Hay una característica común en la degeneración de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo: su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y “anarquistas”. En la lucha contra la burguesía y la burocracia sindical la primera consigna es: independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del estado capitalista.

Sobre la revolución permanente en los países coloniales (1)

La sociedad latinoamericana, como toda sociedad -desarrollada o atrasada- está compuesta por tres clases: la burguesía, la pequeño burguesía y el proletariado. La clase obrera de México (y de los demás países latinoamericanos) participa y no puede más que participar en la lucha por la independencia del país, por la democratización de las relaciones agrarias, etc. Son tareas democrático burguesas en el amplio sentido histórico, pero acá la burguesía es incapaz de resolverlas, como lo ha sido en Rusia y en China.

En este sentido, durante el curso de la lucha por las tareas democráticas, oponemos el proletariado a la burguesía, particularmente en la cuestión agraria, porque la clase que gobernará en México como en todos los demás países latinoamericanos será la que atraiga hacia ella a los campesinos. Si los campesinos continúan apoyando a la burguesía como en la actualidad, entonces existirá ese tipo de estado semi bonapartista, semi democrático que existe hoy en todos los países de América Latina, con tendencias hacia las masas. Incluso en estos gobiernos semi bonapartistas democráticos, el Estado necesita del apoyo de los campesinos y es gracias a su peso que disciplina a los obreros. Es más o menos lo que ocurre en México.

La independencia del proletariado, incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria. Estamos en el período en que la burguesía nacional busca obtener un poco más de independencia frente a los imperialismos extranjeros. La burguesía nacional está obligada a coquetear con los obreros, con los campesinos, y tenemos ahora al hombre fuerte del país (México) orientado a la izquierda. Si la burguesía nacional está obligada a abandonar la lucha contra los capitalistas extranjeros y trabajar bajo su tutela directa, tendremos un régimen fascista, como en Brasil, por ejemplo. Pero allí la burguesía es absolutamente incapaz de constituir su dominación democrática, porque, por un lado tiene el capital imperialista, y por el otro, le tiene miedo al proletariado porque la historia, allí, saltó una etapa y porque el proletariado se volvió un factor importante antes que haya sido realizada la organización democrática del conjunto de la sociedad.

Hay que hacer también concretas las cuestiones de la toma del poder y del socialismo. La primera cuestión es la de la toma del poder por el partido obrero en México y en los otros países de América Latina. La segunda es la de la construcción del socialismo. Por supuesto, será más difícil construir el socialismo en México de lo que lo es en Rusia. Pero no está del todo excluido que los trabajadores mexicanos puedan tomar el poder antes que los obreros de Estados Unidos, si estos últimos continúan avanzando tan lentamente como hoy. Diría que es particularmente posible si el movimiento imperialista en Estados Unidos empuja a la burguesía a dominar a Latinoamérica. Latinoamérica es para los Estados Unidos lo que Austria y los Sudetes eran para Hitler.

Como primer paso en la nueva etapa del imperialismo americano, Roosevelt o su sucesor deberá mostrar el puño a Latinoamérica para asegurar su tutela económico-militar sobre ella y esto provocará un movimiento revolucionario -y pensamos que con más éxito- más decisivo que en China. En estas condiciones, los obreros de México pueden llegar al poder antes que los de Estados Unidos. Debemos alentarlos y empujarlos en esta dirección. Pero esto no significa que construirán su propio socialismo. Deberán decidirse a combatir al imperialismo americano, lo que significa que reorganizarán las condiciones agrarias de sus países y abolirán la pérfida sociedad parasitaria que juega un rol tan grande en esos países, dándole el poder a los soviets de obreros y campesinos y combatiendo contra el imperialismo.

Creo que nos es necesario combatir con la mayor energía la idea de que podemos apoderarnos del Estado quitándole sus restos de poder. En México, el poder está en manos de la burguesía nacional y no podemos tomarlo más que ganando a la mayoría de los obreros y una gran parte de los campesinos, y entonces derrocando a la burguesía. No existe otra posibilidad. Tratar de apoderarse del Estado por la vía pacífica es totalmente idiota; es un sueño de pequeño burgués. Es la historia del Kuomintang.

Era el plan de Stalin con el Kuomintang y es a causa de esta idiotez de Stalin que el Kuomintang gobierna hoy China. Entraremos en el Kuomintang, decía Stalin, luego eliminaremos con cortesía a la derecha, luego al centro, finalmente la izquierda. Así tomaremos el poder sin dificultad. Nosotros, desde la Oposición de Izquierda, subrayamos que la derecha del Kuomintang era imperialista. Tenía el ejército. No se puede tomar el poder sin oponerse a esta maquinaria. Si se está en manos del Kuomintang se está en las manos de los verdaderos dueños del país. Absolutamente.

El Kuomintang en China, el PRM en México, el APRA en Perú (2) son organizaciones totalmente análogas. Es el frente popular bajo la forma de un partido. Correctamente apreciado, el Frente Popular no tiene en América Latina un carácter tan reaccionario como en Francia o en España. Tiene dos facetas. Puede tener un contenido reaccionario en la medida en que esté dirigido contra los obreros; puede tener un carácter agresivo (3) en la medida en que esté dirigido contra el imperialismo. Pero, apreciando el frente popular en América Latina bajo la forma de un partido político nacional, hacemos una distinción entre Francia y España. Pero esta diferencia histórica de apreciación y de actitud sólo está permitida con la condición de que nuestra organización no participe del APRA, el Kuomintang o el PRM, que conserve una libertad de acción y de crítica absoluta.

En el contexto general de la política mexicana, los sindicatos están ahora en una etapa muy interesante. Se puede constatar una tendencia general a su estatización. En los países fascistas se encuentra la expresión extrema de esta tendencia. En los países democráticos se transforma a los antiguos sindicatos independientes en instrumentos del Estado. Los sindicatos en Francia están por transformarse en la burocracia oficial del Estado. Jouhaux vino a México para proteger a los intereses franceses en el petróleo. (4).

La causa de esta tendencia a la estatización es que el capitalismo en su declinación no puede tolerar sindicatos independientes. Si los sindicatos son demasiado independientes, los capitalistas empujan a los fascistas a destruirlos o buscan espantar a sus dirigentes con la amenaza fascista para encarrilarlos. Así Jouhaux fue encarrilado. No hay duda que, si él es el mejor de los republicanos, entonces Francia no establecerá un régimen fascista. Hemos visto en España a los dirigentes de los sindicatos más anarquistas convertirse en ministros burgueses en el transcurso de la guerra civil. En Alemania y en Italia esto se realizó de forma totalitaria. Los sindicatos están directamente integrados al Estado, con los propietarios capitalistas. Sólo es una diferencia de grado, no de naturaleza.

Se puede observar que en México, como en los otros países latinoamericanos, se saltaron la mayor parte de las etapas del desarrollo. En México esto comenzó con la integración de los sindicatos al Estado. Hay una doble dominación. A saber, el capital extranjero y la burguesía nacional o, como dice Diego Rivera, una sub burguesía -una capa controlada por el capital extranjero y al mismo tiempo opuesta a los obreros. Un régimen semi bonapartista entre el capital extranjero y el capital nacional, el capital extranjero y los trabajadores. Todo gobierno puede crear, en una situación similar, una posición en la que oscile, inclinándose unas veces hacia la burguesía nacional y los obreros, y otras veces hacia el capital extranjero. Para sujetar a los obreros, integran a los sindicatos al Estado.

Saltan igualmente por encima de las relaciones económicas, las etapas de desarrollo, es en este sentido por el que han expropiado el petróleo, por ejemplo, tomándolo del capital extranjero y no se lo han dado aún a los capitalistas nacionales. Si no lo distribuyen o no lo venden a la burguesía mexicana es sobre todo porque tienen miedo de la lucha de clases de los obreros, y entonces prefieren dar los pozos de petróleo al Estado. Crearon así un capitalismo de estado que no tiene nada que ver con el socialismo. Es la forma más pura de capitalismo de estado.

Al mismo tiempo se integra a los obreros, a los sindicatos, que están ya estatizados. Se los incorpora en la administración de los ferrocarriles, de la industria petrolera, etc. para transformar a las direcciones sindicales en representantes del gobierno. El contramaestre es al mismo tiempo el representante de los obreros, de sus intereses en los papeles, pero en realidad es el representante del Estado por encima de ellos. Y tiene el derecho, o mejor dicho, la posibilidad de quitar a los obreros toda posibilidad de trabajar porque, en nombre de la disciplina sindical, puede decidirlo según el interés de la producción. En ese sentido, por supuesto, cuando decimos “control de la producción por los obreros”, esto no quiere decir control de la producción por los burócratas de los sindicatos estatizados, sino control por parte de los obreros de la propia burocracia y un combate por la independencia de los sindicatos frente al Estado.

Ahora la IV Internacional reconoce todas las tareas democráticas del Estado en la lucha por la independencia nacional, pero la sección mexicana de la IV compite con la burguesía nacional frente a los obreros, frente a los campesinos. Estamos en perpetua competencia con la burguesía nacional como única dirección capaz de asegurar la victoria de las masas en el combate contra los imperialistas extranjeros. En la cuestión agraria, apoyamos las expropiaciones. Esto no significa, entendido correctamente, que apoyamos a la burguesía nacional. En todos los casos en que ella enfrenta directamente a los imperialistas extranjeros o a sus agentes reaccionarios fascistas, le damos nuestro pleno apoyo revolucionario, conservando la independencia íntegra de nuestra organización, de nuestro programa, de nuestro partido, y nuestra plena libertad de crítica.

No hay ninguna duda que la IV Internacional es capaz de asegurar a los sindicatos una dirección revolucionaria en el curso de las etapas de transición en México. La IV Internacional defenderá esta etapa en México contra toda intervención extranjera. No es como en Francia o en Estados Unidos. Combatimos para que este país no sea colonizado, reducido a la esclavitud. Pero en tanto sección mexicana de la IV Internacional, este no es nuestro Estado y debemos ser independientes frente a él. En ese sentido, no nos oponemos al capitalismo de estado en México; pero lo primero que reivindicamos es nuestra propia representación de los trabajadores frente al Estado.

En México la tarea más importante es liberar a los sindicatos de la tutela del estado burgués, liberar a los obreros de la dictadura de los burócratas sindicales. Esta es la democracia obrera.

Es necesario subrayar el hecho que hoy los sindicatos no pueden ser sindicatos democráticos en el antiguo sentido del término. Los imperialistas no pueden tolerarlo. En los viejos países, así como en México, son, ya sea instrumentos de la burguesía imperialista, ya sea organizaciones revolucionarias contra la burguesía imperialista. En México, Lombardo Toledano no utiliza esta situación más que para asegurar su dominación sobre los trabajadores, al igual que todos los estados latinoamericanos lo utilizan para asegurar su propia dominación. Es una dominación semi bonapartista que se inclina hoy a la izquierda, mañana a la derecha, en función de la etapa histórica concreta en cada país.

El APRA afirma ahora que es el partido más revolucionario de Perú solo porque está en la oposición, pero incluso en la oposición es más prudente que la administración Cárdenas. Hasta donde pude juzgar según la última carta programática del dirigente aprista, este partido está controlado por dirigentes ligados al capital extranjero. Tienen interés, como todos los generales reaccionarios, en construir una pandilla dominante como instrumento del capital extranjero, obrando, lo más posible, para el aumento del capital nacional.

Por supuesto, los intereses del capital extranjero y los del capital nacional no son siempre los mismos y entran a menudo en agudos conflictos. También es posible que, en condiciones favorables, el capital nacional se oponga a las exigencias del capital extranjero. La burguesía nacional tiene necesidad de un mercado interno y este último es un campesinado más o menos satisfecho. Es por eso que la revolución agraria, sobre todo a expensas de los propietarios extranjeros, constituye una ganancia directa para la burguesía nacional. Los campesinos comprarán más productos y así sucesivamente. Esta política tiene un carácter político. No se ve bien al principio hasta dónde van sus límites. La administración no puede decir hasta qué punto la burguesía americana va a tolerarla o hasta dónde se puede ir sin una intervención británica, etc. De allí su carácter aventurero. A veces vacilante, otras veces saltarina y enseguida en retroceso.

En la época de la “política del buen vecino” (5) de Roosevelt, Cárdenas ha evaluado las posibilidades de una intervención militar y ha logrado, en cierta medida, ganar algunas posiciones, comenzando por el capital inglés, luego el americano, y así sucesivamente. Parece que ahora comienza de nuevo a hacer concesiones. Alcanzó los límites de sus posibilidades.

El APRA dice que no tiene ningún interés en ir de la mano con los obreros de Estados Unidos, porque a ellos no les interesan las cuestiones coloniales, que lo mismo sucede con el proletariado europeo, etc. La verdadera razón de esta actitud es la búsqueda de la protección de la Casa Blanca. No se trata de un error ideológico, incluso de un error; es un cálculo político de la burguesía nacional de Perú. Saben que necesitan la confianza de la Casa Blanca, sobre todo de Wall Street. Si triunfan en Perú, necesitarán la protección de Wall Street, como todos los actuales gobiernos de América Latina, y si se ligan a los obreros, para ganarlos para la lucha, esto significa que deberán romper toda relación con la Casa Blanca.

Durante algún tiempo, no alcanzaba a hacerme una idea clara del programa del APRA. Pero la última carta del jefe de este partido es clara. Dice que Estados Unidos es el guardián de la libertad latinoamericana; y si una potencia extranjera amenaza esta libertad, el APRA llamará inmediatamente a Estados Unidos y así sucesivamente. Ni una palabra sobre los obreros. Es un partido-frente popular. Un frente popular está incluido en el partido, como en toda combinación de esta naturaleza. La dirección está en manos de la burguesía y la burguesía teme a sus propios obreros.

Por eso este partido, aunque sea suficientemente fuerte para tomar el poder por la revolución, tiene miedo de comprometerse en esta vía. No tiene ni el coraje, ni el interés de clase para movilizar a los campesinos y a los obreros y los reemplazará por maniobras militares o una intervención directa de Estados Unidos. Por supuesto, no podemos entrar en un partido así, pero podemos constituir allí un núcleo para ganar obreros y separarlos de la burguesía. Pero en ninguna circunstancia debemos repetir la idiotez de Stalin con el Kuomintang en China.

Los sindicatos no pueden ser independientes como en los buenos viejos tiempos en que la burguesía los toleraba porque podía darles una libertad mucho más grande. No es posible, a partir de ahora, restablecer en los sindicatos la antigua democracia, tanto como no es posible restablecer la democracia en el Estado. Es un desarrollo absolutamente paralelo.

Por esto, nosotros comenzamos en México con consignas como independencia frente al Estado, democracia obrera, libre discusión, etc. Pero sólo son consignas de transición que conducen a consignas más importantes del estado obrero. Sólo se trata de una etapa que puede darnos la posibilidad de reemplazar a las direcciones actuales de los sindicatos por una dirección revolucionaria.

Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista (6)

Hay una característica común, en el desarrollo, o para ser más exactos, en la degeneración de las modernas organizaciones sindicales de todo el mundo: su acercamiento y su vinculación cada vez más estrecha con el poder estatal. Este proceso es igualmente característico de los sindicatos neutrales, socialdemócratas, comunistas y “anarquistas”. Este solo hecho demuestra que la tendencia a “estrechar vínculos” no es propia de tal o cual doctrina sino que proviene de condiciones sociales comunes para todos los sindicatos.

El capitalismo monopolista no se basa en la competencia y en la libre iniciativa privada sino en una dirección centralizada. Las camarillas capitalistas que encabezan los poderosos trusts, monopolios, bancas, etc. encaran la vida económica desde la misma perspectiva que lo hace el poder estatal, y a cada paso requiere su colaboración. A su vez los sindicatos de las ramas más importantes de la industria se ven privados de la posibilidad de aprovechar la competencia entre las distintas empresas. Deben enfrentar un adversario capitalista centralizado, íntimamente ligado al poder estatal. De ahí la necesidad que tienen los sindicatos -mientras se mantengan en una posición reformista, o sea de adaptación a la propiedad privada- de adaptarse al estado capitalista y de luchar por su cooperación.

A los ojos de la burocracia sindical, la tarea principal es la de “liberar” al estado de sus ataduras capitalistas, de debilitar su dependencia de los monopolios y volcarlos a su favor. Esta posición armoniza perfectamente con la posición social de la aristocracia y la burocracia obreras, que luchan por obtener unas migajas de las superganancias del imperialismo capitalista. Los burócratas hacen todo lo posible, en las palabras y en los hechos, por demostrarle al estado “democrático” hasta qué punto son indispensables y dignos de confianza en tiempos de paz, y especialmente en tiempos de guerra. Al transformar los sindicatos en organismos del estado el fascismo no inventó nada nuevo: simplemente llevó hasta sus últimas consecuencias las tendencias inherentes al imperialismo.

Los países coloniales y semicoloniales no están bajo el dominio de un capitalismo nativo sino del imperialismo extranjero. Pero este hecho fortalece, en vez de debilitarla, la necesidad de lazos directos, diarios, prácticos entre los magnates del capitalismo y los gobiernos que, en esencia, dominan los gobiernos de los países coloniales y semicoloniales. Como el capitalismo imperialista crea en las colonias y semicolonias un estrato de aristócratas y burócratas obreros, éstos necesitan el apoyo de gobiernos coloniales y semicoloniales, que jueguen el rol de protectores, de patrocinantes y a veces de árbitros. Esta es la base social más importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y de los países atrasados en general. Esta es también la base de la dependencia de los sindicatos reformistas respecto al estado.

En México los sindicatos se han transformado por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario. Según los legisladores, la estatización de los sindicatos se hizo en bien de los intereses de los obreros, para asegurarles cierta influencia en la vida económica y gubernamental. Pero mientras el imperialismo extranjero domine el estado nacional y pueda, con la ayuda de fuerzas reaccionarias internas, derrocar a la inestable democracia y reemplazarla con una dictadura fascista desembozada, la legislación sindical puede convertirse fácilmente en una herramienta de la dictadura imperialista.

A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras. Al no existir la democracia obrera, no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo, esta posición sería falsa hasta la médula.

No podemos elegir a nuestro gusto y placer el campo de trabajo ni las condiciones en que desarrollaremos nuestra actividad. Luchar por lograr ascendiente sobre las masas obreras dentro de un estado totalitario o semitotalitario es infinitamente más difícil que en una democracia. Esto se aplica también a los sindicatos cuyo sino refleja el cambio producido en el destino de los estados capitalistas.

No podemos renunciar a la lucha por lograr influencia sobre los obreros alemanes meramente porque el régimen totalitario hace allí muy difícil esta tarea. Del mismo modo, no podemos renunciar a la lucha dentro de las organizaciones obreras compulsivas creadas por el fascismo. Menos aún podemos renunciar al trabajo interno sistemático dentro de los sindicatos de tipo totalitario o semitotalitario solamente porque dependan directa o indirectamente del estado corporativo o porque la burocracia no les dé a los revolucionarios la posibilidad de trabajar libremente en ellos. Hay que luchar bajo todas estas condiciones que creó la evolución anterior, en la que hay que incluir los errores de la clase obrera y los crímenes de sus dirigentes.

En los países fascistas y semifascistas es imposible llevar a cabo un trabajo revolucionario que no sea clandestino, ilegal, conspirativo. En los sindicatos totalitarios o semitotalitarios es imposible o casi imposible llevar a cabo un trabajo que no sea conspirativo. Tenemos que adaptarnos a las condiciones existentes en cada país dado para movilizar a las masas no sólo contra la burguesía sino también contra el régimen totalitario de los propios sindicatos y contra los dirigentes que sustentan ese régimen.

La primera consigna de esta lucha es: independencia total e incondicional de los sindicatos respecto del estado capitalista. Esto significa luchar por convertir los sindicatos en organismos de las grandes masas explotadas y no de la aristocracia obrera. La segunda consigna es: democracia sindical. Esta segunda consigna se desprende directamente de la primera y presupone para su realización la independencia total de los sindicatos del estado imperialista o colonial.

En otras palabras, los sindicatos actualmente no pueden ser simplemente los órganos democráticos que eran en la época del capitalismo libre y ya no pueden ser políticamente neutrales, o sea limitarse a servir a las necesidades cotidianas de la clase obrera. Ya no pueden ser anarquistas, es decir que ya no pueden ignorar la influencia decisiva del estado en la vida del pueblo y de las clases. Ya no pueden ser reformistas, porque las condiciones objetivas no dan cabida a ninguna reforma seria y duradera. La neutralidad de los sindicatos es total e irreversiblemente cosa del pasado. Ha desaparecido junto con la libre democracia burguesa. Los sindicatos de nuestro tiempo pueden servir como herramientas secundarias del capitalismo imperialista para la subordinación y adoctrinamiento de los obreros y para frenar la revolución, o bien convertirse, por el contrario, en las herramientas del movimiento revolucionario del proletariado.

De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aún más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.

Como en los países atrasados el papel principal no lo juega el capitalismo nacional sino el extranjero, la burguesía nacional ocupa, en cuanto a su ubicación social, una posición muy inferior a la que corresponde el desarrollo de la industria. Como el capital extranjero no importa obreros sino proletariza a la población nativa, el proletariado nacional comienza muy rápidamente a jugar el rol más importante en la vida nacional. Bajo tales condiciones, en la medida en que el gobierno nacional intenta ofrecer alguna resistencia al capital extranjero, se ve obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado.

En cambio los gobiernos de países atrasados que consideran inevitable o más provechoso marchar mano a mano con el capital extranjero, destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario. De modo que la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado cortan de raíz toda posibilidad de un régimen democrático estable.

El gobierno de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asume en general un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren entre sí en que algunos intentan orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientas que otros implantan una cerrada dictadura policíaco militar. Esto determina también la suerte de los sindicatos: o están bajo el patrocinio especial del estado o sujetos a una cruel persecución. Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo, y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo control de una burocracia.

El capitalismo monopolista cada vez tiene menos interés en transigir con la independencia de los sindicatos. Exige que la burocracia reformista y la aristocracia obrera, que picotean las migajas que caen de su mesa, se transformen en su policía política a los ojos de la clase obrera. Cuando no se puede lograr esto, se reemplaza la burocracia por el fascismo. Dicho sea de paso, todos los esfuerzos que haga la aristocracia obrera al servicio del imperialismo no podrán salvarla, a la larga, de la destrucción.

La intensificación de las contradicciones de clase dentro de cada país, de los antagonismos entre un país y otro, producen una situación en que el capitalismo imperialista puede tolerar (claro que por cierto lapso) una burocracia reformista, siempre que ésta le sirva directamente como un pequeño pero activo accionista de sus empresas imperialistas, de sus planes y programas, tanto dentro del país como en el plano mundial. El social-reformismo debe convertirse en social-imperialismo para poder prolongar su existencia, pero para prolongarla y nada más. Ese camino no tiene, en general, una salida.

¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semiindependientes. Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista sino que se planteen como tarea directamente el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser en la práctica los organismos de la revolución proletaria. En este sentido, en el programa de consignas de transición adoptado por el último congreso de la IV Internacional no es sólo un programa para la actividad del partido sino que, en rasgos generales, es el programa para la actividad de los sindicatos.

El desarrollo de los países atrasados se caracteriza por su carácter combinado. En otras palabras: la última palabra en tecnología, economía y política imperialistas se combina en esos países con el primitivismo y el atraso tradicionales. El cumplimiento de esta ley puede ser observado en las esferas más diversas del desarrollo de los países coloniales y semicoloniales, incluso en el movimiento sindical. El capitalismo imperialista opera aquí de la manera más cínica y desnuda. Transporta a un terreno virgen los métodos más perfeccionados de su tiránica dominación.

En el último período se puede notar en el movimiento sindical de todo el mundo un giro a la derecha y la supresión de la democracia interna. En Inglaterra fue aplastado el Movimiento de la Minoría de los sindicatos (no sin ayuda de Moscú); los dirigentes sindicales son hoy, especialmente en el terreno de la política exterior, fieles agentes del Partido Conservador. En Francia no había cabida para la existencia independiente de sindicatos estalinistas. Se unieron a los llamados anarco-sindicalistas bajo la dirección de Jouhaux, y el resultado de esta unificación no fue un giro general a la izquierda, sino a la derecha. La dirección de la CGT es el agente más directo y abierto del capitalismo imperialista francés.

En los Estados Unidos el movimiento sindical ha pasado en los últimos años por su período más borrascoso. El surgimiento del CIO (Congreso de Organizaciones Industriales) es una evidencia irrebatible de la existencia de tendencias revolucionarias en las masas obreras. Sin embargo, es significativo y muy importante de señalar el hecho de que la nueva organización sindical “izquierdista” ni bien se fundó, cayó en el férreo abrazo del estado imperialista. La lucha en las altas esferas entre la vieja y la nueva federación (7) puede en gran medida reducirse a la lucha por la simpatía y el apoyo de Roosevelt y su gabinete. El Departamento de Trabajo, con su burocracia izquierdista, tenían como tarea la subordinación del movimiento sindical al estado democrático, y es preciso decir que hasta ahora la ha llevado a cabo con bastante éxito.

Si bien en un sentido diferente, no es menos gráfico el cuadro del desarrollo o degeneración del movimiento sindical en España. En los sindicatos socialistas quedaron todos los elementos que en alguna medida representaban dentro de la dirección la independencia del movimiento sindical. En cuanto a los sindicatos anarco-sindicalistas, se transformaron en instrumentos de los republicanos burgueses. Sus dirigentes se convirtieron en ministros burgueses conservadores. El que esta metamorfosis tuviera lugar en condiciones de guerra civil no atenúa su significación. La guerra no es más que una continuación de la política de todos los días. Acelera procesos, deja a la vista sus rasgos esenciales, destruye lo corrompido, lo falso, lo equívoco y deja al desnudo lo esencial.

El giro a la izquierda de los sindicatos se debe a la agudización de las contradicciones de clase e internacionales. Los dirigentes del movimiento sindical sintieron o entendieron (o les hicieron entender) que no es el momento de jugar a la oposición. Todo movimiento de oposición dentro del movimiento sindical, especialmente en las altas esferas, amenaza con provocar una movilización borrascosa de las masas y crearle dificultades al imperialismo nacional. De ahí el giro a la derecha y la supresión de la democracia obrera en los sindicatos. El rasgo fundamental, el vuelco hacia un régimen totalitario, se da en el movimiento obrero de todo el mundo.

También deberíamos tener en cuenta a Holanda, donde no sólo el movimiento reformista y sindical eran los más seguros soportes del capitalismo imperialista, sino que también la llamada organización anarco-sindicalista estaba en realidad bajo el control del gobierno imperialista. El secretario de esta organización, Sneevliet, a pesar de su simpatía platónica por la IV Internacional, estaba muy preocupado como diputado del parlamento holandés por que la cólera del gobierno no cayera sobre su organización sindical.

La nacionalización de los ferrocarriles y de los campos petrolíferos en México no tiene, por supuesto, nada que ver con el socialismo. Es una medida de capitalismo de estado en un país atrasado que busca de este modo defenderse por un lado del imperialismo extranjero y por el otro de su propio proletariado. La administración de los ferrocarriles, campos petrolíferos, etcétera, por medio de organizaciones obreras no tiene nada que ver con el control obrero de la industria, porque en última instancia la administración se hace por intermedio de la burocracia laboral, que es independiente de los obreros pero depende totalmente del estado burgués.

Esta medida tiene, por parte de la clase dominante, el objetivo de disciplinar a la clase obrera, haciéndola trabajar más al servicio de los intereses comunes del Estado, que superficialmente parecen coincidir con los de la propia clase obrera. En realidad la tarea de la burguesía consiste en liquidar a los sindicatos como organismos de la lucha de clases y sustituirlos por la burocracia como organismos de dominación de los obreros por el estado burgués. En tales condiciones la tarea de la vanguardia revolucionaria es emprender la lucha por la total independencia de los sindicatos y por la creación de un verdadero control obrero sobre la actual burocracia sindical, a la que se entregó la administración de los ferrocarriles, de las empresas petroleras y demás.

Los sucesos de los últimos tiempos (antes de la guerra) han demostrado muy claramente que el anarquismo, que en cuanto a teoría no es más que un liberalismo llevado hasta sus últimas consecuencias, no era la en la práctica más que propaganda pacífica dentro de la república democrática, cuya protección necesitaba. Si dejemos de lado los actos de terrorismo individual, etcétera, el anarquismo, como sistema de movilización de masas y como política, no ofrece más que material de propaganda bajo la pacífica protección de las leyes. En situaciones de crisis los anarquistas siempre hacen lo contrario de lo que predican en tiempos de paz. Esto ya lo había señalado el propio Marx refiriéndose a la Comuna de París. Y se repetía en mucha mayor escala en la experiencia de la Revolución Española.

Los sindicatos democráticos, en el viejo sentido del término -de cuerpos en los que luchaban en el seno de la misma organización de masas más o menos libremente diferentes tendencias- ya no pueden existir más. Del mismo modo que no se puede volver al estado democrático-burgués, tampoco es posible volver a la vieja democracia obrera. El destino de una refleja el de la otra. En realidad, la independencia de clase de los sindicatos en cuanto a sus relaciones con el Estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales, una dirección de la IV Internacional. Naturalmente, esta dirección debe y puede ser racional y asegurar a los sindicatos el máximo de democracia concebible bajo las condiciones concretas actuales. Pero sin la dirección política de la IV Internacional la independencia de los sindicatos es imposible.

Notas:

1. Discusión general sobre la situación política en México y América Latina, 4 de noviembre de 1938.

2. El Kuomintang era el partido nacionalista burgués chino fundado por Sun Yat Sen y utilizado por Chiang Kai Shek. El Partido Nacionalista Mexicano fue fundado formalmente en 1928 con el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR) por el general Plutarco Elías Calles. Cárdenas, quien dirigía el ala “izquierda”, lo reorganizó en 1938 y lo rebautizó como Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

3. Nota del traductor: En la versión francesa, que hemos tomado como referencia, figura el término agressive, cuya traducción literal es agresivo. Hemos utilizado esta expresión, a pesar de que en otras tres traducciones al español de este artículo figura el término progresivo.

4. Trotsky hace alusión a la llegada de Jouhaux a México para el Congreso Sindical de septiembre de 1938, pocos meses después de la nacionalización del petróleo y en donde el dirigente sindical francés había sostenido que no era cuestión de combatir al “imperialismo” sino únicamente al fascismo.

5. A la política llamada del “garrote” de sus predecesores, Roosevelt había anunciado que la sustituiría por una política del “buen vecino” con todos los pueblos americanos.

6. Texto fechado en agosto de 1940.

7. La Vieja Federación y la Nueva: Se refiere a la vieja Federación Obrera Americana (AFL, American Federation of Labor) y al recién fundado Congreso de Organizaciones Industriales (CIO, Congress of Industrial Organizations).

* Compilación de los “Escritos Latinoamericanos”, Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones Leon Trotsky, Coordinador general Christian Castillo, Buenos Aires, 2000-2011. http://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/latin/index.htm