(CUBARTE).- En el mundo contemporáneo hay cinco grandes religiones que agrupan a la mayor parte de la humanidad. Ellas son el cristianismo, el islamismo, el judaísmo, el budismo, y el hinduismo. En general, los principios éticos de todas estas religiones van encaminados a vencer lo peor de la condición humana y fortalecer lo mejor de ella. La renuncia a los bienes materiales que Jesús plantea reiteradamente es muy cercana a la prédica que cinco siglos antes hiciera en el Indostán Sidarta Gautama, el Buda.

En el Nuevo Testamento el primer Evangelio que aparece es el de Mateo. O sea, se le atribuye a uno de los doce apóstoles escogidos por Jesús para propagar su doctrina, por lo que se considera como la versión más antigua. Como sabemos, Jesús era hebreo y se le presenta como del linaje del rey David por la vía de José, el esposo de María, madre de Jesús. Pero lo esencial es que, en realidad, Jesús posee un linaje divino, pues fue engendrado por el Espíritu Santo, tal como le explicó un ángel al atribulado José, y le indicó, además, que debía nombrarlo Jesús, que traducido quiere decir El Salvador. Antes de concebir a Jesús, María era virgen. Luego del nacimiento de Jesús fue que engendró a los hijos que tuvo con José, el carpintero.

Jesús, de quien en los evangelios se refiere su nacimiento y su niñez y se salta luego hasta que es ya un hombre maduro e inicia su prédica, va a basar esta, en principio, en la religión hebrea y aceptar como base los mandamientos que Jehová, Dios, le dio a Moisés, el profeta. Esa es la Ley.

Los saduceos y fariseos, intérpretes de la Ley y los profetas judíos, temieron por los efectos de la prédica de Jesús, que planteaba el desprecio hacia los bienes materiales a cambio de la salvación del alma y había dicho que muy difícilmente un rico entraría al reino de los cielos. Queriendo ver si lo atrapaban en alguna afirmación contraria a la Ley le preguntaron cuál era el gran mandamiento en ella. Jesús les respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los profetas” (Mateo, capítulo 22, versículos 37 al 40). Para Jesús el amor a Dios y al prójimo es lo esencial. Mas no desecha los otros mandamientos.

Hay un joven que le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo, capítulo 19, versículo 16). A lo que Jesús responde: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Versículo 17 del mismo capítulo). El joven le pregunta que cuáles y Jesús le responde: “No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre. Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Versículos 18-19). El joven respondió que todo eso había hecho y preguntó qué otra cosa le faltaba hacer. La respuesta de Jesús fue que si quería ser perfecto, vendiera todos sus bienes y se los diera a los pobres y lo siguiera. Hasta ahí llegó el joven. Tenía muchos bienes materiales a los que no quiso renunciar. Es de ahí la famosa frase de Jesús acerca de que “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de los cielos” (Versículo 24).

Esta renuncia a los bienes materiales que Jesús plantea reiteradamente e insiste en que no hay que preocuparse por el día de mañana, que cada día trae su propio afán, y que Dios conoce que los hombres tienen necesidades y las proveerá, es muy cercana a la prédica que cinco siglos antes hiciera en el Indostán Sidarta Gautama, el Buda, aunque este no habla de Dios. Me refiero solo a la austeridad de conducta y de pensamiento. Jesús también condena como violaciones de los mandamientos los malos pensamientos. Para él, desear a la mujer del prójimo es ya adulterio, ofender de palabra es ya maltrato. Y en eso coinciden ambos predicadores: conducta correcta, pensamiento correcto, lenguaje correcto. Coinciden también en el sacrificio de la familia biológica a cambio de la identidad doctrinaria.

Respecto al matrimonio de la pareja, Jesús lo defiende y considera que no debe quebrarse, salvo por causa de fornicación, porque lo que Dios une no lo debe separar el hombre. Sin embargo, ya Moisés había establecido antes la posibilidad del divorcio.

En el mundo contemporáneo hay cinco grandes religiones que agrupan a la mayor parte de la humanidad. Ellas son el cristianismo, el islamismo, el judaísmo, el budismo, y el hinduismo. Dentro de ellas, hay grandes y pequeñas divisiones. Por eso entre los cristianos oímos hablar de católicos, ortodoxos y protestantes; de sunitas y shiitas entre los musulmanes; de mahayana y teravada entre los budistas, por citar algunas grandes divisiones.

En América Latina, principalmente en Cuba y Brasil, hay una religión afro-ibérica, por denominarla de alguna forma según el origen de sus componentes, que es un sincretismo de las creencias yorubas tradicionales con la religión católica. Por supuesto que hay otras formas, desde las animistas, hasta las que aspiran a ser oolíticas, como los Bahai.

¿Qué tienen de común y de diferente las religiones más extendidas?

El judaísmo, el cristianismo y el islamismo son religiones monoteístas. Creen que hay un solo Dios creador del universo, de la vida toda. Aunque lo nombren de manera diferente, estas tres religiones se refieren al mismo Dios, cuya idea inicial está en la religión judía. Los judíos lo nombran Jehová, los musulmanes Alá. Los cristianos prefieren decir, solamente, Dios.

El cristianismo se desarrolló a partir del judaísmo. El propio Jesús era judío. Los cristianos dicen que Jesús era el Mesías, el Cristo, el enviado de Dios que esperaba el pueblo judío para su salvación. Los judíos no lo aceptan y los musulmanes lo consideran un profeta más entre los varios profetas judíos. Para los musulmanes, Mahoma es el último de los profetas y ninguno vendrá después de él. El cristianismo, por su parte, sostiene el principio de una Santísima Trinidad, integrada por tres personas distintas que son solo una: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Como es difícil explicar racionalmente esta trinidad, los cristianos la llaman “misterio” y debe aceptarse como tal por un acto de fe.

Estas tres religiones creen en que Dios producirá, al término del mundo, un juicio final, al que comparecerán tanto los que entonces estén vivos, como los muertos. Según su actuación en su vida en La Tierra, recibirán premio o castigo eternos. El fundamento ético, con modificaciones, parte de lo enunciado en los mandamientos que Moisés, mientras conducía al pueblo judío de su cautividad en Egipto hacia la tierra prometida por Jehová, la Palestina, recibió de Él mismo en el Monte Sinaí.

El pensamiento católico le añadió a los sitios de premio y castigo eternos, nombrados paraíso e infierno, respectivamente, uno intermedio: el purgatorio, donde los condenados, después de sufrir por algún tiempo, podrían alcanzar el paraíso. La obra del florentino Dante Alighieri, La Divina Comedia, es una descripción de estos tres destinos. La idea del infierno bajo la superficie de la tierra la encontramos antes en la mitología griega.

En tanto que los musulmanes ofrecen una visión del paraíso como un lugar fresco y sombreado donde existe un agua con sabor a jengibre que brota de una fuente llamada Salsabil y que los hombres, vestidos con ropa de seda verde, beben en copas de plata, acompañados por hermosas doncellas. Recordemos que la religión musulmana autoriza que un hombre tenga cuatro esposas y tantas concubinas como pueda mantener. Vale repetir que la poligamia no es creación del Islam, sino mucho más antigua. Sin embargo, en el paraíso cristiano, no habrá diferencia de sexos porque no habrá sexos, sino que todos los que allí vayan serán como ángeles, según explica Jesús.

Los católicos, por ejemplo, añadieron la presencia de santos y su adoración. De la madre de Jesús, María, se creó un culto. Actualmente la iglesia católica, que cuenta con numerosas vírgenes que son adoradas, dice que todas ellas son apariciones de María. De acuerdo con esto, la Virgen de la Caridad, es María de la Caridad. La existencia de los santos y sus áreas de acción recuerdan el politeísmo de la antigua religión greco–romana.

Esta circunstancia fue la que permitió a los yorubas, obligados por la esclavitud a aceptar la religión católica, dar a los santos católicos los nombres de sus deidades ancestrales, otorgándoles una nueva identificación. Así, La Virgen de la Caridad es Ochún, la de Regla es Yemayá, Santa Bárbara es Changó, etc. Esta religión ha ido creciendo. A diferencia de las otras, su preocupación se centra en esta vida y no en la eternidad y se acude al apoyo de los santos para resolver los problemas que nos aquejan en el presente.

Lo cierto es que esta adoración de los santos se aparta del cristianismo, que plantea que no se debe adorar imágenes. Ni los judíos ni los musulmanes adoran imágenes, ni hacen representación de la deidad. Tampoco los cristianos protestantes y evangélicos. Sí lo hacen las iglesias ortodoxas griega y rusa. Católicos y ortodoxos adoran imágenes de santos porque ambas corrientes fueron una sola durante el imperio romano y se separaron cuando este se dividió en dos, occidente y oriente, con capitales en Roma y Bizancio, respectivamente. En Roma quedó la iglesia Católica y en Bizancio la Ortodoxa.

Los budistas, por su parte, no hablan de la existencia de Dios ni de juicio final. Los budistas tampoco hablan de un alma. Impulsados por el deseo es que los seres viven la vida material. Según su actuación en la vida, repetirán los ciclos de nacimiento y muerte.

Para Buda, la vida es sufrimiento: dolor, enfermedad, vejez, muerte y para salir de él, con sus ciclos de renacimiento, hay que seguir en vida un camino óctuple que puede llevarnos a la iluminación, la comprensión de la verdad, y alcanzar el Nirvana, que es el estado en que no hay muerte ni ciclos de renacimientos. Buda jamás explicó qué ni cómo era el Nirvana ni quién llegaría a él, puesto que el alma no existe. Pero su alcance es tarea individual. Cada persona, no importa su casta o posición social, debe alcanzar su propia iluminación, o sea, comprender la verdad. El camino óctuple está basado en la idea del bien. Consiste de: una comprensión, un pensamiento, un lenguaje, una actuación y un modo de vida correctos, esforzarse positivamente, pensar positivamente y lograr una meditación y una concentración adecuadas. Como me refería, el ex presidente de Sri Lanka, Junius Richard Jayawardene, el budismo es, esencialmente, una ética para la vida.

El Budismo ha sido por muchos siglos la tradición espiritual dominante en la mayor parte de Asia, incluyendo los países de la Indochina, como también Myanmar, Tailandia, Sri Lanka, Nepal, China, Corea y Japón. A diferencia del Hinduismo, el Budismo posee un único fundador, Sidarta Gautama, el Buda Histórico, nacido dentro de la casta de los guerreros. Vivió en la India a mediados del 6to siglo a.n.e. Sobre Buda se tejieron leyendas que dicen que su madre, nombrada Mahamaya, soñó, poco antes del parto, que un elefante blanco se introducía en su vientre. Ella murió después del nacimiento de su hijo y unos sacerdotes brahmanes, al ver a la criatura, predijeron que sería un monarca universal, un Buda.

Los hinduistas, por su parte, hablan de un Ser Superior, Brahman, que es el creador del universo. Cuando Brahman despierta, se produce una suerte de gran explosión, de big bang, para decirlo en términos hoy acuñados, y surge el universo, en permanente expansión, hasta que se produzca el sueño de Brahman, en que todo lo creado se recoge y regresa a su punto inicial, hasta que ocurra nuevamente el despertar. Esto se repite cíclicamente. Los hinduistas sí creen en la existencia del alma humana y en la reencarnación, que se producirá en un estado favorable o desfavorable, según la conducta en la vida anterior. No hay que esperar a un juicio final: los errores se pagan en la siguiente vida, como en el budismo. Los hinduistas, según la tradición de los Vedas, dividen a los seres humanos en castas.

Lo importante para cada cual es cumplir con los deberes de la casta en la que nació. Nadie debe salirse de ella. Todas las almas, no importa la casta, pueden alcanzar la reunión final con su creador. El hinduismo acepta que el Creador encarna en figura humana cada cierto tiempo para recordarles a los hombres sus deberes. Así el Baghavad Gita, presenta a Krishna como la encarnación del Dios Supremo. Esto resulta un precedente para la idea de la encarnación divina en Jesús.

En el hinduismo hay numerosos dioses, semidioses, demonios y vida en planetas más avanzados. Pero en realidad, hay un solo dios supremo, aunque se manifiesta en una trinidad, precursora de la cristiana: Brahma, que es el espíritu creador. Shiva, que es el destructor, el tiempo; Vishnu, que es el preservador. En la versión última de los vedas, en los Upanishads, hay toda una serie de normas para vencer los ciclos de reencarnaciones y alcanzar al Creador Supremo. Esta religión data de unos dos mil años antes de Cristo y la trajeron los arios que invadieron el territorio indio que estaba habitado por pueblos dravidios.

En general, los principios éticos de todas estas religiones van encaminados a vencer, por diversos medios, lo peor de la condición humana y fortalecer lo mejor de ella. En todas, hay una visión de eternidad, de permanencia de la vida por encima de la muerte. Ellas, de por sí, tienden a mejorar la condición humana. Por eso la Constitución de la República de Cuba defiende la libertad religiosa, que no solamente es teórica, sino práctica, con una gran diversidad de organizaciones religiosas funcionando en el país. La fuerza política rectora del pueblo de Cuba, el Partido Comunista, otorga gran importancia a la garantía de este precepto constitucional y tiene, a nivel de su más alta Dirección, el Comité Central, una Oficina de Asuntos Religiosos.

Solamente cuando las religiones dejan de tener su carácter propio y se pretende utilizarlas con fines políticos es que se agudizan la intolerancia y las contradicciones. Por eso Cuba es un Estado laico que respeta a todas las religiones y no favorece a ninguna en particular.

De lo que se trata es de respetar la libertad de conciencia individual en tanto se trabaja en el consenso para las cosas del reino de este mundo, para los asuntos sociales, bajo la guía del conocimiento científico y la razón. Como dice el proverbio latino, primero vivir y después filosofar. Sobre la base del respeto mutuo y tomando la práctica social como criterio de la verdad, buscando la validez de las teorías en la práctica, es que vamos encontrando, entre todos, los mejores caminos para nuestro quehacer en los días de nuestra vida en la tierra y fijando las imprescindibles normas comunes que tiendan a la solidaridad y el bien de todos.

Un peligro de las religiones es el fanatismo y la intolerancia. Cuando una dirigencia religiosa se cree en posesión de la verdad absoluta y no acepta otras concepciones y se empeña en imponer la suya, conduce a las acciones más execrables. La historia recoge muchos tristes ejemplos de intolerancia. Los cristianos fueron perseguidos brutalmente por el Imperio Romano y con el beneplácito de los sectores religiosos judíos dominantes. Los judíos antes fueron perseguidos por los babilonios y asirios. Los católicos crearon una fatídica Inquisición. El Oriente Medio, la llamada Tierra Santa, fue objeto de prolongadas guerras entre cristianos y musulmanes y hoy entre judíos sionistas y musulmanes y cristianos palestinos. Pero lo triste es que, en nuestros días, se sigue utilizando la religión para encubrir acciones políticas y se azuza la ignorancia que conduce a guerras confesionales, no solo entre distintas religiones, sino entre sectas de una misma religión.

Frente a esto, se levantan en el mundo voces de sensatez que promueven el diálogo inter-religioso, entre las distintas culturas. Lo cierto es que si no se generan cambios en las relaciones económico-sociales —que puedan modificar profundamente las viejas estructuras y establecer nuevas normas laicas y democráticas—, será difícil el logro de una cultura que nos haga libres mediante el uso de la razón, el conocimiento científico y la defensa del bien común, con humildad y agradecimiento al misterioso milagro de la vida.

* El autor fue Presidente de la Cámara Nacional Ajefista (Juventud Masónica) y Vicepresidente de la Agrupación Nacional de Organizaciones de Cuba. Miembro del consejo de dirección de la revista Mella y de la Comisión para el trabajo intelectual del Partido Socialista Popular. Actualmente es asiduo colaborador de la publicación digital Cubarte.