. Pueden considerarse estas políticas como instrumentos de incidencia, que concebidos desde una perspectiva alternativa, pueden lograr transformaciones estructurales e institucionales, en plazos adecuados. Sin embargo, para conseguir que las políticas adquieran este efecto transformador es menester que incidan en las composiciones institucionales, en sus estructuras, relaciones y prácticas. Esto, a su vez, obliga a que las políticas actúen operativamente y modifiquen la heurística institucional. Empero, esto no se obtiene sin resolver problemas de articulación entre lo molar y lo molecular, entre lo macro y lo micro, también articulaciones entre las experiencias de des-constitución-reconstitución de sujetos y los campos de objetos posibles. Las transformaciones demandan de ingenierías institucionales transformadoras; de ninguna manera, recurrir a la hermenéutica y heurística institucional estatalista, centralizada y jerárquica.

En las transiciones “revolucionarias” los conflictos, sobre todo el antagonismo, pasa de contra los dispositivos y agenciamientos de las clases dominantes al enfrentamiento de tendencias en el campo “revolucionario”. Aunque el anterior antagonismo no desaparece, el antagonismo que cobra fuerza es éste, que llamaremos interno. No puede ser sorprendente, salvo para los que se consideran propietarios y únicos representantes de la “revolución”, no sólo por las experiencias históricas de las revoluciones, sus decursos y desenlaces, sino también por la diferencia de perspectivas. Hay perspectivas “revolucionarias” que se encuentran atraídas por el campo gravitatorio de la época que se quiere superar, y hay alguna que otra tendencia que busca cruzar los horizontes epistemológicos de esa época en su crepúsculo. Estas diferencias de concepción tienen, indudablemente, repercusiones prácticas, incidiendo en el decurso de los acontecimientos. Unas tendencias consideran que el camino tomado es el único posible, salvo por alguno que otra corrección; las otras tendencias consideran que es indispensable liberar la potencia social creativa. Ahora bien, atendiendo a las preocupaciones de las tendencias que apuntan a inaugurar una nueva época, buscaremos describir los problemas que enfrentan.

Uno de los primeros problemas que enfrentan estas tendencias transgresoras es parecido al problema que tuvieron las antiguas “vanguardias”, durante los siglos XIX y XX. Su concepción del mundo no es compartido por las mayorías a las que quieren liberar de las dominaciones. Las llamadas “vanguardias” se empeñaron por convencer a las mayorías, sacarlas del velo “ideológico” en el que se encuentran atrapadas, incorporar en ellas la “consciencia” crítica, constituyendo la voluntad “revolucionaria”. Este “vanguardismo” apostó a la crítica racional del mundo y con esta justa razón pensó conducir a los explotados del mundo. Este intelectualismo supone condiciones discutibles en las mayorías y también otras condiciones discutibles en los intelectuales de “vanguardia”. Supone que las mayorías se hallan como en una minoría de edad, dependientes de las distintas autoridades convencionales, conservadoras y dominantes; entonces, lo que había que hacer es introducir es la “consciencia” crítica. El otro supuesto era que los intelectuales de “vanguardia” poseían precisamente la “consciencia” crítica, la concepción materialista e histórica liberadora; este fundamentalismo racionalista llevó a más de una “vanguardia” a sacrificios, y cuando tomaron el poder, llevó a las “vanguardias” gobernantes a una especie de despotismo ilustrado, justificando toda clase de aberraciones con el fin perseguido.

Ni las mayorías son una minoría de edad, niños, infantes, ni las “vanguardias” son la madurez racional. El gran equivoco de las vanguardias es no comprender las dinámicas del intelecto general y de los saberes colectivos; por lo tanto, la necesidad de construir colectivamente las emancipaciones y liberaciones. En otras palabras, dicho de otra manera, desde otra perspectiva, las “vanguardias” construyeron una estrategia molar, olvidando que lo molar depende primordialmente de las dinámicas moleculares. Por otra parte, las “vanguardias” expresaban radicalmente las consecuencias de la modernidad; el universalismo, la homogeneidad, la unicidad, los prejuicios evolutivos del desarrollo y del progreso. Por lo tanto, se encontraban íntimamente apegadas a lo más avanzado de la época que se quiere superar. No pudieron desplegar una crítica de la modernidad, a pesar de los pocos lúcidos intentos, incomprendidos por las propias “vanguardias”. Por eso, cuando les tocó asumir el mando, se convirtieron en un factor desmesurado del poder, de las dominaciones y de la prolongación de la época que se quería superar.

Las tareas trasformadoras del presente no pueden tratarse desde las perspectivas de las “vanguardias”, sino desde las transgresiones alterativas de las propias dinámicas moleculares sociales, desde la manifestaciones de la potencia social, desde sus capacidades creativas, el despliegue del intelecto general y los saberes colectivos, logrando nuevas composiciones. La forma de estas experiencias colectivas ha sido la de los movimientos sociales anti-sistémicos, que lograron, por lo menos en una primera etapa, formas de autogestión y autodeterminación, construyendo decisiones consensuadas en asambleas. Éstas no son las únicas formas de expresión del intelecto general, de los saberes colectivos, en acción de interpelación; también se recurre a las otras formas en red. Empero, todas estas formas no han podido convertirse en alternativa política, pues cuando se pasó a hacer “política” se volvió a acudir a las viejas formas de representación y delegación institucionalizadas. La pregunta es entonces ¿cómo evitar este retorno, esta regresión? ¿Cómo expandir la participación como forma de gubernamentalidad de las multitudes?

Sin responder, ahora, a las preguntas cruciales que nos hemos hecho, las nuevas experiencias de los movimientos sociales anti-sistémicos deben enfrentar, en el transcurso, a desafíos coyunturales. Por ejemplo, el de atender la crisis del “proceso” en las temporalidades dadas. Entre las distintas temporalidades, las múltiples del acontecimiento, se encuentra la temporalidad “política” de las gestiones de gobierno. Entonces, una de las cuestiones que aparece en las discusiones es la de las elecciones, donde se verifican las convocatorias de las fuerzas políticas. Se da por lo visto la tentación de participar en las elecciones, buscando allí la convocatoria no lograda todavía, para corregir el curso tomado por el gobierno que ha dejado de ser “revolucionario”. Esta tentación es un gran problema, pues pone en mesa la cuestión misma del “proceso”. ¿Lo que es el “proceso”, su sentido transformador, por lo tanto, su crisis, sus contradicciones y antagonismo, se pueden resolver en las elecciones?

El argumento empleado por la tendencia que opta por acudir a las elecciones como alternativa es: El gobierno ha “traicionado” el “proceso”, se ha convertido en la nueva derecha, por lo tanto, se ha convertido en un peligro para el “proceso”; la tarea es ganarle al partido oficial en las elecciones y desde una victoria lectoral reconducir el “proceso” o, en su defecto, construir otro “proceso”. Se puede compartir la premisa, salvo la apreciación subjetiva de “traición”, que corresponde a la teoría de la conspiración; empero, no es sostenible compartir las conclusiones. No se trata aquí de la vieja discusión de las “vanguardias” sobre participar o no en las elecciones, de si se caerá o no en el llamado “cretinismo parlamentario”[5], sino, sin negar el cronograma electoral, sin negar la posibilidad, dadas las condiciones, de participar, el problema y la resolución del problema de la crisis del proceso no radica en participar en las elecciones. El problema radica en contar con la convocatoria de la movilización y de la “revolución” que abrió el proceso “revolucionario”. Sólo una potencia como la que desencadenó la “revolución” puede efectuar la “revolución dentro de la revolución”. Se puede encarar el desafío resumiendo la problemática de la siguiente manera: ¿Cómo encarar la coyuntura, llámese electoral, desde la condición de posibilidad histórica exigida, la movilización general, la convocatoria a la movilización, la activación de la potencia social, que es la manifestación plena de la política?

Como se puede ver, la política contiene, además de su manifestación desmesurada de acción colectiva y suspensión de los mecanismos de dominación, dimensiones micro-políticas, que requieren de dinámicas singulares, de acciones en el espacio de los detalles, en la mecánica molecular de los hechos concretos. Lo que se puede decir al respecto, de la relación entre la manifestación desmesurada y macro de la política con las dimensiones intensas y micro-políticas, es que la desmesura, el desborde de la potencia, debe mantenerse tanto en lo molar como en lo molecular. El desborde, la desmesura, la creatividad de la potencia en el detalle es el secreto de la continuidad del desborde y de las transformaciones en su manifestación macro. De aquí, de esta reflexión, sacamos la siguiente tesis: La política, en su composición integral, es la combinación entre la mecánica molecular y la mecánica molar de la potencia social.

Conclusiones

Tesis sobre la política:

1. La política es el ejercicio pleno de la democracia, la suspensión de los mecanismo de dominación, suspensión efectuada a partir del prejuicio de la igualdad integral, basada, a su vez, en la desmesura del pueblo, la potencia social, que reclama la representación directa, poniendo en desacuerdo la suma de las partes con la dinámica de la totalidad, donde las partes se pierden, diseminándose en la composición de todos.

2. La política aparece como posibilidad, forma parte del campo de posibilidades, expresándose como idealidad, en los imaginarios de acción, en contraste con la efectuación institucional del orden, que hace imposible la política.

3. La política corresponde a la dinámica molecular social, a la potencia social, a la capacidad creativa de las multitudes, sus múltiples singularidades, sus individualidades, sus mónadas.

4. La política, requiere, para su realización integral, articular complementariamente, la dinámica molecular y su dinámica molar.

Notas:

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Reflexiones sobre el “proceso” de cambio. También Epistemología, pluralismo y descolonización. Así mismo Descolonización y transición. Podemos citar también Defensa crítica del “proceso”. Bolpress 2012-13; Horizontes nómadas; Dinámicas moleculares; La Paz.

[2] Revisar de Silvia Federici Calibán y la bruja. Tinta Limón; Buenos Aires.

[3] Tesis de Regis Debray; el libro lleva ese título Revolución en la revolución.

[4][4] Jacques Rancière: El desacuerdo. Política y policía. Nueva Visión; Buenos Aires.

[5] Frase empleada por Vladimir Ilich Lenin.