Tailandia, otrora vértice del llamado Triángulo de Oro, continúa registrando en el nivel mundial un notable incremento en tráfico, producción y consumo de drogas y otras sustancias sicotrópicas como la metanfetamina y la “Yaba”, la droga de la locura, que causa estragos entre la población joven. El consumo de sustancias sicotrópicas se ha convertido en una epidemia, califica el rey tailandés Bhumibol Adulyadej.

En la década de los años 60 y 70, Tailandia y concretamente el puerto de Chaing Saen, en la frontera con Cambodia, formaba parte fundamental del Triángulo de Oro, junto a Laos y Myanmar, donde era intenso el tráfico de opio y heroína. En el valle de Ban Hin Taek, una aislada región en las montañas junto a la frontera tailandesa, Khun Sa, de origen chino, fundó un denominado estado Chan y propició el despliegue de un lucrativo negocio.

La Agencia Antidroga de Estados Unidos (DEA) lo definió en esa época como uno de los hombres más ricos de Asia; y los sucesivos gobiernos de ese país lo alentaron en numerosas ocasiones a perseguir a las guerrillas independentistas de Cambodia, Laos y Myanmar. Sus actividades en la época fueron ampliamente publicitadas e incluso es un personaje aludido en una u otra forma, en el filme American Gangster, protagonizada por Denzell Washington y Russell Crowe. La película, dirigida por Ridley Scott, es un claro testimonio sobre la participación de militares y gangsters estadounidenses en el tráfico de drogas.

Khun Sa, en sus primeros años también oficial del ejército anticomunista chino del Kuomintang, murió en 2007, fecha que “casualmente” fue la del estreno de American Gangster. Pocos dudan que el terrible negocio fundado por ese personaje prosperó a ojos vistas y creó las bases de un sistema de corrupción social que aún en la actualidad domina el escenario económico, político y social de Tailandia.

Entre 2003 y 2005 el entonces primer ministro Thaksin Shinawatra emprendió con gran acogida popular la polémica operación “Guerra contra la droga”, que se saldó con 2.500 muertos, muchos de ellos en ejecuciones extrajudiciales según denuncias de grupos de defensa de los derechos humanos. Su sucesor, Abhisit Vejjajiva, anunció en 2010 una nueva guerra contra los estupefacientes tras admitir que el número de adictos se acercaba a 700 mil y para ello optó por reforzar la seguridad en las porosas fronteras de Tailandia con Myanmar.

Y tan pronto como la actual primer ministro Yingluck Shinawatra asumió el cargo, al año siguiente encaró el problema como uno de los principales del país, al par que la insurgencia en el sur, las explosivas desigualdades económicas y sociales y las continuas inundaciones. Shinawatra, la primera mujer jefa de un gobierno tailandés, electa en 2011 tras un convulso y complicado proceso político, trazó de manera urgente un programa destinado al combate contra las drogas.

En su primera intervención pública anunció un vasto plan al respecto con el objetivo de eliminar o al menos disminuir ese flagelo, en el que involucró a las fuerzas policiales y de seguridad, además de las figuras de su propio partido, el Pheu Tha, el de todos los tailandeses. “Vamos a administrar el país con honestidad y eficacia”, prometió Yingluck, de 45 años y formada en los altos negocios en universidades británicas, con una atrayente proyección pública y fácil manejo del lenguaje.

Como primera medida orientó bloquear los cargamentos de drogas hacia Tailandia, y la adopción de medidas enérgicas contra fabricantes y distribuidores de estas sustancias, entre las cuales se incluye la cocaína, heroína, y sobre todo la metanfetamina en pastillas y polvo. Pero hasta la fecha, esos objetivos no han tenido los resultados previstos pues los niveles de corrupción policial y de la administración pública continúan elevados y las legislaciones propuestas contra el tráfico de drogas tampoco han cambiado lo suficiente.

Autoridades gubernamentales, médicos especialistas y la agencia de la ONU dedicada al control de los narcóticos convergen en apuntar como principal amenaza hacia la metanfetamina, sintetizada en 1919, un derivado más potente de la anfetamina, que se consume de distintas formas. Los datos recientes son ilustrativos en ese sentido, sobre todo cuando la Comandancia Nacional contra las Drogas de Tailandia reveló que de 2011 a 2012 se decomisaron 26 millones de tabletas de metanfetaminas, 200 kilogramos de heroína y cerca de 10 toneladas de cocaína y marihuana.

Un informe de la ONU, con elementos recopilados hasta el año 2011, advirtió de un incremento espectacular del tráfico de metanfetamina, de 14 millones de pastillas hasta 2007 a más de 30 millones en 2011. Solo entre septiembre de 2011 y marzo de 2012 se decomisaron 4,2 millones de tabletas de un compuesto de seudoefedrina. Por lo pronto, la fácil elaboración de sustancias como la metanfetamina -de alto potencial de adicción y sólo accesible a través de recetas médicas por una sola vez- sigue representando una fuente de ganancias fabulosas. Según estimados, el costo de producción del producto es de unos 330 dólares por kilogramo y en el mercado de “la calle” llega a los 7.400 dólares.

Yaba, la droga de la locura

Yaba, la droga de la locura, causa estragos entre la población joven de Tailandia, una nación de algo más de 65 millones de habitantes. Datos oficiales y de organismos especializados de Naciones Unidas estiman que una dosis de ese narcótico se adquiere en las calles de Bangkok, la capital, en cerca de nueve dólares. La droga causa serios trastornos mentales, delirios y episodios psicóticos violentos que frecuentemente desembocan en sangrientas tragedias familiares y en vecindarios, con víctimas inocentes.

Para analistas como Bertil Lintner y Michael Black, “la pastilla de yaba supone una amenaza a la sociedad mayor que la heroína, porque los consumidores no son solo los drogadictos habituales, sino universitarios, trabajadores y otros sectores…”. Hasta 2012 habían pasado por los centros de desintoxicación alrededor de 300 mil drogodependientes, en su mayoría de entre 15 y 19 años, a quienes se eximió de procesamientos legales.

Sin embargo, no se tiene suficiente certeza de que al salir de la reclusión curativa se hayan desenganchado definitivamente. Un reciente estudio de la Universidad de la Asunción, en la ciudad de Bangkok con más de seis millones de pobladores, demostró que al menos un millón de jóvenes menores de 24 años han probado drogas.

El caso de la Yaba no es exclusivo. Otro producto sintético, de fácil fabricación y bajos costos en laboratorios clandestinos, es la metanfetamina, de efectos graves para la salud y episodios sicóticos violentos. Hasta hace relativamente poco, la adición a la mentafetamina era un fenómeno que se daba casi exclusivamente en el sector social de menor poder adquisitivo y entre la gente marginada, pero ahora los adictos también son hijos de familias acomodadas, profesionales y amas de casa.

Para hacerse una idea de cuánto ha crecido el mercado de las drogas, basta con conocer que las metanfetaminas y éxtasis en el sureste de Asia crecieron de 32 millones a 133 millones sólo en 2010. Las primeras de ellas resultan muy atractivas para millones de usuarios porque son asequibles, fáciles de consumir y se asocian a un presunto estilo de vida moderno y dinámico, subestimando los riesgos. Según un informe de Naciones Unidas, en 2010 se incautaron en todo el mundo un total de 136 millones de metanfetaminas, cuatro veces más que en 2008, y la de mayor parte en China (58,4 millones), seguida de Tailandia (50,4 millones) y Laos (24,5 millones).

A ese peligroso repertorio se ha sumado el kratom, menos debilitante, pero cuyo uso desenfrenado captó la atención del gobierno tailandés y lo condujo a intensificar esfuerzos para detener su tráfico. Una epidemia, dijo Srisompob Jitpiromsri, el decano asociado de la Universidad Príncipe de Songkla en la ciudad sureña de Pattani. Extraído de un árbol del mismo nombre, abundante en las selvas tropicales, ha dado lugar a un popular consumo en llamados cócteles de hojas, jarabe para la tos, refrescos de cola y hielo.

A Tailandia llegan visitantes extranjeros a conocer de su rica y milenaria cultura y disfrutar de las playas, pero una cierta reconocida cantidad lo hace para probar opio en redes semiclandestinas de fumaderos y en poblados en las montañas, o adquirir fácilmente marihuana. Muchos de ellos, traficantes o consumidores, van a parar a cárceles más duras que en Europa, porque la policía persigue, aunque también participa en tramas de corrupción, según denuncias.

Y cuando el consumo de drogas se mezcla con el turismo, la gente local en contacto potencialmente termina involucrándose, primero como intermediarios y después como adictos, con graves consecuencias para sus familias, en especial los menores, que abandonados, salen a las calles, expuestos a reproducir un proceso similar. Este es un escenario bastante típico, descrito por acuciosos investigadores tailandeses.

Las drogas representan en Tailanda un exterminador enemigo, prácticamente a domicilio, contra sus propios tradicionales valores, una aniquiladora bomba de tiempo que a la larga debilita al país, a falta de un firme enfrentamiento. En el análisis, bien exhaustivo de la Universidad de la Asunción, se destacó que 3,7 millones de tailandeses, cerca del 5,6% de la población, han consumido estupefacientes ilegales por lo menos una vez en su vida. Entre 2009 y 2012, la incautación de ese tipo de drogas se triplicó con saldos calculados en más de 250 millones de dólares y aumentos potenciales por encima del 70%.

* Pedro Blas es jefe de la redacción Asia y Oceanía de Prensa Latina, y Rius, corresponsal en Vietnam.