El consumo de ciertas drogas, especialmente de sedantes y tranquilizantes, constituye una práctica muy extendida entre las mujeres debido en muchos casos a las inequidades de género. Según estadísticas internacionales, las mujeres mayores de 40 años son las que más consumen psicofármacos, en una proporción muy superior a los hombres de la misma edad y a otras féminas más jóvenes.

Pero como toda adicción, las píldoras para calmar ansiedades o crisis nerviosas son una verdadera trampa. Aunque esta es una realidad que se oculta en muchos países, las mujeres después de la cuarta década tienen sobre sus hombros innumerables responsabilidades laborales y familiares, a lo cual se adicionan los malestares y sintomatología propia del climaterio.

Agobiadas, sienten que no pueden con todo y acuden a las pastillas como tabla de salvación, y muchas veces sin desearlo empiezan a drogarse por su cuenta. Al principio el consumo es de forma esporádica y así poco a poco comienza la drogodependencia de psicofármacos, lo cual es también una adicción aunque muchas no lo crean hasta que comienzan a padecer las consecuencias.

Investigaciones mundiales sobre el tema señalan que millones de mujeres de todas las razas, etnias y condiciones socioeconómicas sufren la severa enfermedad de la fármacodependencia. Ellas necesitan tratamiento médico para salir de este conflicto, y el éxito no es fácil ni rápido, hay que tener paciencia y mucha fuerza de voluntad; se entra relativamente fácil a esta drogadicción, pero a la hora de salir, la historia resulta mucho más complicada.

Por diversos estudios se sabe que muchas veces el consumo de fármacos está también asociado a asuntos pendientes que no se terminan de resolver, como puede ser la necesidad de un cambio de trabajo. Pero sin dudas los que más afectan son los problemas familiares como los conflictos con la pareja, los hijos, los padres o los suegros, el divorcio, la viudez y otras disyuntivas que muchas mujeres no saben cómo resolver.

Es difícil entender que a veces el problema no es de píldoras, sino de hallar soluciones, maneras de afrontamiento y no de huida, escape o dilatación del conflicto. Por lo común, la mujer que usa este tipo de droga tiene una autoestima baja, poca confianza en sí misma y puede sentirse impotente, débil, con pocos recursos emocionales para resolver sus dilemas.

Sucede también con frecuencia que muchas no buscan tratamiento porque tienen miedo de ser condenadas socialmente, que otras personas conozcan de la debilidad por las pastillas. En ciertos casos de abuso de psicofármacos, es posible que ella se halle en una situación que piensa no puede controlar, como el abuso, la violencia psicológica, física o sexual por parte de la pareja.

Lo más importante en cualquier caso de fármacodependencia es buscar ayuda, dar ese paso fundamental; la mujer de cualquier edad puede vencer la enfermedad de la drogodependencia con atención especializada y si realmente ella se lo propone. Aquellas con mayor éxito han recibido además el apoyo de otros adultos importantes en su vida, miembros de la familia, amigos, y muy especialmente el seguimiento médico.

La mujer profesional, entre 30 y 50 años, con baja autoestima, problemas de identidad, insegura y que no logra el control sobre sus emociones, resulta ser una potencial adicta a ansiolíticos, relajantes musculares y otros medicamentos. Es universal la tendencia femenina a automedicarse, sin medir consecuencias.

No es fácil diagnosticar y tratar una adicción porque depende en gran medida de que la persona afectada acepte su situación y esté dispuesta a hacer algo por ayudarse, y esto no es habitual pues se produce en ellas un mecanismo de defensa denominado “negación”. A medida que empiezan a tener problemas familiares o laborales, comienzan a aceptar las píldoras como ayuda a sentirse mejor; a su vez, niegan que tales medicamentos constituyan un problema que no pueden controlar y de esta manera quedan fuera del contacto con la realidad.

¿Tiene un problema de fármacodependencia con tranquilizantes y sedantes? Verifíquelo respondiendo las siguientes preguntas:

¿Siente que necesitas tomar psicofármacos todos los días? ¿Interfiere esa necesidad con tu trabajo o estudios? ¿Las mezcla con bebidas alcohólicas? ¿Las usa más de lo que quisiera? ¿Le dicen otras personas que toma demasiadas pastillas? ¿Miente cuando dice cuántas consume?

Y también: Tomar este tipo de pastillas ¿perjudica a las personas a su alrededor? ¿Le están ocasionando problemas de salud? ¿Quiere dejarlas pero no puede?

Una sola respuesta con SÍ significa que hay un problema de drogadicción y se necesita ayuda especializada; si no se atreve de inmediato a acudir a consulta, hable sobre cuánto le ocurre con alguien de confianza para que le apoye y le acompañe al médico. Piense en cómo reorganizar su vida para evitar el consumo de psicofármacos y lo más importante: reconozca que tiene un problema y busque soluciones y ayuda; es la opción más inteligente y saludable.

Fumar en femenino

Si bien en este siglo el consumo de cigarro se redujo entre las mujeres, todavía falta mucho por avanzar en ese terreno; las muertes por cáncer, relacionadas con el dañino hábito, pudieran ser perfectamente evitables. Quienes dejamos de fumar notamos una gran alegría por haber vencido esa pelea y también un aumento significativo de la energía, la resistencia, la autoestima y la confianza en nuestro poder de decisión.

Respiramos mejor, las comidas saben más sabrosas, recuperamos el olfato, dejamos de tener ese “mal olor a cigarro” en la ropa, la piel y el aliento. Los beneficios a largo plazo son aún más alentadores, ya que después de tres años de dejar el cigarro, el riesgo de morir de un ataque cardíaco vuelve a ser igual al resto de la población no fumadora.

En tanto, el riesgo de desarrollar cáncer pulmonar, bucal, renal y de la laringe disminuye gradualmente, volviendo a ser igual al de aquellas personas que no fuman. Algunas mujeres suben de peso mientras su metabolismo se acostumbra a la ausencia de nicotina; dan muchos deseos de comer alimentos dulces, por ejemplo, pero esto sólo es por unos meses. Las investigaciones muestran cómo el aumento promedio es sólo de alrededor de cinco libras; y si fuera un poquito más, les garantizo, amigas, que vale la pena.

Los últimos sondeos internacionales sobre el hábito de fumar en la población femenina sacan a flote una realidad nada halagüeña: el número de adolescentes y mujeres jóvenes, fumadoras, no se reduce significativamente. Según reportes, los hombres están dejando de fumar más rápidamente que las mujeres; sin dudas, hacen falta campañas específicas para el sexo femenino pues la labor antitabaco no ha sido, por lo menos hasta ahora, lo suficiente efectiva en ellas.

¿Por qué nos cuesta tanto abandonar el cigarro? Son problemas particulares requeridos de un profundo estudio, mientras tanto, es importante al menos dejar de hacerlo en casa, que los hijos no nos vean fumar. Se ha demostrado, en las familias libres de humo, muy pocas probabilidades que los chicos fumen.

Ocurre exactamente lo contrario cuando fumamos delante de los menores puesto que piensan es algo muy deleitoso cuando su mamá o su papá lo hacen. Muchas veces, aún en la niñez, empiezan por una “aspirada” que les da algún familiar poco escrupuloso o les “roban” cigarros a los adultos. Entre las adolescentes, a veces, como un juego empieza la cosa y se termina atrapada, y de cuál manera.

Algunas encuestas entre las fumadoras, del por qué comenzaron a fumar, arrojan los resultados siguientes: necesidad de aceptación, deseo de parecer adultas, control de las emociones negativas y el estrés. E igualmente la moda, el estilo, más sexy, el control del peso o el temor de ganar libras.

Existen asimismo otros factores del por qué las mujeres siguen fumando: dependencia de la nicotina, y el ejemplo y la influencia del padre, la madre, hermanos y hermanas u otros familiares que son fumadores. Asimismo la esbeltez, no ganar peso corporal al existir el mito de que el hábito de fumar impide engordar porque “quita el hambre”; por baja autoestima, y se toma el cigarro como “consuelo”; y por ausencia o escasez de control y fuerza de voluntad.

Por otra parte, otros estudios concluyen que el tabaquismo en las mujeres posee como base fundamental problemas añadidos que no tienen los hombres, como son las inequidades de género, manifestadas comúnmente en la vida laboral, el hogar y las relaciones de pareja. Tradicionalmente, somos nosotras las que nos preocupamos de la alimentación familiar y el cuidado de los enfermos; reforzamos la preocupación por el bienestar de los otros en detrimento nuestro.

Es interesante el planteamiento sobre el tema del hogar y las mujeres, expresado en la web En buenas manos.com. Para la sociedad, dice, es poco aceptable que las mujeres, en general, tengan y expresen sentimientos negativos, tales como “deseos de salir corriendo y abandonarlo todo”, momentos de rabia y frustración con nuestros seres queridos.

Las mujeres piensan, por ende, que no tienen derecho a tener esos sentimientos, lo cual contribuye a una pobre imagen de sí mismas y disminuye el control sobre sus vidas. El desempeño de múltiples roles es otro gran generador de tensiones para nosotras; creemos sinceramente que echando humo aliviaremos el estado de ansiedad sentido en ocasiones. Nada más errado: fumar -está demostrado- genera más estrés.

* Periodista, master en Salud Sexual y Reproductiva y colaboradora de Prensa Latina.